I
No hace frío en el pasillo pero las luces de neón escupen claridades escasas, inciertas, que tiñen los rostros de la fila de una palidez mórbida, un temblor ululante casi indistinguible de la agonía. Es lunes, o al menos eso sugiere el encorvado calendario de propaganda clavado a la pared descascarada, justo al lado de la puerta donde termina la hilera, donde todos miran cuando ya no pueden sostener la vista en el suelo, temerosos de cruzarse con los otros, de saberse iguales, miserables, hambrientos.
María se apoya contra el revoque rugoso y siente el murmullo apagado de los quejidos ajenos deslizándosele por la espalda. Tiene las manos escondidas dentro de la campera y los nudillos, pelados y morados, le recuerdan una patria remota, casi fantástica. El reloj invisible solo avanza cuando nadie lo observa, así parece, porque la fila se encoge y se estira con vida propia, naciendo de las escaleras exteriores y muriendo cerca del escritorio de metal donde el funcionario nunca sonríe.
En los turnos otorgados por el Estado no hay lugar para emociones; toda expresión es peligrosa, un grito para los dioses del control. Los números, impresos en cartulinas sucias, son las verdaderas identidades. Hoy María es el 117B, pequeño consuelo frente al 172C de un miércoles previo, cuando cruzó la ciudad a pie y bajo la lluvia solo para oler la sopa rancia del comedor comunitario y regresar con las manos vacías y la tripa convertida en una piedra furiosa.
A su alrededor, murmuran: historias tenues, casi inaudibles, de hijos que ya no preguntan agua, de colchones que sangran humedad de noches sin sueño. En la fila se parece mujer anciana a la niña descalza, porque el hambre y la espera han limado las marcas propias, transformando la razón en una cuerda floja, tensa, deslizante.
Al fondo, dos hombres discuten, bajan las voces cuando el guardia los mira. Uno tiene una herida en la ceja, reventada hacía poco, seca y color óxido. El otro se aferra a una bolsa negra con la desesperación ritual de quien sabe que lo poco puede serle arrebatado por manos desconocidas o por órdenes explícitas. María prefiere no mirar demasiado, igual que todos los de la fila. Hay hambre y después hay miedo; uno aprende pronto cuál es más persistente.
La puerta del escritorio vuelve a abrirse. Un hombre joven sale con una caja de cartón bajo el brazo, apretando los labios contra todo agradecimiento, porque saben—lo sabemos—que la gratitud se ha convertido en otra forma de servidumbre, de derrota.
II
La fila avanza, milímetro a milímetro, y con cada paso se absorbe otra recreación del infierno mundano: el niño que llora en un carrito improvisado, una sombra vegetal que fue alguna vez una muñeca en brazos de la hermana mayor, la muchacha que hace girar el anillo de hojalata en el último dedo sano. Todas esas pequeñas confesiones de derrota brillan como luciérnagas muertas sobre la piel, parpadeando apenas a la sombra del puesto de control.
—¿Viste lo del muchacho de la 82? —susurra una voz, exhalando aliento agrio—. Se lo llevaron anoche.
—No regresó —responde otra, femenina, demasiado joven—. Tampoco lo dejaron volver.
El rumor se disuelve con la misma rapidez con que aparece. Nadie pregunta más. Sabemos, sin decirlo nunca, que hay desapariciones peores que la muerte, y que algunas puertas se tragan a sus huéspedes sin siquiera hacer ruido.
María vuelve a fijar la vista en la baldosa partida junto a sus pies. Piensa en sus hijos. El mayor, Luca, tiene los ojos resecos y un odio poderoso centelleando en el fondo de las pupilas. A veces la mira como si ya no la reconociera, como si ella hubiese elegido este destino. La menor, Solana, apenas habla, rascándose las rodillas bajo la hilacha de lo que fue un uniforme. La memoria de la comida caliente es, para ella, una narración prohibida, una leyenda de los días felices.
Otra mujer—ojos verdes, mirada de acero—recorta la silueta áspera de la fila y se detiene ante María apenas un segundo. Luego la reconoce y sonríe, una mueca gangrenada de aliento rancio.
