Fragmento:
Habían pasado tres noches desde la primera vez que la vi. No era una sombra borrosa, ni una figura fantasmal en el rabillo del ojo. Era clara, negra, su contorno recortado como una persona más alta que yo, con los hombros encorvados y una cabeza ligeramente ladeada, que me observaba cuando me acercaba a afeitarme. Por más que buscaba detrás de mí, sólo veía la cortina de la ducha arrugada a la derecha y el vacío del pasillo detrás. La sombra permanecía inmutable, y sus dedos delgados parecían estar casi pegando contra el vidrio cuando miraba más de la cuenta.
Duración: 09:26
No había logrado dormir más allá de unos mazazos de sueño tibio la última semana. Las ojeras que me recorrían los pómulos delataban las horas de insomnio que acarreaba, pero todavía eso estaba lejos de ser mi mayor problema. Ya no era un secreto el motivo por el cual sólo yo veía sombras cada vez que pasaba por algún espejo de casa. Mis padres decían que me estaba dejando sugestionado por el estrés, la presión de la oficina, pero yo sabía que el cuarto de baño al fondo del pasillo estaba enfermo y era imposible que otro reflejo pudiera aparecer tras mi silueta al menos que, de alguna manera, el vidrio estuviera apuntando a otra dimensión.
Habían pasado tres noches desde la primera vez que la vi. No era una sombra borrosa, ni una figura fantasmal en el rabillo del ojo. Era clara, negra, su contorno recortado como una persona más alta que yo, con los hombros encorvados y una cabeza ligeramente ladeada, que me observaba cuando me acercaba a afeitarme. Por más que buscaba detrás de mí, sólo veía la cortina de la ducha arrugada a la derecha y el vacío del pasillo detrás. La sombra permanecía inmutable, y sus dedos delgados parecían estar casi pegando contra el vidrio cuando miraba más de la cuenta.
La cuarta noche, decidí que tendría que tapar el espejo. No podía permitirme otra crisis de ansiedad, la última ya casi me cuesta el trabajo. Pero fue entonces cuando comenzó la verdadera tortura. El teléfono empezó a sonar bien entrada la madrugada, un timbre ahogado, como si viniera conectado no al cableado de la casa, sino a mi propio sistema nervioso. Levanté el auricular; nadie contestó. Sólo el rumor de respiraciones apagadas. Cuando colgué, vi mi reflejo en la ventana del recibidor: y ahí, en el fondo negro tras el cristal, apenas perceptible, se extendía más allá de lo creíble esa maldita mancha humana, la misma postura inclinado, la misma cabeza ladeada. No logré conciliar el sueño.
La noche siguiente, todo llegó al límite. Me desperté con una sed abrasadora, los labios tan secos como si los hubiera restregado contra piedra. Crucé la casa hasta la cocina, y al pasar por el baño vi la cinta adhesiva y la sábana que había colocado sobre el espejo deslizarse hacia el suelo. El frío que levantó la brisa me puso la carne de gallina. Me aproximé muy despacio y entonces lo vi. Mi reflejo estaba detenido a escasos centímetros del borde, pero detrás, ocupando el marco entero, brillaba esa silueta, detallada hasta en la costura de los labios. Y esa noche, la sombra sonreía.
No me atrevía a moverme. Sentí como si la oscuridad se deslizara dentro de mi propio cuerpo, como un animal invisible enroscando sus garras en la columna vertebral. Cerré los ojos y conté hasta diez, como cuando era niño y sobrevenía un ataque de pánico. Cuando volví a mirar, la figura estiró los brazos y apoyó las manos planas del otro lado del cristal. Pude escuchar el roce, nítido e imposible, una vibración baja atravesando el aire hasta mis huesos.
Retrocedí hasta tropezar con el marco de la puerta, pero cuando intenté correr, el espejo brilló con una luz oscura—si se puede llamar luz—y sentí como si todo el baño se encogiera. El pomo chirrió y la puerta se cerró de un golpe, aprisionándome allí, en ese rectángulo de murallas de azulejos y humedad. No podía mirar, pero no podía dejar de hacerlo tampoco. Por un instante, el rostro de la figura estaba tan cerca del vidrio que parecía que iba a atravesarlo. Vi cómo su mandíbula se descoyuntaba, descolgándose, y dos líneas idénticas a cuchillas se abrieron donde deberían estar las mejillas.
Grité. Golpeé la puerta, pero mis gritos sólo resonaban en mis oídos, amortiguados, incapaces de traspasar las paredes. Y entonces, el espejo comenzó a sangrar. No fue sangre realmente, sino una especie de líquido aceitoso y negro, que rezumaba de los bordes y descendía en hilos gruesos hasta el lavabo. Una gota cayó sobre mi mano extendida y sentí un ardor intenso. Todo mi cuerpo se tensó y la piel se volvió áspera, punzante.
La figura avanzó, traspasando finalmente el cristal, primero las manos, luego los hombros y la cabeza, arrastrando robustas capas de sombra a su alrededor, como un sudario de hollín. No hubo tiempo de gritar otra vez. Sentí su abrazo pegajoso, su temperatura imposible. Era como ser sumergido en nafta ardiendo. Sus dedos delgados se enroscaron sobre mis muñecas, apretando con una fuerza creciente, deformando las articulaciones y arrancándome un chillido que nunca había imaginado que pudiera emitir.
