Portada del relato Silencio en los peldaños
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Fragmento:


Lucía se despertaba cada mañana con el corazón en la garganta y una sensación de haber envejecido diez inviernos más. Atrás quedaba el leve murmullo de la esperanza; ahora sólo quedaba la costumbre de despertarse por el sonido inexplicable de algún objeto cayendo del otro lado de la pared—aunque nadie viviera ya en ese piso—, o por el crujido sordo de los peldaños, que parecían perder cada día una pizca más de fuerza y voluntad para sostener el peso de los sobrevivientes.

Duración: 14:05

Libro Lo que crece en el silencio

Silencio en los peldaños
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 4: Silencio en los peldaños

Durante décadas, el edificio había resistido a las estaciones, al abandono, a los habitantes que iban y venían arrastrando cajas, hijos y frustraciones. Pero nunca había estado tan quieto como ahora. Silencio, no como ausencia de vida sino como una presencia total, se descolgaba por la escalera y se apoyaba en los hombros de los que todavía se atrevían a recorrer los pasillos. El vecindario, derrotado por la humedad y el miedo, intentaba sobrellevar el día sin mirar nunca demasiado de cerca el rostro de sus vecinos ni el fondo de las esquinas.

Lucía se despertaba cada mañana con el corazón en la garganta y una sensación de haber envejecido diez inviernos más. Atrás quedaba el leve murmullo de la esperanza; ahora sólo quedaba la costumbre de despertarse por el sonido inexplicable de algún objeto cayendo del otro lado de la pared—aunque nadie viviera ya en ese piso—, o por el crujido sordo de los peldaños, que parecían perder cada día una pizca más de fuerza y voluntad para sostener el peso de los sobrevivientes.

Los días, antes marcados por la rutina de gritos y discusiones, se llenaron de espacios vacíos y puertas cerradas. Los Mendoza se marcharon una madrugada; Elvira, cada vez más delgada, solo abría la puerta lo justo para recibir una bolsa de pan del repartidor o para sacar la basura, sellando el cerrojo inmediatamente después. Don Ernesto llevaba dos días sin ser visto. Algunos decían que enfermó, otros, que le habían oído hablar a la caldera en mitad de la noche para, finalmente, desaparecer al amanecer. Mauricio, el casero, patrullaba el patio con la tozudez de los desesperados, gritando a nadie en particular, pero sin encontrar a nadie que pudiera o quisiera responderle. El portero dejó de acudir: primero por la enfermedad de un familiar, luego, simplemente, por miedo. Lucía fue la última en cruzarse con él, una noche de lluvia cuando bajaba a la portería en busca de ayuda para Tomás, que no podía respirar. Lo encontró encogido en su cubil, con los ojos fijos en la pared, susurrando plegarias de otra época.

El pasillo del segundo piso fue declarado zona prohibida incluso para los adultos. La grieta, ya indisimulable, ocupaba casi toda la pared, como una costra negra que parecía latir de vez en cuando bajo la luz defectuosa. Nadie quería acercarse. Un olor a animal muerto se filtraba desde el hueco y, a veces, al pasar, era posible escuchar el rumor de gotas cayendo en un pozo profundo. Lucía, al principio, intentó limpiar el área. Rasqueteó, lloró, maldijo, casi rogó en voz baja para que todo retrocediera, pero el moho se burló de su esfuerzo, extendiéndose aún más bajo la pintura medioplanchada e infectando la atmósfera del piso.

A Tomás, la fiebre le subía por las tardes. Su piel se cubría de sudor pálido y pequeñas manchas rojizas, y por las noches, cuando el edificio se sumía en esa quietud extraña, se despertaba delirando. Lucía lo calmaba con una voz cansada y manos temblorosas, intentando que no viera las manchas nuevas que, todos los días, ganaban terreno en la pared junto a la cama. El banco la acosaba con cartas que ni abría y los servicios sociales no respondían más que con la admonición de acudir personalmente con la documentación, pero salir del edificio se le hacía cada vez menos posible. A veces sentía que si ponía un pie fuera, el bloque terminaría por tragársela.

El desánimo flotaba en cada conversación. Mientras lavaba el poco arroz que le quedaba, Lucía escuchaba los murmullos de las otras madres: “Se fue el Piojo y nadie preguntó por su hermana”, “A Gladys seguro la vendieron”, “Los Mendoza se llevaron lo último que no estaba podrido”. Pero, sobre todo, se oía el miedo: “Mi hijo no duerme, ve cosas en las sombras”, “El sótano otra vez rechina”, “No se puede respirar aquí dentro”. Eran voces amortiguadas, desgastadas por el agotamiento y la costumbre de no rebelarse.

El alma del edificio, si acaso la tenía, era cada máscara intercambiable de sus departamentos. Desde fuera, uno solo veía bloques de ladrillo cuarteados y ventanas tapiadas con sábanas. Por dentro, el silencio arañaba los techos. Los departamentos abandonados acumulaban agua en charcos, bolsas de basura reventadas y, en uno de ellos, gatos ferales que peleaban cada noche por la poca comida que alguien les arrojaba desde la azotea. El eco de los pasos era tan denso que, al escucharse, parecía que todo el vecindario intentara pasar desapercibido entre los escombros de su propia ruina.

