Portada del relato Cuerpos a la medida
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Fragmento:


El trayecto es corto: cinco minutos a pie. La ciudad parece otra. Las luces se han vuelto líquidas, reflejadas en los charcos de agua negra. Al cruzar la calle ve, apoyada contra el poste, a una mujer de rodillas. Llora, sin sonido, hundida en la sombra. Takako se detiene, pero la mujer no responde, no pide ayuda. Solo mira el suelo, aferrada al bolso como si el mundo se mantuviera en equilibrio por su fuerza. Cuando Takako pasa junto a ella, siente un escalofrío, un temblor que se le cuela por el cuello.

Duración: 10:18

Cuerpos a la medida
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Texto de ajuste de pausa.

Había leído una estadística, una vez, acerca de la cantidad de cuerpos que cruzaban cada día las puertas giratorias del supermercado. No podía recordarla ya, ni si provenía de una noticia o de un sueño, pero le parecía sobrenatural, la cifra. Cuando se sienta tras la caja, a las seis de la tarde, y ve el tenderete de neón sobre los estantes, Takako siente que es un número más, y que su carne, igual que la de sus clientes, debe ser pesada, doblada, recontada y finalmente encajada en la mercancía diaria de la ciudad.

Hoy es jueves. El olor de los rábanos húmedos se mezcla con el de las toallitas antisépticas. Las temperaturas han subido, y la gerente ha dejado la puerta automática abierta para que el aire circule, arrastrando una corriente de conversaciones, risas adolescentes, olor de sudor ajeno. El supermercado se ha convertido en un pulmón artificial para los exiliados del día: oficinistas derrotados, padres solteros, jóvenes que sólo pueden permitirse las croquetas en descuento de la sección de productos próximos a vencer.

Takako observa con la misma atención con la que un niño observa a un insecto bajo el vaso al anciano que, como cada jueves, llega a las seis en punto. Viste el mismo abrigo negro, las mismas manoplas a destiempo, y empuja una bolsa reutilizable hecha jirones. Todo en él parece almidonado y fuera de lugar. Nunca sonríe. Apila tres bandejas de carne picada sobre la cinta transportadora, dos cajas de leche, seis plátanos. Cuando llega su turno, Takako pulsa en la caja, escucha el pitido y pasa la carne, la leche, los plátanos. Cada uno, cada artículo, un sonido agudo, metálico, que raspa el interior de su cráneo.

—¿Quiere bolsa? —pregunta ella, con un hilo de voz.

El hombre niega. Sus dedos tiemblan, y da la impresión de que odia ser tocado por el plástico. Lo observa plegar la carne, la leche, los plátanos como si lo hiciera por última vez. Sale por la puerta sin cruzar la mirada.

Cuando termina su turno, Takako camina de regreso a su apartamento. Ha dejado de intentar hablar con sus compañeros. Antes pensaba que bastaba con una sonrisa; ahora sabe que existe una frontera invisible, y que todos la reconocen por el uniforme, por su postura, por la pulcritud con la que habla. A veces, siente que deambula dentro de un cuerpo prestado. Una pieza temporal.

El trayecto es corto: cinco minutos a pie. La ciudad parece otra. Las luces se han vuelto líquidas, reflejadas en los charcos de agua negra. Al cruzar la calle ve, apoyada contra el poste, a una mujer de rodillas. Llora, sin sonido, hundida en la sombra. Takako se detiene, pero la mujer no responde, no pide ayuda. Solo mira el suelo, aferrada al bolso como si el mundo se mantuviera en equilibrio por su fuerza. Cuando Takako pasa junto a ella, siente un escalofrío, un temblor que se le cuela por el cuello.

El edificio donde vive Takako está pintado de gris y cada ventana de los pasillos es un rectángulo negro. Mientras sube las escaleras, atraviesa el laberinto de carteles: ofertas de comidas, normas para la basura, fechas de fumigación. En el tercer piso huele a sopa instantánea y a calcetines viejos. Al llegar a su puerta, Takako tantea las llaves, pero una vibración en el suelo la detiene. Como si alguien temblara detrás de la puerta contigua.

No es la primera vez. Ha notado ese temblor otras noches. El vecino nuevo, que nunca saluda, que nunca recibe visitas. Una vez, escuchó a través de la delgada pared un sollozo, y después, risas entrecortadas, casi animales. Takako se pregunta, por un segundo, si debería tocar la puerta. Pero se detiene: recuerda el peso frío de la mirada del gerente, las horas de trabajo extra no pagado, el futuro reducido a comprar con descuento lo que no va a venderse. Nadie tiene tiempo ya para preguntarse por el otro. Mete la llave en la cerradura.

Dentro, el apartamento es un compartimento estanco. La luz del techo es azulada, lanzando una sombra enferma sobre los muebles. Takako cuelga la chaqueta, se sienta en la cama. Cena un triángulo de arroz envuelto en plástico. Hay un temblor en la cáscara del día, como si el aire quisiera desprenderse de las paredes.

Antes de dormir, revisa su teléfono. El grupo de LINE de la tienda está lleno de mensajes de quejas, turnos cambiados, jefes que sobreviven amenazando reducir las horas de los demás. Su amiga Chieko manda una foto de su hija dormida, acompañada de una cara triste. Takako no responde.

Esa noche, la despierta el sonido de algo arrastrado en el piso del vecino. Se sienta en la cama, escucha. El ruido se detiene. Se sienta en la oscuridad, esperando, mientras el mundo retumba en su corazón.