—¿Todavía aquí, Marí? —pregunta, la voz rota en dos.
—Todavía. ¿Y tú?
Un silencio, la posibilidad de un abrazo, el rechazo tácito a la conmiseración.
—Vivo —responde la mujer—. Aún respiro. Eso es algo, ¿no crees?
Pero ambas saben que respirar, en este lugar, es un lujo que no se puede permitir por mucho tiempo.
III
El guardia nuevo, joven, torpe, se pasea con el garrote en posición de descanso, como si esperara una insurrección que nunca llegará. Sus zapatos brillan, contraste grotesco con las medias rotas de los que esperan. Habla poco, pero sus ojos se demoran en la cintura de la mujer que discute con uno de los funcionarios al frente de la fila.
—Es por los papeles —se escucha—. Todo tiene que estar en orden.
Papeles. Más importantes que la piel, que la sangre, que el rostro. María aprieta entre los dedos el sobre amarillento con el comprobante del último desempleo, el carnet raído de beneficiaria, el certificado de residencia donde ya no existe ninguna residencia. Todo lo que es, lo que fue, reducido a un paquete administrativo, sellado y refrendado por fantasmas de escritorio.
Cuando finalmente le toca avanzar, el pulso le late en la garganta como un pájaro enjaulado. El hombre del escritorio la mira sin levantar la cabeza, lee los datos con la avidez de quien busca errores. Hay un instante de peligro—apenas un segundo—cuando examina el borde del sobre.
—Dirección incorrecta —gruñe.
—Ya me cambiaron tres veces —responde María—. No hay adónde ir.
Una sombra, la posibilidad de que le arrebaten la ficha y la devuelvan al final de la fila. Mira de soslayo a la mujer de los ojos verdes, que la observa con una preocupación silenciosa.
El funcionario resopla, garabatea una marca en la hoja y extiende la mano. María entrega el sobre, el carnet, un trozo de dignidad.
—Espere afuera. Van a llamarla.
Sale al patio, la caja torácica contraída, el miedo infantil de no saber si podrá regresar algún día, si la lista de los denegados llevará su nombre.
IV
Afuera, el viento arrastra las hojas marchitas de periódicos viejos. La ciudad, desde aquí, es un cementerio de ventanas saqueadas y automóviles inertes. La monumental crisis que lo devoró todo deja aún su eco en los ladridos furiosos de los perros y en el humo de los fuegos improvisados en los baldíos. Sobre la cerca de alambre, una bandada de cuervos peina las cornizas en busca de semillas que ya no existen.
En la esquina, un hombre vende bolsas de agua a cambio de cualquier cosa: monedas, papel higiénico, trozos de pan. El trueque volvió, como una plaga medieval, reescribiendo las leyendas urbanas bajo el signo de la escasez.
María observa la puerta. Afuera espera el miedo, adentro espera la incertidumbre. Un hombre mayor, encorvado, pide permiso y se le acerca.
—¿Tienes cigarrillos? —La voz carcome la suplica de sus palabras.
Ella niega con la cabeza. El hombre insiste, la mirada enrojecida de quien no ha dormido hace días.
—Aunque sea un poco de tabaco… lo que sea.
—Solo tengo agua —responde María, y extiende la botella vacía en señal de disculpa.
El hombre se retira mascullando una maldición en un idioma inútil. Al cabo de un rato, lo ve desaparecer en la esquina, tragado por la niebla sucia del mediodía.
V
La mujer de los ojos verdes sale, tropieza, se sienta a su lado.
—No puedo más —dice—. No me dan, dicen que ya me tocó.
—¿Cuánto es “ya”? —pregunta María, sin posibilidad de risa.
—No lo sé, pero debe ser pronto el final. Hoy tal vez.
María le toma la mano. Siente los huesos como ramitas.
—¿Y tus hijos?
—Uno se fue, la otra también. Estoy sola —confiesa la mujer, y por un instante parece más pequeña, más joven y vencible.
