Portada del relato En la boca del pozo
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Fragmento:


Faltaba poco para la medianoche cuando, abajo, las campanas del reloj de péndulo comenzaron a sonar. Primero una, luego otra, y después un tercer tañido que se prolongó mucho más de lo normal, arrastrando una vibración que parecía venir no del cobre, sino de algo más antiguo y fúnebre. Ella bajó por la escalera y encontró a la madre encorvada sobre el comedor, con la lámpara vacilando junto a su cara y los ojos sumidos en el plato.

Duración: 09:53

En la boca del pozo
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Texto de ajuste de pausa.

Si la noche tuviera lengua, hablaría con la voz de Elvira en la penumbra, arrastrando las sílabas como si intentara devorar la distancia que la separaba del límite de sus propios días. Porque la noche, esa noche, no era sino una losa bajo la que Elvira había nacido y vivido siempre, y de la que jamás salió ni la brisa ni el recado de algún sol. Cuando los viajeros golpeaban la aldaba oxidada de la casa solariega, decían sentir cómo las hojas de los árboles callaban. Pero Elvira, en aquel siglo hecho de frío y lámpara de aceite, no tenía oídos para el árbol, ni para el viento, ni para el mundo.

La villa de los Montenegro se alzaba sobre un valle cuya forma era incomprensible desde los mapas y las leyendas. Contaban los campesinos que de la tierra exhalaba un vaho que no era niebla, sino el resuello de antiguos difuntos, fruto de los huesos y las lluvias que durante siglos alimentaron su seno. La familia la llamaba "la finca", como quien nombra un cuerpo inerte: cada habitación invadida por telarañas, las paredes insensibles al color y las ventanas convertidas en párpados de polvo. Bajo el tejado siempre lloraba el agua, y la madera, tan ajada por las estaciones, crujía con significados que nadie quería descifrar.

Allí, Elvira, única sobreviviente de una rama sin fruto, había aprendido a caminar siguiendo la estela de su madre por corredores que olían a cíngulo y cera quemada. A los siete años, su padre fue encontrado colgando de la viga maestra del desván, los pies extendidos como si quisiera continuar con su paseo una vez muerto; y su madre, que nunca recobró el color en los pómulos, la instruyó en los oficios sombríos del luto: espejos cubiertos, relojes que pausaban su latido la jornada del duelo, el cabezal de la cama orientado siempre hacia el norte, para no entorpecer el regreso del alma.

La muerte, en la caja de los Montenegro, no era el final, sino un acontecimiento cotidiano y predicho. La abuela, antes de ser recluida en su propia carne por la parálisis, se afanaba en acumular cabellos y retratos, en susurrar letanías a la hora azul del crepúsculo, seguro de que prodigios turbios rasgaban la tela invisible de cada noche. Fue a ella a quien oyó por vez primera pronunciar la palabra: presagio.

—Nada ocurre sin anunciarse, niña, —murmullo de boca roída—. Aprende. Escucha la madera. Observa los relojes. La sangre alterada en los pájaros. Nunca duermas sin cerrar el círculo de sal.

Elvira dudó de aquel catecismo hasta el día en que la lechuza se estrelló contra su ventana, dejando una imagen blanca, abierta y fatal, en mitad de la negrura. La criada gritó, el ama rezó, y alguien, delgadísimo, recogió las plumas y aderezó el plato de la cena con ellas. Desde entonces, los presagios se multiplicaron: ratones ahogados en la pila, caminos de hormigas negras entre las sábanas, una mancha solar sobre la última fotografía antes de la muerte del tío Basilio. Sí, los signos se encadenaban. Y si alguna vez Elvira buscó sentido en la sucesión de horrores, lo halló en la costumbre. La costumbre de esperar.

Una tarde de noviembre, cuando las estancias parecían de otro siglo, bajó al sótano con la vela temblorosa y se detuvo ante la tapa de la vieja cámara fría. Cierta culebra de humedad bajaba y subía por la pared, como tanteando un camino invisible. Elvira dejó caer la luz sobre la piedra y vio un aliento, una exhalación que no venía del gas ni del carbón. "Aquí," pensó, "morirá el siguiente." Un temblor la rodeó. Pero no era miedo: aún no se le concedía.

Aquella noche, al regresar a su cuarto, encontró su diario abierto en la página escrita la víspera, pero con un trazo inesperado. Una caligrafía oblicua había repisado la suya, formando una palabra que en un principio no llegó a descifrar: un nombre que al ser leído en voz baja traía frío al estómago. Era el nombre de su madre, pero detrás de la tinta crecían letras adicionales, ilegibles, como dientes mal alineados en una mandíbula oculta.

Faltaba poco para la medianoche cuando, abajo, las campanas del reloj de péndulo comenzaron a sonar. Primero una, luego otra, y después un tercer tañido que se prolongó mucho más de lo normal, arrastrando una vibración que parecía venir no del cobre, sino de algo más antiguo y fúnebre. Ella bajó por la escalera y encontró a la madre encorvada sobre el comedor, con la lámpara vacilando junto a su cara y los ojos sumidos en el plato.

—No vuelvas a mirar la hora, hija. Ni esta, ni ninguna. Los relojes son hueso, y el hueso no perdona.

