Fragmento:
Esa noche, mientras la tormenta rugía más allá de los muros, el viejo sistema eléctrico lanzó un parpadeo. Beckett se inclinó hacia delante, acariciando la superficie rugosa de una fotografía. Cuando acercó la lupa al reverso, notó algo extraño: una inscripción apretada, indecifrable a simple vista, surgía en la superficie ennegrecida. “Ven a mí. Hazme eterno.” Los caracteres, apenas perceptibles, parecían haber sido grabados con una uña o algún objeto puntiagudo, antes de que el rigor mortis endureciera los tejidos del difunto.
Duración: 12:10
El Archivo Polvoriento número 23C era una reliquia de días pasados, una sala de documentos olvidados y expedientes cubiertos de polvo, donde los ecos de secretos siniestros parecían adherirse como telarañas entre las vigas agrietadas. El olor a papel húmedo y madera podrida flotaba en el ambiente, mezclado con una fragancia inexplicable, como un leve atisbo de tierra removida demasiado tiempo atrás. La mayoría de los oficiales odiaban ese lugar y trataban de evitarlo, pero para el comisario Beckett era un santuario. Allí, se sentía libre de las miradas expectantes e irrelevantes de los recién llegados. Allí, podía sumergirse en los detalles que nadie quería recordar.
La noche había caído con violencia sobre la ciudad esa primavera, una tormenta de viento y lluvia silbando entre los callejones desérticos, arrancando escombros y envolviendo la estación en un halo de sombras danzantes detrás de cada vidrio. Beckett se sentó en la mesa con una jarra de café frío, la luz de su lámpara de escritorio cayendo sobre un expediente singularmente grueso. Había llegado esa misma tarde, trasladado desde el departamento de criminalística con una nota escueta: “Reabierto por solicitud de la fiscalía. Revisar conexiones con casos recientes.”
Lo abrió despacio, sintiendo el crujir del lomo ajado del archivador. Las fotos en blanco y negro estaban pegadas descuidadamente, mostrando escenas demasiado familiares: cuerpos dispuestos de maneras casi rituales, ojos abiertos en la penumbra, labios de un azul marmóreo, huesos que asomaban bajo piel desgarrada y tatuajes enterrados entre la carne lacerada. Pero no eran las imágenes lo que preocupaba a Beckett, sino la disposición pulcra y casi artística de aquellos cadáveres. Todos, hasta el último, habían sido hallados en edificios en ruinas a lo largo de una franja específica de la ciudad vieja, a intervalos regulares de trece días.
Beckett no creía en casualidades.
Se detuvo en el informe forense del primer caso, un hombre sin hogar apodado “el Maestro” por los muchachos del barrio. Había sido hallado bajo una trampa de madera en los sótanos del antiguo orfanato Saint Agnes, boca arriba, los brazos extendidos, las palmas hacia el cielo vencido. En la fotografía, una maraña de hierbas secas y mariposas muertas cubría parte de su vientre. Al principio, los forenses atribuían la presencia de la flora a la humedad, alguna broma macabra o el simple azar, pero Beckett era de los que reconocían las señales de un ritual cuando las veía.
La siguiente víctima apareció trece días después, casi en la misma franja horario y con los mismos signos de mutilación exacta: falanges de ambas manos separadas y dispuestas en círculo alrededor del cuerpo. Solo que esta vez, sobre la frente de la víctima (una mujer joven conocida entre los comerciantes de antigüedades), habían grabado una extraña marca, una doble espiral, apenas visible entre la sangre coagulada.
Las noticias apenas si mencionaron los crímenes. La prensa, controlada por influencias más interesadas en mantener la apariencia de calma, relegó los detalles a notas breves de sucesos aislados. Pero Beckett, receloso y obsesivo, se guardó recortes y grabaciones, copiando a mano patrones, mapas y horarios, tapizando el respaldo del archivo con cuerdas y chinchetas.
El olor. Siempre el mismo. Tierra removida.
Esa noche, mientras la tormenta rugía más allá de los muros, el viejo sistema eléctrico lanzó un parpadeo. Beckett se inclinó hacia delante, acariciando la superficie rugosa de una fotografía. Cuando acercó la lupa al reverso, notó algo extraño: una inscripción apretada, indecifrable a simple vista, surgía en la superficie ennegrecida. “Ven a mí. Hazme eterno.” Los caracteres, apenas perceptibles, parecían haber sido grabados con una uña o algún objeto puntiagudo, antes de que el rigor mortis endureciera los tejidos del difunto.
