Capítulo 2: La máscara del cazador
Durante años, la leyenda de la mansión Blackwell había sido una sombra persistente entre los habitantes de Valley Creek, pero pocas noches se habían sentido tan densas, tan pesadas, como la que seguía al macabro juego del grupo de adolescentes. Tras la desaparición de Leah, el miedo era un cuchillo apretado contra la garganta de los seis que aún permanecían en la casa, pero, aun así, la esperanza los impulsó a reunir el valor para buscar respuestas —y tal vez, rescatar a su amiga.
La noche parecía haberse tensado como una cuerda recién estirada, y fuera, la niebla, más espesa que nunca, enfriaba los huesos e impedía cualquier atisbo del mundo exterior. Valley Creek parecía haber desaparecido, como si solo existiera la casa, un islote de terror flotante en el océano blanco de la bruma.
Jenna, con la linterna temblando en sus manos, dirigió al grupo de vuelta al despacho. Nadie se atrevía a ir solo; ninguno podía soportar la idea de perder de vista a los demás. Zoe, todavía aferrada a su cuaderno, seguía garabateando compulsivamente formas imposibles que a medida que avanzaba la noche, se parecían cada vez más a rostros sin facciones y máscaras deformes. Barrett, siempre el valiente, mantenía el tubo oxidado como si fuera un talismán inútil. Ryan se mordía el labio inferior con tal fuerza que comenzaba a sangrar. Emily tenía los dedos tan helados como su voz cuando rompió el silencio, con la mirada clavada en los símbolos de la pared.
—Tenemos que encontrarla —dijo Jenna, y nadie lo objetó, aunque la certeza de que Leah ya podía estar tan lejos como los niños de 1976 se colaba como veneno en los pensamientos de todos.
Sam era el único que intentaba aferrarse a una explicación lógica, repasando una y otra vez los eventos en voz alta, como si tratando de darles sentido pudiera conjurar alguna esperanza. —A ver, Leah se ha escondido. Quiere asustarnos. Ha debido salir, seguro. La puerta estaba abierta hasta hace −qué, ¿quince minutos? Lo hace siempre en las películas, ¿no? Será una broma...
Pero la broma se había terminado. Eso, lo sabían todos en lo más profundo, lo reforzaban los símbolos, los recortes antiguos, el frío persistente del ambiente.
Subieron en silencio a la planta superior, jadeando en grupo, alertas ante el menor crujido o corriente. Pasaron por antiguas habitaciones alfombradas de polvo y muebles cubiertos por sábanas que, en la penumbra, parecían cadáveres allí abandonados. En el suelo, una ventana abierta que no recordaban haber visto antes. El viento arrastraba la niebla adentro, formando dedos helados que recorrían la madera.
Un leve sollozo, apenas perceptible, resonó al final del pasillo. Jenna se adelantó, con Marcus tras ella. Entraron en una habitación diminuta, apenas un armario empotrado, todo su contenido tirado en el suelo. Allí, un zapato pequeño, de tela marrón. El de Leah.
—¡Leah! —gritó Zoe, sólo para escucharse a sí misma.
Nada. Ningún eco, sólo ese silencio extraño, distorsionado, que convertía los sonidos en algo siniestro. Había, sin embargo, una cosa nueva: una huella ensangrentada, demasiado pequeña para uno de ellos. Se deslizaba por debajo de una tabla suelta del suelo. Ryan la levantó a la fuerza, aunque le temblaban las manos. Debajo, la oscuridad abierta del cruce a un desván estrecho y frío. Apenas cabía una mano.
Emily se aferró a la manga de Barrett.—¿Creéis que ella…?
—No puede haber pasado nadie por ahí —dijo Ryan, pero su voz no convencía.
—No somos los únicos aquí —susurró Zoe, y fue entonces cuando escucharon el golpe seco en la planta baja. Un portazo, lento, seguro. El crujido pesado de pasos. El crepitar de la madera. El crujido de algo húmedo, arrastrado por el suelo.
El grupo se miró. Nadie respiró por largos segundos, contando los latidos. Un resplandor fugaz cruzó bajo la puerta de la habitación. Jenna apagó la linterna. De pronto, ni un solo sonido, solo el martilleo de la sangre y el goteo lejano de agua en algún rincón oscuro.
—No vuelvas a encenderla —murmuró Marcus—. Si está aquí, la luz nos delatará.
