Fragmento:
El olor fue lo siguiente. Dulzón y agrio, invadiendo los resquicios como una niebla palpable: a veces, me cortaba el hambre; otras, me revolvía el estómago. Imaginé caños rotos, comida pudriéndose en algún piso alto, una fuga de gas de esas que uno lee en los periódicos locales. En mis peores noches, pensé que el olor venía de mí, de mi carne y mi sudor acumulados en años de soledad.
Duración: 10:16
No dejo nunca la persiana subida más de un palmo. Desde mi ventana, el mundo es una franja apretada entre las rendijas: la acera gris, el portal despintado, las piernas rápidas de los que bajan hacia el metro. No sabría decir en qué momento exacto empezó el miedo; a veces me inclino a pensar que estuvo aquí siempre, en el tuétano, como una luz fría bajo la piel. Como si hubiese aprendido la vida imitando las rutinas minúsculas de mi madre: cierra, traba, pulsa sólo los botones del ascensor con una servilleta. Ella llamaba a eso “prudencia”. Yo sólo le di un nombre nuevo cuando fue inevitable: horror.
Vivo en lo que ellos llaman “entresuelo” pero que al final es sótano. Se escucha la lluvia sobre la trampilla y las toses nocturnas del ascensorista, que dormita junto al motor oxidado. No veo el cielo sino restos de niebla pesados sobre las siluetas de las farolas. Por veinte años, este apartamento ha sido mi fortaleza contra lo peor; pero de unos meses hasta ahora, la fortaleza se parecía más bien a una cárcel.
Lo primero que noté fue el ruido. No era uno de esos sonidos neutralizados a los que me había sentado cuerda —el crujido habitual de los tubos, la risilla de los niños cuando bajan corriendo al portal, el bufido de las cañerías en invierno—, sino algo más grave, menos predecible. A veces era como una bestia rascando la pintura, otras apenas un murmullo sordo, como si alguien se arrastrase por debajo de las baldosas. Miré de reojo la pared y pensé en las ratas. Eso sería normal. Pero no era igual que antes. Era… deliberado.
No podía dormir y tampoco podía dejar de escuchar. Puse la radio, la TV, mil ruidos; nada servía. Sólo parecía amplificar aquel golpeteo impaciente, que cobraba intensidad justo en los momentos más vulnerables: cuando entraba al baño, cuando me gruñían las tripas y acercaba el cuerpo encorvado al fogón. Alcancé a preguntarme si el miedo era mejor que la costumbre, si el aislamiento que tanto trabajo costó construir no sería, a la postre, una trampa mortal.
Una tarde, mientras la vecina gritaba desde el quinto piso a su marido (“¡Eres un animal!”), creí oír el gemido todavía más cerca, como un lamento tragado por el eco de mi propia voz. Salí del letargo y abrí la puerta, rompiendo el pacto tácito de no franquear nunca aquel borde mágico. Afuera, el corredor estaba frío, iluminado sólo por el rechinar remoto del ascensor. Pensé, por un instante, en acudir al portero, preguntar si otros también oían cosas. La idea de exponerme a otra mirada, sin embargo, me detuvo. Volví adentro y me encerré otra vez.
El olor fue lo siguiente. Dulzón y agrio, invadiendo los resquicios como una niebla palpable: a veces, me cortaba el hambre; otras, me revolvía el estómago. Imaginé caños rotos, comida pudriéndose en algún piso alto, una fuga de gas de esas que uno lee en los periódicos locales. En mis peores noches, pensé que el olor venía de mí, de mi carne y mi sudor acumulados en años de soledad.
Fue entonces —lo recuerdo con vívida precisión— cuando empecé a recibir visitantes. No al estilo tradicional: nadie golpeó la puerta, nadie susurró mi nombre desde la mirilla. Era más sutil, un movimiento en el reflejo que deja el cuchillo sobre la mesa, una sombra furtiva que danzaba en los bordes más familiares de la habitación. Pensé que era un efecto visual, como cuando se mira mucho tiempo una misma pared y termina por agrietarse ante los ojos. Pero después de la tercera noche, cuando la linterna parpadeó y vi, fugaz y turbia, una forma encogida en la esquina del salón, supe que no era imaginación.
Los psicólogos —me había dicho mi madre— llaman a eso “psicosis reclusiva”. Nada más lejos de la verdad. Cuando quise hablar con alguien —la línea de salud mental, un amigo remoto atrapado en otra ciudad— lo que escuché fue consuelo de manual: soledad, privación de contacto, pérdida de rutina. Pero nada, absolutamente nada en sus voces pulcras y medidas sabía traducir la pestilencia de aquel olor ni la certidumbre física de la figura junto al perchero.
El portero, sí, el portero: su sonrisa fue la primera grieta en mi defensa. La tarde que reuní coraje para preguntarle si andaba revisando las cañerías o alguien había llamado a fumigadores, me miró un momento sin hablar. El ruido infernal del ascensor llenó el vacío y, sólo cuando pensé que iba a ignorarme como a un mueble, su rostro se ensombreció: “No es cosa de bichos, señora. Esto viene de antes. Aquí, el aire se pudre, lo malo no sube, se queda aquí abajo siempre”.
