Fragmento:
Clara dormía poco y mal. Los pocos recuerdos felices de su antigua vida se le evaporaban como el vaho que ella misma empañaba sobre el vidrio helado al respirar. No sabía si al día siguiente quedaría algo más, dudaba de sí misma y de todos: ¿comería al día siguiente? ¿Había suficiente agua en el bidón? ¿Tenía aún una oportunidad de salir viva del encierro universal?
Duración: 11:05
La noche caía prematuramente en el distrito seis. Por las ventanas emborronadas se adivinaba el reflejo inmóvil de las farolas, su luz opaca desplegándose entre los charcos y las bolsas de basura agolpadas en las aceras. Una humedad fría reptaba por debajo de las puertas, colándose en las rendijas de los zapatos, trayendo consigo el hedor acre de los contenedores que nadie vaciaba hace semanas. El edificio, viejo y de ladrillo, se alzaba torpe sobre la calle desierta, soportando sin resistencia el embate de los gritos lejanos y las sirenas que tejían la noche. En el tercer piso vivía Clara.
Clara tenía treinta y nueve años que habrían podido ser mucho más. El espejo del baño devolvía cada noche la imagen de una mujer de mejillas hundidas, piel apergaminada, ojeras como manchas de humedad y los labios agrietados, pelados por la costumbre de morderse de ansiedad. Cada noche, después de terminar la última videollamada del día, tras años de trabajar para otros desde su mínima guarida, escuchaba a su estómago rugir de manera salvaje, rechinando como un animal enjaulado, una amenaza viscosa detrás de cada pensamiento.
No había elegido vivir sola, ni había elegido que su departamento se convirtiera en su fortaleza y su tumba a la vez; pero la soledad había crecido como un hongo y las circunstancias recién le arrebataron hasta el consuelo de esperar una visita o la llegada de alguna amiga vieja. La cuarentena, decretada de manera indefinida hacía tres meses, la había dejado sin trabajo y sin razones para salir. El dinero que quedaba lo guardaba con la meticulosidad de un monje medieval, haciendo sumas mentales cada vez que su estómago la retorcía.
Aquella noche, la desolación era peor que nunca. Su última comida sólida, un poco de arroz casi sin sal y una taza pequeña de caldo, se le revolvía ahora en el estómago, la primera vez en días que tenía algo que llevarse a la boca. Las estanterías de la cocina se parecían, en ese instante, a la boca abierta de una cueva vacía. No quedaba pan, ni leche, ni huevos, ni latas de legumbres, ni siquiera té. Los insectos habían salido, envalentonados por el silencio y la falta de movimiento, resbalando desde los desagües para explorar el territorio abandonado.
Intentó no pensar, buscó distraerse mirando memes idiotas en su celular mientras la batería agonizaba. No tenía con quién compartir el frío. Se puso el abrigo, se acurrucó junto a la ventana y contempló las luces del hospital, cuatro calles más lejos. Ahí, decían, la situación era aún peor.
No recordaba cómo había empezado todo; un titular en las noticias, el rumor de que “algo” estaba ocurriendo al otro lado de la ciudad, un informe alarmista de la OMS que no supo calibrar. Después, cuando los supermercados se vaciaron y el transporte dejó de funcionar, todos comprendieron que lo siguiente que escasearía sería la comida. Nadie lo dijo así, pero todos lo supieron.
La soledad, el hambre y la angustia tenían su manera cruel de atarse unos a otros como si fueran nudos de soga. Ahora, mientras el ojo ciclópeo del invierno asomaba por la ventana, Clara sintió que un pánico animal la acompasaba, olía el miedo a través de las paredes. De repente, un golpe sordo la despertó de su letargo. Provenía del apartamento de al lado: un sonoro y fuerte portazo. Acto seguido vinieron pasos acelerados por el pasillo y un par de gruñidos; después, silencio otra vez.
