Portada del relato Niebla en Valley Creek
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Fragmento:


Barrett bufó, los brazos cruzados y la mirada fija en el banco mojado—. No podemos echar marcha atrás. Ya lo publicamos en el chat del grupo. Tradición de Halloween: la nueva generación entra por primera vez en la mansión Blackwell. Si no, todo el mundo dirá que somos unos cobardes.

Duración: 13:09

Libro Niebla y Sangre en Valley Creek

Niebla en Valley Creek
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Texto de ajuste de pausa.

Capítulo 1: Niebla en Valley Creek

La niebla siempre caía espesa sobre Valley Creek en octubre, pero aquella noche era diferente; lo sentía cada habitante del pueblo. El aire estaba denso como si los secretos mismos palpitaban entre las brumas, vigilando los pasos de quienes osaban desafiar el silencio. Nadie lo sabía aún, pero el terror estaba a punto de resurgir con fuerza de pesadilla.

El reloj del campanario marcó las diez cuando los siete adolescentes se reunieron en la esquina de Maple Street. Sus voces eran apenas susurros.

—¿Están listos o qué? —preguntó Jenna, la valiente del grupo, más por terquedad que por convicción real—. Vamos, no penséis rajaros ahora.

Barrett bufó, los brazos cruzados y la mirada fija en el banco mojado—. No podemos echar marcha atrás. Ya lo publicamos en el chat del grupo. Tradición de Halloween: la nueva generación entra por primera vez en la mansión Blackwell. Si no, todo el mundo dirá que somos unos cobardes.

Nadie respondió enseguida. La mansión Blackwell había estado allí desde siempre, oculta entre álamos y sombras al final de Willow Road. Sus ventanas ciegas, cubiertas por tablas despintadas, parecían bostezar en la negrura. Los niños del pueblo crecían escuchando su historia: la desaparición de varios niños en los años setenta, el suicidio de Thomas Blackwell y los rumores de crímenes inconfesables sepultados por el miedo. Los adultos rara vez mencionaban el tema; un velo de silencio se había cernido sobre la tragedia.

—No vamos por las leyendas. Solo queremos demostrar que nada de eso es real, ¿cierto? —dijo Sam, el bromista, dándole una palmada en la espalda a Leah.

Leah se encogió. Su melena oscura caía sobre sus hombros como un manto. Miró a los demás: a Zoe, siempre con su cuaderno de dibujo bajo el brazo; a Marcus, el chico callado y serio cuyos ojos parecían siempre esconder algo; a Ryan, el grandullón de sonrisa nerviosa; y a Emily, la voz de conciencia del grupo, que apretaba los labios como si mordiera una advertencia sin querer soltarla.

Se pusieron en marcha. Cada pisada sobre la gravilla era tragada por el manto de niebla. Los faroles titilaban y la noche parecía tragar el rumor de sus voces. Valley Creek se replegaba tras ellos.

—Mi madre me hizo jurar que nunca me acercaría a la mansión —confesó Leah, las manos en los bolsillos para esconder su nerviosismo.

—Lo sé, la mía igual —dijo Zoe, sin dejar de garabatear un trazo en la libreta, como si esa costumbre la protegiera—. Seguro que solo intentaban asustarnos. Los mayores siempre lo hacen.

—Hay algo raro en la historia. Nunca dijeron qué ocurrió con los niños, ¿no? —aportó Marcus, su voz casi un rumor—. Los expedientes policiales desaparecieron. Pregunté en la biblioteca el otro día. Nadie quiere hablar de eso.

—Solo son cuentos para mantenernos lejos —insistió Sam, pero ni él se creía totalmente su argumento—. Mira, si la policía de verdad hubiera encontrado algo, la casa no estaría ahí, pudriéndose. Harían algo, ¿no?

Llegaron a las verjas oxidadas. Al tocar la barra central, Jenna sintió el metal húmedo y frío bajo los dedos. Empujó con fuerza y la puerta protestó con un chirrido gutural. Entraron de uno en uno y se sintieron aislados, envueltos por un silencio detenido, como si la casa misma estuviera aguardando su llegada.

El jardín era un mar de hierba alta y cardos secos que se agitaban levemente con la brisa. Los ventanales cubiertos por tablones parecían ojos clausurados. Los adolescentes se acercaron a la puerta principal, cubierta de grafitis apagados y marcas de tiempo. Un número, tallado con furia, rezaba: “1976”.

Ryan sacó su linterna. —Debe haber una entrada trasera más fácil —aventuró.

