Portada del relato Susurros en la Rosa Negra
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Fragmento:


No lo abrió. Lo puso entre las manos y miró por la ventana. Cuando cayó la noche, un hombre con abrigo largo cruzó la puerta. No era el de la esquina, no tenía los dientes diminutos; este era uniforme, anodino, gafas gruesas, bufanda gris. Se sentó cerca, sacó un cuaderno y comenzó a escribir. Catalina sintió una vibración en su vientre, mezcla de miedo y absurda esperanza.

Duración: 11:42

Susurros en la Rosa Negra
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Texto de ajuste de pausa.

Dicen que en el barrio de la Ribera, las noches se doblan sobre sí mismas y repiten secretos que nadie debería oír. Los faroles asombran sombras en el empedrado y detrás de cada esquina puede acechar un beso o un cuchillo. Catalina amaba esa inquietud, esa promesa oculta en los pliegues de la ciudad. Elegía la cafetería Rapsodia para escribir cartas, nunca mensajes electrónicos: cartas verdaderas, firmadas con tinta, papel perfumado y esa caligrafía temblorosa que ella había cultivado desde que tenía catorce años, convencida de que algún día un hombre leería esas palabras igual que un arquero tensa la cuerda antes del disparo.

Era principio de febrero y, como cada año, Barcelona parecía envolverlo todo en un aire engañosamente inocente: corazones de papel rojo en los escaparates, cupidos obesos armados de flecha y la infaltable promesa de una noche de San Valentín distinta. Catalina hojeaba su agenda con una mezcla de ansiedad y fastidio. Todos los años aquel mes era más espeso, como si las cosas terribles se disfrazaran de rosa y chocolate.

Recibía cartas, claro. De hombres tímidos o desesperados, de solitarios potenciales, de tipos que intentaban convertir el anonimato en poesía. Pero había una carta que la inquietaba. Había llegado una semana antes, con su nombre completo, letra férrea como de imprenta:

“Espero que la próxima cita sea especial. La espero cada año. No me falles.”

No había remitente, sólo un sobre rojo oscuro, casi negruzco. Lo dejaba en la cartera, entreabierto, como un amuleto ambiguo.

Aquella noche la ciudad se deshacía en niebla. Comenzó a caminar; llevaba el abrigo ceñido, el pelo recogido apresuradamente, y la cartera donde asomaba la carta. En la esquina de la calle Princesa, un hombre alto le pidió fuego. Catalina no fumaba. Él sonrió con dientes diminutos, un tic nervioso bailándole en la comisura del labio. Siguió su camino, con una parte de su conciencia pesando en el encuentro: el hombre, el abrigo largo, el olor a cuero. No era raro encontrar figuras inquietantes por esas calles, pero esa noche todo tenía el peso del augurio.

Al llegar a su piso encontró otra carta. Sobre el felpudo, envuelto por un lazo negro.

“Esta vez he traído flores. No las dejes marchitar.”

Buscó por el pasillo. Nada, excepto un leve rumor en la escalera; una ventana entreabierta golpeando al viento. Bastaba con recordar las noticias de los últimos días para helar la sangre: dos mujeres solas, turísticas y rubias, apuñaladas en sus celdas domésticas, con pétalos negros sembrados sobre el cuello.

La policía insistía: precaución, bien cerradas las ventanas, no abrir la puerta a desconocidos. Pero la carta estaba allí, y el sobre olía a gardenia podrida, a tierra húmeda de cementerio.

Durante una semana la correspondencia continuó:

“El amor verdadero deja cicatrices invisibles. ¿No lo crees?”

“A veces una cita es un pacto. Estás a tiempo de deshacerlo.”

“Las rosas negras florecen en febrero. La tuya espera en la mesa de la esquina.”

Catalina notó que algo se apoderaba del ritmo cotidiano: miraba tras de sí cada cuadre, evitaba los espejos, anuló una reunión con amigas. Dormía mal. En sueños, un hombre con dientes diminutos le tendía flores cubiertas de cierzo y cuchillas.

