Fragmento:
Dormía mal, como siempre, los huesos crujiendo y el aire cargado de humedad. De repente, sentí cosquillas en la espalda. Abrí los ojos y vi decenas de puntitos negros trepando por mi tórax. No cucarachas, sino algo más pequeño, oscuro y ágil. Por un instante creí estar soñando, o sufriendo una alucinación producida por la fiebre; pero el dolor punzante bajo la piel me devolvió a la vigilia.
Duración: 11:11
Estoy acostado en una cama ajena. Mejor dicho, en el colchón de esponja con residuos de orina y sangre, apilado en el rincón más oscuro de la habitación que, por su hedor y humedad, bien podría ser una cueva más que un dormitorio. A través de las rendijas de la persiana rota se cuela la luz vaga de una tarde cualquiera, pálida, cetrina, un recordatorio de que afuera hay un mundo que sigue su curso sin mí, quizás sin todos los que aquí estamos. Yo, que una vez fui de los que caminaban libres y decidían sus horarios, ahora soy una larva bajo la corteza podrida de la ciudad nueva.
En las sesiones con la asistente social nunca hablo de la pensión en la que me alojo. Dejo que ella crea lo que gusta: que vivo en una habitación limpia, en el Barrio Norte, trabajo desde casa y me las arreglo gracias al seguro de mi madre fallecida. Mentira tras mentira, hasta que su computadora se cansa, y me despide con una sonrisa mecánica y una bolsa de víveres cada semana como quien arroja pan duro a un estanque.
Uno viene aquí después de caer. No hay otra manera de decirlo. La caída puede deberse a una enfermedad, a la ruina, a una sucesión de malas decisiones. En mi caso, fue todo junto, una pequeña sinfonía de pérdidas que aún resuena en mis huesos. Los otros, los que me rodean, tienen historias similares, o peores. El Gordo Rubén, por ejemplo, llegó arrastrando una pierna ulcerada después de que su familia lo echara a la calle. El Flaco Ireneo perdió la voz y el empleo tras una neumonía doble, y desde entonces aúlla al techo durante la madrugada con sigilosos gemidos que solo escuchamos los que dormimos ligero.
Esta no es una pensión para personas. Es un refugio de residuos. Los bullicios de la urbe nos ignoran. Aquí, bajo cimientos, tras muros desconchados y patios húmedos, la sociedad deja a sus sobras. Por eso la humedad trepa las paredes, por eso hay un hedor fétido e inexplicable que nunca se va, no importa cuánto cloro y detergente use Irma, la mucama jubilada que acepta limpiar el infierno por cuarenta pesos diarios.
Me paso el día en la cama, mirando el techo rajado. Mi cuerpo, antes firme, se ha marchitado. He adelgazado, los músculos que aseguraban cierta dignidad se han atrofiado. El desapego es tan hondo que a veces siento que no poseo cuerpo; soy apenas un suspiro, un hilo de aliento que aguanta sin saber para qué.
Aun así, no puedo irme. No tengo a dónde irme. Mis viejos amigos hace tiempo han desaparecido, tragados por la rutina, la asfixia de la normalidad, el temor a la miseria contagiosa.
Una tarde, Irma dejó una bolsa de pan delante de mi puerta. La abrí y vi dentro varias piezas enmohecidas. Quise quejarme, pero cuando levanté la bolsa, un puñado de cucarachas saltó sobre la sábana. No grité ni las maté; solo me quedé mirando cómo exploraban mi costado, pequeñas y firmes, con un sentido de propósito que me resultó familiar.
El primer cambio ocurrió esa noche.
Dormía mal, como siempre, los huesos crujiendo y el aire cargado de humedad. De repente, sentí cosquillas en la espalda. Abrí los ojos y vi decenas de puntitos negros trepando por mi tórax. No cucarachas, sino algo más pequeño, oscuro y ágil. Por un instante creí estar soñando, o sufriendo una alucinación producida por la fiebre; pero el dolor punzante bajo la piel me devolvió a la vigilia.