Durante semanas, los pocos vecinos que quedaban en el edificio apenas se saludaban. Los ruidos y las amenazas —los susurros detrás de las puertas, los gritos al anochecer— hacían de la rutina una ceremonia de sospechas, una ceremonia de hostilidad. Los rumores sobre saqueos, sobre desapariciones misteriosas, se mezclaban con pesadillas reales.
Clara dormía poco y mal. Los pocos recuerdos felices de su antigua vida se le evaporaban como el vaho que ella misma empañaba sobre el vidrio helado al respirar. No sabía si al día siguiente quedaría algo más, dudaba de sí misma y de todos: ¿comería al día siguiente? ¿Había suficiente agua en el bidón? ¿Tenía aún una oportunidad de salir viva del encierro universal?
A la mañana siguiente, una notificación seca la despertó: su último recibo de electricidad, amenazando con cortar el servicio. Se levantó tambaleante y desplegó el mapa mental de su desesperanza: tenía que salir. Morir de frío sería aún peor que morir de hambre.
Cogió la mochila, echó adentro el bidón de agua vacío y una taza de lata. Se ató el cabello, se cubrió la boca con una bufanda y bajó las escaleras, sorteando las sombras densas y el olor penetrante a gente ausente, habitaciones olvidadas. Bajó casi a tientas, abriendo la puerta del portal con la cautela de quien espera encontrar una bestia al otro lado.
Ya en la calle, Clara buscó la fila para la “entrega solidaria”, una distribución de comida respaldada por el ayuntamiento, sobre la que corrían más rumores que certezas. Ya había una docena de figuras deshuesadas y embozadas, algunos con carritos, otros portando sólo bolsas raídas.
Frente a la fila, dos militares jóvenes ajustaban la correa de sus fusiles mientras sus rostros —tan cansados como hostiles— recorrían a los hambrientos. El sargento, un muchacho de no más de veinticinco años, inspeccionó a Clara con rapidez, buscando quién podía causar más problemas. Los de la fila guardaban una distancia mínima unos de otros, pero el hambre los pegaba más que el miedo al contagio.
“Hoy no habrá distribuciones”, anunció el sargento. Su voz era un agudo rebanar de aire. “El camión fue saqueado en la avenida principal. Pueden regresar mañana.”
El murmullo que recorrió la fila fue primero de incredulidad, luego de ira. Alguien gritó al fondo; una anciana sollozó. Clara se giró sobre sí misma, recogiendo su sombra y su esperanza hecha añicos. Tuvo la certeza de que aquella noche en su pequeño apartamento ya no daría la batalla contra el hambre, sino contra algo peor.
Regresó caminando en círculos lentos, explorando fugazmente los cubos de basura, recogiendo alguna cáscara marchita, sobreviviendo como los gatos que acechaban entre los autos. Nadie miraba a nadie; los pocos rostros que cruzaba eran de pura derrota.
En casa, sólo se tendió sobre la cama sin quitarse el abrigo. Escuchó, a través de la pared, los golpes inquietantes del apartamento contiguo. Recordó que allí vivía Doña Elvira, una mujer mayor, rechoncha, que en otros tiempos le regalaba dulces por Navidad. En ese segundo, un pensamiento relampagueante y obsceno la sacudió. ¿Y si Elvira había muerto? ¿Y si su apartamento estaba vacío y adentro había algo, aunque fuera una lata que ella había olvidado?
El hambre, más fuerte que el temor y la vergüenza, le dio un empujón: esperó a que oscureciera, se calzó las botas y salió al pasillo. Era la primera vez, en semanas, que actuaba motivada por un impulso tan primitivo.
La puerta de Elvira estaba cerrada, pero la mirilla triturada y la ausencia de sonidos delataban abandono. Tocó una vez. Nada. Luego, apretó el ojo contra la cerradura: adentro, la penumbra lo tragaba todo, apenas un rizo de luz bajo una cortina porosa. Repitió el saludable golpe —un eco hueco recorriendo su pulso— y finalmente intentó girar el picaporte. Se abrió más fácil de lo esperado.
