Fragmento:
Eran lentos, deliberados y seguros. Es imposible confundir a alguien que no necesita disimular su proximidad. El secuestrador era parte de ese lugar, dueño y regente del infierno subterráneo en el que Miranda había despertado.
Duración: 11:41
El zumbido sordo, constante, parecía provenir de las propias paredes. Cuando Miranda recuperó la conciencia, ese fue el primer sonido que distinguió: la vibración de los tubos, el eco de sus latidos, y el lamento ahogado de su propia respiración. La oscuridad total no cedía ni cuando parpadeaba. Estaba acostada sobre algo blando, tejido y humedad; probablemente, un colchón viejo cubierto de mugre.
Intentó moverse. Sus muñecas estaban atadas con un lazo áspero y duro, lo mismo que sus tobillos. La cuerda quemaba su piel con cada pequeño movimiento, aunque no se atrevió a intentar liberarse en serio. La cabeza le dolía, palpitaba como si cientos de danzas macabras giraran bajo su cráneo. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí. Minutos, horas, días tal vez.
Intentó orientarse; olía a cal, a viejo, a tierra húmeda y madera podrida. Había paneles de acero en la pared —pudo sentirlos a su izquierda— y el techo parecía muy bajo. El aire era denso, punzante, saturado de un hedor ligeramente dulce mezclado con hierro.
Entonces detectó un sonido nuevo: pasos.
Eran lentos, deliberados y seguros. Es imposible confundir a alguien que no necesita disimular su proximidad. El secuestrador era parte de ese lugar, dueño y regente del infierno subterráneo en el que Miranda había despertado.
La puerta —por fin distingible, una plancha de acero y madera— gimió en un gozne mal aceitado. La luz entró como una navaja y le cortó los ojos. Miranda quiso levantar la mano para cubrirse, pero las ataduras se lo impidieron.
En la silueta recortada por el umbral, el secuestrador era solo una sombra alta, larguirucha, con los hombros extrañamente rectos y la cabeza inclinada hacia un lado, como examinando una pintura que no terminaba de gustarle.
—Has despertado —dijo una voz, modulada y neutra, ni grave ni aguda, pero sí tan vacía que podía llenar cualquier espacio con terror.
Miranda quiso responder, pero la lengua se le pegaba al paladar y la garganta estaba tan reseca como el papel de lija. Farfulló un sollozo, y el sonido la hizo temblar de rabia. No quería recalcar su vulnerabilidad.
—¿Tienes sed? —dijo el hombre (porque era inconfundiblemente un hombre, aunque su silueta desafiara toda lógica de género y corporeidad).
Miranda cerró los ojos y asintió, apenas perceptible.
El hombre se desvaneció en el pasillo y regresó con un vaso de plástico opaco, que acercó a sus labios. Miranda bebió, tosiendo con cada trago, con agua filtrándose desde sus comisuras y mojando su barbilla. El hombre la observó sin hacer nada, sin ayudarle ni impedir que bebiera.
—Gracias —susurró ella al fin, con la voz en carne viva.
—No hay de qué.
Un destello metálico brilló en las manos de él. Un bisturí, afilado y recién pulido. Miranda se estremeció, luchando contra el instinto de encogerse, pero las ataduras le impedían moverse más allá de un espasmo mínimo.
El hombre no hizo nada con la hoja, aún. Caminó despacio, circundando el colchón ruinoso; se tomó su tiempo mirando las paredes, mirando a Miranda. Finalmente, se agachó a su lado y le cortó el lazo de los tobillos. Sus dedos, con guantes quirúrgicos, rozaron fríos la piel de ella. Le retiró la cuerda de los tobillos, dejando sus piernas libres, pero sus muñecas seguían apresadas por encima de la cabeza, atadas al marco oxidado de la cama.
—Vas a contarme algo —dijo él, mientras se sentaba en una banqueta baja, enfrentándola. La luz directa del bombillo le daba un contorno casi espectral, borrando sus facciones.