El teléfono de la oficina chirrió como un insecto herido. Beckett se sobresaltó, dejó caer la lupa. Contestó:
—¿Comisario Beckett?
—Aquí.
—La central recibió un aviso anónimo. Otro cuerpo. Mismo patrón. El depósito subterráneo del teatro Lirio.
Beckett apagó la lámpara y tomó la gabardina. El rumor de la lluvia acompañó sus pasos bajo el paraguas raído, la ciudad convertido en un espejismo de luces anegadas y charcos que reflejaban el resplandor rojizo del distrito industrial. El Teatro Lirio yacía arrodillado ante el tiempo, sus columnas recubiertas de musgo y hierba, el mármol agrietado exudando historias de épocas doradas. Un agente joven esperaba en la puerta trasera: tembloroso, incapaz de ocultar su alivio cuando vio aproximarse la figura fornida y cansada del comisario.
—Está abajo, señor —balbuceó—. Nada ha sido tocado.
El hedor era insoportable, mezcla de humedad estancada y podredumbre. Bajaron por una escalera de hierro, donde el ladrillo rezumaba agua y líquenes blancos. Dos focos de mano iluminaban una silueta tendida en medio de la sala: un joven rubio, vestido con lo que parecía ser un disfraz de Pierrot antiguo. Como en los casos previos, las manos estaban desarticuladas y dispuestas alrededor de su cuerpo, formando la familiar doble espiral, y, en la frente, la inscripción de siempre: “Hazme eterno”, rasguñada hasta sangrar.
Beckett pidió a todos que salieran y se arrodilló junto al cadáver. El olor a tierra mojada era ahora abrumador, como si el sótano entero se hubiese convertido en tumba. Notó un pequeño recorte de diario metido bajo la lengua de la víctima: una nota necrológica, antigua, apenas legible. “En memoria de quien nunca fue hallado; en la noche que será siempre.” Era la misma frase que figuraba en otro de los expedientes antiguos, la muerte sin resolver de un niño hace treinta años. Su pulso se aceleró.
¿Acaso el asesino estaba reabriendo heridas antiguas, imitando crímenes olvidados, o era posible que se estuviera comunicando… con alguien, o con algo más?
Esa noche, Beckett no regresó a su apartamento. Decidió dormir en el archivo, junto a los expedientes, repasando una y otra vez los detalles de los casos. Pese a sus esfuerzos, fue vencido por el cansancio y los sueños acudieron, plenos de imágenes de pasillos interminables, cuerpos extendidos sobre losas, la tierra viva cubriendo los ojos y bocas de los muertos, y una figura encapuchada que repasaba con sus manos huesudas el contorno de calaveras infantiles.
Despertó sobresaltado por un golpe seco cerca de la escalera del archivo. Se incorporó, sudoroso. Había alguien allí. Escuchó el sonido de papeles moviéndose, un susurro ahogado proveniente de los estantes más alejados. Tomó su pistola y avanzó, los pasos se hundían en la alfombra húmeda.
La figura apareció entre las sombras: era alta, de movimientos medidos. En la penumbra, su rostro parecía indistinguible, hundido debajo de una capucha negra. Beckett levantó el arma:
—¿Quién es usted? —gritó.
El intruso no respondió. Sus manos, cubiertas de guantes grises, sostenían un archivador que reconoció de inmediato: el expediente siniestrado de “El Señor de los Olvidos”, una leyenda urbana que circulaba por el barrio desde los 80.
—Deje eso donde está —vociferó Beckett.
La figura retrocedió, resbalando en el suelo. Un papel cayó de la carpeta: un mapa. El intruso escapó, perdiéndose entre los pasillos del archivo y desapareciendo sin dejar rastro. Beckett recogió el mapa. Era antiguo, trazado a mano, con marcas circulares en puntos específicos de la ciudad… los mismos lugares donde se habían hallado los cuerpos.