Me incorporé de golpe, y de la boca me brotó un filamento blanco, viscoso. Tosí y traté de arrancarlo, pero cuanto más tiraba, más largo parecía. Sin embargo, no había nadie para socorrerme, ni siquiera el refrán amargo de Ireneo en el cuarto contiguo. El hilillo colgaba de mi labio como baba espesa y, cuando lo deposité en la mano, las criaturas diminutas se abalanzaron sobre él y empezaron a devorarlo.
Entonces tuve miedo. Miedo real. El miedo que se clava entre las costillas y te reduce a la infancia absoluta.
Quise huir, cruzar desnudo la ciudad, ponerme a gritar en plena avenida. Pero sabía que nadie prestaría atención a un despojo humano, sucio y balbuceante, cubierto de capullos y hebras extrañas. Así que me acosté de lado y recé por desaparecer o convertirme en una de esas cucarachas que se esconden detrás del zócalo.
Por la mañana, Irma abrió la puerta para dejarme otra bolsa de comida. Me encontró cubierto de hilos claros y puntos negros refulgiendo entre las costillas. Apenas un “Dios santo” se le escapó de los labios. Cerró la puerta sin decir más. Por la noche, la bolsa estaba vacía y ella no volvió a aparecer.
En los días siguientes, la metamorfosis avanzó. Mi piel se volvió húmeda y brillante, y una suavidad gelatinosa reemplazó el vello de mis brazos. Las uñas se desprendieron en láminas minúsculas, dejando relieves rosados debajo. Noté que, al rascarme, un líquido espeso y dulce salía de los poros, y las criaturas negras—ya no diminutas—salían de entre las costuras de la habitación y se aferraban a mi cuerpo, succionando suavemente.
No sentí dolor, sólo una calma nueva, una distancia creciente respecto a mis preocupaciones diarias. Miraba el techo como si viera el fondo de una pecera, y el bullicio del edificio me llegaba amortiguado, como si las paredes se hubieran engrosado, separándome más y más del mundo real.
Ilusamente pensé que era el único. Pero al tercer día descubrí que todos aquí pasaban por algo similar. Me di cuenta primero con Rubén: ya no podía caminar por el pasillo sin dejar un trazo viscoso y dulzón a su paso, un sendero lumínico que seguían, hipnotizados, cientos de puntitos oscuros. Los residentes, desde los más viejos hasta los más jóvenes, compartían aquella mutación progresiva. Algunos lo llevaban peor, suplicando ayuda cuando el proceso se aceleraba. Otros simplemente habían aceptado la transformación, dedicándose a permanecer inmóviles durante el día y salir solo cuando caía la noche, para ocultarse en las zonas más bajas del edificio.
Ireneo desapareció la noche en que la mucama jamás volvió, pero escuché su voz, zumbando, en los conductos de ventilación. Era un sonido vibrante, como de alas, mezclado con un gemido agudo y un eco de risas.
Me resigné a que sería mi destino. Más tarde, entendí que nadie fuera de la pensión estaba dispuesto a ayudarnos. Los trabajadores sociales dejaron de venir. Las raciones de ayuda se volvieron esporádicas y finalmente desaparecieron. La municipalidad cortó el agua y la luz. Sabíamos que nos dejarían morir aquí, o peor: aguardarían a que nos adaptáramos a este nuevo estado de descomposición.
La metamorfosis se volvió irreversible. Perdí la voz una noche, al romperse mi tráquea en una sarta de burbujas podridas que mancharon la almohada. Los dientes se desprendieron y se deslizaron por el costado de la boca, como perlas rebeldes. Las piernas se atrofiaron por completo, y aprendí a moverme arrastrándome, deslizándome sobre una capa de mucosa lúbrica que mantenía húmeda la piel. Mis ojos se acostumbraron a la penumbra y desarrollé membranas translúcidas.
