Portada del relato Reflejos en la Vajilla
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Fragmento:


La frase, enunciada con una suavidad implacable, cargaba plomo suficiente para aplastar su espíritu durante horas. Bajó la cabeza, recogió los pedacitos y, sintiendo la mirada de Javier, se prohibió a sí misma llorar.

Duración: 09:56

Reflejos en la Vajilla
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Texto de ajuste de pausa.

El sonido del tenedor rozando el borde del plato subía corpulento hasta la lámpara, rebotaba contra el techo y descendía invisible para posarse en sus hombros como una segunda piel. Alicia masticaba con la mandíbula apretada. Los músculos, duros, palpitaban con cada intento de moler el trozo de carne que, una y otra vez, se negaba a perder su forma sólida. La grasa corría por la comisura de sus labios, tibia, como si quisiera volver adentro y no caer en el plato.

—Está delicioso —murmuró, levantando los ojos.

En la cabecera de la mesa, Javier seguía cortando su propio trozo de carne. El gesto de su muñeca era metódico, quirúrgico, como quien desmembrara algo sagrado. Trazó una sonrisa, pero sus labios apenas se movieron; la sonrisa pareció nacer en sus ojos, resbalando luego por su rostro hasta perderse en la corbata cuidadosamente anudada. Elisa, la hija de ambos, de diez años, jugueteaba con los chícharos, haciéndolos rodar de un lugar a otro de su plato. Alicia le dirigió una mirada de advertencia, tan rápida y cortante que fue como un parpadeo.

—¿Qué tal la escuela, Elisa? —preguntó Javier, sin dejar de cortar la carne.

La niña levantó la mirada y Alicia pensó que no encontraba apoyo en sus ojos. Ella era una invisible, una sombra. Nadie la ayudaría si se atrevía a decir lo que pensaba.

—Bien —dijo al fin Elisa, encogiendo los hombros—. Hoy tuvimos examen de matemáticas.

Javier asintió. Entre abrió los labios para decir algo más, pero se detuvo al escuchar el chirrido agudo de la madera; alguien, en la casa, acababa de abrir una puerta.

El cuero cabelludo de Alicia se tensó. Intentó ocultar su reacción tras una sonrisa torpe. Nadie se movió.

—Debió ser el viento —murmuró Javier finalmente, aunque ninguno de ellos había abierto una ventana desde la mañana.

Comieron en silencio, salvo por el monótono repiqueteo de los cubiertos y los pasos que —quizá imaginados— parecían recorrer el pasillo principal.

El primer vaso se rompió esa noche.

Cuando Alicia recogía la mesa, alzó el vaso de Elisa, notó un escalofrío helado en los dedos y lo dejó caer. El vidrio estalló en una letanía diminuta, como risas sofocadas en el suelo. Javier apareció inmediatamente, medido, lento y sin levantar la voz.

—Te estás volviendo torpe, Alicia.

La frase, enunciada con una suavidad implacable, cargaba plomo suficiente para aplastar su espíritu durante horas. Bajó la cabeza, recogió los pedacitos y, sintiendo la mirada de Javier, se prohibió a sí misma llorar.

Esa noche no fue la última.

***

Las primeras señales fueron pequeñas. Platos que aparecían fuera de lugar —un cuenco de sopa en la mesita del vestíbulo, una taza manchada de leche junto a la bañera—, las toallas dobladas como Alicia nunca las habría doblado. Eran detalles, siempre domésticos, y aun así inquietantes.

Una tarde, Elisa llegó corriendo a la cocina.

—Mamá, ¿dejaste tú encendida la luz de mi recámara? —preguntó, aferrándose al marco de la puerta.

Alicia negó con la cabeza.

—Entonces... —balbuceó la niña—, vi a alguien. Creo que hay alguien en la casa.

Alicia se arrodilló, tomándola de los hombros.

—Estamos las tres solas, sólo tú y yo y... —tragó saliva; la presencia de Javier flotó sobre la conversación como un presagio—. Aquí no hay nadie más.

Pero el miedo de su hija era tan real, tan áspero, que sintió la amenaza de una lágrima presionando sus ojos.

Aquella noche, Alicia despertó cuando sintió que el colchón cedía a su lado, como si alguien se hubiera sentado junto a ella. Se incorporó en la penumbra y, en el silencio brumoso del cuarto, escuchó un leve zumbido. La voz de Javier, aunque distorsionada, llegó desde la cocina.

—El vaso... el vaso se rompió solo —decía.

Alicia se cubrió los oídos. Al día siguiente, Javier negaría haber hablado en la madrugada.

***

El ambiente en la casa fue haciéndose cada vez más denso. La electricidad chisporroteaba cuando Alicia conectaba la cafetera. Las luces del pasillo parpadeaban, pero sólo cuando ella transitaba por allí. Elisa le confesó que oía risas detrás de las puertas cerradas y que, a veces, por la madrugada, sentía una mano rozar su rostro cuando dormía. Solo la niña y Alicia experimentaban esos horrores; Javier, en cambio, parecía ajeno o indiferente.