Lucía, desesperada por sentir algo más que resignación, se aferró al cuidado de Tomás con una devoción casi obsesiva. Cada noche, le contaba historias distintas a las que escuchaba de niña: inventaba cuentos donde la humedad era una niebla mágica capaz de convertirse en mariposas y donde las grietas acunaban semillas de flores de colores imposibles. Tomás enmudecía cuando escuchaba los ruidos cerca de la puerta y sólo pedía que la luz del pasillo quedara encendida hasta que él sucumbiera al sueño. Sin atreverse a dormir profundamente, Lucía se esforzaba por no pensar en los horrores más allá de la puerta, ni en la suerte de Gladys, ni en la ausencia repentina y ominosa de Don Ernesto.

La comunidad, tal como era, empezó a disolverse. Los niños deambulaban solos, sin adultos que les vigilaran, y evitaban los peldaños del segundo piso. “Por ahí baja la tristeza”, decían. Varios departamentos quedaron vacíos en un lapso de días, dejando tras de sí restos de muebles rotos y la evidencia de vidas que apenas diferían entre sí: fotos olvidadas, ropa recortada por la peste, cartas dirigidas a nombres de otras épocas. Nadie preguntó por los que se iban. En las noches de apagón, los gritos aislados hacían eco por la escalera, acallados antes de que alguien pudiera congregarse o pedir ayuda. El silencio, entonces, era la opción más segura.

Una mañana, Lucía decidió hacer algo con los papeles acumulados de Don Ernesto. Dudaba si el viejo había muerto, había huido o simplemente se había dejado engullir por el edificio, pero cada vez que subía al pasillo de su departamento —el último del tercer piso— sentía una presión en el pecho, como si fuera vigilada desde las propias grietas. Encontró la puerta entornada y, dentro, todo dispuesto con el orden meticuloso de alguien acostumbrado al miedo: los cuadernos apilados, la linterna lista junto a la radio y rollos de papel con notas sobre ruidos, vibraciones y un mapa rudimentario del sótano. Sobre la mesa, la gata de Don Ernesto dormía presa de un letargo antinatural, los ojos entrecerrados y la piel moteada de manchas verdes. La ventana estaba abierta apenas un centímetro, y al asomarse, Lucía sintió una ráfaga de viento caliente, cargado con el olor dulzón de la descomposición húmeda que ascendía del patio.

Quiso llevarse uno de los cuadernos, pero se detuvo: en la portada más reciente, Don Ernesto había garabateado con letra temblorosa: “Sólo escucha quien sabe escuchar. Escucha el silencio: está diciendo tu nombre”.

Salió del departamento sintiéndose maldita y, al regresar por la escalera, creyó ver una sombra agazapada en la penumbra del sótano. No le dio importancia hasta la noche siguiente, cuando Tomás despertó de una pesadilla gritando que había visto al abuelo Ernesto en la escalera, señalando en dirección al sótano y susurrando palabras que no recordaba.

El deterioro físico del edificio se aceleró. Los peldaños de madera comenzaron a ceder: se partió uno, y un niño se quebró un tobillo; la barandilla, siempre tambaleante, se separó dos centímetros del muro. Una mañana, la señora Elvira bajó gritando que el interruptor de la luz había explotado frente a su hija menor, y que desde entonces la niña se negaba a hablar. Las reparaciones nunca llegaban. Cuando los técnicos aparecían, se limitaban a tomar notas rápidas y prometer informes. Era claro que nadie tendría el valor de quedarse más de diez minutos entre esos muros.

Entre los vecinos se tejieron nuevas supersticiones, surgidas del miedo y del aislamiento. Ya casi nadie saludaba; los timbres no sonaban. Las únicas conversaciones ocurrían entre quienes compartían alimentos, medicinas o estrategias para repeler las ratas. El miedo se traducía en hostilidad: cuando se rompió la cerradura del cuarto de los contadores, una acusación ciega circuló de departamento en departamento. Todos sospechaban de todos, y la tensión era tan física como la tos. Dos hermanos se pelearon casi a golpes por un paquete de harina que había desaparecido del rellano. La señora Manuela, arrasada por la soledad, fue hallada un mediodía en el descansillo del cuarto piso, desconectada de la realidad, hablando sola y golpeándose la cabeza contra la pared. Una ambulancia la retiró, pero ni los paramédicos se atrevieron a cruzar la escalera del segundo piso: la grieta ahora lucía tan ancha que, al asomarse, se podía ver pasar insectos que no pertenecían a ninguna especie conocida del barrio.

