Portada del relato El huésped innombrable
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Fragmento:


El punto límite llegó la noche de la tormenta. Los rayos cortaban la cortina de la sala, y si mirabas muy abajo, distinguías siluetas de vasos y botellas sobre la mesa, deformadas por la luz azulina. Martin dormitaba en el sofá, y yo vagaba por la casa incapaz de concentrarme en nada. Oía ruidos pequeños —como pequeños pasos, como uñas arrastrándose sobre la madera—. Pensé, al principio, que era el viento forzando los postigos y removiendo el polvo. Me senté a los pies de la escalera, intentando recordar si alguna vez de niña había sentido miedo allí, en un lugar que debería resultarme conocido.

Duración: 12:37

El huésped innombrable
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Texto de ajuste de pausa.

Nunca olvidé el olor. Pese a los años, a los detergentes nuevos y los muebles cambiados, la casa de mi infancia tiene todavía en mi memoria el mismo hedor denso, a encierro, a manteca rancia y madera húmeda. Al principio, uno no lo nota: crece con él, lo respira, lo asimila. Pero cuando vuelves después de largo tiempo, es como si te encontrases de nuevo con el cuerpo de tu madre, frío y deformado. Todo el mundo sabe que lo desagradable recuerda al hogar.

Lo repetí a menudo, ya adulta, para explicar mis reticencias a regresar. Martin, mi marido, decía que era cosa de niños, pero yo podía jurar que las paredes, tras sus capas de pintura, destilaban tristeza del tipo que oscurece la leche en la nevera y hace crujir el suelo bajo la alfombra. Martin, sin embargo, había insistido en que era lo más sensato: la casa estaba en herencia, había que venderla, o por lo menos catalogar lo que pudiera aprovecharse. Nos mudamos allí a finales de febrero.

No esperaba que Martin sintiese lo mismo que yo. Nació en una ciudad donde las puertas siempre encajaban perfecto en sus marcos y las abuelas cocinaban solo los domingos. Para él, la casa era solo madera, ladrillo y ventanas manchadas por el tiempo. Pero ya la primera noche dijo que el grifo del baño tenía goteras, y que las persianas colgaban, pesadas. Pequeños males domésticos, el tipo de detalles que nadie considera sin importancia hasta que comienzan a tragar la luz del hogar.

Con Martin llegaron los desperfectos. Cosas que nunca noté de niña comenzaron a manifestarse como heridas abiertas: el tabique del pasillo con una grieta que serpenteaba hasta la base, la puerta de la cocina con la bisagra oxidada, el tintineo de los cubiertos al menor temblor del suelo. Pero lo peor era ese frío que brotaba por las noches, con la casa perfectamente sellada, y que parecía descender detrás de la nuca, como si me rociase el aliento alguien muy próximo, cuya respiración no pudiese escuchar.

Las primeras semanas pasaron entre muebles apilados —mi madre era una rata recolectora— y bolsas de basura que no terminaban nunca de llenarse. Encontré ropa de cuando tenía ocho años, papeles de pagos atrasados de la luz de hacía un cuarto de siglo, cartas de mi padre, que nos abandonó cuando apenas sabía escribir. Martin hurgaba en cajas con total naturalidad. Yo evitaba el sótano y el cuarto del fondo, aquel donde mi madre pasaba largas horas sentada en la oscuridad, con la mano sobre el regazo. Decía entonces que la invadía el cansancio, pero el aire de ese cuarto, aún después de tantos años y de puertas cerradas, tenía el mismo sabor a llanto contenido, y siempre parecía estar más oscuro incluso en pleno día.

Una madrugada desperté al oír algo en la cocina. Martin dormía a mi lado, ajeno como los niños que nada temen. El ruido era un golpeteo, apenas perceptible: un repiqueteo de objetos pequeños contra loza. Imaginé roedores, pero nunca habíamos tenido. Me puse las zapatillas y caminé por el pasillo. Había aprendido, de niña, a andar sin hacer sonar las duelas y así no alertar a mi madre en sus malos días.

La cocina estaba vacía, pero la luz de la nevera oscilaba como si hubiese alguien delante. Cerré la puerta con fuerza, y volví a la cama. Dormí mal: pesadillas de grifos que no dejan de gotear, de manchas mohosas expandiéndose por el cielo raso. Al día siguiente, descubrí huellas de dedos en el azulejo blanco, a la altura de mis caderas: cinco trazos negruzcos, como si alguien hubiese untado la mano en hollín y deslizara los dedos. Martin dijo que sería suciedad acumulada, y la frotó con su camiseta. Yo sentí frío.