Durante tres días la casa enmudeció. Elvira sintió que algo la seguía, una respiración cálida pegada al costado derecho. Decía que no era el viento, que el viento no sabe tiritas, pero en su cama, en los intersticios de sus sueños, despertaba a menudo con las uñas enterradas en las palmas y sordos sollozos que no recordaba haber emitido.

Los presagios se iban acumulando como sedimentos. El amarillo en el ojo de la muñeca de porcelana. La helada apenas visible en el borde de una carta que nunca había sido escrita. Los pasos que sonaban en la buhardilla y que cesaban cuando, armada de crucifijo, subía los escalones de madera retumbante. Fue entonces, durante una madrugada superficial cubriéndose con los brazos desnudos, cuando recibió la primera verdadera advertencia: el sueño de la boca.

En el sueño, la veía, allí, debajo de la casa, una boca circular, un pozo sin brocal ni fondo, envuelta por la raíz de los cipreses que circundaban la finca. En el interior de la boca, una figura pálida, más pálida que su madre aún en vida, más cercana al color del yeso roído. Esa figura la llamaba, y al llamarla pronunciaba su nombre verdadero, no el nombre terrenal, sino ese otro nombre que sólo recibe el primer nacido del linaje, el que guardan los árboles en su sacudida más secreta; el nombre con el que se atraviesa el umbral y se paga el tránsito entre mundos.

Elvira despertó empapada en sudor, la respiración entrecortada, con los dedos aferrados a la sábana como si intentaran evitar la caída. En la ventana ni sombra de lechuza, ni señal de animal alguno, solo la sucesión eterna de la noche sobre el valle. Pero en el aire quedaba la certeza de que algo, allí abajo, en la boca de la tierra, estaba preparándose para recibirla.

Los días siguientes transcurrieron en una febril espera. La madre se volvía invisible, como absorbida por la humedad que subía desde los cimientos. Elvira la encontraba de vez en cuando dejando semillas de alheña sobre los dinteles o escupiendo saliva en las cerraduras, tal si quisiera anudar la casa consigo. Ni una sola palabra cruzaron durante una semana. Y la noche en que la madre cruzó el corredor llevando el crucifijo envuelto en paños, Elvira supo que el ciclo estaba por cerrarse.

La tormenta llegó en plenilunio, cuando los caños rebosaron agua lóbrega y los charcos adquirieron una negrura inacabable. De las viejas chimeneas surgió un olor rancio a azufre y caballo muerto, y la penca del reloj volvió a arrastrarse sobre el cristal, como despellejando, con cada campanada, un trozo de la oscuridad.

El presagio definitivo vino con la voz: el grito de la madre, ahogado y bestial, retumbando en los muros y dejando tras de sí un reguero de cristales pulverizados. Elvira descendió, el corazón anudado a la garganta, guiada por aquel lamento que no era del todo humano. Encontró la puerta del sótano abierta, la humedad subiendo como un vaho corrupto, y la silueta arrodillada de su madre, rezando de espaldas a la oscuridad más profunda.

—No mires dentro —susurró la madre sin girar el rostro—. No te acerques. El pozo… siempre pide uno más.

Elvira retrocedió, pero algo en su interior, una voz destilada de siglos, la empujó a dar un paso hacia el círculo helado de la cámara. El aire era más denso, la luz, si cabe, más hostil; el hedor, indescriptible, una mezcla de huesos licuados y memoria. Quiso creer que soñar era suficiente para aplacar el rito, que los muertos se contentarían con el eco de su propio nombre; pero no fue así. La figura blanquecina asomó entre las raíces en el fondo del pozo, los brazos levantados, los dedos largos como vértebras y esa sonrisa negra, negra como los últimos minutos antes de un eclipse fatal.

La madre se irguió tambaleante, sostuvo a Elvira por los hombros y la miró no con ojos sino con dos cuencas sin fondo.

—No te alejes. El linaje pesa más que la carne. Todas las hijas de Montenegro bajan a la boca. No hay salvación, sólo turnos.

Quiso resistirse, pero un temblor ancestral la recorrió, al percibir al otro lado de la penumbra un aullido que ya era suyo. La fuerza de las generaciones la fue succionando hacia el borde de la cámara, mientras la madre recitaba el nombre secreto, ese que sólo se pronuncia en la hora de la entrega.

Así, entrada la madrugada, descendió al pozo. La cuerda fue bajando gota a gota de la humedad perenne, y abajo, en la piedra, Elvira vio reflejados todos los rostros que alguna vez amó, contorsionados en promesas y advertencias, de hendiduras de polvo y risas ahogadas. La figura de la boca la abrazó, y en ese abrazo la envolvió la certeza final: el terror nunca es del presente, sino del eco. Porque la noche, la verdadera noche, es la memoria de todos los presagios, la ceremonia eterna de esperar lo peor sin poder jamás huir del ciclo.

En el último instante, solo se oyó la madera crujir, una última campanada y la risa suave, muy lejos, de la abuela.

Cuando la madre subió del sótano, vacía la mirada y roto el rezo, la casa había mudado de respiración. Las paredes ya no susurraban nombres, las hormigas cesaron de marchar y el reloj, por vez primera, marcó la hora con impía precisión.

Solo quedaba silencio.

Y en la boca, el hambre seguía, paciente.

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