El trece de febrero amaneció lluvioso. La ciudad estaba fría, vacía. Abrió la agenda y descubrió otra carta pegada con cinta adhesiva en la contraportada:

“Esta noche es la última. No llegues tarde. El amor no espera.”

Ese día vio la noticia en el diario: Silvia, una artista de treinta y dos años, hallada en su baño, degollada por una mano paciente. Nadie había oído nada.

Catalina fue, contra todo sentido, al Rapsodia. Entre los espejos empañados, eligió una mesa al fondo. Ordenó un té, se quitó el abrigo. Había poca gente, como si la ciudad se hubiese puesto en huelga de amor. En la mesa de la esquina, un sobre descansaba bajo el portavelas.

No lo abrió. Lo puso entre las manos y miró por la ventana. Cuando cayó la noche, un hombre con abrigo largo cruzó la puerta. No era el de la esquina, no tenía los dientes diminutos; este era uniforme, anodino, gafas gruesas, bufanda gris. Se sentó cerca, sacó un cuaderno y comenzó a escribir. Catalina sintió una vibración en su vientre, mezcla de miedo y absurda esperanza.

La carta esperaba. La giró, la deslizó en la cartera. Se juró no leerla hasta estar en casa.

A las once, las luces parpadearon y el bar comenzó a vaciarse. El hombre anodino salió primero, sin mirarla. Cuando Catalina salió a la calle, la niebla cortaba la luz como una sopa densa. El adoquinado parecía flotar bajo los tacones.

Caminó con prisa. Sabía que no debía, pero no pudo evitar mirar atrás: la calle estaba vacía… pero sentía una expectante presencia, como si alguien reptara tras los muros, invisible y paciente.

Al entrar en su edificio sintió el pesado portón cerrarse tras ella. Subió las escaleras despacio, la carta agitando como un pájaro dentro de la cartera. Buscó las llaves y notó que la puerta no estaba cerrada con doble vuelta. ¿Olvido, o advertencia?

Encendió todas las luces sin tomarse el abrigo. Cerró de golpe y puso el pestillo. Apoyó la cartera sobre la mesa y se preparó un té. Cada ruido en el piso —la caldera, el goteo del fregadero— era un instrumento desafinado de una orquesta invisible.

Se armó de valor y abrió la carta.

“La cita está fijada. La mesa de mármol. El cuchillo de plata. La tercera rosa pondrá fin al invierno.”

Ajena a toda lógica, la carta venía firmada: “Con amor, tu coleccionista de corazones”.

La mente de Catalina desgranó nombres, caras. Rascó los bordes de los recuerdos: ¿quién era el ausente a quien había prometido una cita? ¿Había cometido ella, por olvido, una traición de calendario?

No durmió esa noche. El timbre sonó a las dos y media; primero un clic, luego insistentes campanadas. Miró por la mirilla, nada. Abrió una rendija y sólo vio un sobre. El mismo lazo oscuro, pero dentro, en vez de palabras, una flor ensangrentada.

Llamó a la policía. Llegaron dos agentes en la madrugada, fueron amables, razonables, desconfiados. Apuntaron todos los detalles en una libreta. Recorrieron el piso, revisaron ventanas, el timbre, la escalera. Dijeron que probablemente era cosa de alguien obsesionado, algún admirador desequilibrado. Prometieron una ronda extra esa noche.

Quedó sola al alba; ni siquiera el cansancio le permitía cerrar los ojos.

Las horas se arrastraron hasta la tarde del catorce. San Valentín. Catalina vestía de gris, sin maquillaje, los ojos dos cuevas con hollín. No fue a trabajar, no salió a comer, no encendió la radio.

A las seis, el portero tocó el timbre:

—Señorita, han dejado esto para usted.

Era una caja de bombones, de los que venden por cientos en los supermercados. Pero estaba atada con el mismo lazo negro, y en la tapa, manuscrito:

“Prueba uno, sólo para ti. Que la dulzura acompañe tu despedida.”