—¿Qué? —balbuceó Miranda.
—Quiero saber tu principio. Todos tienen uno. No tu biografía, sino el punto en que supiste que eras distinta. El momento que sólo tú recuerdas —el hombre hablaba sin emoción, casi aburrido, como si recitara un texto trivial.
Miranda intentó pensar, su mente iba y venía, saltando entre memorias de infancia, adolescencia, su vida monótona antes de esto. No encontró ningún “principio”, y cuando no respondió, el hombre suspiró con desdén.
—No mientas. O pagas.
Miranda apretó los dientes, pero ni el esfuerzo ni el dolor de muñecas, ni el miedo, funcionaban como catalizadores de palabras. Quería decir algo, cualquier cosa, pero estaba paralizada. El hombre se levantó, deambuló por la habitación, y de pronto levantó la mano derecha, mostrando una aguja hipodérmica reluciente.
—Pensé que no haría falta esto —explicó, casi decepcionado—. Pero tengo tiempo. El sufrimiento, oh, el sufrimiento es un idioma universal, Miranda.
El nombre golpeó en el aire. Miranda no recordaba haber dicho cómo se llamaba. Gritó, o más bien lo intentó, cuando vio caer la aguja hacia su antebrazo, pero el hombre fue rápido y preciso. La inyección ardió como si fuego líquido le corriera bajo la piel, distorsionando la realidad. El bombillo se tornó un sol hirviente sobre su rostro, el zumbido de las paredes adquirió un tono nauseabundo, las sombras le bailaban en los ojos. Y pronto el dolor, como lluvia de cuchillas invisibles, comenzó a surcar la superficie de su piel.
Intentó retorcerse, pero no pudo. Solo podía emitir un sonido grave, ronco y asfixiado. El hombre la observó, evaluando cada espasmo y gemido.
—Ahora, ¿puedes recordar? El momento en que dejaste de ser igual a los demás.
La droga hacía borrosas las líneas entre percepción y memoria. Entre relámpagos de dolor, Miranda vio retazos de una infancia nebulosa: la muerte de su gato, la voz furiosa de su madre tras una puerta cerrada, el rostro de un profesor en la escuela apuntando con un dedo acusador. Todo era culpa, todo era castigo.
El hombre se inclinó hacia su oído. Podía sentir su respiración fría, extrañamente perfumada.
—No sabe dónde estás. Nadie vendrá. Sólo tú puedes salvarte. O puedes confiar en tu dolor —susurró—. El dolor nunca miente.
No había otra opción. La resistencia no valía nada. Cerró los ojos, buscó en el fondo de la memoria, intentando ordenar el caos. Eligió una escena cualquiera, la más vívida.
—Cuando tenía seis años —dijo al fin, entre sollozos y arcadas de dolor—, vi morir a mi padre. Creí que era un accidente… pero yo lo empujé. Solo un poco. Pero él perdió el equilibrio y la cabeza chocó contra la losa del jardín… —no pudo continuar, las lágrimas fluían, cálidas y sucias.
El hombre guardó silencio largo rato. Borró la expresión de su rostro —si es que alguna tuvo— y luego asintió, con la satisfacción de quien haya resuelto el último acertijo de un crucigrama. Se levantó, caminó hasta una mesa plegable, donde alineó un amplio surtido de herramientas: alicates, pinzas, bisturíes de varios tamaños, cuchillas de afeitar, vendas embarradas, agujas, martillos pequeños, y frascos con sustancias de diverso color y viscosidad.
Miranda lo miró, las pupilas absurdamente dilatadas por la droga, los latidos disparados. No podía entender el sentido de todo aquello, la lógica torcida detrás del interrogatorio y la tortura. ¿Cuántos más habrían pasado por esa bodega? ¿Por qué ella? ¿Por qué esa pregunta acerca del principio?
