Portada del relato La sala de los relojes apagados
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Fragmento:


No tenía nombre a quien pertenecía aquel lugar. Nunca lo llamó “casa” ni apenas “prisión”. Lo bautizó simplemente “la sala”, porque nunca vio otra habitación, ni siquiera algún atisbo de escalera o ventana. Sucedía todo aquí: cada interrogatorio, cada experimento, cada suplicio. Al principio, las preguntas eran vagas: datos personales, familiares, aquello que podía servir para pedir un rescate. Después, la utilidad desapareció, y las preguntas se tiñeron de perverso entretenimiento.

Duración: 10:33

La sala de los relojes apagados
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Texto de ajuste de pausa.

En la penumbra tibia de una habitación desconocida, la mente tiende trampas. Así lo pensaba Simon cada vez que el gélido golpe de la realidad barría los últimos jirones del sueño; cada despertar era una sorpresa y una confirmación de que seguía aquí, en este presente cerrado, repitiéndose como la condena de un prisionero castigado en un ciclo implacable.

El suelo estaba cubierto por baldosas de cerámica blanca. Eran las únicas protagonistas, junto al amarillo y pálido haz de luz que caía sobre su rostro desde un fluorescente moribundo. Los detalles eran tan repetidos ya, tan familiares, que Simon tenía la sensación de que podía reconstruir cada grieta en el techo con los ojos cerrados. De hecho, ni siquiera estaba seguro de cuándo había perdido la libertad. El olor lo acompañaba desde aquella primera vez que, a través del aturdimiento, notó el sabor ácido y metálico en el aire; eso fue lo único que le anunció el cambio de vida, su traslado a este nuevo mundo. Después, el tiempo se quebró: el reloj se detuvo y la sucesión lógica de los hechos se volvió confusa y viscosa. Intentaba recordar si alguna vez había sido libre, ¿había caminado por la calle entre extraños, corrido bajo la lluvia? Eso parecía una mentira o un sueño demasiado dulce.

Se movió cautelosamente, como quien teme descubrir que aún es capaz de sentir, y sobrevino la punzada familiar: las esposas demasiado apretadas en sus muñecas, la presión de la cinta en los tobillos. El dolor era una constante, tan suya como su sombra. Escuchó un susurro de pasos. No era nunca una sorpresa. El secuestrador era metódico, su rutina perfecta y cruel. Nunca se dejaba ver del todo, solo retazos, un destello de gafas, la curva de unos labios acariciados por la barba, unos guantes hospitalarios que olían a látex y peróxido. Una vez, Simon creyó haberle visto la sonrisa reflejada en la hoja húmeda del cuchillo.

No tenía nombre a quien pertenecía aquel lugar. Nunca lo llamó “casa” ni apenas “prisión”. Lo bautizó simplemente “la sala”, porque nunca vio otra habitación, ni siquiera algún atisbo de escalera o ventana. Sucedía todo aquí: cada interrogatorio, cada experimento, cada suplicio. Al principio, las preguntas eran vagas: datos personales, familiares, aquello que podía servir para pedir un rescate. Después, la utilidad desapareció, y las preguntas se tiñeron de perverso entretenimiento.

—¿Cuánto puedes soportar antes de rogar? —una vez preguntó la voz tras la máscara quirúrgica.

Simon no contestó. No porque guardara dignidad, sino porque el miedo le robaba la voz y rellenaba su pecho de grava.

La respuesta fue el silencio, seguido de la operación meticulosa de unas pinzas que fueron hundidas, lentas, debajo de una uña hasta arrancarla. El dolor tuvo color, y olía como a hierro caliente.

Las torturas nunca eran las mismas, pero sí sus consecuencias: sus manos tiritaban, sus pensamientos vagaban por túneles oscuros mientras su cuerpo vibraba entre la fiebre y la náusea. Aprendió a temblar en silencio. Aprendió a medir la duración de su calvario en el movimiento apenas perceptible de la aguja del reloj de la pared, ese que siempre marcaba la misma hora, como si la tortura comenzase y terminase siempre en el mismo punto, sin posibilidad de escape.

Había otros sonidos —ajenos al hombre de los guantes— que interrumpían su aislamiento: golpes lejanos, llantos amortiguados, respiraciones cargadas de angustia. Había más víctimas, acaso separadas tras muros invisibles, atrapadas en sus propias salas blancas. A veces, Simon intentaba comunicarse, rasguñando el suelo con la punta ensangrentada de un dedo, pero nunca obtuvo respuesta clara. Era tan abrumadoramente solitario que soñaba con la voz de un torturador: preferible al silencio sepulcral que, de tanto en tanto, reinaba durante horas interminables.

La mente —tan traicionera— empezó pronto a ofrecerle atisbos. Recordó el día de su secuestro: una noche templada, la luz naranja de farolas bañando el asfalto, el sobresalto de unos brazos golpeteando su cuerpo, un trapo apretado demasiado fuerte. Destellos difusos de palabras —“dinero”, “silencia”— y la risa amortiguada de los verdugos mientras lo desnudaron de papeles, dispositivo, incluso nombre. No supo si llamar era posible, si acaso tenía a quién llamar. Pronto, se rindió incluso a recordar.

En la sala, los castigos y los placeres eran intercambiables para su captor. Lo entendió temprano, durante una de aquellas pausas en medio de la sesión, cuando el hombre (Simon no conseguía asignarle una edad, solo olía el sudor acre, el perfume barato) se sentó a su lado. Un gesto casi paternal: con la mano ensangrentada le limpió la frente, como si Simon fuese un niño enfermo.

