Portada del relato La humedad no se va
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Fragmento:


Lucía se levantó, tambaleante, con la cabeza espesa de pesadillas. Había soñado con la grieta del segundo piso, pero esta vez era mucho más ancha; tras la abertura, voces innumerables murmuraban, llamándola por su nombre. También estaba Gladys, que la miraba desde el fondo oscuro y extendía una mano cubierta de moho. La humedad, en la pesadilla, trepaba por sus brazos y la cubría mientras la gritaba un imposible “sálvame”.

Duración: 14:27

Libro Lo que crece en el silencio

La humedad no se va
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 3: La humedad no se va

El frío insidioso era lo primero que Lucía sentía al despertar. No importaba cuánto se arropase ni cuántas mantas añadiera, el aire parecía filtrarse entre las costuras de la realidad y enredarse sobre su piel, un manto encostrado de agua vieja, polvo y sopor. Aquella mañana, la del cuarto día desde la desaparición de Gladys y la reaparición testaruda de la grieta, Lucía abrió los ojos con la certeza de que la humedad le había robado el sueño y parte del aliento. La habitación olía a ropa mojada y a un perfume ácido, emanado desde el rincón en que el papel pintado mostraba ronchas oscuras como moretones.

Tomás dormía a su lado, la frente empapada de sudor frío, el sueño salpicado de pequeños gemidos y movimientos bruscos. Por primera vez desde que era madre, Lucía sintió miedo de tocarlo. El niño parecía débil, ausente. Cuando le acarició el cabello, notó lo áspero y húmedo de sus mechones. “No es fiebre alta”, pensó, pero ese no fue alivio sino condena: era el clima del lugar, la humedad densa que se adhería a los huesos de todos, la que entraba en las comidas y en las entrañas, la que nadie podía ahuyentar por más que abriera las ventanas o prendiera durante horas los escasos radiadores.

Lucía se levantó, tambaleante, con la cabeza espesa de pesadillas. Había soñado con la grieta del segundo piso, pero esta vez era mucho más ancha; tras la abertura, voces innumerables murmuraban, llamándola por su nombre. También estaba Gladys, que la miraba desde el fondo oscuro y extendía una mano cubierta de moho. La humedad, en la pesadilla, trepaba por sus brazos y la cubría mientras la gritaba un imposible “sálvame”.

Todavía temblaba y tenía el corazón atascado en la garganta cuando, en la cocina, descubrió el desastre: la fruta estaba cubierta de una fina pelusa blanca; la tostadora, oxidada desde hacía días, lloraba gotas de agua por las rendijas. El pan, que Tomás había tocado la noche anterior, tenía manchas verdes. Lucía apartó todo, harta del asco, y rindió el desayuno a lo posible: agua caliente, un poco de azúcar y dos galletas secas para el niño, que apenas aceptó comer.

Cuando Tomás abrazó su mochila y se preparó para ir al colegio, Lucía sintió el impulso de retenerlo en casa, protegerlo de las corrientes, de la peste. Pero era lunes y debía presentarse, aunque sólo fuera para justificar la asistencia ante las autoridades. En el trayecto hasta la escuela, Lucía notó detalles nuevos: el color de las paredes exteriores del edificio, donde la pintura se despegaba en escamas, y la acidez del aire, que parecía más intenso tras la lluvia interminable de la noche anterior. Saludó a algunos padres, los rostros ajados y cabizbajos, niños tosiendo, envueltos con bufandas y ropas demasiado finas para la humedad escarchada.

De regreso en el edificio, Lucía cruzó el vestíbulo con la sensación de sumergirse bajo agua estancada. Varios vecinos discutían junto a la portería sobre la presencia de la policía durante la madrugada; la figura del casero, Mauricio, destacaba como una sombra de mal augurio, con ojeras hundidas y la camisa salpicada de manchas. Él y el portero intercambiaban acusaciones: ahora la máquina del sótano hacía ruidos nuevos, vibraciones secas acompañadas de golpes a intervalos.

La grieta del segundo piso seguía ensanchándose con la obstinación de una herida supurando. Una de las hijas de Elvira, adolescente, la señaló por la tarde a dos amigos de escuela, retándolos a tocar la pared. Los chicos rieron, uno arrancó un trozo húmedo de yeso, otro fingió oír un zumbido detrás. Se marcharon riendo, sin saber que esa noche ambos despertarían empapados, soñando con pasillos interminables y un eco acuoso en la cabeza.

A mediodía, una anciana llamada Manuela —habitante del primero A, casi siempre invisible tras sus cortinas de plástico— llamó a la puerta de Lucía en busca de compañía. Traía en las manos una bandeja con arroz pegajoso y dos trozos de carne que olían a sal y a descomposición lenta. Miró alrededor, como temiendo que la sombra de la humedad la espiase.

—¿Usted también siente el olor? —preguntó en voz baja—. Como si el agua, en vez de limpiar, trajera muerte...

