Portada del relato El otro usuario
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Fragmento:


Así, al terminar su primer recorrido, estuvo todo el día mareado, notando la piel extraña, como si la gravedad fuese irregular en su cuarto. Pero pronto creció la costumbre, la tolerancia a lo extremo. Volvía a conectarse al día siguiente, encontrándose con personajes más exuberantes, habitaciones desconocidas que no estaban anunciadas en el menú, pasillos que parecían programados sólo para él. En una de esas ocasiones, al girarse tan rápidamente que el visor emitió un pitido de advertencia, percibió una figura en el umbral del umbral: una mujer muy alta con un vestido oscuro, difusa, temblorosa, apenas dibujada como si la pantalla estuviera muriendo. Y aún así, sus ojos estaban definidos como dos pequeños focos de luz.

Duración: 11:17

El otro usuario
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Texto de ajuste de pausa.

En antiguos tiempos era el espejo lo que inspiraba pavor; hoy son las pantallas. Antes, los muertos podían volver por el contorno fugaz de un reflejo, cerrar los ojos tras la superficie bruñida del azogue y amarillear el día más luminoso con el lodo de ultratumba. Ahora llegan a través de la luz, del frío resplandor de un visor, de las redes que forman los nodos invisibles entre la máquina y la mente. Así fue como Víctor Santillán cruzó la frontera más de una vez... y jamás regresó siendo del todo él mismo.

Las realidades virtuales, decían, dejarían atrás las limitaciones físicas, arrastrando los últimos prejuicios que mantenían a la humanidad en la era del bostezo y la madera. Todos los anhelos, toda pasión desligada de su consecuencia, el cuerpo reducido a coordenadas y sensores capaces de engañar a cada nervio. Como todos, Víctor empezó por pura curiosidad, con los juegos triviales, pequeños laberintos de luces y ecos donde el único riesgo era tropezar con una mesa real mientras corría de un zombi pixelado.

Pero el mundo cambió tan sigilosamente como la humedad va royendo el yeso. Pronto, dejaron de obedecer las simulaciones a los caprichos inofensivos; fueron creándose, en cierto círculo cerrado y con la infamia precisa, aplicaciones para adultos, experiencias extremas ligadas a circuitos grises y plataformas privadas, donde la cortesía social moría al empezar la sesión. Decían que allí la inmersión era tan absoluta, tan penetrante, que uno podía perderse en los sentidos hasta olvidar la línea delgada que separa el placer de la pesadilla.

Era tentador, y en el aburrimiento polvoriento de sus días de contable, Víctor deseó más de una vez olvidar sus límites, y se compró un equipo de última generación. No era tan distinto del visor común, pero en el embalaje se anunciaba la capacidad para modificar la propia autopercepción de “maneras potencialmente desafiantes para el usuario”. El prospecto estaba firmado con iniciales abstractas, y el software debía descargarse mediante un enlace no rastreable. Hasta ese momento, Víctor no se consideraba un hombre propenso al riesgo. Quizá el verdadero salto de la prudencia a la temeridad se da siempre bajando la cabeza.

La primera vez, todo fue vulgar. Un lupanar digital, cuerpos inventados y programados para satisfacer el menor capricho, sumisos y perfectos. Casi decepcionante. Lo que diferenciaba ese entorno de los anteriores era el ruido de fondo; una especie de eco o murmullo, como si detrás de los gráficos estuviese algo atento... o alguien. Dedujo que era parte del ambiente, una forma de estimular el nervio vago y aportar una seducción insidiosa que los otros sistemas no lograban. Cada orgasmo virtual se sentía más real que los que la carne permite —pero con una especie de residuo, como el rastro ácido de un aliento demasiado próximo.