No los tocó. Los enterró en la basura, aunque la tentación permanecía: escudriñar, buscar alguna pista, alguna huella oculta bajo la cubierta de azúcar.

Transportada por la ansiedad, fue hasta la cocina. Buscó cuchillos, los alineó en la encimera. Preparó el móvil para llamar a emergencias. Encendió la alarma.

La noche se desplegó como una sábana demasiado familiar. A las nueve en punto, nuevo timbrazo. El timbre se quedó pegado, como si el dedo de un autómata lo sostuviera durante minutos.

Dudó. Miró el móvil, preparado. Puso la oreja contra la madera, no oyó nada.

Abrió, apenas un dedo.

Al otro lado no había nadie. Solo un ramo de rosas negras y una tarjeta:

“Se terminó la espera. Baja. Estoy en la mesa de mármol, la que tú elegías para escribir.”

Pensó en llamar a la policía, pero el instinto —ese barniz atávico entre la razón y la locura— le dijo que la solución no era quedarse, no era rendirse. Casi sin saber cómo, se vio bajando por la escalera, el móvil en la mano, la respiración tropezando.

El vestíbulo estaba vacío, pero una sombra esperaba fuera, en la acera, bajo la farola.

Era el hombre del café. No el de los dientes diminutos, sino el anodino, el de gafas gruesas. Sostenía el ramo con un gesto torpe, casi infantil.

—Al fin —dijo, y su voz era más delgada de lo esperado.— Pensé que no vendrías.

Ella retrocedió, tanteó el móvil.

—¿Por qué me haces esto? ¿Qué quieres? —susurró, el aliento empañado en la noche.

El hombre sonrió, y algo en esa sonrisa era antiguo, habitual.

—¿No me recuerdas, Catalina? Fuiste mi musa. Dijiste que una carta lo podía todo… Una vez escribiste: “Si quieres conocerme, sigue mis palabras hasta el final”. Nadie lo hizo nunca. Solo yo.

La niebla parecía apretarse en torno a los dos, como la mano de un dios cansado.

Él extendió el ramo. Su mano era pequeña, fuerte, con una vieja cicatriz en la muñeca.

—He esperado mucho. Ya sabes cómo termina esta historia.

Catalina agitó el móvil.

—La policía está en camino. Ellos sabrán…

—La policía no entiende el amor, Catalina. Yo sí.

De alguna parte sacó un cuchillo de sierra. Catalina vio el brillo metálico, la pesadilla tomaba un cuerpo con olor a sudor.

Corrió, tropezó y el hombre la persiguió, lentamente, como si supiera que las puertas estarán cerradas, que la ciudad dormía tras montones de flores falsas y promesas de chocolate.

En la carrera, un coche de patrulla dobló la esquina. El hombre se detuvo, la miró.

—Volveré. El amor vuelve, Catalina. Siempre.

Su voz era la de todos los enamorados rotos, de todos los poetas despechados, de todos los monstruos que cruzan la línea entre devoción y odio.

Los agentes la encontraron sentada en la acera, temblando. Tomaron su declaración, examinaron el ramo —rosas negras, algunas manchadas de lo que después se supo era sangre de cordero— y la acompañaron a casa.

La policía investigó. Buscaron cámaras, revisaron cartas, escucharon su relato hasta el cansancio. Pero nadie dio con ese hombre: ni murió, ni fue arrestado ni se supo más de él. El caso se archivó bajo la pila de incidentes olvidables que salpican el calendario de la ciudad.

Catalina volvió al Rapsodia muchas veces, siempre sola, siempre mirando hacia la mesa de la esquina, donde seguía apareciendo, puntualmente cada año, un sobre negro.

La leyenda creció: algunos decían que era invención, otros juraban que la cita era real, que la promesa de amor puede ser más mortal que el veneno.

En el piso de Catalina, cada año por San Valentín, el cartero deja un sobre a su nombre. Y en la ciudad, donde nada permanece y todo amor se pudre bajo la lluvia, aún se habla del coleccionista de corazones. Porque, como dice la última carta: “El amor es un cuchillo. Dulce, afilado, eterno.”

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