El tiempo se volvió espeso, una especie de pegamento que nos mantenía en la casa a pesar de que cada día era más imposible de habitar. Martin, tan seguro al principio, comenzó a quejarse de dolores en la mandíbula y a perder cosas pequeñas: su afeitadora, las llaves del coche, monedas. Los objetos desaparecían del lugar donde los dejaba y después reaparecían, con el doble de polvo encima, en sitios imposibles. Las cucharas en la bañera, el mando de la televisión debajo del colchón. Yo no lo veía moverse de noche, pero cada mañana encontraba las huellas.

No lo mencioné. No quería que creyese que estaba sugestionada, ni que la casa me estaba destruyendo. Durante días enteros me dediqué a limpiar a fondo los cuartos, a abrir ventanas por las que solo entraban remolinos de aire turbio. Un día, mientras intentaba mover un baúl —lleno de mantas viejas y cajas de botones— sentí detrás de mí el mismo frío de la otra noche, un rumor breve, como la respiración de un animal asustado. Me giré tan rápido que tropecé conmigo misma. Nadie. Sin embargo, el aire se había vuelto denso, casi tragable, y sobre la silla donde antes no había nada, apareció el delantal de mi madre perfectamente doblado.

Supe, entonces, que Martin y yo no estábamos solos.

A las tres semanas, él aparecía cada mañana con los ojos bordados de venillas rojas. Había dejado de dormir bien y de comer. Decía que tenía pesadillas, pero no las contaba. Se pasaba el día enumerando defectos y problemas de la casa en voz baja, como si temiese decir algo indebido: los enchufes que chisporroteaban, el suelo que se hundía, el agua que salía turbia al principio y después adquiría un color amarillento que solo se aclaraba horas después.

El punto límite llegó la noche de la tormenta. Los rayos cortaban la cortina de la sala, y si mirabas muy abajo, distinguías siluetas de vasos y botellas sobre la mesa, deformadas por la luz azulina. Martin dormitaba en el sofá, y yo vagaba por la casa incapaz de concentrarme en nada. Oía ruidos pequeños —como pequeños pasos, como uñas arrastrándose sobre la madera—. Pensé, al principio, que era el viento forzando los postigos y removiendo el polvo. Me senté a los pies de la escalera, intentando recordar si alguna vez de niña había sentido miedo allí, en un lugar que debería resultarme conocido.

Fue en ese momento que creí escuchar que alguien susurraba mi nombre. Bajo, seco, desde el cuarto del fondo. Ningún truco del eco nocturno podría producirlo: era demasiado reconocible, demasiado similar a la forma en que mi madre solía llamarme cuando yo la importunaba detrás de su encierro. Me puse en pie y busqué a Martin. Dormía, pero espejeaba una inquietud brutal, los puños apretados sobre el pecho.

—Me llama —dijo, sin abrir los ojos.

Le sacudí el hombro, suavemente. Se despertó como si hubiera caído al abismo de golpe.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me llamas así?

—No dije nada.

Se puso en pie y, sin mediar palabra, se dirigió al cuarto del fondo. Lo seguí a unos pasos. El aire estaba cada vez más espeso, como si la casa se hubiera tragado el oxígeno. Cuando Martin giró el pomo de la puerta, la bisagra gimió y el aire cambió inmediatamente de temperatura. Oscuro, pegajoso. En el centro del cuarto estaba la mecedora de mi madre. Nada más. Sin embargo, la atmósfera supuraba presencia, una pulsación sorda que hacía vibrar el suelo bajo los pies. Martin no entró: retrocedió y me miró con ojos agrandados.

Durante cuatro días dejamos cerrado ese cuarto con pestillo. Procuramos ignorarlo. Tabicamos la puerta y evitamos el ala oeste. Pero por las noches, la casa crujía de más y ya nada estaba donde debía estarlo. El delantal de mi madre apareció una mañana sobre el pecho de Martin, cuidadosamente doblado, y los cubiertos desaparecían continuamente de los cajones. Me sentí vieja, cansada, atada por lo que la casa exigía.

No sé decir cuándo la casa se tornó hostil. Quizás siempre lo fue, y solo ahora la diferencia de edades, el sueño carcomido, el hastío habían hecho que sus verdaderas costuras salieran a la luz. O quizás era la suma de todas esas pequeñas miserias detenidas en las paredes: gritos entre mi madre y mi padre, noches de frío y hambre, la persistente soledad del cuarto del fondo. Pero no era solo la suma del pasado. Había algo más: una fuerza activa, antigua, que reposaba pero podía en cualquier momento devorarte.

