Fragmento:
Las primeras noches fueron anodinas. Del polvo emergieron detalles que llenaron mi libreta de anotaciones: calaveras, vértebras, huesos largos, todos tergiversados pero reconocibles bajo esa pincelada hostil. Una extraña comezón comenzó a recorrerme la piel al limpiar ciertas áreas, sobre todo las del centro, donde los colores parecían más frescos, recientes incluso. Allí las siluetas de los esqueletos eran más nítidas, y en sus cuencas vacías sentía la amenaza de algo que me contemplaba. Contuve mi incomodidad cada vez que sentía que el mural "reajustaba" su composición cuando bajaba la mirada, como si un leve movimiento, imposible de captar, aconteciera apenas apartaba los ojos.
Duración: 09:26
Era entrada la primavera cuando acepté la propuesta de restaurar el enorme mural del sótano del Museo Municipal, una construcción de 1906 que olía a humedad y ácaros, situada en un barrio del viejo Tokio. Siempre fui pragmático: las pinturas no escondían fantasmas, solo polvo y moho. Pero ese encargo me llegó de boca de la directora del museo, una mujer nerviosa que evitaba el contacto visual, y que insistió demasiado en que trabajase a puerta cerrada.
El mural había permanecido tapado desde hacía décadas, tras el cierre de una sección del museo por un misterioso derrumbe. Era una escena abstracta, en tonos rojos, ocres y grises, de imposible interpretación. El encuadre curvado, sin esquinas ni líneas rectas, envolvía la percepción de quien lo mirase, como si te indujera un ligero vértigo. Los trazos, a primera vista, danzaban como cuerpos arrastrados por ráfagas de viento, con remolinos y manchas irregulares. Sin embargo, había un motivo recurrente: una figura, esqueletos sugeridos, a veces completos, a veces apenas siluetas, en posiciones antinaturales y deformes.
Trabajaba cada noche entre las nueve y la una, con tres halógenos que recalentaban el aire y un humidificador chirriante. Mi tarea: remover el polvo secular, consolidar la pintura, sellar grietas, y catalogar peculiaridades. El ambiente allí era penetrante, la piedra impregnada de un frío mineral. A menudo me parecía oír crujir las paredes, aunque me convencía de que eran ratas, el viento o mi imaginación. Pero las capas de suciedad sobre el mural se desprendían con una facilidad antinatural, como si la superficie supiera que volvía a ser mirada.
Las primeras noches fueron anodinas. Del polvo emergieron detalles que llenaron mi libreta de anotaciones: calaveras, vértebras, huesos largos, todos tergiversados pero reconocibles bajo esa pincelada hostil. Una extraña comezón comenzó a recorrerme la piel al limpiar ciertas áreas, sobre todo las del centro, donde los colores parecían más frescos, recientes incluso. Allí las siluetas de los esqueletos eran más nítidas, y en sus cuencas vacías sentía la amenaza de algo que me contemplaba. Contuve mi incomodidad cada vez que sentía que el mural "reajustaba" su composición cuando bajaba la mirada, como si un leve movimiento, imposible de captar, aconteciera apenas apartaba los ojos.
La cuarta noche recogí las manchas de un esqueleto prominente en la esquina inferior derecha. Al raspar los viejos hongos, emergió bajo el pincel un rostro más definido de lo habitual: la mandíbula desencajada, como en un chillido perpetuo, y unos huesos de las manos que se alzaban, en desesperada súplica. Me embelesé limpiando aquel cráneo, obsesionado con pulirlo hasta sacarle brillo. Empecé a notar el aire vegetal tornarse en algo más denso, casi eléctrico; un zumbido minúsculo en mi oído izquierdo, que asocié a fatiga.
Durante la quinta noche, apagaron la luz en todo el museo. La linterna de mi móvil bailó errática mientras reajustaba los cables de los halógenos. En esa sombra circular vi, aunque fuera solo un segundo, el mural palpitando, las figuras danzando de modo inhumano, agitando mandíbulas y fémures en una coreografía imposible. Parpadeé y todo volvió a la quietud. Me reí nervioso, atribuyéndolo a un efecto óptico por el estrés y el hambre, pero al regresar a mi cuaderno encontré, garabateadas por mi propia mano, palabras que no recordaba haber escrito: “No abras los huesos, no cruces el color.”
Esa frase me perseguiría el resto de la restauración. Y no solo esa frase. Cada jornada una irritación nueva. Una noche, desde el subsuelo, resonaron tres golpes tan marcados y profundos que pensé en algún trabajador cavando en el exterior. Pero nadie más debía estar allí. Al otro día, las persianas del laboratorio de restauración adyacente amanecieron arrancadas. Y todo el tiempo, la certeza—madurando en el estómago y gélida—de que no trabajaba solo.
Los sueños, desde la sexta noche, se poblaron de un desierto gris con nubes bajas, donde avanzaba sin piel hacia un umbral circular, mientras figuras deshuesadas me señalaban y me llamaban por nombres extraños que nunca había oído. Al despertar, encontraba fragmentos de tierra en mis bolsillos, y marcas polvorientas similares a huellas de manos, en los costados de mi camilla de restaurador, como si alguien encaramado me hubiera observado mientras dormía.
