Portada del relato La canción del columpio
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Una noche, Lucy oyó música por la ventana. Era balbuceante y susurrante, un canto de columpio, la vieja tonada de saltar la cuerda: “…uno, dos, tres, en la puerta está el buey… cuatro, cinco, seis, la casa está al revés…”.

Duración: 09:59

La canción del columpio
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

*

La vieja casa de los Milton se yergue, un poco desganada, por encima del pueblo, al final de una callecita de tierra que sólo los viejos del lugar saben recitar de memoria. Las ventanas miran al norte, marchitas, y sólo los niños, atreviéndose más allá de la verja herrumbrosa, corren por su jardín olvidado cuando la luz comienza a inclinarse como si pidiera permiso para desaparecer tras los ciruelos.

Hace años que nadie vive allí, pero todos en Eldgrave recuerdan quién falta. Recuerdan las noches en que las madres abrían la puerta para llamar a la cena y encontraban el eco tan vacío que dolía. Recuerdan el número exacto: tres. Tres niños, con ojos azules y cabellos encendidos, desaparecieron entre las sombras suaves del atardecer de un agosto ya muy lejano. Todos dicen sus nombres en voz baja: Jeremy, Pat y Zoey Milton.

La historia de su ausencia se pegó a la casa como la hiedra, y con los años creció la costumbre de mirar hacia otro lado si te topabas con el sendero que conducía hacia los Milton. Creció el rumor de que, si te acercabas cuando caía la noche, podías oler algo dulce y seco, como almendras amargas, y podías oír risas. Risas infantiles, que salpicaban la brisa fría. Podías oír también, si eras audaz y no te tapabas los oídos, el chirrido del columpio que aún colgaba del granero, gimiendo como una cuerda a punto de romperse.

Lucy había oído esas historias desde pequeña. Las escuchaba acurrucada en la cama junto a su hermana mayor, Sara, más fascinadas que asustadas. Sus padres preferían negar los rumores, insistiendo en que los cuentos de fantasmas eran para los corderos, no para las niñas fuertes. “Esos niños se perdieron en el bosque. Era de noche. Cosas así pasan”, decía su madre, mientras su padre miraba por la ventana, inquieto “Eso fue antes de que talaran el bosque. Ahora ya no hay cómo perderse”.

Pero Lucy, ya con catorce años, seguía teniendo pesadillas. La casa de los Milton aparecía en sus sueños, oscura y enorme, las ventanas hechas bocas que la llamaban. Los columpios chirriaban al soltar su nombre, una voz hueca. Y siempre había un niño sin cara que le ofrecía la mano.

Un otoño, cuando las hojas bajaban en barridos de cobre y la mañana olía a suelo mojado, Sara desapareció. Era domingo. Sara había ido al parque con unas amigas, pero cuando debieron regresar, no se presentó a la cita. Nadie la vio regresar. Nadie la vio en la esquina ni en las calles. Nadie la vio, salvo una anciana que vivía al borde del pueblo, quien dijo haber distinguido dos figuras antes del anochecer: una alta y una bajita, caminando de la mano hacia la casa de los Milton, las cabezas inclinadas, como si escucharan música.

El pueblo se estremeció. Otra madre cerró la puerta sin querer mirarla demasiado, como si el acto mismo pudiese salvar a sus otros hijos. La policía revolvió el parque y los caminos, arrasó con las malezas detrás de los jardines, y volvieron con las manos vacías.

Lucy dejó de dormir. Durante días, lloró hasta que sus ojos parecían de papel arrugado. Su padre apenas hablaba; su madre iba y venía como un fantasma doméstico. El vacío de Sara llenó la casa, y era como si el silencio flotara, pegajoso y agrio, bloqueando la entrada de la luz.

Una noche, Lucy oyó música por la ventana. Era balbuceante y susurrante, un canto de columpio, la vieja tonada de saltar la cuerda: “…uno, dos, tres, en la puerta está el buey… cuatro, cinco, seis, la casa está al revés…”.

Se asomó. Nadie, salvo la bruma, paseaba por su calle. Sin embargo, sentía el corazón de la infancia palpitar rápido, el miedo añejo y caliente. Se metió bajo las mantas, jurando no escuchar. Pero la canción se coló a través de los poros de la noche, y Lucy, al cerrar los ojos, vio la puerta de los Milton, roja y enorme, hinchándose hacia ella como si respirase.

No fue una decisión. Aquella misma madrugada, descalza, Lucy se encontró caminando por el sendero que daba a la vieja casa. No recordaba haberse vestido siquiera. No recordaba haber abierto la puerta de su casa ni haber salido al aire helado de noviembre, pero sus pies avanzaban, desobedientes, siguiendo la música.

Las sombras de los árboles le parecieron manos huesudas; cada crujido de las hojas era una promesa de compañía. Al llegar, la verja herrumbrosa susurró algo que no logró entender. El columpio, colgado del granero a la izquierda, giraba lentamente, a pesar de que ningún viento soplaba. Cantaba. Lucy no sabía cómo un columpio podía cantar, pero lo hizo: “…nueve mariposas, diez, si quieres bien… ven, ven, ven”.