La última noche Martin sugirió que nos fuéramos. La tormenta había regresado, todavía peor. Cuando trató de abrir la puerta principal, la cerradura giró en vacío. Los postigos golpeaban las ventanas, el reloj del vestíbulo había dejado de marcar la hora. Sentí el impulso de correr al cuarto del fondo, pero me contuve y fui hacia la cocina.

En los azulejos, vi entonces, una nueva marca: una mano, pequeña, más pequeña que la de un adulto, impresa en una sustancia oscura que no era óxido ni suciedad. Me sobresalté. Martin apareció tras de mí, los ojos inyectados, y tomó mi brazo.

—No te separes. No vayas hacia allí.

—¿Adónde?

—Al cuarto.

—¿Por qué?

—Ella quiere que vayas tú. A mí no me llama.

Lo miré. Martin tenía la voz opaca, pastosa, como si le pesara la lengua en la boca. Volteó la cabeza, escuchando algo que yo no captaba.

—Voy a abrir la ventana. Salta si puedes —dijo, sin mirarme.

En el momento en que se aproximó a la ventana, todas las luces se apagaron al mismo tiempo. Un silencio tenso, viscoso, descendió de golpe sobre la casa. Solo se oía, a lo lejos, el golpeteo de los postigos en el viento y el murmullo de un tic-tac congelado.

Entonces la puerta del cuarto del fondo se abrió sola. Lo sentí, no lo vi: el cambio de presión, la corriente fría reptando por el pasillo, el chirrido lento de la bisagra oxidada que reconocía de memoria. Yo no quería entrar, pero mis pies —como mecidas por una canción de cuna desconocida— me arrastraron poco a poco, atravesando la sala, evitando mirar cualquier reflejo o sombra, hasta situarme al pie de la puerta. Martin, en alguna parte detrás, murmuraba mi nombre como si intentara anudarlo a la realidad.

Dentro, nada parecía fuera de su sitio. Sin embargo, la mecedora —siempre inmóvil— se balanceaba ahora con un vaivén ridículo, demasiado rápido, y en la penumbra distinguí aquello que me arruinó en la niñez: una figura pequeña, contrahecha, encorvada sobre sí misma, con el rostro oculto por la sombra del cabello. No era del todo humana. Por un instante, se me antojó mi propia silueta, sentada como si estuviera castigada, manos engranadas en el regazo.

“¿Mamá?", susurré, pero la palabra se evaporó en el aire, cubierta por una carcajada diminuta, aguda. La cosa apenas movió la cabeza. Olía como la casa: a humedad, miedo y leche cortada, al perfume agrio de la infancia mal digerida.

Martin me tomó del hombro y, por un instante, sentí que podía volverme y huir. Pero la casa entera pareció revolverse. Todo crujió al mismo tiempo —las vigas, el suelo, el propio aire— y algo, desde las sombras, se estiró hacia mí. No era una mano, sino un conjunto de dedos deformes, pegajosos, que se deslizaron sobre mi muñeca y subieron por el brazo. Sentí cómo el frío me traspasaba los huesos.

Me fundí en la memoria. Fui todos los momentos de temor solitario, todos los gritos ahogados bajo las mantas. Fui mi madre, y mi abuela, y todas las mujeres que se dejaron devorar por la casa. Todo lo que sangra paredes se mezcló en mí. Sentí, por último, el eco de una voz que no era toda humana, reclamando su lugar, murmurando: “Nunca sales de aquí del todo...”.

Cuando Martin logró arrancarme del cuarto, caí de rodillas en el vestíbulo. El frío seguía pegado, y mi ropa tenía la marca de cinco dedos oscuros en la muñeca derecha. Me miró con odio incomprensible durante una fracción de segundo, como si ya no fuera yo.

Nos fuimos a la mañana siguiente, con lo poco que cabía en el coche. Dejamos todo atrás. La casa permanece, a día de hoy, esperando. Sueño con ella cada noche, con la grieta del muro del pasillo creciendo, con el manto de dedos sobre mi piel, con la mecedora oscilando aunque la puerta esté siempre cerrada.

Jamás regresamos. Pero sé que ella, mi madre o lo que habita en esa casa, nunca nos dejó marchar del todo. Algo íntimo, rugoso, sigue enredado en nuestras venas, creciendo día a día con el recuerdo, aguardando paciente el momento justo para abrir su puerta desde adentro.

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