Portada del relato Oscuridad Arrastrada Bajo la Piel
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Fragmento:


Al doblar la esquina vio la hilera de contenedores —verdes y oxidados de humedad— y los gatos escarbando en lo hondo, las bolsas negras ribeteadas de dientes de metal. Respiró hondo. Siempre, cada cacería debía iniciar con una señal, la confirmación de que todo saldría según la danza secreta.

Duración: 12:11

Oscuridad Arrastrada Bajo la Piel
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Texto de ajuste de pausa.

Después de medianoche la lluvia cesaba, resintiendo las farolas incrustadas como dientes rotos en la carne del suburbio, y sólo quedaba el agua filosa sobre las aceras, lista para devolver el rostro de quien se acercara demasiado a su reflejo. Gabriel O’Reilly caminaba en la penumbra, su silueta alta y desgarbada recortada por el débil resplandor. El abrigo desgastado colgaba como si necesitara hombros más grandes. Arrastraba la maleta a pocos centímetros de la bota derecha, y si algo se movía tras las ventanas ni se molestaba en mirar.

Las casas de la zona sur, con sus jardines mutilados y automóviles de llantas desnudas, habrían espantado a cualquiera salvo a los que ya tenían el espíritu embotado. Gabriel sentía el frío correrle por la espina, aunque no temblaba: era la sensación de saberse en el sitio adecuado. Oscilaba entre la atención y la ensoñación, como si flotara sobre una bruma negra de sueño, y cada tanto desmontaba el escapulario que colgaba de su muñeca para tocar los nudos. Era su ritual.

Al doblar la esquina vio la hilera de contenedores —verdes y oxidados de humedad— y los gatos escarbando en lo hondo, las bolsas negras ribeteadas de dientes de metal. Respiró hondo. Siempre, cada cacería debía iniciar con una señal, la confirmación de que todo saldría según la danza secreta.

Cruzó la calle. El hedor de carne putrefacta, despojos y orina vieja le llenó la boca de saliva. Dejó la maleta bajo el letrero medio desprendido de la lavandería cerrada. Entonces se sentó a esperar, las piernas dobladas por la fatiga, los músculos tensos como la cuerda de un arco. No era un hombre de paciencia difícil, aunque tampoco un santo; la mayor parte de su vida la había desperdiciado esperando, espiando, hurgando en la vida de otros a través de sus ventanas y sus espejos.

No pasaron ni veinte minutos antes de que viera a la primera. Una chica menuda, cabellera desteñida a un rubio ceniza, la mirada pegada a la pantalla del móvil, el paso apurado de quien le hace falta el aire o la esperanza. Cuando estuvo a buena distancia, Gabriel se levantó, apenas un susurro en la humedad, y la siguió sin miramientos. Sabía cómo borrar su sombra y presencia, cómo disiparse en una atmósfera preñada de miedo latente.

El assedio era tan importante como el toque final. La observaba cruzar un tramo de la calle, entrar a otra zona más oscura. El zumbido ancestral en sus sienes aumentó; el presentimiento de que un depredador primitivo despertaba en él, el mismo monstruo que había obligado a los primeros hombres a reunirse junto al fuego. Había aprendido a dejar hablar a esa bestia, a dejarse guiar.

La joven cruzó la puerta de un edificio; Gabriel no tenía prisa. Observó el entorno: ningún autos patrullando, ningún vecino azomándose. Arrastró la maleta, eligió el sendero entre setos ya sin hojas, y aguardó en la penumbra tras la escalera exterior. Veinte, treinta minutos después, la joven volvió a salir, ahora afanada quitando un cigarro del bolso. Gabriel se adelantó despacio, casi flotando. Al doblar la esquina, ella apenas tuvo tiempo de alzar la mirada antes de que la sombra cayera sobre su rostro y todo se diluyera en una inyección rápida al cuello.

Dentro de la maleta tenía el método de su arte: el plástico negro, el cuchillo de caza afilado hasta el delirio, vendas y cinta aislante. Y la máscara. No necesitaba la máscara para ocultar quién era; la usaba para sentirse completo. Era de cuero ajado, color óxido, con dos aberturas redondas para los ojos y una costura tosca desde la barbilla hasta el entrecejo. Un antifaz ritual que iba más allá del disfraz.

