Portada del relato La grieta que nadie mira
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Fragmento:


Durante la noche anterior, Don Ernesto había anotado en su cuaderno la aparición de la grieta, su longitud y la humedad pegajosa que emanaba. El anciano pasaba largos ratos de pie a su lado, tocando la abertura con un palillo y escuchando atentamente; juraba —y nadie le prestaba atención— oír crujidos y voces apagadas, más antiguas que cualquier alquiler o mudanza reciente. A susurras, los niños decían que se escuchaban risas de niña por la rendija a la hora de dormir, que al posar la oreja sentían pasos al otro lado, en un espacio dónde sólo debería haber mampostería podrida.

Duración: 10:17

Libro Lo que crece en el silencio

La grieta que nadie mira
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 2: La grieta que nadie mira

Las primeras horas del nuevo día transcurrieron bajo el signo del rumor. El edificio despertó sobresaltado, no por los gritos —ya habituales— sino por un susurro persistente que, como la humedad, traspasaba cada muro. Gladys seguía sin aparecer. Los vecinos se espiaban unos a otros con azoramiento, sospechando que el horror era ya parte del lugar tanto como el óxido o los chorretones de agua sobre las paredes. Lucía caminaba con sus zapatillas de suela desgastada entre los pasillos y escaleras, cuidando de no encontrarse prolongadamente con ninguna mirada, como si el miedo pudiera pegarse volviendo insalubre cualquier conversación.

A Tomás lo dejó en la escuela, con la advertencia silenciosa de que no hablara con desconocidos, un consejo inútil para un niño que apenas hablaba con nadie. En el trayecto hasta la portería notó el aire tenso, y cómo las vecinas formaban corrillos en los rellanos, murmurando la desaparición como una plegaria distinta a las habituales. Nadie nombraba el signo real de lo extraño en la mañana: no sólo faltaba Gladys, sino que una grieta negra y delgada, como una cicatriz nueva, se había abierto durante la noche en el pasillo del segundo piso. Era un tajo vertical, largo, de bordes húmedos, con un reguero de yeso que se mezclaba con la mugre del suelo.

Lucía se detuvo al contemplarla de regreso, cuando ya todos los niños habían salido; la grieta era angosta, apenas lo suficiente como para que se asomara por ella la sombra de la cal —aunque, si uno era audaz, podía deslizar la punta de un dedo por el resquicio y sentir el frío húmedo que vivía allí dentro. Don Ernesto, desde las sombras del rellano superior, la observaba con ese brillo febril de quien ve demasiado, cuaderno en mano, la gata enroscada a su pierna. —Se vino abajo —susurró—. Primero la pintura, después los huesos.

El portero pasó junto a ambos, cargando un jarro de agua sucia, y masculló algo sobre "bricolaje barato". —La taparán con pintura, como siempre.

La grieta se convirtió pronto en un fantasma cotidiano. Nadie quería mirarla demasiado, y al poco, los adultos la rodeaban con una naturalidad automática. No así los niños, que evitaban correr por el pasillo y miraban de soslayo el tajo negro, como si esperaran que algo saliera gateando de ahí. Tomás preguntó esa tarde: —¿Los edificios pueden enfermar, mamá?

Lucía, nerviosa y con la mente ocupada en la escasez del mes y en las llamadas sin respuesta a los servicios sociales, apenas supo qué contestar. —A veces, el mundo se parte —dijo—. Como las personas cuando están tristes mucho tiempo.

Durante la noche anterior, Don Ernesto había anotado en su cuaderno la aparición de la grieta, su longitud y la humedad pegajosa que emanaba. El anciano pasaba largos ratos de pie a su lado, tocando la abertura con un palillo y escuchando atentamente; juraba —y nadie le prestaba atención— oír crujidos y voces apagadas, más antiguas que cualquier alquiler o mudanza reciente. A susurras, los niños decían que se escuchaban risas de niña por la rendija a la hora de dormir, que al posar la oreja sentían pasos al otro lado, en un espacio dónde sólo debería haber mampostería podrida.

Lucía dormía mal, aquejada por un frío que las mantas no disipaban y una sensación pegajosa de no encontrar alivio ni descanso. Empezaron las pesadillas: pesadillas de pasillos oscuros y puertas cerradas, de manos húmedas y blancas que la despertaban en mitad de la noche,

y, sobre todo, del lamento de Gladys, confundida con el ruido sordo del agua goteando eternamente. Una mañana, encontró a Tomás sentado en la cama, temblando.

—¿Soñaste con Gladys? —preguntó ella.

—No —respondió el niño, pero su voz era la de quien no se atreve a nombrar la verdad—. Escuché que alguien lloraba en el pasillo. Desde la grieta.

La rutina del edificio se enrarecía. La señora Elvira, siempre pendiente de sus hijos, ordenó a gritos que nadie se acercara al segundo piso, amenazando con encerrar a los suyos en el departamento como castigo si los veía por allí. Los Mendoza, más hostiles que de costumbre, comenzaron a acusar a medio vecindario de robarse el gas o las provisiones. El portero juraba que la grieta era sólo una fuga menor del yeso y que, en cuanto llegara el "técnico" de la administración, se vería cómo taparla. La promesa se cumplió al fin: un hombre burdo y sin expresión se personó dos días después con un bote de pintura barata y una espátula oxidada. Rasqueteó la humedad, tomó fotos para el seguro y, tras cubrir la grieta, aventuró el decreto de siempre: "No volverán a molestarlos más". Al poco rato, el tajo volvió a mascar sus propias costuras, abriéndose un palmo más bajo la nueva capa de pintura, todavía tiritando de fresca.