Rubén logró un estado avanzado de la transformación antes que yo. Caminaba apenas apoyando los muñones de los pies hinchados, dejando tras de sí un rastro de cuerpos negros que lo seguían y se apiñaban entre los muebles. Su olor, un dulzor almibarado, tentaba a los insectos de los departamentos vecinos; sentíamos sus aleteos, su hormigueo constante, reventando las paredes de yeso.
Nadie, afuera, preguntaba por nosotros. El edificio podía caerse a pedazos y ni las ratas acudirían a rescatar nuestros restos. Cada día nos descomponíamos un poco más, al tiempo que algo extraño crecía dentro del nido colectivo: una paz ácida, resignada, como si aceptar nuestra nueva existencia nos garantizara un mínimo de pertenencia. Éramos los parias, los olvidados, y en esa esquina de carne y chatarra éramos indispensables, una simbiosis de deshechos y dueños de la miseria.
Los cambios no eran sólo físicos. Comencé a recordar cosas viejas, voces de familiares muertos, olores de casas lejanas, canciones de infancia. Todo surgía difuso, mezclado, como si me sumergiera en un estanque de lodo y aceite, y en el fondo hallara ramitas y piedras de otro tiempo. Extrañamente, eso me daba consuelo.
Una noche, Rubén se arrastró hasta la puerta de mi cuarto y la empujó con un gemido grave. “Se fue Irma”, intentó decir, aunque su boca se había hecho inservible, llena de pliegues mojados y dientes de leche. Le tendí la mano, y cuando nuestros fluidos se mezclaron, sentí una descarga en el costado, un fulgor tibio que, durante un breve instante, me hizo creer en otra vida posible.
El piso rezumaba humedad, al punto que los tablones hinchados se abrieron como la corteza de un árbol. Por esas grietas emergieron enjambres, criaturas de patas finas y cuerpos brillantes, que se arrastraban por las paredes y roían a los que aún intentaban luchar. Nos rendimos. Nadie quería resistir la carne nueva y sus reglas.
El último día fue el sismo.
No uno de la tierra, sino de la estructura viva de la pensión: un estremecimiento interno, una reconfiguración. Desperté en pleno crepúsculo, comprendiendo que ya no era del todo humano. Cubierto de una película lechosa, me deslicé hasta el pasillo, y encontré a los otros, decenas de cuerpos que relumbraban bajo la luz enfermiza de las farolas del patio. Nadie hablaba, ni lloraba: nadie tenía boca de hombre, ni labios, ni cuerdas vocales. Nos comunicábamos por impulsos, por vibraciones sutiles que recorrían la estructura viscosa de nuestros cuerpos nuevos.
Fuimos al sótano juntos. Allí, en la humedad ciega, aguardaba lo que debíamos ser. Penetramos uno tras otro, como larvas en fila, y descendimos por un túnel excavado por los primeros convertidos. Al llegar al fondo, volvimos a nacer. Éramos polvo, fragmentos de hueso, membrana y moco aglutinados en un solo cuerpo indiferenciado. Allí, en la oscuridad absoluta, nos mecimos en un suspiro colectivo, esperando.
Afuera, la ciudad siguió latiendo, indiferente, y nadie preguntó jamás por “los de abajo”. Los hijos de la mugre y el olvido. Y si alguna vez, tras la lluvia, un olor amargo y dulzón sube desde la tierra, los pocos que lo perciben cierran las ventanas y no preguntan, porque intuyen, en el fondo, que bajo sus pies hay un nido, un reservorio de resignación y metamorfosis, aguardando la señal del hambre o del fin.
Yo permanezco allí. Y no me arrepiento. Morirse o cambiar es la misma cosa, a veces. Aquí, cuando los escombros pesen tanto que todo colapse, seremos la primera ola que suba a la superficie. No vendremos a buscar venganza, ni compasión. Solo hambre. Solo cambio. Solo el eco de lo que fuimos, fluyendo de vuelta al mundo de los ojos y las bocas, para enseñarles la última lección.
No hay monstruos bajo la cama. La cama es el monstruo y nosotros su alimento y sus crías. No lo olviden.
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