Lucía asintió, incómoda. Se sentaron juntas en la mesa mientras Tomás dibujaba en una libreta, su lápiz trazando líneas negras y curvas que, Luía notó, imitaban la silueta de la grieta más que cualquier figura.

Manuela narró lo de siempre: que los techos lloraban por las mañanas, que los gatos desaparecían, que hacía tres noches había sentido presión en el pecho y una voz apagada llamando desde la rejilla de ventilación. Lucía pensó que la soledad se metía en la cabeza como la humedad en las paredes. No obstante, la anciana la miró con una claridad en los ojos que la estremeció:

—No es sólo el edificio, niña. Es algo que aguanta. Lo que nos queda cuando ya nadie nos viene a buscar.

Después de marcharse Manuela, Lucía revisó la lista de alimentos y descubrió que apenas le restaba para unos días más: arroz, lentejas, un brik de leche cortada en el que flotaban grumos, dos latas abolladas. Sacó cuentas, buscó el teléfono de los servicios sociales, llamó sin obtener más respuesta que una grabación. El resto del día lo consumió limpiando —sin éxito— las manchas que habían proliferado en el baño y revisando las tareas escolares de Tomás, quien ahora rascaba los brazos con insistencia, visibles manchas rojizas enrojecidas, como si la piel tratara de desprenderse.

La tos se adueñó del edificio tras la caída de la noche. A través de las paredes se propagaba una sinfonía de jadeos húmedos, accesos violentos de asfixia. Era común oír cómo padres regañaban entre sollozos, buscando jarabes y pañuelos bajo las pilas de ropa mojada. Lucía intentó dormir, imposible por la tos propia y por la de Tomás, que parecía encerrar pecas negras en la lengua y el paladar. Al volver al pasillo a buscar agua, tropezó con la señora Elvira, quien acunaba a su hija menor, ojerosa, febril, incapaz de soportar la luz:

—La humedad, doña —dijo Elvira—. Se nos está metiendo por dentro. Anoche creí que la niña vomitaba tierra.

Por la noche, el edificio entonó un coro de insomnes. Del piso superior, Don Ernesto bajó arrastrando sus pies, cuaderno y linterna en mano, la gata pegada a sus talones. Tocó la puerta de Lucía:

—La humedad reacciona, muchacha. Como un animal. Hace semanas la caldera resuena distinto: por eso las paredes tiemblan, por eso hay electricidad en el aire.

A Lucía le pareció que el anciano deliraba, pero algo en sus palabras encajaba con la extrañeza de vivir en ese último invierno sin fin. “¿Usted también tiene pesadillas, don Ernesto?” preguntó, y él, tras un silencio largo, asintió. —La humedad nos estudia.

Esa noche, Lucía soñó de nuevo, presa del mismo espanto que en noches anteriores. Caminaba por el pasillo, con la piel pegajosa, mientras la humedad subía y bajaba por las paredes, extendiéndose en formas que semejaban dedos y caras burlonas. Gladys aparecía en medio del descenso, vestida con su uniforme de supermercado, señalando una puerta cubierta de hongos, y tras ella, sólo un pozo de agua negra e inabarcable. El rugido sordo de la caldera retumbaba en su cráneo como una bestia hambrienta.

El día siguiente trajo consigo un descenso en el ánimo de todos. En la portería, Lucía se encontró con la noticia de que Javier, el más joven de los Mendoza, había enfermado gravemente tras una noche de vómitos y fiebre. Al mediodía, los paramédicos subieron cargando mascarillas y lo arrastraron fuera cubierto por una manta húmeda, la madre presa de un llanto seco, sin lágrimas. Nadie los despidió en la escalera; sólo Don Ernesto apareció en la ventana, apuntando un nuevo suceso en su cuaderno.

Aquella tarde Lucía tuvo que limpiar la cuna de Tomás; aparecieron en el colchón manchas negras, filamentos de moho parecidos a raíces vegetales. El teléfono sonó apenas dos veces: un aviso del banco y una consulta sin respuesta sobre la pensión de alimentos del padre de Tomás. A cada minuto, el olor del ambiente se hacía más intenso, la mezcla de orín, hongos, sudor y comida rancia volviéndose un aura que saturaba los pulmones. Con resignación, Lucía sacó trapos viejos y lejía; la mancha, sin embargo, regresaba cada noche, como una promesa rota.

Los sueños de Tomás se volvieron inquietantes. Una madrugada se despertó gritando, y Lucía tuvo que consolarlo casi una hora. El niño hablaba de "voces que me llamaron dentro de la pared" y de "una sombra que pasea por mi cuarto cuando la luz tiembla". Los dibujos en su libreta se transformaron en paisajes oscuros, llenos de curvas ennegrecidas y manchas que Lucía reconocía en los muros del baño y la cocina.

En esas jornadas interminables, el verdadero horror se volvió la persistencia. Los alimentos se pudrían antes de tiempo, las toallas nunca se secaban: la humedad no se marchaba por más que abrieran ventanas o intentaran calentar los espacios. El colmo llegó el jueves, cuando el portero cruzó el patio con una caja de roedores muertos, hallados tras las lavadoras en la lavandería común. Nadie se atrevía a comentar, pero todos sabían que las enfermedades se estaban incubando, igual que las supersticiones.