—Seguimos porque me necesitas, ¿lo sabías? —susurró la voz—. ¿Recuerdas tu vida antes de mí? Aquí tienes sentido, aquí eres mi creación.

Simon creyó entonces que la verdadera tortura no era la mutilación ni el dolor; era el convencimiento de que, más allá de esa sala, ya no había nada suyo, nada que reclamar.

Vinieron al poco las sesiones de “juegos”. No consistían solo en el dolor físico. Lo ataban a una silla, le mostraban fotografías de rostros desconocidos (algunas veces, también de sí mismo, posando en lugares que no recordaba), mientras una grabadora reproducía voces distorsionadas. A veces preguntaban cuál de todos era “el verdadero”. Lo obligaban a contar historias sobre esas gentes: sus traiciones, sus muertes, sus miedos ocultos. Quien preguntaba nunca mostraba prisa, ni ira, ni entusiasmo siquiera; anotaba las historias, las fechas, los nombres, como si todo ese catálogo de sufrimientos formara parte de un experimento minucioso. Al final de cada sesión, Simon perdía otra capa, como quien se despoja lentamente de la piel.

Los días rodaban lentos. Las heridas, ahí donde no sanaban, se transformaban en costras marmóreas; las uñas arrancadas intentaban crecer, pero el ciclo se repetía, invariable. Cuando no lo interrogaban, Simon jugaba a reconstruir su pasado, imaginando detalles de una vida que ya no le parecía propia, inventándose recuerdos como otros inventan plegarias: con la fe del moribundo.

El carcelero —el inquisidor— intensificó su presencia. Una semana, quizá dos, Simon perdió la noción del tiempo. La última vez que vino, su ritual tuvo un tinte ceremonial. Llegó con una caja forrada de terciopelo negro, que depositó lentamente sobre la mesa. Simon tembló; no por el dolor que adivinaba inevitable, sino porque la rutina estaba a punto de romperse.

—Hoy vamos a crear algo eterno —dijo la voz. No había emoción, solo certezas húmedas de odio.

La caja contenía un cúter, una sonda metálica y un cigarro particular, de esos que usaban los cirujanos para cauterizar. Simon supo, mientras era despojado de la camisa sucia, que esta vez no saldría igual. Notó el roce de la navaja, primero en la espalda, después en los muslos; el corte era lento, creativo. Los dedos del hombre jugaban como los de un artista, y el dolor subió en espirales, como el humo del peróxido.

No gritó; no porque resistiera el sufrimiento, sino porque sentía cómo su voz hubiera despertado demonios aún peores.

Cuando terminó, el torturador se apartó. Miró la obra con la calma de quien contempla una pintura terminada.

—Ya eres irrepetible —declaró, y Simon no sintió orgullo, solo un cansancio viscoso y húmedo.

Las infecciones aparecieron pronto. El dolor físico mutó, devorando cada rincón de resistencia. Por las noches, deliraba: soñaba con caminos forestales, con charcos de agua donde su rostro brillaba, entero y pulcro. Pero el despertar era peor que cualquiera de los tormentos, porque cada nuevo dolor era más real y tangible que cualquier ilusión.

Un día, la sala olía distinto. Más frío, más humedad. Simon tanteó los grilletes, descubrió que una había cedido: el metal estaba herrumbroso, suelto, probablemente por las peleas anteriores para soltarse. En la oscuridad, permitió que la esperanza se inflamara, aún a riesgo de saberla falsa. Se arrastró, dolorido, hasta la puerta metálica, tanteó el pomo; sorprendentemente, cedió, una rendija de luz azul irrumpió en sus retinas, quemando la memoria de la oscuridad.

Avanzó, gateando como un animal herido, por un pasillo angosto. Lo primero que vio fueron otras puertas, idénticas a la suya. Una estaba entreabierta; en su interior adivinó una sombra retorciéndose sobre una camilla, los quejidos sordos amortiguados por una mordaza de trapo. Más adelante, el pasillo desembocaba en una estancia amplia: una pequeña oficina, papeles desperdigados, fotografías clavadas con alfileres sobre un panel. Había allí retratos de otros “huéspedes”: primero, rostros sanos y sonrientes, luego, imágenes tomadas desde ángulos crueles, festines de heridas, ojos desorbitados por el terror.

Simon exploró, recogiendo cada foto con la devoción de un arqueólogo. Uno de los documentos estaba dirigido a alguien: “Querido Willem, sé que admirarás mi travesura. El arte está en el dolor, la eternidad se mide en gritos. Pronto, te enviaré mi pieza maestra”.

Supuso entonces, con horror, que todo aquel sufrimiento era solo la antesala para una exhibición aún mayor, un juego entre monstruos refinados.

Percibió pasos detrás de sí. El chillido de la bisagra, el tintineo del metal. Simon giró, vio al hombre de los guantes a contraluz, el rostro atravesado por una pizca de cansancio. No había miedo en él, solo resignación.

—¿Creíste que era tan fácil? —preguntó la voz—. Todo esto es para ti. Para que nunca olvides.

Antes de poder responder, algo se estrelló contra su cabeza. La sangre brotó caliente, y la conciencia se fue desdibujando al ritmo de los relojes silenciados.

Cuando volvió en sí, Simon no supo si habían pasado horas o días. La luz caía distinta. Esta vez, no había esposas, ni puertas, ni paredes. Solo un espacio aséptico y blanco, donde resonaba, como un eco, la voz del torturador, repitiendo el mismo interrogante de siempre:

—¿Quién eres sin mí?

Y, por vez primera, Simon comprendió con un escalofrío definitivo, que ya no poseía respuesta.

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