Pasó la noche realizando llamadas urgentes, buscando conexión con casos similares en otras ciudades. Entre los informes, una coincidencia inesperada le estremeció la sangre: una serie de muertes, con patrones casi idénticos, habían sido reportadas en distintas épocas, décadas anteriores, a intervalos regulares. Cada vez, el mismo símbolo doblemente espiralado, cada vez, la misma nota “Ven a mí”.
Dos noches después, la ciudad fue golpeada por otra tormenta. El teléfono sonó de nuevo. Esta vez, una voz distorsionada, grave, le habló al oído.
—¿Disfrutó el regalo, comisario…? ¿A cuántos huesos puede llegar una ciudad… antes de quebrarse?
Beckett no respondió. Anotó la hora. Alguien estaba acechando, moviendo los hilos desde una distancia segura. Peor aún: parecía disfrutar la agonía del juego.
Los periódicos dedicaron más páginas a la fiebre asesina, no por convicción, sino porque el pánico ya no podía ocultarse. Cundió el temor. Las calles vacías, las madres llamando a sus hijos, las ventanas cerradas incluso de día, bajo la amenaza de que todo, en cualquier momento, podía ser reclamado por esa sombra devoradora de cuerpos y nombres.
Entonces, una antigua conocida llamó a la oficina: Martha Harmond, perito forense retirada, ahora dueña de un pequeño negocio de flores cerca del mercado central. Había estado ayudando a Beckett con una investigación privada hace años y ahora, sin buscarlo, tenía una nueva pista.
—¿Recuerda el caso del niño desaparecido en Saint Agnes? —preguntó.
—Sí —dijo Beckett—. Lo tengo aquí frente a mí.
—He estado revisando los documentos del orfanato. Descubrí un diario… del antiguo cuidador. Hay relatos de rituales nocturnos, juegos macabros entre habitaciones selladas, niños acallados… y el nombre del “Señor de los Olvidos” apareciendo en las paredes, tallado con clavos. Era más que una leyenda, Beckett. Era una presencia.
En algún lugar de la memoria gris de la ciudad, alguien estaba rindiendo culto a esa presencia. No solo imitaba viejos crímenes, sino que intentaba invocar la atención de aquello que, años atrás, había devorado a los huérfanos sin nombre.
Beckett guardó silencio largo rato.
—¿Cree usted… que lo que está sucediendo ahora es un eco, o una continuación?
—Nada queda enterrado para siempre en esta ciudad —susurró Martha.
La conclusión brotó lentamente en la mente de Beckett, como una mancha de humedad empapando una pared. Los crímenes, con su regularidad, con sus símbolos y ofrendas, eran un mensaje. Pero ¿para quién… o para qué?
Esa misma noche, decidió regresar al sótano del Teatro Lirio. Iba solo, armado y con una linterna atada al cinturón. El lugar lo recibió húmedo, expectante. Al fondo, un pasadizo lateral que nunca antes había notado. Avanzó, sintiendo el suelo ceder bajo sus botas.
De pronto, el olor, irresistible, denso y orgánico. La luz alcanzó una especie de altar improvisado: huesos humanos, velas apagadas, fotografías antiguas descompuestas y, en el centro, un libro abierto con páginas arrancadas.
Un susurro le hizo girar. Detrás, la figura encapuchada que conoció días antes le esperaba, esta vez con la capucha caída. Su rostro era pálido, retorcido, como la máscara de un bufón cruel. Beckett levantó su arma, el asesino sonrió.
—No entiende, comisario —dijo, sin apartar la mirada de los huesos—. Quedamos tan pocos capaces de recordar… y por eso me buscan, pero no soy el primero, ni seré el último. Viene… Él viene… Y cuando lo haga, todo lo que hemos enterrado se arrastrará de nuevo a la luz.
La electricidad falló. La oscuridad lo tragó todo. Unas manos frías apresaron la garganta de Beckett, mientras en su oído un murmullo antiguo, inhumano, le aseguraba que la eternidad hecha de miedo acababa de comenzar.
La policía hallaría el archivo revuelto y el sótano cubierto en sangre semanas después, pero nadie hablaría más del caso. Las familias se mudarían, las calles serían rebautizadas y, con el tiempo, una nueva generación ignorante pasearía sobre aquello que crece, putrefacto y latente, bajo la ciudad.
Porque el horror, pensó Martha Harmond cuando leyó la noticia, no tiene forma… solo espera, paciente, que alguien le rinda culto una vez más.
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