En el muro detras de ellas, alguien ha escrito en tiza gruesa: “Mañana será peor”. La letra torpe, el trazo tembloroso, describen el futuro con precisión exhaustiva.
VI
Adentro vuelven a llamarla. El funcionario asiente, apenas, y le da una caja chata, sin peso. María la sostiene con ambas manos, temeraria de abrirla ahí, temeraria de no abrirla nunca. Cuando cruza el patio y sale a la calle, la fila ya ha crecido otra vez. Nuevos rostros, idénticos a los antiguos, la miran como quien observa la caída de una sombra familiar.
Una anciana la detiene con un murmullo. María duda un instante, pero decide abrir la caja y comprobar el botín. Dentro hay arroz, habas, una lata de pescado cuyo abrelatas ha sido arrancado. Del fondo del cartón extrae una nota: “Agotada la leche. Vuelva el jueves”.
Mastica la rabia, la frustración. Sabe que no será suficiente, que debe repartir lo improbable en bocas que murmuran lealtades imposibles.
Al llegar a la esquina, la mujer de los ojos verdes se le une. Caminan juntas. Alrededor, la ciudad parece más gris, más muda, más letal. Cruzan una avenida desierta; el viento arrastra volantes con rostros sonrientes y promesas vacías.
Nada ha cambiado, salvo las cifras, los nombres, el número de las penurias.
VII
Caminan y recuerdan. El recuerdo, ella lo sabe ahora, es peor que el hambre. Había un jardín, dice la mujer, había bicicletas, había café y un ventilador zumbando en el verano. Había puestos de trabajo, escuelas, hasta domingos de helado en la plaza. Lo cuentan bajito, en susurros, como si nombrar la abundancia pudiera invocar la maldición de que nunca vuelva.
En la esquina, un camión del Estado descarga cajas nuevas. Los uniformados gritan nombres, mujeres y niños enredados entre sus propias sombras, hombres alzando los puños y luego bajándolos, derrotados antes de comenzar la rebelión.
Le preguntan a María si quiere cambiar su arroz por jabón. Alguien le ofrece medio kilo de azúcar por la lata de pescado. Elijo vivir, piensa, pero no está segura de que recordar cómo se hace.
A la distancia, una sirena. Nunca una ambulancia, siempre un patrullero. Alguien fue atrapado robando. La multitud observa en silencio ritual mientras se llevan a un adolescente. Nadie intercede. Nadie puede.
La mujer de los ojos verdes se despide con un gesto. La noche cae, densa, espesa.
VIII
María llega al departamento. No hay luz. Sus hijos aguardan en la penumbra. Ella reparte el botín: el arroz en cazuela vieja, las habas para Luca, el caldo acuoso para Solana. Nadie agradece. Nadie dice nada.
Por la ventana, la ciudad gime bajo la mordida del viento nocturno. Algo se rompe, tal vez una esperanza, tal vez solo un plato. Afuera, la fila ha comenzado a formarse otra vez, extendiéndose como una víbora interminable entre las ruinas de la civilización.
Al cerrar los ojos, María piensa en la mujer de los ojos verdes. Tal vez mañana no la vea. Tal vez mañana sea su turno de no regresar.
La noche, entonces, no parece un refugio: es apenas una pausa entre dos tormentas, un abismo donde late la certeza implacable de que el verdadero monstruo no es el hambre, ni el funcionario, ni el guardia. El verdadero monstruo es la esperanza, ese espectro cruel que obliga a ponerse de pie cada amanecer, a formar otra vez en la fila, a esperar, sin ilusión.
La fila no termina nunca. Cada día, el horror se repite, idéntico, como el eco de un grito inútil. Lo peor no es el temor a la muerte; lo peor es la costumbre que la vuelve indiferente. Aquí, la única resurrección posible es volver mañana, con los papeles en la mano, los ojos secos y el estómago vacío, a esperar otra vez la caridad del verdugo.
Y así la vida, deshecha en fragmentos, se convierte en el más cruel de los relatos: uno donde el horror no es una sombra, sino la realidad diaria, tan real y persistente como la fila que a cada paso, a cada noche, se renueva y prolonga como una condena sin final.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.