Permanecieron así, petrificados, entre minutos eternos y el frío que se filtraba en la médula. Después de un rato, cuando el silencio volvió a ser total, desafiante, Barrett asintió con la cabeza hacia la puerta. Salieron, arrastrando los pies con el máximo sigilo, bajaron de nuevo las escaleras con la linterna solo encendida bajo una chaqueta, cubriéndola parcialmente. El halo apenas les dejaba ver sus propias manos.
En el salón principal, una figura de pie, enorme, tapada hasta los tobillos por un abrigo oscuro. De espaldas, su silueta era una amenaza brutal, pero fue girándose lentamente, demasiado despacio para algo humano. Y entonces lo vieron bien: la máscara.
Hecha de cartapesta, harapos y lo que parecía cuero viejo, deformada, asimétrica, con costuras burdas y retazos de lo que semejaban ser trozos de piel y pelo humano, ojos falsos metidos en cuencas desiguales. Una boca apenas esbozada, cosida con hilo negro. No había forma de saber quién o qué se ocultaba bajo esa careta de pesadilla, pero la figura desprendía un aura de odio mecánico, paciente y milenario.
Volvieron a retroceder. El extraño enmascarado no avanzó; en su mano derecha colgaba algo, una pequeña muñeca desmembrada, sucia de barro. Un recordatorio. O una promesa.
Sam, perdiendo el control, gritó—. ¡Sal de ahí, hijo de puta!
La figura avanzó un paso, sólo uno. Barrett dio un empujón a los demás hacia la cocina. Se encerraron en la estancia, al otro lado de la pequeña barra. Las manos sudadas resbalaron al intentar cerrar el pestillo, que solo crujió roto en su sitio. No tardaron en escuchar los pasos cercanos, pesados, implacables. Barricada improvisada. Jenna buscó desesperadamente algo contundente: sartenes, cuchillos oxidados. Zoe mientras, con el lápiz tembloroso, dibujaba el contorno de la máscara que había visto, con detalles que no creía recordar.
De repente, la ventana de la cocina estalló en un golpe. Un pedazo de madera fue arrojado desde fuera: clavado en él, un pedazo de tela y una nota arrugada:
"QUIEN ENTRA, NO SALE. LA VERDAD YA ESTÁ DENTRO"
Marcus, con las manos ensangrentadas de la presión, pasó la linterna por los armarios. Detrás de uno, una trampilla. Barrett y Ryan la forzaron juntos; daba a un pequeño corredor, húmedo, claustrofóbico, que desembocaba en los sótanos inundados de la casa. Los símbolos estaban ahí también, grabados en la piedra con uñas o cuchillas enloquecidas. Rayas de conteo, nombres tachados, fechas.
—¿Y si Leah intentó esconderse aquí? —susurró Emily, cada vez menos convencida de todo.
—No es seguro bajar —dijo Marcus—. Pero por arriba nos espera… él.
Las paredes transpiraban moho y desconfianza. Cruzaron gateando el pasadizo estrecho, Jenna al frente con el tubo oxidado como lanza. Al fondo, un trozo de tela marrón —otro fragmento de la chaqueta de Leah. Había sangre seca: una mancha, como una flor extraña y negra.
De pronto, un grito escindido de la garganta de Ryan. Una trampa: una cuerda al nivel del tobillo, que al tensarse accionó un mecanismo oxidado. Una tabla cayó del techo, clavando a Ryan contra la pared, apenas rozando su hombro. Ryan gimió de dolor y pánico, pero estaba bien, por poco. Jenna se apresuró a cortarle la manga y detener la sangre.
—¡Está jugando con nosotros! —gritó Barrett, un jadeo lleno de furia impotente.
Zoe, pálida, vio en otra pared la inscripción en lápiz: "VAN A ENCONTRARME TODOS AQUÍ, YO LO SABÍA." El trazo era infantil, destemplado. Quién lo escribió y cuándo era imposible de definir.
El grupo siguió adelante, pasando por encima del charco de sangre. Entraron a un cuarto lleno de archivos viejos, papeles ennegrecidos por la humedad. Sam, tembloroso, hojeó algunas hojas:
—Mirad esto. Expedientes de los niños desaparecidos. Hay anotaciones hechas a mano... nombres de casi todos los que se fueron hace años.