—Entraremos por aquí —dijo Jenna decidida, y clavó una vieja palanca entre la jamba y la puerta. Por un momento, temieron que el sonido atrajese a alguien, pero la bruma lo devoró todo. Al final, un forcejeo sordo y la puerta cedió de golpe. Siguieron uno a uno el halo de la linterna, aspirando el olor denso del interior: humedad rancia, perfume añejo y algo indefinible, agrio e íntimo como el miedo contenido.

Una escalera subía en caracol a la planta superior donde los muebles derruidos formaban siluetas de bestias dormidas. En la sala principal, el suelo crujía con cada paso. Había cortinas podridas todavía colgadas y cuadros torcidos. Al barrer el haz de luz, Zoe vio de repente algo en una pared: símbolos extraños, trazados con carbón o algo más oscuro. Uno parecía un círculo inscrito dentro de un triángulo. Otro, una letra A invertida y rodeada de rayones como garras.

—¿Habéis visto esto? —preguntó, señalando los grafitis—. ¿No os parecen demasiado elaborados para ser obra de niños aburridos?

Examinándolos de cerca, Marcus notó el dibujo de dos figuras infantiles, los rostros desdibujados en bocas de espanto. Al lado, recortes de periódicos pegados con cinta amarillenta: “Desaparecen cinco niños en extrañas circunstancias”… “El propietario hallado muerto”… “La policía desconcertada”.

Sam cogió un recorte—. Mirad la fecha —susurró—. 31 de octubre de 1976. Justo la noche de Halloween. Igual que hoy.

Ryan tragó saliva. —Esto es demasiado tétrico. Quizá deberíamos irnos...

Jenna chasqueó la lengua—. ¿En serio? ¿Tan pronto? Ni siquiera hemos visto nada aún. Si hay algún fantasma, que salga ya.

Emily paseó la linterna por el techo, donde el yeso caído dejaba ver las vigas. De pronto notó una corriente helada en la nuca. Giró y vio una puerta entornada aún más adentro de la casa.

—¿Escucháis eso? —preguntó.

Un leve murmullo, posiblemente el viento. O no. Barrett se adelantó con gesto protector. Cruzó la antesala y empujó la puerta. Tras ella, un despacho mugriento. En la mesa, una pila de cartas y, sobre el muro, recortes con fotos de niños.

Nadie dijo nada. Leah rompió el silencio: —¿Y si no estamos solos?

Zoe, que seguía garabateando, de pronto se detuvo. No sabía por qué, pero había dibujado una figura oscura en el margen del bloc. Una figura con algo en la cabeza. No recordaba haberlo hecho. Parpadeó, inquieta.

Un crujido en la escalera. Todos giraron al unísono. Emily enfocó con la linterna, pero no vio nada salvo polvo suspendido en el aire. Entonces, los teléfonos comenzaron a apagarse. Uno a uno, sin razón aparente, las pantallas se ennegrecieron.

—No puede ser —musitó Marcus, intentando sin éxito reiniciar el suyo.

Ryan, asustado, probó llamar a su madre. Imposible. Sin señal. Solo silencio blanco.

Sam se burló nerviosamente—. Tranquilos, seguro que es el aislamiento, estamos en medio de la nada.

Pero el tono de su voz denotaba más miedo que seguridad. Jenna rebuscó en su mochila y sacó una segunda linterna, encendiendo el haz sobre la alfombra del pasillo. Allí, una huella: pequeña, húmeda y de barro fresco.

Fue Zoe la que notó la ausencia. —¿Y Leah?

Un escalofrío glacial atravesó al grupo. Buscaron con la mirada, llamaron su nombre. Silencio sepulcral. Zoe salió corriendo hacia la sala principal. Nada. Emily gritó: —¡Leah! ¡Vuelve! Esto no tiene gracia.

La niebla filtrada por las grietas comenzaba a reptar por el suelo de tablas. Jenna, con el corazón martilleando, recorrió cada habitación con la linterna. Ni rastro. Entonces, de entre las sombras, un leve movimiento captó la atención de Marcus: algo, una figura oscura, se retiraba de la visión justo cuando él giró la cabeza.

Ryan, con la garganta reseca, apretó la mano de Sam—. Tenemos que salir de aquí. Es una locura.

Pero en cuanto se dirigieron a la puerta principal, se percataron de que algo había cambiado: la niebla era ahora tan densa que la escalera de la entrada, a apenas unos metros, no era visible desde el salón. De pronto, la casa y su entorno parecían existir en un mundo distinto, despegados de Valley Creek, flotando en una pesadilla de paredes húmedas y ecos lejanos.

Barrett, tratando de mantener el control, propuso—. Volvamos al despacho. Puede estar ahí, tal vez se asustó. No la encontraremos gritándole como locos.