A la octava noche me distraje tanto observando un patrón de mandíbulas superpuestas en el mural que el tiempo se me deshizo. No sabía si había pasado una o cinco horas. Toqué la pintura para comprobar la textura, y juraría haber sentido hueso, áspero y contundente, bajo la pátina cromática. Cuando aparté la mano vi, por un instante, mi propia palma cubierta de suciedad negra, con piel desprendiéndose, como si hubiera envejecido décadas. Me obligué a limpiar y seguir. Eso hago: trabajo, catalogo, restauro. No me detengo.
A la décima noche, la curadora me llamó al móvil: “No bajes más al sótano. Por favor, te lo ruego. Han desaparecido dos vigilantes. Necesitamos pedir refuerzo.” Pero ya era tarde. No podía dejarlo sin terminar. Sentía el mural como una herida abierta, inacabada, que exigía ser suturada. Además, el esqueleto más central, el de la mandíbula partida y las órbitas desbordadas de rojo, reclamaba mi atención. Su mano parecía, por la perspectiva, salir del muro en un gesto de invitación. ¿Siempre había sido así? ¿Había una capa debajo de la pintura que me llamaba?
Esa noche el aire olía a ceniza y sodio. Entré a la sala y la encontré diferente: todos los halógenos parpadeaban, y la temperatura dentro había descendido a cuatro grados. Me aposté frente al mural y, en vez de trabajar, lo contemplé. Respiraba, sí, de una forma sutil: el aire vibraba entre los huesos pintados. Los ojos de esas calaveras parecían verte incluso cuando no los mirabas.
No recuerdo haberme dormido, pero al despertar, mi cuaderno y mis pinceles estaban en el suelo, y el mural parecía más grande. Era imposible, pero el perímetro de la pintura ahora cubría toda la pared circular, y docenas de figuras se habían multiplicado. En el centro, donde antes solo había un fondo grisáceo, ahora había una puerta pintada: ovalada, como un iris deformado, llena de huesos y manos que se abrían. Me atrajo hacia ella una fuerza más allá de toda lógica y terror.
Y entonces lo vi: cruzando el umbral de ese otro mundo, del otro lado de la pintura, había un espacio mineral, interminable, donde centenares de esqueletos danzaban en círculos, repitiendo el movimiento obsesivo de levantarse y caer, levantarse y caer, en un eterno ciclo de dolor. Y vi, entre ellos, figuras humanas aún con algo de carne, inmóviles, pegadas al muro: sus ojos miraban pidiéndome auxilio.
Quise correr, pero mis piernas no respondían. Sentí mi propia carne tirante, como si decenas de dedos invisibles rozaran, pellizcaran y estiraran mi piel hacia el mural, hacia la puerta, hacia el otro lado. El ruido de los huesos era insoportable: un crujido metálico y húmedo que ascendía en volumen.
Vi, reflejado en el vaho de la piedra, que mi propio rostro comenzaba a desdibujarse, perdiendo detalles, con los contornos de los huesos asomando bajo la piel, cada vez más frágil.
Un susurro, en japonés arcaico, me llenó el oído: “Eres el restaurador, eres el puente.”
Traté de recordar quién me había llamado, por qué había aceptado el encargo. No lo conseguí. Mi libreta cayó de mi mano, y al caer se abrió en dos páginas cubiertas por completo de frases repetidas: “No abras los huesos. No cruces el color.”
Y entonces, un instante antes del desvanecimiento total, logré moverme. No sé cómo, ni por cuánto tiempo, pero corrí escaleras arriba. El mural refulgía detrás de mí, sus colores intensos y frescos, húmedos y brillantes. Cerré la puerta negra del sótano con llave, y prometí no volver jamás.
Desde entonces pasan cosas. Me persigue el eco de huesos crujientes en cada silencio. Los espejos me devuelven, a veces, un reflejo con los pómulos demasiado afilados y la mirada hundida, como si en cualquier momento estuviera a punto de descarnarme. En sueños regreso al mural, al umbral de huesos y manos, y escucho que me llaman desde el otro lado.
El museo asegura que el sótano sigue cerrado, pero recibo a veces, al anochecer, mensajes en mi buzón: dibujos infantiles de esqueletos bailando, calaveras con mandíbulas partidas, o un simple círculo negro pintado con crayón rojo.
Algunas noches tengo que cubrir todos los espejos de la casa, pero no sirve de nada. Sé que el otro lado del mural sigue abierto, calling me, y que un día, no tardando, encontraré en mi propia carne el umbral para cruzar.
Y, lo sé ahora, cuando nos llaman a restaurar lo invisible, lo oculto y lo viejo, no siempre sabemos qué mundos, qué horrores, esperan ser liberados.
Ignorar la invitación fue mi último error.
Escucho huesos arrastrarse por debajo de mi cama.
Y cuando el sueño es lo único que me queda, sé que no me pertenece, sino a ellos. Ellos, los del otro lado del mural.
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