La llevó, aún aturdida, hasta una casa abandonada a dos calles del lugar. El sitio era frío, los tablones del piso crujían bajo el peso. Gabriel cerró las ventanas de un tirón, amontonó la maleta sobre una mesa desvencijada y extendió plástico sobre el suelo. Colocó el cuerpo en posición fetal, siempre comenzaba así. Las manos enguantadas palparon el cabello de la muchacha, y en un murmullo casi paternal, susurró las palabras que había aprendido años atrás, en su primera comisión real: “Este mundo es un velo, sólo uno de muchos”.

El cuchillo hizo el resto: líneas largas y precisas, hasta que la sangre manchó de violeta el plástico, hasta que el rostro dejó de ser humano y fue sólo un mapa de nervaduras y músculos. Gabriel apreciaba el silencio, la rareza del momento en que el cuerpo se deslizaba de camino hacia otra parte y el alma quedaba adherida a la estancia, como un vapor invisible que a veces susurraba desde el rincón.

Pero no mataba por placer sensual ni tosca lujuria —o eso juraba ante sus propios demonios— sino por la restricción absoluta de la necesidad: las noches lo reclamaban, y dentro de la estructura terrible de su mente, el único método de apaciguar al monstruo era alimentar su arte. Cada muerte era un paso más hacia el equilibrio que nunca encontraba.

No muy lejos, la ciudad seguía su pulso agónico. Autos cruzaban avenidas como bichos de lateja, la gente entraba y salía de bares y salones, sin saber que Gabriel O’Reilly caminaba entre ellos, seleccionando, esperando. Más tarde, borró sus huellas, recogió el cadáver en fragmentos bien envueltos y lo acomodó dentro de una bolsa doble sellada. El río que atravesaba la ciudad era el perfecto confidente: nunca delataba ni devolvía nada que se le arrojara.

***

Se deslizaba por casas vacías, callejones inundados, bares tristes donde camareros con ojos vidriosos imaginaban que lo habían visto antes. Movía su vida como un guante viejo: Despertaba en la pensión barata de la calle Habernathy, comía apenas para no desmayarse, y por la tarde revisaba el mural improvisado de rostros, nombres, direcciones arrancadas de papeles sucios. Una constelación de víctimas potenciales, un trabajo que requería precisión de relojero y paciencia de confesor.

La policía conocía la leyenda: “El sastre”, lo llamaban, por los cortes y la pulcritud con que cada escena era limpiada. Gabriel tampoco dudaba de su ingenio; ninguna cámara lo había captado nunca, ningún ADN sobrevivía más de dos horas fuera de su control. Investigadores discutían en pasillos iluminados por fluorescentes rotos, pero nunca acudían al silencio donde de verdad ocurrían las cosas.

Cada muerte implicaba un ajuste en su mapa interior. Cada muerte era memoria de rostros amordazados por la imprecisión del recuerdo y por la rebaba de una conciencia desollada. A veces, en noches de fiebre, Gabriel soñaba los rostros de todas sus víctimas reunidas en una sala, esperándolo sin acusación ni redención. Sólo lo miraban. En esos sueños, la madera se hinchaba con el llanto, y el cuchillo se doblaba como si estuviera hecho de goma.

En uno de esos amaneceres en que la niebla era tan espesa que ni los perros se animaban a salir, Gabriel conoció a Esther. Vestía de negro, cabello corto y cara larga, como un personaje recortado de otra época. La vio sentada en la barra del Bar Lucky Cat, sola, bebiendo ginebra en vaso bajo, hojeando un cuaderno lleno de manchas. No esperaba fijarse en ella, pero algo en la quietud de sus gestos resonó con la melodía retorcida de su propio ser.

La observó durante días, primero desde la distancia y luego más cerca. La vio atender un puesto en el mercado nocturno, apostada entre lámparas y retratos viejos, siempre con la vista perdida en un lugar que él no podía adivinar. Pronto, la necesidad de llevarla al final conocido se mezcló con otro deseo, menos claro pero más peligroso. Por primera vez, pensó en la posibilidad de no matarla.

La siguió aquella noche lluviosa hasta un callejón empequeñecido por la basura. Se escondió tras un montículo de cartón empapado; sacó el cuchillo lentamente, tanteó la máscara, pero todo su cuerpo estaba paralizado por una imposibilidad física. Esther se detuvo, giró apenas el rostro y dijo, sin miedo:

—Si te atreves, debo advertirte que te quedarás vacío.

