Fragmento:
Me recibió la agente inmobiliaria, la Sra. Collins. Era seca como los huesos que, uno imagina, duermen bajo una iglesia. Caminaba apretando los labios, como quien espera que el tiempo haga la pregunta y ella, silenciosa, la conteste con un gesto. No hubo preguntas sobre mis intenciones, sólo datos: el precio ridículamente bajo ("la calefacción es de carbón, señor Kay", "no hay señal de móvil, pero hay un teléfono antiguo en la entrada", "cuidado con los peldaños, ceden"), la cláusula de salida directa ("puede abandonar el arriendo en cualquier momento, siempre que deje todo intacto, muebles y... adornos"), y una última sonrisa, tensa, cortada de inmediato por una mirada hacia el vano de la puerta.
Duración: 08:08
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Todo comienza con las casas. Las casas, después de todo, son las únicas cosas que sobreviven a la gente; incluso la ciudad cambia, pero una casa, con sus pasillos, sus azulejos resquebrajados, su olor rancio y su memoria persistente, puede subsistir en el tiempo, tragando generaciones como un pozo sin fondo.
Tan pronto como vi la mansión Harrow, un sábado lluvioso de diciembre, supe que ya la había habitado, en algún sueño lleno de humedad, prolongado por el insomnio o una fiebre de la infancia. Era un caserón entre góticos y victorianos, aplastado bajo el peso de cornisas, tejas en moho, ventanales rotos y ese color indefinible que tienen las cosas que han perdido el nombre, un delirio de grises, ocres, recovecos y musgo. El aviso oxidado decía: "Se Alquila". Lo demás lo ponía la curiosidad.
No buscaba una casa; buscaba una historia. Siempre quise escribir una novela de terror, y mi situación económica —desempleado, solo, con los ahorros al borde del abismo— me azuzaba a intentarlo. Alquilar la Mansión Harrow para un invierno, escribir hasta el agotamiento, tal vez sobrevivir. No esperaba encontrar nada más allá de paredes crujientes y corrientes de aire.
Me recibió la agente inmobiliaria, la Sra. Collins. Era seca como los huesos que, uno imagina, duermen bajo una iglesia. Caminaba apretando los labios, como quien espera que el tiempo haga la pregunta y ella, silenciosa, la conteste con un gesto. No hubo preguntas sobre mis intenciones, sólo datos: el precio ridículamente bajo ("la calefacción es de carbón, señor Kay", "no hay señal de móvil, pero hay un teléfono antiguo en la entrada", "cuidado con los peldaños, ceden"), la cláusula de salida directa ("puede abandonar el arriendo en cualquier momento, siempre que deje todo intacto, muebles y... adornos"), y una última sonrisa, tensa, cortada de inmediato por una mirada hacia el vano de la puerta.
La primera noche la pasé maldurmiendo, dando vueltas bajo sábanas ásperas y escuchando cómo el viento se colaba por las fisuras del tejado. El primer sobresalto fue un chasquido, como si alguien arrastrara un mueble grande por el piso de arriba. Subí con una linterna, pero sólo encontré polvo, telarañas y una fila de retratos de algún linaje extinto, miradas plomizas que parecían pedir perdón y sentencia a la vez. Me convencí: quinta vieja, madera hinchada, imaginación.
Durante el día, recorría los pasillos apuntando detalles en mi cuaderno: "el salón aún huele a cera", "el comedor tiene copas de cristal cubiertas de telarañas", "la biblioteca conserva más polvo que volúmenes", "puertas selladas con clavos oxidados". La casa estaba congelada en el tiempo; podía oír, a veces, los pasos amortiguados de quienes la habitaron, y una vez, lo juro, sentí perfume de violetas —algo floral y podrido, como la ternura descompuesta de un recuerdo.
En la segunda semana, mi ánimo comenzó a cambiar. No dormía bien, y los sueños eran vívidos: recorría los corredores y la oscuridad era tan absoluta que sólo podía sentir el peso denso de la casa sobre el pecho; había voces conversando, sollozos, risas apagadas y una respiración que, siempre, terminaba rozando mi oído apenas antes de despertar. Me convencí de que aquel era exactamente el estado emocional adecuado para escribir, y escribía febril, rellenando páginas que luego, al releer, me parecían ajenas, demasiado sombrías, desconectadas, plagadas de palabras que yo no recordaba haber elegido.