Al día siguiente, el supermercado está más lleno. Las voces parecen más agudas, las colas llegan hasta el pasillo de los detergentes. Una mujer grita porque el arroz de oferta se ha acabado. Un niño vomita chicles en caja. El gerente discute por teléfono. Todo el local huele a sudor ansioso y conservantes baratos.

En la mitad de la tarde, el anciano del abrigo negro no aparece. En su lugar llega una pareja de mediana edad, cabizbaja, que escoge sólo pan y agua. Takako se sorprende buscándolo con la vista, esperando a que cruce la puerta con su bolsa hecha jirones. ¿Cómo puede alguien desaparecer de una rutina tan fija?

Cuando salen, la gerente se acerca y le pasa una caja vacía.

—Vació la estantería de verduras, luego limpia la nevera de leches, dice, sin ver a Takako.

Obedece, arrastrando los pies. Mientras repone las estanterías, siente que cada producto es un órgano vital del supermercado: pimientos rojos, bolsas de espinaca, yogures, filetes empaquetados, todo diseñado para sobrevivir un día más. Piensa, fugazmente, que es igual para todos ellos: cuerpos empaquetados, huesos y músculo obligados a mantener la apariencia de normalidad.

En la sección de limpieza, hay una mujer deambulando con una mascarilla sucia. Sus movimientos son erráticos. Takako finge reordenar estropajos mientras observa de reojo: la mujer toma una botella de lejía, la mete en la bolsa, vuelve a dejarla. Sus manos tiemblan. Sus piernas flaquean al caminar, y su mirada choca con la de Takako, febril, como si esperase que le gritaran. Durante un segundo, todo el supermercado parece paralizarse. Takako desvía la mirada, finge que no ha visto nada.

Por la noche, al regresar, encuentra al casero en el recibidor, hablando con una pareja de policías. No alcanza a escuchar toda la conversación, sólo algunos retazos: “ruidos extraños”, “semanas sin contestar”, “la familia llamó desde Osaka”. Cuando sube las escaleras, pasa frente al apartamento del vecino y ve que la puerta está entreabierta. No sale ningún sonido. Durante un instante, le parece que una brisa helada corre por el pasillo.

Esa noche, el sueño se convierte en pesadilla. Una puerta vibra, una voz solloza del otro lado. Takako intenta alcanzarla pero, al tocarla, su mano se hunde en la carne blanda y sin hueso de la madera. Por detrás de la puerta brotan voces rotas, sonidos metálicos: pitido, pitido, pitido, como la caja registradora, pero deformados, amplificados, aguijoneando su corazón.

Se despierta empapada en sudor. Mira el reloj: las tres y catorce. La ciudad permanece quieta, flotando en una calma pegajosa, como el cuerpo aplastado de un animal muerto.

Unos días después, la gerente le pasa otro turno. A la salida de la tienda, al filo de la medianoche, Takako ve cruzar la calle a la mujer de la mascarilla sucia. Camina encorvada, con una bolsa de plástico que cuelga de la mano. Nadie la mira. Un coche pasa y la salpica con agua sucia, pero ella no reacciona. Takako siente un deseo irracional de seguirle el paso, preguntarle si necesita algo, si tiene dónde dormir. Pero sus pies no se mueven. Piensa, una vez más, en los cuerpos que cruzan la puerta del supermercado. Piezas intercambiables.

De regreso en su edificio, alguien ha pegado un cartel nuevo en el pasillo: AVISO: por motivos de seguridad, los vecinos deben informar sobre sonidos, olores o movimientos sospechosos. Lea y firme. Takako no firma. Piensa en el vecino desaparecido, en la mujer llorando junto al poste, en la figura encorvada que compra lejía. Piensa también en sí misma, y en que nadie, nunca, pregunta ni responde nada.

Esa noche, los sueños se repiten. Esta vez, no hay puerta: sólo una cinta transportadora interminable, sobre la que desfilan mercancías y cadáveres. Takako, convertida en una caja registradora de carne, debe clasificarlos uno a uno, etiquetar sus partes, cobrar a clientes sin rostro.

Días después, mientras barre la nevera de lácteos, la gerente se acerca y le habla en voz baja:

—Uno de los vecinos tuvo un accidente, lo encontraron hace dos días. Nadie lo había notado. Su familia tardó semanas en llamar.

Takako asiente, sin sorprenderse, ni sentir nada.

El supermercado sigue recibiendo su legión de cuerpos, sigue con sus pitidos y ofertas. Takako sigue viviendo. Evita mirar al pasillo donde lloran de madrugada. No habla con sus compañeros ni pregunta por los ausentes. Sólo sabe contar los días en productos vencidos, en carne empaquetada y cuerpos evaporados que se disuelven en la marea de lo cotidiano.

Hay noches en las que, frente al televisor apagado, siente que el aire se hace espeso y triste, que su carne podría desaparecer igual que desapareció el vecino, igual que la mujer encorvada, igual que el anciano del abrigo negro. Y que nadie, ni siquiera ella, pensaría en dejar una nota.

Cuando la ciudad duerme, sólo quedan el zumbido de los fluorescentes, el temblor invisible de los cuerpos sin alianza, el leve pitido de lo que nadie ve y todos escuchan: una alarma enterrada en el silencio, esperando, siempre esperando, a que alguien la reconozca.

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