Tenía razón. Los nombres estaban ahí, y algunos, familiares: primos lejanos, parientes de apellidos que aún resonaban en Valley Creek. Marcus encontró su propio apellido entre ellos y sintió una punzada de terror ancestral, una sospecha de que la Historia no era solo leyenda, sino una cuenta pendiente que alguien había decidido saldar.
En ese mismo instante, la puerta al fondo crujió. Un haz de luz blanca, rasgada, barrió el espacio. La silueta de la figura, al final del pasillo. Jenna se giró, tubo en alto, pero el rostro grotesco de la máscara no mostró respuesta, sólo un leve giro de cabeza, como un perro curioso.
El cazador avanzó. Sin correr nunca, simplemente apropiándose de cada metro como si estuviera en casa. Marcus lanzó una silla, sin efecto. Jenna intentó golpearle con el tubo, pero el hombre la detuvo con una mano: era un sujeto de fuerza aberrante, que de un solo movimiento la empujó contra la pared con brutalidad. La angustia creció como un incendio. Zoe gritó, incapaz de moverse. Barrett se lanzó adelante, gritando, pero el cazador lo derribó de un manotazo.
Entonces, algo nuevo: la figura se detuvo, inclinó la cabeza hacia la muñeca, la mostró brevemente, luego lanzó la muñeca a los pies de Jenna. —QUIEN ROBA, DEBE PAGAR —entonó una voz profunda, irreconocible por la máscara, indeterminada, de género y edad indefinibles.
Un segundo después, el cazador simplemente retrocedió hasta las sombras, desapareciendo igual que una aparición. El grupo quedó jadeando, llenos de rabia y miedo, el eco de la frase retumbando en sus mentes.
Sam finalmente cedió al pánico y empezó a corretear por los pasillos, buscando una salida. El resto, sin fuerzas para detenerlo, sólo escuchó su carrera, los golpes y el sonido de una puerta abriéndose. Después, el grito: un chillido breve, urgente, truncado. Cuando corrieron hasta donde había ido, lo único que hallaron fue su gorra, caída sobre un charco de sangre fresco que se arrastraba hacia una rendija entre la pared y el suelo. No había rastro de Sam, sólo la huella de algo —o alguien— que lo había arrastrado hacia abajo.
Barrett, al borde de las lágrimas, aporreó la pared.
—¡Nos está jugando! ¡Nos caza como a animales!
Zoe, incapaz de dejar de dibujar, seguía trazando con compulsión la silueta de la máscara. Encontró una página arrancada en una caja: era un dibujo de 1976, firmado por uno de los niños desaparecidos. El rostro era el mismo: el cazador había existido antes, en otro cuerpo, otra época, pero la máscara —la leyenda— era idéntica.
—Esto no es un hombre —lloró—. Es el pueblo. Es todo el daño que se ha hecho aquí, todo lo que no se dice, todo lo que callamos…
El grupo, exhausto, se amontonó en el viejo salón. No había señal, no había salida. El teléfono de Emily chisporroteó brevemente e iluminó un único mensaje sin remitente: “NO LOS ENCONTRARÁN JAMÁS. CAMINA AL BOSQUE. BUSCA EN LA NIEBLA.”
Fue la última chispa de esperanza: salir, aunque solo fuera para huir, al bosque, hacia la niebla. Era la peor opción, pero la única que quedaba. Antes, registraron una última vez la planta baja. Jenna vio algo sobresaliendo de una rendija: la manga de Leah, desgarrada. Dentro había una nota, garabateada: “No confíes en nadie. Él sabe lo que hicimos. Diles la verdad.”
Cada uno cruzó la puerta trasera, entre la niebla, hacia el laberinto del bosque que parecía multiplicarse tras cada paso. Detrás, la casa se cerró, eclipsándose igual que un sueño febril.
Cuando el grupo se alejó, una linterna parpadeó a sus espaldas. A través de la neblina, lo vieron: la silueta del cazador, inmóvil, la máscara intacta, la mano levantando la muñeca una vez más. La promesa de que el juego apenas empezaba.
El miedo ya no era solo a las leyendas: era miedo a ellos mismos, a los pecados callados y a todo lo que Valley Creek se empeñó en olvidar. Mientras se internaban en el bosque, conscientes de que alguien —algo— los cazaba, la niebla los acogió, y con ella, los secretos, el terror y un enemigo más implacable que la muerte: su propia historia no contada.
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