Por las noches, Lucía sentía el peso de la advertencia: “No bajes al sótano”. En sueños, la humedad susurraba en voz de Gladys y de Ernesto, en versos inconexos. Tomás, con los ojos abiertos en la oscuridad, le preguntó una vez si era verdad que todos los padres desaparecen algún día. Lucía no encontró respuesta. Sintió un pánico hueco, distinto al miedo animal del hambre o del frío. Era el terror lento de la anulación, de saberse incapaz de proteger lo que más amaba contra un enemigo sin rostro, acusado en todas partes y en ninguna, flotante como el polvo y persistente como el moho.

El edificio ya no era una suma de departamentos: era un solo organismo, vasto y supurante, hecho de las pérdidas y la iglesia muda del olvido. Cuando alguna autoridad aparecía —un policía tomando nota, una funcionaria que no subía más allá de la portería—, bastaba verla para saber que nadie venía a salvar a nadie. Los informes de la administración regresaban sellados y con sellos más: “Sin riesgo estructural inmediato”. La humedad desmentía los sellos.

A medida que el miedo se instaló junto a cada mancha y cada grieta, una última fractura asomó: la pérdida de la fe en el auxilio ajeno. Los adultos dormían con un cuchillo bajo la almohada, los niños callaban sus terrores y se encogían en algún rincón lejos de las puertas. Afuera, la ciudad seguía indiferente y en el edificio se hizo regla vivir entre el hedor, la enfermedad y la desconfianza. Nadie —de eso Lucía estaba segura— vendría a socorrerlos si caían todos a la vez.

En la cuarta noche de un mayo interminable, Lucía fue testigo de un episodio desconcertante. Desde su ventana vio a Don Ernesto, de pie en el último peldaño de la escalera, con la espalda encorvada, el rostro cubierto de manchas y la mirada perdida en la penumbra del sótano. No le habló ni la miró: sólo alzó el brazo y señaló el hueco. Lucía, paralizada por el pavor, cerró las cortinas y abrazó a su hijo. Al día siguiente, preguntó al resto si alguien había visto al anciano. Nadie respondió. Pero esa madrugada, la gata de Ernesto apareció en la puerta del departamento de Lucía, empapada y temblorosa, como si hubiera estado vagando toda la noche entre los muros húmedos del sótano. Lucía la acogió y se durmieron los tres, pero a la mañana siguiente, la gata había desaparecido y, en la pared del recibidor, una mancha nueva crecía en círculo.

La tensión llegó a su punto máximo cuando un estruendo despertó a todos en mitad de la noche. Uno de los peldaños colapsó, arrastrando consigo la barandilla y parte de la pared del segundo piso. Los que aún quedaban salieron de sus departamentos; por primera vez en semanas, se reunieron frente al escombro: los ojos hundidos, la piel opaca, apenas atrevieron a intercambiar frases. Fue Mauricio quien tomó la voz:

—Si esto sigue así, se vendrá abajo... Todo se va a ir a la mierda, y los primeros seremos nosotros.

Alguien sugirió llamar a los bomberos; otra madre gritó que no tenía a dónde ir y prefería quedarse allí, atenta, “por si pasa algo peor”. Nadie propuso buscar refugio fuera, ni tomarse el trabajo de presionar a la administración. Todos sabían que la solución estaba fuera de su alcance. Todo quedaba contenido por los muros del edificio, el círculo perfecto de la desesperanza.

La grieta, expuesta tras la caída de la barandilla, palpitaba con una humedad viciosa. Parecía un pozo sin fondo. Tomás se aferró a Lucía, señalando con dedos temblorosos la abertura:

—Desde ahí vienen los susurros, mamá. Me dicen que me duerma... que todo va a estar bien si entro con ellos.

Lucía sintió un escalofrío como nunca antes. “Lo que crece en el silencio”, pensó, recordando la frase de Don Ernesto garabateada en aquel cuaderno. Lo que crece no es la grieta, ni siquiera la humedad, sino el hueco que se abre donde el auxilio nunca va a llegar.

Esa noche, Lucía no durmió. Vigiló la puerta y el cuarto de Tomás, envolviéndolo entre mantas que apenas lograban calentar un cuerpo e impedir que el miedo penetrara hasta el tuétano. Afuera, los ecos del silencio treparon y bajaron los peldaños, haciendo equilibrio entre el presente y los recuerdos de todos los que alguna vez habían querido escapar y nunca encontraron la fuerza. El edificio, por fin, se expresó a través de ese silencio: lúgubre, sepulcral, sólo interrumpido por la humedad que, paciente, ha ido ocupando el territorio más íntimo de quienes no tienen más remedio que resistir.

Entre el amanecer y el primer albor de luz, Lucía entendió el verdadero horror. No era la desaparición de Gladys, ni los cadáveres hallados, ni la amenaza latente de la caída o el derrumbe. Era, sencillamente, esta vida reducida a pasos furtivos, habitaciones cada vez más pequeñas, puertas cerradas y —por encima de todo— el silencio indestructible que ahora reinaba, rey y verdugo en cada peldaño, anunciando que lo peor que puede pasarnos no es el grito: es que nadie lo escuche.

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