Se reagruparon, linternas en alto, y hurgaron entre las sombras. Pero Leah no estaba en ninguna habitación. Sólo hallaron una hoja arrancada y garabateada con torpeza: el mismo símbolo triangular de antes, sólo que ahora tenía una grieta por la mitad, y bajo él, garabateado apresuradamente: “NO MIRE ATRÁS”.

Los minutos se hicieron eternos. Los nervios saturaban el aire con electricidad estática. No podían llamar a nadie; salir era imposible con la niebla cubriéndolo todo.

Barrett se frotó los ojos, sudoroso. —¿Y si esto no es broma? ¿Y si de verdad hay algo aquí?

Jenna, por una vez, no tuvo respuesta.

Una corriente gélida barrió el pasillo. Zoe, avanzando hacia la escalera, percibió un leve silbido, casi humano. El graznido repentino de una corneja al otro lado de un ventanuco hizo que todos se sobresaltaran. Marcus, buscando desesperadamente una explicación lógica, tropezó con una caja bajo una mesa. Dentro, más recortes, esta vez de cartas manuscritas. Unas con el membrete del orfanato local, otras firmadas con una tétrica caligrafía… Thomas Blackwell.

—Aquí hay cartas —musitó Marcus.

Emily cogió una al azar y leyó, temblorosa:

“Eran niños tan bellos. La noche los invita a jugar. Estoy solo con ellos ahora. Pronto sus voces llenarán esta casa. Nadie los extrañará, nadie vendrá a buscarlos. Aquí, en la niebla, todo se olvida.”

Un sudor frío recorrió el grupo. Algo se movió, muy cerca, tras la pared. Un eco de pasos.

Barrett se adelantó con un tubo oxidado en la mano, dispuesto a golpear si era necesario. Jenna lo siguió, tragando saliva. Entraron a una sala lateral. Sillas caídas. Una puerta al sótano con el pomo oxidado. La cerradura mostraba marcas recientes, como si alguien hubiera intentado forzarla desde dentro. Nuevas huellas, más pequeñas, descendían por el polvo.

Jenna posó el oído contra la puerta. Por un momento, creyó oír un susurro. Leah, llorando o tal vez murmurando su nombre. Apretó el pomo. Nada.

—No hay luz aquí —advirtió Ryan—. No deberíamos bajar.

Jenna encendió su linterna de repuesto y bajó los primeros peldaños, seguidos por Marcus y Zoe. El sótano olía a memoria enmohecida y cosas que mejor permanecen sin nombre. Ratas huidizas y charcos de agua estancada bajo la linterna. Nada. Un grito ahogado de Zoe los hizo girarse al unísono: sobre la pared, una inscripción reciente, en sangre:

“UNO DEBE QUEDARSE”

El eco de un portazo sobre sus cabezas. Emily y Sam, que se habían quedado arriba, gritaron. Jugar en la mansión había sido un error. La certeza del peligro era ahora absoluta, como una cuerda atada al cuello de cada uno.

—¡Tenemos que salir! —gritó Emily desesperada—. ¡Está aquí!

Pero el laberinto de pasillos, el peso de la niebla, los símbolos extraños, las huellas, todo formaba un círculo opresivo del que ya no podrían huir fácilmente.

De pronto, la risa cortante de Sam enloqueció en un grito. Algo lo arrastró en dirección opuesta. Jenna agarró del brazo a Zoe, y todos corrieron por el pasillo, resbalando en el suelo húmedo.

Jenna miró hacia atrás y, por un instante, jura que vio la figura de un hombre muy alto, envuelto en un abrigo oscuro y con una máscara grotesca, observándolos desde lo alto de la escalera, inmóvil como una figura de museo.

El silencio volvió tras ellos, el sonido de los propios latidos solapando cualquier otra cosa. Uno de los teléfonos volvió a iluminarse con un destello errático. Un mensaje apareció en la pantalla de Zoe, antes de que volviera a apagarse: “SOLO LOS QUE CONOCEN LA VERDAD PUEDEN SALIR”.

En ese mismo momento, la puerta de la mansión crujió y se cerró con fuerza. Barrett intentó golpearla, inútilmente. El marco era ahora pétreo y los cristales, opacos como si la casa hubiera sellado sus secretos para siempre.

Fuera, la niebla lo cubría todo, enroscándose entre los árboles y apagando el mundo exterior; dentro, el miedo echaba raíces profundas en el corazón de cada uno.

Nadie habló por largo rato. Observaban la nada entre lágrimas, temblores y miradas de sospecha. Había comenzado como un juego, pero en Valley Creek, los juegos terminan en tragedia.

Y la niebla, al igual que la culpa y los secretos del pueblo, no desaparece tan fácilmente.

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