Por la noche, el edificio pareció suspender el aliento. Lucía no lograba distinguir vigilia de sueño. Según el reloj de la cocina, transcurrieron varias horas de tensa inquietud. Supo, como lo saben los desesperados, que debía enfrentarse a la fuente de su paranoia. Bajó hasta el rellano del segundo piso, con una linterna gastada y una manta. La grieta ahora era tan ancha que parecía un tajo en la carne del edificio, supurando gotas negras que caían en hilera sobre las baldosas.

Se detuvo a oler: era el hedor que invade los féretros sellados, un perfume monstruoso y lleno de tristeza. Se arriesgó a deslizar la mano sobre la pared; la pintura, al tocarla, se deshizo en agua tibia que corrió entre sus dedos. Sintió, justo entonces, la presión de una mirada. Al volver la vista, divisó la gata de Don Ernesto agazapada al final del corredor, los ojos agrandados, el lomo erizado. A su vez, escuchó a alguien avanzar sigilosamente desde la escalera: Don Ernesto, pálido y encorvado, que le susurró:

—Lo que crece ahí se alimenta de nosotros. Es pena antigua, humedad de muertos. Convive con nuestros secretos.

Ninguno se atrevió a cruzar palabra tras eso. Juntos retrocedieron hasta la portería, encogidos bajo la linterna, agitados y resignados.

La semana terminó con un horror definitivo. El joven drogadicto del sexto departamento, apodado “el Piojo”, fue hallado muerto en su baño por su hermana pequeña. Su rostro estaba cubierto de una película viscosa de hongos blancos, la lengua hinchada y los dedos encogidos como si hubiera luchado bajo el agua. La policía acudió, interrogó a la familia y a los vecinos, cerró el baño y recomendó a la administración desinfectar todo el piso. Nadie cumplió la orden; nadie retiró el cuerpo durante horas. El rumor era que la humedad lo había matado, que la enfermedad había sido incubada durante meses, años, tal vez una vida entera dentro de ese lupanar de abandono. Algunos susurraban frases sobre karma y locura, otros sólo murmuraban antiguas oraciones.

Tomás enfermó esa tarde, con una fiebre áspera y temblores. Lucía recurrió a los remedios caseros y al agua tibia porque en el centro médico le negaron la cita por saturación. “Que es un virus”, le dijeron, “tenga paciencia y traiga documentos”. Cargó a su hijo en brazos, maldiciendo la suerte de los que nunca tienen, y contempló la grieta desde abajo: ahora le pareció una boca larga y famélica abierta en la faz podrida del edificio.

En la noche siguiente, Tomás deliró, hablando de la sombra de Gladys y de voces que decían “ven aquí”, “duerme”, “todo se va a disolver”. Lucía lloró en silencio junto a su cama, hasta que el llanto se confundió con el goteo perpetuo del grifo y el retumbar lejano de la caldera.

En las siguientes veinticuatro horas, tres familias abandonaron apresuradamente sus respectivos pisos: la anciana Olga fue recogida por un sobrino, los Mendoza desaparecieron dejando bolsas de basura empapada en la escalera; la familia de Elvira cerró su puerta con tres candados y, desde adentro, sólo se oían quejidos y discusiones. El portero dejó de aparecer, y la voz del casero se oía cada vez más nerviosa, echando la culpa a los inquilinos, a la lluvia, a los fantasmas de la indigencia. Nadie traía soluciones. Sólo quedaban el silencio, la humedad y la certeza de que, entre las paredes, algo viejo estaba cobrando vida.

La noche del último viernes del mes, Lucía escuchó, desde su cuarto, una pelea súbita en el piso de arriba. Un estrépito, una puerta golpeada, el sonido claro de una caída. Corrió escaleras arriba y solo encontró una toalla ensangrentada fuera del cuarto del difunto “Piojo”. Nadie quiso aclarar la causa. La policía tardó horas en llegar y nadie abrió la puerta esta vez; la muerte y el miedo convivían en los corredores, y la humedad, imperturbable, seguía su conquista, voz subterránea, lengua imposible.

La rutina no volvió; el edificio quedó marcado por la peste, los olores, el horror palpable del olvido institucional. Semanas atrás, alguien habría protestado ante la administración, pedido explicaciones, formado una comisión: ahora, era inútil. El cartel de promesas seguía pegado y nadie lo leía. La humedad seguía sin irse, como una condena sobre todos.

Lucía besó a Tomás en la frente, cubriéndolo de mantas, vigilando la puerta cada noche. Pero el terror más grande era saber que el silencio se había instalado para siempre, y que, si algo fallaba, no vendría nadie de afuera: sólo quedarían ellos, y esa humedad abrazando sus días y sus sueños, incapaz de irse, alimentándose, silenciosa, paciente, de todos los horrores acumulados en el silencio de los bloques.

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