El hombre regresó hacia ella y le abrió la mano izquierda, sujetándola con una fuerza anormal. Puso sobre su palma una pequeña astilla de vidrio.
—El dolor te hará recordar mejor —dijo con voz cada vez más monocorde y remota—. Piénsalo como una confesión. Si mientes, lo sé.
Y presionó la astilla sobre la yema del dedo de Miranda, que chilló, rompiéndosele la garganta. La sangre manó espesa y roja, su respiración se volvió más superficial.
—¿Quién más sabe ese secreto?
Miranda jadeó, lloró, pero negó con la cabeza. No había nadie. Nadie más lo sabía.
El hombre asintió satisfecho. Le limpió la sangre casi con ternura, aplicando un algodón y luego una venda. El contraste entre la minuciosidad del cuidado y la brutalidad del daño la hizo sentir aún más perdida. El miedo trascendió cualquier cosa explicable; había sido reducida a una criatura primitiva, atrapada entre la supervivencia y el delirio.
El hombre volvió a desaparecer en la sombra. La luz se extinguió mientras cerraba la puerta, dejándola otra vez a oscuras. Miranda temblaba, hundida en la podredumbre y la incertidumbre. No supo cuánto tiempo transcurrió, incapaz de distinguir entre vigilia y pesadilla.
Cuando el hombre regresó, traía una bandeja con comida; alimentos fáciles de tragar y difíciles de usar como arma: un puré grisáceo, pan duro, un vaso de agua. Se sentó a su lado como si acompañara a una paciente en un asilo, y la alimentó él mismo, dejando cada bocado durar una eternidad.
—¿Por qué yo? —se atrevió a preguntar Miranda.
El hombre inclinó la cabeza y la observó largamente. Ya no fumaba, ya no jugueteaba con cuchillos. Parecía pensativo, casi humano.
—Podrías ser cualquiera. O podrías ser todos. Busco un acto de diferencia, el momento que separa el rebaño de la oveja negra. La verdadera humanidad late en la culpa y en el miedo. Dime la verdad, o morirás varias veces antes de que te mate.
Miranda perdió la esperanza de negociar o razonar. Comprendió, en ese instante, que había sido elegida al azar, o peor, sistemáticamente. Quizá el hombre tenía una red, una lista, una serie de criterios que sólo él conocía. Quizá era parte de algo aún más grande, una red de narcisistas o depravados. Quizá sólo era un monstruo, sin más.
La tortura continuó durante días, semanas quizás. El dolor físico era menos devastador que el psicológico. Miranda era forzada a rememorar, a hurgar en cada rincón de su memoria para entregar actos dolorosos, traiciones, secretos vergonzosos. A veces, cuando el hombre estaba particularmente decepcionado de lo que oía, la hería con bisturíes, la quemaba con cigarrillos, o le sumergía las manos en cubetas con agua helada, hasta que perdía la sensibilidad. Siempre, después de cada sesión, la curaba con esmero, le daba agua, la alimentaba, como si el dolor fuera un conducto necesario hacia una purificación sin sentido.
Un día, cuando Miranda creyó que su mente finalmente se rompería, el hombre llegó con un paquete en la mano: cartas, fotografías, cosas que sólo ella había guardado en su departamento. Pequeñas pruebas de que su vida anterior estaba, en algún nivel, al alcance del monstruo.
—¿Ves? —susurró él a su oído, mientras colocaba cada recuerdo sobre sus muslos lacerados—. He visto tu principio y tu final. Te di la oportunidad de contarme todo. Ahora, sólo queda esperar.
La pesadilla culminó así, sin más promesa que el olvido o la muerte. Miranda contempló los objetos de su vida esparcidos sobre sus piernas, el calor de la sangre nueva goteando sobre las cartas, mientras dentro de la oscuridad sonaban pasos que se alejaban, crujiendo bajo el peso del pasado.
No hubo rescate. No hubo redención. Sólo la certeza última de que, a veces, la mayor tortura es la memoria. Y el silencio.
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