La frase se me clavó como un alfiler bajo las uñas. Pensé en todas esas otras personas que vivían al ras del suelo, en los pisos donde la humedad se enrosca como el moho, donde las ventanas no ven la luz del sol, donde sólo unos pocos metros separan al hombre de su tumba anónima. ¿Cuánto hace que no hablo con nadie cara a cara? ¿Diez días? ¿Un mes? ¿Desde que la muerte de mi madre fundó un hueco en el que resbalaban los días?
La noche en que el bulto junto al sofá comenzó a moverse, lo supe: en este subsuelo es imposible escapar. La figura se alzaba, densa como el vapor rancio de las ollas. A su lado, la sombra de mi madre se asomaba, con sus manos heladas y sus ojos de reproche. Quise correr pero el cuarto es pequeño, las paredes pegajosas y, cuando por fin grité, descubrí que nada se movía fuera de mi garganta.
Lo peor fue la voz. No era la mía; tampoco supe nunca a quién pertenecía, pero empezó a hablarme con las frases cortas y venenosas de los adultos: “No vas a salir nunca, ¿entiendes? Nadie te busca, nadie va a escucharte”. Tampoco podía defenderme. El hedor se pegaba a mi lengua, la figura regresaba cada vez más nítida —un hombre sin ojo, una mujer anciana a la que jamás abrí la puerta— y la paz artificial de la casa nueva era sólo otra celda de miedo.
Nunca soñé con grandes monstruos ni fantasmas. El horror siempre fue una cosa doméstica para nosotros: una carta que nunca llega, una persiana que no se sube, el vaho en los cristales. Ahora, cada vez que las llaves caen al suelo o el microondas pita, salto como si fuese a derrumbarse el cielo. Me he convertido en mi propio espectro, ocupando los mismos metros húmedos donde antes mi madre murmuraba: “No abras, nunca abras”.
La siguiente semana fue una sucesión de manchas que supuraban del techo y reuniones invisibles tras la puerta. El olor, más viscoso, parecía extenderse hasta la almohada. Traté de limpiar compulsivamente, de fregar paredes, de abrir la puerta para dejar entrar el aire. Bastaba que diera dos pasos afuera para notar cómo, de inmediato, una mirada hostil desde la escalera flotaba sobre mí, una premonición de que no pertenecía a ningún sitio. Así, la prisión se hizo absoluta.
Noches enteras pasaron con la luz encendida, observando cómo la silueta reptaba desde el perchero hasta la ventana, pegaba su frente a la persiana e intentaba levantarla. Cuando estaba por ceder, sentía la presión de esas manos —escuálidas, grises, insistentemente ajenas— y me negaba una y otra vez: sigue cerrada, sigue cerrada, no dejes entrar lo de afuera. Pero el hematoma del encierro era insoportable. Empecé a hablarle a la sombra, primero con miedo, después con rabia, exigiéndole que se fuera, que se buscase otra casa, otra piel. La sombra no obedecía. Sólo gemía, o se reía de mí en silencio.
Una mañana, al sentir el golpe seco junto al basurero, abrí ya hastiada de temores. El portero estaba allí, con su cuerpo encogido y el cigarrillo extinguió entre los labios. Parecía haber envejecido un siglo: los ojos rojos, las orejas pegadas a la calva húmeda. Sin saludo, extendió la mano y murmuró, “Los del fondo están peor. No duermen nunca, ni se asoman. Hace semanas que nadie saca la basura. Si quiere, yo le ayudo.” Dudé; mis dedos rozaron los suyos y el contacto me produjo un escalofrío que nada tenía que ver con el asco.
Cargamos las bolsas por las escaleras, cruzando el pasillo saturado por la sombra. Allí, en la puerta del 0-B, olía como si la humedad de todos los inviernos hubiera anidado en las costillas y los colchones. Sin querer, pensé en la vida que no viví, en las amistades abortadas desde la infancia, en los cumpleaños soplados a solas mirando la línea entre lo diurno y lo nocturno. Me vi, de pronto, igual que ellos: apenas carne que permanece mientras el resto del mundo avanza.
El horror social —incluso yo lo entendía ya— no era el terror al otro o la angustiosa irrupción de un asesino: era la sospecha fría de que somos invisibles, intercambiables, absolutamente prescindibles. Quise llorar, pero no me salieron lágrimas. El portero se despidió, con el rostro de quien ha visto demasiadas cosas que nadie debería ver en estas catacumbas urbanas.
Cada noche, la sombra vuelve. Más veces, a más corta distancia. Ha aprendido mi nombre y repite líneas que no puedo distinguir de mi propia voz: “No tienes a dónde ir. No tienes a nadie”. Cuando duermo —si duermo— la figura se acuesta a mi lado, adueñándose del poco aire sin podredumbre. La madrugada se pega a mis huesos. Apago la radio, cierro los ojos, intento soñar con un patio luminoso o con la silueta de mi madre cuando aún era joven.
Pero despierto y todo sigue igual. La sombra, el olor, el rumor de la humedad derrotando el yeso, la percepción gélida de que en las entrañas de la ciudad somos cientos, miles, apilados como tierra, vencidos y mudos, conservando apenas la pretensión de estar vivos bajo la delgada persiana por donde nunca pasa la luz.
Por las mañanas a veces pienso en abrir la persiana del todo, dejar entrar el aire o gritar, aunque sea, para que sepan que aún existo. Pero me quedo mirando mis manos —manchadas, inciertas, idénticas a las de la figura en la esquina—, y decido, por pánico o costumbre, dejarla solo un palmo arriba, vigilando, esperando. Hasta que toda la casa sea sólo sombra. Y yo también.
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