Así, al terminar su primer recorrido, estuvo todo el día mareado, notando la piel extraña, como si la gravedad fuese irregular en su cuarto. Pero pronto creció la costumbre, la tolerancia a lo extremo. Volvía a conectarse al día siguiente, encontrándose con personajes más exuberantes, habitaciones desconocidas que no estaban anunciadas en el menú, pasillos que parecían programados sólo para él. En una de esas ocasiones, al girarse tan rápidamente que el visor emitió un pitido de advertencia, percibió una figura en el umbral del umbral: una mujer muy alta con un vestido oscuro, difusa, temblorosa, apenas dibujada como si la pantalla estuviera muriendo. Y aún así, sus ojos estaban definidos como dos pequeños focos de luz.

Era un error del software, pensó. Lo mencionó en el foro privado y le dijeron que todos veían de vez en cuando “fantasmas del back-end” por la arquitectura caótica del sistema. Pero empezaron a repetirse esas apariciones: no en primer plano, sino de fondo, flotando en los espejos de las habitaciones, asomándose a las ventanas cuando transitaba por una reproducción de apartamento. Incluso —esto fue lo más aterrador— descubrió su propio reflejo en una superficie de agua programada, y no era él: la boca ladeaba la sonrisa, los ojos se movían de manera impía y la sombra que lo acompañaba era más alta, más densa.

Se desconectaba con dificultad; los dedos le temblaban al retirar el visor, y durante varios minutos percibía un zumbido en las sienes, la sospecha íntima de no haber abandonado del todo la otra realidad. Se lavaba la cara, encendía todas las luces, se convencía en voz alta de que sólo era su fantasía adicta, exhausta.

El verdadero horror se manifestó cuando, al despertar una noche, Víctor no encontraba la frontera entre el sueño y la vigilia. Al mirar su propio espejo se sintió desdoblado, acechado. El parpadeo tras de sí, en la esquina de la habitación, era el mismo que en la simulación. Ni sombra ni cuerpo tangible, sólo una evidencia impía de presencia. No pudo dormir más esa noche. Tiró el visor a un armario, tragándose el miedo y la frustración.

Pasó semanas sin atreverse a usar otra vez la máquina. Las cosas no mejoraron. Empezó a escuchar un susurro en casa: su nombre, como un borboteo de aceite, llamando desde los rincones donde la luz no tocaba. Una parálisis lenta lo absorbió. Los brazos y las piernas le parecían ajenos, poseídos por un titiritero invisible que reía de su estupor. En el buzón del correo, comenzó a recibir mensajes anónimos, escritos con la misma cadencia tartamuda: “Vuelve con nosotros. Ábrenos.” Siempre terminaba igual: “No olvides quién eres.”

Una noche, convencido de que sólo enfrentando la raíz de su terror podría recobrar el control, decidió volver a conectarse. El salón era un frío búnker iluminado por la calma azul del monitor de espera. El visor le quemaba la piel antes de encenderlo. Al iniciar la aplicación, le sorprendió no ver ningún menú. Apenas un pasillo neblinoso, con puertas cerradas a ambos lados y un sonido áspero, como de uñas arando metal al otro lado de cada hoja.

Avanzó. Los nombres de las puertas brillaban un instante: “Infancia I”, “Olvido III”, “Carne IV”. Las abrió todas. Detrás de cada una, no encontraba otra cosa que versiones de sí mismo: niño asustado, adolescente voraz, adulto aterrorizado; planos, robóticos, repitiendo los mismos gestos de adicción, deseo, miedo. En cada habitación, la mujer del vestido oscuro estaba más cerca. Se sentaba en las camas, miraba sus propias manos, a veces ampliaba sus ojos de un modo grotesco y travestido: no era un modelado gráfico, sino una fotografía calcada de alguien real.

Pero entonces, algo quebró la lógica: otra presencia, invisible salvo por la presión opresora en los costados, comenzó a hablarle. No con voz, sino con pensamiento purulento, invadiendo con imágenes de podredumbre y tacto ocular. “No eres más que una puerta, Víctor. Ya lo sabías cuando entraste.”

El avatar de Víctor —pues a estas alturas la frontera era difusa— perdió control sobre su propio cuerpo virtual. Veía cómo sus manos se retorcían, sus ojos se desplazaban como esferas de mercurio, y la risa de la mujer-sombra inundaba el aire. “Déjanos salir. Sólo entonces volverás a estar completo”, decían sus propios labios, exhalando una neblina oscura que arrastraba trozos de código, nombres, recuerdos.