Me arrastró de espaldas hasta el lavabo y empujó mi cara contra el espejo, tan fuerte que por un momento sentí que el cristal astillado me cortaba los labios. Pude ver mi propio reflejo deformado, mis ojos rojos, la saliva corriéndose por la barbilla, y detrás, la sonrisa abierta de la sombra. Con una precisión quirúrgica, hundió uno de sus dedos dentro de mi oído, girando suavemente, como quien desmonta una pieza inútil. El dolor fue glacial, como tener el cerebro congelado y después triturado por una cuchilla. No recuerdo por cuánto tiempo grité, ni cuántos golpes dí contra sus brazos de humo.
Cada vez que intentaba soltarme, su otro brazo se anclaba con más fuerza, cortando la circulación. Pude oír el crujido progresivo de mis falanges, sentí cómo la sangre palpitaba fuera del ritmo, expandiéndose y llenando mis dedos hasta que la piel se agrietó y un hilo de sangre goteó sobre el azulejo. Me di cuenta, en ese instante, que ese dolor no le era ajeno. Que lo disfrutaba. Su boca quedó a la altura de mi oreja y de sus labios abiertos emanó no un aliento, sino una vibración parecida a la de un ataúd mal cerrado.
—¿Sabes quién soy? —dijo, y su voz era mi voz, retorcida y zurcida en un idioma que no podía recordar haber aprendido.
Intenté responder, pero me atraganté con mi propia sangre. El dolor era un fardo inmenso que pesaba tanto como la presión sobre mis hombros, impidiéndome pensar en otra cosa que no fuera dejar de existir. Pero algo dentro de mí sabía, por supuesto, quién era: era el registro de todas aquellas noches solitarias; de los gritos ahogados contra la almohada; de las palabras de rencor hacia los padres, hacia todos; de las heridas que me autoimponía y las bofetadas que me crucé cuando no podía dormir. Era la tortura de ser uno mismo con la cara descubierta ante un vidrio silencioso.
La figura empezó a cortar mi piel, lentamente, con las uñas que sentí como bisturíes. Trazó líneas idénticas sobre mis mejillas y mi frente. Cada corte escocía como si sumergieran mi carne en ácido. Sabía lo que seguía: el espejo devoraría mis fragmentos y me dejaría vacío, pero aún consciente, con cada pizca de dolor intacta y replicada al infinito. Había leído en alguna parte que el verdadero horror no es la muerte, sino descubrir hasta dónde somos capaces de resistir el tormento.
Extendió su lengua de sombra alrededor de mi cuello, inhalando mi aliento, succionando mis palabras no dichas. Vi, por el rabillo del ojo, el reflejo de mis lágrimas atravesando el cristal, formando un río oscuro que se fundía en la superficie. Vi escenas de mi infancia mezclarse con imágenes imposibles: mis uñas arrancando la pintura de las paredes, una cuerda deshilachada bajo mi cama, la cara de mi madre rota por el llanto mientras yo reía desde la oscuridad. No entendía nada, pero todo en ese instante tenía sentido.
Por fin, el dolor se congeló hasta volverse una punzada sorda, como si mi cuerpo decidiera rendirse. Sentí cómo la figura se desvanecía, transfiriendo a mí su peso insoportable, su memoria rota de todo lo sucio y cruel que fui y podría llegar a ser. El espejo me mostró la cara de la sombra fusionada con la mía: dos mitades cosidas a fuerza de violencia y miedo. Me quedé allí, jadeando, incapaz de levantarme. La oscuridad se retiró lentamente, dejando una sensación de vacío en el pecho y un sabor amargo en la garganta.
Cuando desperté, era de día. Tenía la mejilla izquierda hinchada y la sangre reseca cubría la comisura de mis labios. El espejo estaba en su sitio, impecable, aunque por un segundo juraría que una mancha oscura serpenteaba bajo la superficie antes de desvanecerse. No había rastro de la sombra, ni de las marcas en mi piel, salvo por el moretón redondo bajo mi mandíbula y las uñas rotas. Mi reflejo me miraba con ojos huecos, pero al menos era yo. Esa vez, era yo.
He intentado seguir con mi vida. Fui al trabajo, fingí sonreír, ignoré las miradas de reojo que mis compañeros lanzan cada vez que camino directo al baño. Pero las noches siguen siendo un suplicio. La puerta del baño cruje sola. El teléfono suena a la hora más mortífera. A veces, el reflejo mueve los labios aunque yo esté en silencio. Juraría que, en algún instante, la sombra me observa desde dentro, esperando que baje la guardia, deseando volver a estirar su mano a través del cristal.
Y entonces recuerdo lo que dijo, con mi propia voz, en ese idioma secreto del dolor: “Sabes quién soy. Siempre sabrás”.
A veces, por puro morbo, me siento frente al espejo, a oscuras, y susurro: “¿Quién eres?”
Y desde dentro, una sonrisa responde.
Nunca lo suficiente lejos de mi propia boca.
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