Un escalofrío recorrió su espalda. No era tanto el frío, sino la sensación de estar observada. La madera podrida de la terraza crujió debajo de sus pies. Lucy pensó en su hermana, pensó en las noches riendo bajo las sábanas, y sintió el peso repentino de la soledad en la lengua, como si pronunciara un conjuro al revés.

La puerta roja estaba entreabierta. Un olor a perfume barato y hojas secas la asaltó al cruzar el umbral. El interior era más oscuro de lo que hubiera debido; el aire estaba denso, palpándose. Y sin embargo, la música flotaba, tierna: “…cuatro, cinco, seis…”

Lucy subió por la escalera de caracol. Los escalones gemían bajo su peso, pero nadie apareció. En el piso de arriba, el pasillo parecía infinito, cubierto de polvo y telarañas, pero allí, al fondo, una luz tranquila titilaba desde detrás de una puerta entornada.

La empujó. La habitación estaba decorada con papeles viejos de colores algo marchitos. Juguetes desparramados, una muñeca sin ojos sobre una silla, un tren detenido. En la esquina, junto a la ventana, de espaldas, una niña cantaba, balanceándose muy despacio en lo que parecía ser un columpio anclado al techo. El aire tenía un aroma lánguido a caramelos derretidos y uñas cortadas.

Lucy supo, sin necesitar verlo, que era su hermana. La luz de la luna apenas rozaba los cabellos largos y dorados.

—Sara —susurró Lucy.

La niña giró la cabeza. Sus ojos habían cambiado. Eran demasiado profundos, demasiado oscuros, pero la sonrisa era de Sara; frágil, como si la hubiera aprendido de memoria.

—¿Por qué viniste, Lucy? —La voz deslizó por la habitación, lejana, como si naciera de detrás de la pared.

—Te estoy buscando. Tienes que venir a casa. —La voz de Lucy sonaba temblorosa, pequeña, como si hablara a través del sueño.

Sara dejó de balancearse y dejó caer las piernas al suelo, pero los pies no alcanzaron el piso. Quedó suspendida, flotando. Detrás de la niña, una forma emergió, redonda y movediza, hecha de sombras y risas apagadas. Tenía la silueta de un hombre con múltiples brazos; de las palmas colgaban dientes de leche atados con hilos rojos.

—¿Recuerdas los juegos, Lucy? —preguntó Sara, los ojos brillando como piedras mojadas—. Aquí nunca estamos solos. El señor nos cuida. El señor Milton.

Ahora Lucy comprendía. Las viejas historias decían que el padre de los niños, Arthur Milton, jamás halló paz tras su desaparición. Casi nadie recuerda qué fue de él, excepto por el rumor de que no fue visto salir la noche en que los niños desaparecieron. Nadie había registrado la casa con suficiente atención. Porque nadie quería ver lo que no debía estar.

—Ven con nosotras —dijo una voz nueva, infantil, desde el fondo de la sala, y luego otra—. Nuestras familias nos olvidaron. Pero aquí siempre hay sitio para uno más.

Los dientes tintineaban en los hilos, repiqueteando un ritmo suave, invitante. Lucy trató de retroceder, pero sus pies no respondían. El hombre-sombra se inclinó, sus brazos multiplicándose como ramas. Vio en sus manos recortadas más de los dientes, vio cabellos y lazos y una cajita de plata cerrada. En la tapa, el nombre de Sara, grabado.

—Tú también tienes un diente que te falta. —Sara sonrió, y por un segundo su rostro fue todo boca, blanquísima.

Lucy recordó la caída en el recreo, el hueco en la encía, la sangre, la moneda debajo de la almohada. El juego de la “hada de los dientes”.

—Tienes que quedarte, Lucy. Si te vas, nos olvidas —musitó Sara—. Si te quedas, cantamos juntas. El señor nos cuida.

Lucy luchó. Pensó en su madre llorando en la cocina, en su padre aguardando con la puerta abierta, en la brisa de las mañanas frías, en los secretos susurrados a media voz. Luchó, aunque el hombre-sombra extendía su mano, cada uno de los dedos terminado en un pequeño diente infantil.

Gritó, y el grito fue absorbido por las paredes agrietadas, y los niños del fondo se rieron, y las risas crecieron hasta ser viento.

La casa la absorbió.

A la mañana siguiente, los padres de Lucy, desesperados, encontraron la cama revuelta y la ventana apenas entornada. El pueblo se sumó a la búsqueda con ojos cansados y esperanzas mínimas. Llegaron hasta la verja, pero nadie quiso cruzarla.

Sólo una anciana detuvo a uno de los policías al regresar. Entre parpadeos, la mujer, que antes decía no oír bien, repitió:

—Vi dos figuras. Una alta y una bajita, y luego una tercera, más pequeña. Todas tomadas de la mano. Caminaban hacia la casa. Cantando. “Nueve mariposas, diez, si quieres bien…”

Los adultos no le dieron crédito. Pero entre los niños de Eldgrave, esa noche, corrió el rumor de que si ponías un diente bajo la almohada y recitabas la canción tres veces, los niños Milton y las hermanas acudirían. Y que, si abrías la ventana y escuchabas con atención, entre el vaivén del columpio y las risas que ya no saben cuándo terminan, podrías oír tu propio nombre, cantado en voz baja por alguien al que acabas de empezar a olvidar.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.