Por la tercera semana, la oscuridad de la casa comenzó a invadir mis pensamientos de día. Bajé a la cocina una mañana —ya estaba nublado, difícil saber la hora— y encontré huellas frescas en el polvo, pies desnudos, marcados como con ceniza húmeda, que iban desde el zaguán principal hacia la sala trasera. Los seguí, tembloroso, sólo para que terminaran repentinamente frente a una pared sin puerta. Golpeé el muro. Sonó hueco, casi tamboril; un eco que me devolvió, nítido, el sonido de mis propios nudillos.
Intenté razonar: debía haber muchos animales en la casa, alguna corriente de aire, la humedad dibujando siluetas en el polvo. Empecé a notar, sin embargo, que había objetos que cambiaban de lugar: una silla desplazada, un espejo al que no podía mirarme de frente, copas rotas cuidadosamente apiladas en la chimenea. Y los relojes, sobre todo los relojes antiguos —de péndulo, de sobremesa, hasta uno diminuto, empotrado en la escalera— que cada noche, todos a la misma hora, daban las tres. Y no era sólo el tañido: sentía que la casa, justo en ese momento, se paralizaba. Ni el viento se atrevía entonces a hablar.
Abrí libros de la biblioteca con guantes. Casi todos eran novelas victorianas, algunas en francés y alemán, salpicadas aquí y allá de inscripciones a mano: “Para Elizabeth, de parte de su abuela Harrow”. Encontré un diario, cubierto de escarcha y tiempo. Escrito con una caligrafía convicta, irregular, en tinta que se comía el papel. Fragmentos incomprensibles; referencias a rituales de purificación, noches de encierro, visitas de un extraño reverendo. En una página me detuve: “Una vez la casa te llama por tu nombre, tú dejas de habitar la casa. Ella te habita a ti”.
Ya no estaba seguro de estar solo. Bajaba a la cocina y encontraba velas gastadas hasta la base, aunque juraba no haberlas encendido nunca. Las paredes, por la noche, parecían respirar: el papel pintado se hinchaba como pulmones céreos, exhalando un vaho malsano. Comencé a ver sombras, largas, deformes, que se deslizaban a mis espaldas cuando creía girar el rostro rápido. Y el ascua inmutable de un reloj marcando, obstinadamente, las tres de la madrugada.
El alivio vino en forma de carta: la Sra. Collins, con su caligrafía de esqueleto, me sugería que podía abandonar la mansión de inmediato, con una excusa más formal que real: “Por motivos de renovación y a efectos legales, el arriendo será rescindido a partir del viernes. Rogamos se retire antes del mediodía”.
Quise irme la misma noche, pero la casa parecía negarse a dejarme: la puerta principal no cedía a ninguna llave, las ventanas estaban atrancadas, las escaleras parecían prolongarse bajo mis pies hasta desgastar las plantas. La noche se desbordó por los huecos de la casa; caminé, linterna en mano, sin saber cómo distinguir habitaciones, hasta quedarme atrapado frente a aquella pared hueca, la del rastro de ceniza. Noté que ya no escuchaba el viento. Todo era un zumbido sordo, tapizado de tiempo antiguo.
Recogí fuerzas y golpeé el muro. Una fisura se abrió. Más animado, seguí; el yeso cayó, la estructura de madera crujió, se partió. Detrás había una pequeña habitación, encajada como un órgano embrionario en el costado de la casa. Allí, sobre una cama de hierro herrumbroso, yacía una figura: el cadáver momificado de una mujer, envuelto en un camisón de encaje amarillento, con el rostro vuelto hacia la puerta que yo acababa de abrir.
A su lado, en la mesita, había una nota, la tinta desvaída y la caligrafía temblorosa: “No abras jamás la puerta. La casa entra contigo”.
Al huir, sentí a la oscuridad apretarse a mi espalda —un rumor, un lamento profundo, como el rugido de algo que despierta famélico tras años de ayuno. Logré salir, cuando aún titilaban las farolas del amanecer, arrastrando el miedo hasta la estación del tren, donde nadie se dignó mirarme a los ojos. Vomité en el andén y sentí que dejaba tras de mí parte de mi razón, anclada en el vano de la puerta imposible.
Nunca supe si aquello fue real, o sólo la locura prolongada de una mente aislada en una casa que ya no soportaba habitarme. Pero cada noche, exactamente a las tres, sigo escuchando, desde muy lejos, el tañido de un reloj antiguo. Y a veces, justo antes de dormir, tengo la sensación de que, cuando despierte, ya no estaré en mi cama, sino en esa pequeña habitación sin salida, mientras la casa, satisfecha y silenciosa, cierra la última puerta sobre mi nombre.
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