Entró, y lo primero que le golpeó fue el olor: ese aroma eléctrico a humedad y descomposición, una fragancia orgánica, agria, que hizo que tuviera que apretar los labios y contener la respiración. Sintió el impulso de salir corriendo, pero el vacío de su estómago la inmovilizó. Reptó hacia la diminuta cocina con un sigilo feroz. Entre las sombras, distinguió una hilera de botes de conservas, sucios, olvidados, pero intactos. Un hallazgo milagroso.
Sorteó sin mirar un bulto amorfo que yacía en el suelo del salón —no quería saber, no podía— y agarró la mayor cantidad de latas que pudo, metiéndoselas bajo el abrigo. De regreso, un sonido viscoso entre el gotear del grifo y el crujido del piso le onduleó la piel. Forzó su salida, cerró tras de sí y se precipitó a su apartamento.
Sus dedos temblorosos apenas podían abrir la primera lata. Una masa compacta y gelatinosa cayó en el cuenco, un aroma dulce y rancio llenó el aire. No pensó; comió con las manos, lamiendo la aspereza metálica de la lata, llorando de alivio y miedo y culpa. Después, limpió el envase y lo guardó como si fuera un tesoro.
Aquella noche, sin embargo, no pudo dormir. Los sonidos de la casa de Elvira se le hacían cada vez más presentes, como si fueran lamentos; los crujidos y los pequeños estallidos de la madera le insinuaban que alguien —¿o algo?— todavía la habitaba. Pasó la noche acurrucada bajo la manta, velando en tensión, convencida de que alguien vendría a reclamarle lo robado.
A la mañana siguiente, la ciudad era un poco menos ciudad. Una columna de humo ennegrecía el horizonte, tres edificios más adelante. Las noticias hablaban de cuerpos encontrados en un albergue, de niños famélicos en callejones. “El gobierno comunica que la situación está bajo control”, repetía la pantalla, aunque ya nadie escuchaba.
Clara estaba demasiado cansada para tener miedo, pero por primera vez en meses, sintió una llamarada de odio que se abría paso entre densas capas de terror y resignación. Repasó mentalmente cuán bajo había caído: robar a una anciana, regodearse en lo ilícito… La conciencia se iba disolviendo, se mezclaba con las ganas de sobrevivir. El verdadero horror, comprendió, no era lo que otros podían hacer, sino lo que uno terminaba haciendo para sobrevivir. El espanto no estaba fuera: había invadido su carne, marchitándola por dentro como la carcoma.
Afuera, la vida seguía convirtiéndose en otra cosa. Abandonó los últimos vestigios de su dignidad una mañana, al disputar con una adolescente un trozo de pan en la entraña de un cubo de basura. Se vio reflejada en los ojos asustados de la otra y supo, con un estremecimiento, que aquel rostro era el suyo de hace apenas unos meses.
No fue una noche particular ni ninguna señal lo advirtió: la ciudad perdió su nombre. Ahora eran simplemente sobrevivientes esperando otro turno, otro milagro o simplemente otra noche en que la desesperanza no se tornara locura. La vida, pensó Clara, no se sostenía en el amor o el futuro, sino en la brutalidad, en ese impulso irreductible de querer mantenerse vivos un día más. El horror había dejado de ser un episodio extraordinario: era el aire, el agua, la carne; era la ley y la costumbre.
Y en el sótano de algún edificio, en las habitaciones selladas de los demás, en las honduras mismas del alma, eso era lo que quedaba: ese latido sucio y oscuro, esa espera interminable bajo el hambre y el miedo, en donde cualquier cosa era posible y todo —hasta lo inimaginable— era permitido si te garantizaba unas horas más en la tierra de nadie.
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