A cada rincón de la ciudad, la penumbra le cuelga un disfraz específico. No es la oscuridad simple: es esa sombra espesa, con la cola infecta de mugre, que solo el centro sabe extender porque aquí el día y la noche parecen un solo y largo pasillo...
Estoy acostado en una cama ajena. Mejor dicho, en el colchón de esponja con residuos de orina y sangre, apilado en el rincón más oscuro de la habitación que, por su hedor y humedad, bien podría ser una cueva más que un dormitorio. A través de...
Capítulo 6: Ruinas habitadas La mañana tras la noche del sótano llegó como suelen llegar en el edificio: descompuesta, gris, envuelta en el vaho persistente de la humedad. No fue un amanecer limpio sino una caída lenta hacia la luz mortecina, e...
Capítulo 5: El sótano al que nadie baja Ningún vecino recordaba el último día en que alguien había bajado voluntariamente al sótano. Lo mencionaban en voz baja, como si la sola idea espantara el poco valor que quedaba en las almas fatigadas p...
Capítulo 4: Silencio en los peldaños Durante décadas, el edificio había resistido a las estaciones, al abandono, a los habitantes que iban y venían arrastrando cajas, hijos y frustraciones. Pero nunca había estado tan quieto como ahora. Silenc...
Capítulo 3: La humedad no se va El frío insidioso era lo primero que Lucía sentía al despertar. No importaba cuánto se arropase ni cuántas mantas añadiera, el aire parecía filtrarse entre las costuras de la realidad y enredarse sobre su piel...
Capítulo 2: La grieta que nadie mira Las primeras horas del nuevo día transcurrieron bajo el signo del rumor. El edificio despertó sobresaltado, no por los gritos —ya habituales— sino por un susurro persistente que, como la humedad, traspasab...
La noche caía prematuramente en el distrito seis. Por las ventanas emborronadas se adivinaba el reflejo inmóvil de las farolas, su luz opaca desplegándose entre los charcos y las bolsas de basura agolpadas en las aceras. Una humedad fría reptaba...
Capítulo 1: El eco de los bloques El edificio se alzaba como un animal herido entre los escombros de un barrio demasiado antiguo para el recuerdo y demasiado joven para la historia. Sus ladrillos, hinchados de humedad, parecían palpitantes bajo la...
Había leído una estadística, una vez, acerca de la cantidad de cuerpos que cruzaban cada día las puertas giratorias del supermercado. No podía recordarla ya, ni si provenía de una noticia o de un sueño, pero le parecía sobrenatural, la cifra...
La primera vez que alguien la arrastró por el pasillo fue un miércoles. Recordaba bien los detalles: la luz amarillenta casi sin fuerza, las losetas negruzcas bajo los pies desnudos, la humedad del mosaico pegándose en la piel. La sujetaban de un...
I No hace frío en el pasillo pero las luces de neón escupen claridades escasas, inciertas, que tiñen los rostros de la fila de una palidez mórbida, un temblor ululante casi indistinguible de la agonía. Es lunes, o al menos eso sugiere el encor...
El primer día que fui al comedor social, mentí dos veces. A la voluntaria le dije que había perdido mi trabajo hacía apenas un mes, que esto era una mala racha, que pronto saldría de aquí. Ya sé que no se lo creyó, cómo se lo iba a creer si...
Eso fue lo último que le dijeron. “Sábanas sucias.” Un hombre gordo, con el cabello cortado al ras y una sonrisa de dientes torcidos, le escupió las dos palabras justo antes de que cruzara por la puerta de la Residencia. Detrás, las risas de...
No dejo nunca la persiana subida más de un palmo. Desde mi ventana, el mundo es una franja apretada entre las rendijas: la acera gris, el portal despintado, las piernas rápidas de los que bajan hacia el metro. No sabría decir en qué momento exac...
A cada rincón de la ciudad, la penumbra le cuelga un disfraz específico. No es la oscuridad simple: es esa sombra espesa, con la cola infecta de mugre, que solo el centro sabe extender porque aquí el día y la noche parecen un solo y largo pasillo Leer más...
— Después de medianoche la lluvia cesaba, resintiendo las farolas incrustadas como dientes rotos en la carne del suburbio, y sólo quedaba el agua filosa sobre las aceras, lista para devolver el rostro de quien se acercara demasiado a su reflejo Leer más...
La cocina de mi madre era un santuario de luz marchita. Siempre recuerdo los atardeceres en los que el viento helado serpenteaba por la grieta debajo de la puerta, con ese peculiar silbido que me erizaba la piel, y mi madre de espaldas en la mesada, Leer más...
Parte I He conocido lugares en los que la oscuridad respira. Un suspiro continuo y ronco, como si algo monstruoso se acurrucara en las paredes, esperando el momento justo para abalanzarse. Cuando desperté, supe con certeza que me encontraba en uno Leer más...
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