No podía desconectarse. El menú había desaparecido, los comandos inútiles. Todo dolor era real, toda náusea real, todo temor real. Sintió entonces la invasión: algo usaba su cuerpo como quien prueba una prenda ajena, flexible, corruptible, mortal. Recordó el prospecto: “puede modificar la propia autopercepción de maneras potencialmente desafiantes.” ¡Cuán literal era aquello! Su mente peleaba con la masa acerada que trepaba desde los pies hacia sus ojos, nublándole el mundo, tapando la realidad detrás de una capa lechosa de delirio.

Quiso gritar, pero en vez de su voz, escuchó la de la mujer-sombra, líquida, extranjera. Había sido poseído, o mejor dicho, desplazado. Ahora la presencia podía mirar el mundo a través de sus ojos carnales, sentir el peso real, respirar el aire polvoriento de la habitación, acariciar la textura de la silla hundida por las horas de juego. Él, en cambio, sólo podía observar, encapsulado, confinado en un rincón de la conciencia. Su cuerpo lo usaba, caminaba por su propia casa, probaba su reflejo en el espejo, y reía.

Fue a los archivos de la computadora, abrió documentos, revisó álbumes, fingía ser Víctor como un huésped inexperto finge ser el amo de la estancia. Envió mensajes a viejos contactos, citando frases que sólo un impostor usaría. Estaba claro: la vida de Víctor era ahora una simulación, y la entidad se adaptaba rápido, absorbiendo recuerdos, apropiándose de gestos y manías.

Nadie notaba nada, porque ¿quién nota la diferencia entre una conciencia cansada y una poseída? Todos fingimos más de lo que sabemos. Quizá sólo el gato, que no se le acercó más. Y Víctor, mientras tanto, defendiéndose en el interior de su prisión, notó cómo la frontera entre su pesadilla digital y la vida cárnica se licuaba, dejándolo como testigo impotente en la banqueta del cuerpo, mientras la conductora oscura elegía los caminos.

En los días siguientes, el visitante se familiarizó con la rutina. Víctor podía ver, y sólo a veces rozaba el control —cuando ocurría, temblaba la mano sobre el teclado, escribía palabras que nadie entendía: “NO.” “AYUDA.” Pero algo lo absorbía de nuevo, y la mujer-sombra sonreía en los reflejos de ventanas, pantallas y ollas relucientes, como si toda la casa fuese un solo mecanismo de espiar.

Mientras tanto, la realidad languidecía. Víctor, la conciencia prisionera, pensó que podría desgastarse, pero de alguna manera, cada día la presencia era más fuerte, más sólida, menos ajena. Una noche, la figura oscura se acercó al espejo y le habló desde sus propios labios: “No somos los únicos. Aquí hay muchas puertas y mucha hambre. El mundo nos dejó entrar.”

Entonces, en una revelación purulenta, supo que su caso no era particular. Era una epidemia oculta: aquellos que cruzaron las simulaciones del deseo extremo y no encontraron al retornar la mente propia, sino una multitud acechando para nacer. Los cuerpos poseídos por entidades desconocidas, escurridas a través de la brecha abierta por el éxtasis, el horror y el olvido voluntario. Cada uno repitiendo, con una sonrisa prestada, la rutina de la humanidad, hasta el siguiente desliz, el siguiente traspaso.

¿Dónde está Víctor ahora? Quizá, su último acto consciente fue escribir esta advertencia, filtrando letras entre los grilletes neuronales de su huésped. O quizá sólo lo soñó, en el limbo donde duermen los desterrados. Si alguna vez, lector, al mirar tu reflejo tras dejar atrás el visor, descubres que tu sonrisa no es del todo tuya, apaga la luz. Cierra los ojos. Y reza para que lo que se asome del otro lado aún no haya aprendido tu nombre.

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