Pasaron las jornadas bajo una lluvia fría e incesante. El olor del edificio se tornó rancio, mineral, más amargo. La vida siguió arrastrándose entre guardias en la portería —por si Gladys volvía— y peleas que se reavivaban como brasas. Lucía trató de ignorar el malestar de Tomás, quien empezó a tener fiebre algunas noches y rascarse obsesivamente las manos; dos veces creyó ver en sus dibujos la silueta de la grieta, torcida y gruesa como una boca abierta en la penumbra. Don Ernesto, por su parte, recopilaba testimonios y medias confidencias: escuchaba a los vecinos declarar que las mascotas se resistían a subir al segundo piso, que una perra de la azotea había enfermado y sangraba por las orejas, o que el hijo de Elvira hablaba dormido en una lengua desconocida para él. Aunque todos encogían los hombros al relatarlo, hacían la señal de la cruz al terminar. El horror era antiguo y quería permanecer oculto.

Una madrugada cualquiera, Lucía fue despertada por un llanto apagado que venía del pasillo. Dudó largamente antes de levantarse, pero la insistencia del gemido penetró a través de la puerta y del propio sueño. Salió al corredor, tiritando, y sintió en la piel el polvo frío y sucio flotando en la humedad. En el segundo piso, la luz era aún más débil y, justo sobre la marca donde antes estaba la grieta, ahora se deslizaba de nuevo el tajo, renovado y más ancho. Al acercarse, notó que la pintura que la cubría burbujeaba y se despegaba, humedeciéndose hasta formar gotas negras que caían al suelo. Juró escuchar susurros: nombres, fragmentos de oraciones —algunos en voz de Gladys, otros irreconocibles.

Sintió miedo, pero también rabia y cansancio. Quiso gritar, exigir a la administración o a la policía que hicieran algo más allá de promesas vacías, pero supo de antemano que sólo le responderían con expedientes y excusas. Volvió a su casa agarrotada, memorizando en silencio una letanía de pavor y de impotencia.

Con el paso de los días, la paranoia se adueñó del inmueble. Algunos aseguraban ver fugaces movimientos tras la grieta; otros, que sentían presión en el pecho al pasar cerca. Las historias se enredaban con el folclore del edificio, convirtiendo el miedo en un hecho más entre inundaciones, cortes de luz y deudas. Nadie —ni el señor Mauricio, ni siquiera la policía— entraba ya sin apuro en el segundo piso, y los niños jugaban sólo antes de atardecer. A Lucía le costaba alimentar a Tomás, cada día más pálido y callado, y la propia Lucía comenzaba a sufrir de insomnio y una tos persistente que la desgastaba.

Una tarde, sentada frente a la ventana mientras intentaba distraer a Tomás con la promesa de una sopa tibia, percibió un olor tan intenso a moho y a cloaca que se sobresaltó. Por la ranura de la puerta entró una corriente gélida, portando consigo un murmullo tan bajo que sólo era perceptible tras largo silencio. Tomás se tapó los oídos y empezó a sollozar, mientras la casa vibraba suavemente bajo sus pies. De pronto, escucharon —muy claro— el balbuceo de una canción de cuna, como si proviniera de algún departamento contiguo, pero ambos sabían bien que ahí residía sólo la anciana Olga, postrada y casi sorda.

El portero, armándose de valor y acompañado por Don Ernesto y el casero, se animó esa noche a rasquetear la grieta para ver si el yeso estaba hueco detrás. Estudiaron la marca con linternas y palos. La humedad era tan intensa que, al tocarla, la pintura se deshacía como si fuera barro fresco. Don Ernesto colocó la oreja contra el muro y, durante un instante, todos guardaron silencio: del otro lado, se oía la caída intermitente del agua y un débil murmullo, como si toda la historia de aquel bloque rezumara sus miserias por el tajo.

—La grieta no es sólo de la pared —musitó el viejo, convencido—. Es de nosotros. De lo que no queremos ver.

Esa noche, Tomás durmió en la cama de Lucía, temblando de fiebre. En sueños, murmuraba palabras que Lucía no podía entender. Afuera, sobre el asfalto mojado, nadie osaba levantar la voz: los vecinos se refugiaron temprano o discutieron tras puertas cerradas, cada uno con sus propios fantasmas. El edificio, como un monstruo ronco, respiraba a través de la grieta, que nunca volvía a cerrarse del todo.

Al día siguiente, la administración colgó un cartel en el vestíbulo anunciando nuevas inspecciones y prometiendo solucionar los problemas "estructurales". Era otra mentira repetida, otra capa de papel y de palabras sobre la herida abierta de los muros. Nadie se atrevía a mirar de frente al muro del segundo piso; el tajo seguía creciendo, y el olor a enfermedad era más que una premonición: era ya una presencia. Don Ernesto registró en su cuaderno la fecha y la hora, encerrando la página en un círculo tembloroso.

Lucía salió al patio y, por vez primera, se permitió llorar. No por Gladys, ni siquiera por Tomás, sino por el peso de la grieta interior y el terror de saberse invisible para el mundo exterior. Supo, entonces, que la grieta haría suyo al edificio y a quienes habitaban dentro, porque a nadie más parecían importarles los horrores que soplaban por los pasillos. Y la humedad, paciente, seguía creciendo, abriendo boquetes no sólo en la pared, sino en la realidad cotidiana de la supervivencia y el miedo.

Estrujando la mano de su hijo, Lucía respiró hondo una última vez antes de cerrar la puerta y enfrentarse a un día más en el bloque del silencio, la sospecha y la grieta que nadie quiere mirar.

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