Y entonces, una tarde, sucedió algo que Alicia ya no pudo explicar:

Recogía los platos tras la comida cuando escuchó un silbido, bajito y claramente humano, proveniente del fregadero. El sonido era como cuando uno sopla entre los dientes para llamar la atención. Giró, pero no había nadie. La ventana estaba cerrada. Los platos parecían mirarla con reproche sordo.

Fregó con más fuerza de la necesaria. El cuchillo resbaló y la cortó en la palma. Sangró. Dejó caer los cubiertos, pero el silbido se repitió, insistente.

Alicia huyó del lugar.

Aquella noche, con las manos envueltas en vendas, Alicia se permitió llorar. No quería dormir; la idea de compartir la cama con Javier, aún peor con lo que fuera que circulaba en los pasillos, la aterraba. Aun así, al final, el sueño la venció.

Soñó con una mesa enorme, cubierta de platos limpios y pulidos que le devolvían su propio rostro distorsionado, repetido al infinito. En cada reflejo, Alicia gritaba; pero ningún sonido escapaba de su boca. A su alrededor, Javier y Elisa comían en ordenada sincronía. Detrás de su marido, un tercer comensal invisible cortaba la carne, siempre usando su propio brazo.

***

Despertó cuando la lámpara de techo estalló en mil pedazos. Carcajadas de cristal descendieron sobre la cama. Javier se incorporó malhumorado, los fragmentos brillando como escarcha en su cabello.

—¿Qué hiciste? —rugió; el rostro afeado por el insomnio, por el miedo.

Ni habría sabido cómo explicarlo. Nadie había tocado la lámpara.

Elisa llegó corriendo. Lloraba, con los pies descalzos y cubiertos de polvo.

—¡Viene conmigo! ¡Viene conmigo! —gritaba.

Javier se volvió hacia ella; el golpe seco de su palmada impregnó el aire de violencia contenida.

—Cállate —siseó, y la niña obedeció, encogiéndose aún más.

Alicia abrazó a su hija. Mientras tanto, en el pasillo, una sombra cruzaba velozmente, borrando la luz a su paso.

***

La casa comenzó a fragmentarse. Puertas que se cerraban solas. Goteras que no existían unas horas antes. Grietas que sembraban los muros como raíces de árboles invisibles. Alicia miraba sus manos desnudas, preguntándose en qué momento se había convertido en parte del problema, en vez de la solución.

Una tarde, cuando Javier no había llegado de trabajar, decidió limpiar los trastos de la alacena. Quería encontrar la causa de su desdicha, como si la maldad —humana o no— se ocultara entre el polvo y los platos mal acomodados.

Mientras retiraba los platos, encontró uno más, uno que no recordaba haber comprado jamás: era antiquísimo, con bordes dorados y una escena pintada en azul y verde. Una familia sentada a la mesa. La madre, el padre, una hija. Y, tras ellos, una figura negra.

Alicia sintió las piernas flaquear.

Estaba a punto de meterlo en el lavavajillas cuando una voz surgió bajo la mesa, un susurro crispante, como uñas rayando un vidrio:

—Tienes que quedarte.

Alicia cayó de rodillas. El plato escapó de sus manos y rodó por el suelo, estrellándose contra la última loseta. Al mirar los trozos, cada uno le devolvió un trozo de su propio rostro, descompuesto y sonriente. Entonces comprendió: la casa no los quería, la casa los necesitaba.

Unas manos gélidas la abrazaron desde atrás. Alcanzó a oler la piel: ácido, metálico, ajeno. Forcejeó, pero cuanto más luchaba, más fuerte era la presión. Cerró los ojos y rogó por despertar. No lo consiguió. En la habitación, la vajilla empezó a tintinear, imitando palabras que no entendía, un lenguaje hecho de porcelana y terror.

Cuando llegó Javier, la cocina estaba vacía, pero cada plato se encontraba perfectamente alineado en las repisas. Un vaso limpio, ajeno a todos los demás, coronaba la mesa.

***

Las desapariciones de Alicia y Elisa ocuparon la portada de los diarios locales durante una semana. La policía rastreó la casa una y otra vez, sin encontrar una sola pista. Javier ofreció entrevistas televisivas, conteniendo a duras penas la emoción, repitiendo el discurso aprendido de memoria: “No sé qué ocurrió, simplemente… ya no estaban”.

La casa se vació pronto. Nadie quiso comprarla. En las noches, los vecinos decían ver las luces encenderse y apagarse solas. Por la ventana de la cocina, a veces, juraban distinguir la silueta de una mujer lavando platos y la de una niña pequeña sentada a la mesa. Nadie se atrevió a entrar de nuevo.

Javier, tres meses después, subió hasta el dormitorio principal. El aire olía a madera humedecida. Sobre la mesa de noche, como una ofrenda invisible, encontró un plato: el plato antiguo que Alicia nunca pudo romper del todo. En el centro, su propio rostro aparecía reflejado entre la pintura. Pero no estaba solo; de pronto, la figura oscura del fondo se materializó, tomándole de la muñeca con una fuerza imposible de rechazar.

Y se escuchó, en la casa vacía, el mismo silbido bajo la puerta.

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