Gabriel no entendió, pero una ráfaga de frío se le deslizó por la nuca. No recordaba haber dejado escapar un movimiento, ninguna pisada. Y, sin embargo, ella sabía.

—¿De qué hablas…? —quiso decir, pero su voz era apenas un zumbido.

—No eres el primero —dijo Esther—. Y tampoco el último.

Después, la niebla lo engulló igual que una sábana tendida sobre una cama sin sueños. Buscó su figura en vano; cuando la niebla escampó, sólo quedaba el eco del taconeo de Esther en la acera de enfrente.

***

La obsesión lo entumeció días enteros. Gabriel caminaba por la ciudad como un sonámbulo hambriento, sin rumbo ni objetivo. Imaginaba rostros y los borraba. Estudiaba cartas de tarot, diarios de sucesos antiguos, archivos policiales. Descubrió que la Esther que conocía no existía en registros oficiales. Nadie la había visto entrar ni salir nunca del edificio donde vivía, ningún vecino la recordaba.

Sin embargo, cada noche aparecía en el bar, bebiendo lentamente, mirando la puerta como si esperara a alguien. Gabriel sentía que una trampa se cerraba en torno a él: los recuerdos de cada crimen se deslizaban fuera de su control, y la ansiedad palpitaba, resbaladiza, como un pez ciego en una pecera demasiado pequeña.

—¿Por qué no la mataste? —se preguntaba en la penumbra de su cuarto— ¿Qué te detuvo?

La voz interna, ese monstruo gutural que tanto había alimentado con sangre y silencio, ahora callaba. Gabriel sintió, por primera vez en años, que algo nuevo lo acechaba; un cazador aún más capaz, una fuerza que recorría túneles y cloacas esperando que él, tarde o temprano, no pudiera resistirse a su propia naturaleza.

Una madrugada vio su propio reflejo distorsionado en el cristal del bar. Se vio demacrado. Los ojos eran dos pozos, las mejillas un mapa de cicatrices. Fue entonces que Esther se le acercó, apoyando el vaso vacío cerca de su mano enguantada.

—Vas a matarme, ¿no es así? —dijo ella, casi como una caricia.

Gabriel negó; la boca seca, las manos apretadas contra los bolsillos. No podía. Era como si toda la violencia se hubiera escurrido por una rajadura invisible.

—Te comprendo —murmuró ella con una sonrisa triste—, pero hay algo que necesitas saber. No eres tú el asesino. Eres sólo el vehículo.

Gabriel no entendió, y cuando trató de preguntar la lengua se le trabó. Miró a Esther a los ojos y por un instante todo el mundo tembló. Ella metió una mano en su bolso y le entregó una foto, oxidada, en blanco y negro. Gabriel la tomó; era un retrato de sí mismo, pero no podía recordar el día, ni el lugar, ni el gesto impasible de su rostro. Por primera vez, sintió verdadero miedo: se preguntó si algo dentro de él lo observaba a través de ese mismo rostro y se reía, hambriento, desconociendo los límites de la carne.

Esther se fue. El bar se oscureció tras ella. Gabriel miró la fotografía. Al otro lado del cristal, el reflejo sonrió; la sonrisa no era la suya, sino la de un ancestro monstruoso, una criatura imposible escondida bajo la piel de los justos y los pecadores. Supo entonces que el terror no era cuestión de muerte, sino de identidad. Que él, en ese instante, era prisionero de una fuerza que sólo deseaba seguir su danza ritual, una coreografía que se repite más allá de la voluntad humana.

En la acera, la ciudad volvía a respirar. Gabriel comprendió, entre sollozos secos, que no hay mayor horror que descubrirse a uno mismo como el espectro del que todos huyen. Y mientras avanzaba, la máscara de cuero pegada al pecho, la lluvia le lamía el rostro como si quisiera borrarlo por completo.

La caza proseguía, pero el cazador nunca sabría si era él quien acechaba o sólo una máscara más entre muchas, una piel extraña arrastrada en la más oscura de las noches. Puesto que el verdadero monstruo nunca necesita mostrar sus dientes; basta con que te convenza de que caminas por voluntad propia—cuando tu rostro ya no es tuyo, y tu voluntad es sólo el eco de un grito muy antiguo bajo la piel.

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