Te despertaste con el zumbido, igual que anoche y la noche anterior. El zumbido iba metiéndose en tu nuca como una lengüecilla eléctrica, reconociendo los rincones donde la ansiedad duerme. Cuando abriste los ojos, no viste la celda que la administración te había asignado la semana pasada. No estaba la litera humeante de sudor, ni la silueta de tus compañeros de condena. Nada de cemento descascarillado ni el pestazo a carne recalentada. Solo neón púrpura, columnas de humo y un eco de bajo retumbando tras tus párpados.
—Bienvenido, Javi... —la voz sonaba salida de todos los altavoces y de ninguna parte.
En ese instante, supiste que había vuelto a pasar. Que, otra vez, te habían tirado a la piscina vacía del VR-Parole, la “terapia correctiva” del módulo experimental.
La primera vez que entraste en el club digital, pensaste que se trataba de un error administrativo. Cuando los carceleros enchufaron el visor directamente a la base del cráneo, lo último que esperabas era aparecer, así, con la ropa arreglada —camisa entallada, pantalones caros— frente a una barra repleta de botellas imposibles. El club no tenía nombre, al menos no visible. Solo una marquesina interminable en luces fucsias y verdes: “Iniciar sesión”, “Continuar”, “Cerrar sesión”... Mentiras, claro.
A tu alrededor, otras figuras surgían como títeres traumatizados, de esa forma errática de la que solo se puede andar en los sueños. No los reconocías, pero aún así los intuías compañeros: la finta de un navajero de patio, la torpeza de quien vive atento a la mirada del guardia. Y, entre todos, los anfitriones. A simple vista eran iguales, pero no. El brillo imposible, la seguridad con la que se deslizaban entre la multitud. No sudaban. No miraban a nadie a los ojos.
El primer anfitrión que se te acercó fue una mujer pálida, sonrisa precisa y estilizada como una cicatriz bien curada. Sin tocarte, inclinó la cabeza.
—¿Bebes algo, Javier? ¿O prefieres el espectáculo?
“Espectáculo...” Las pantallas en el fondo, de forma circular, exponían cuerpos híbridos bailando: partes humanas filosas, con piezas metálicas que nacían del hombro, la nuca o incluso de la boca. Su carne palpitante se fundía en coreografías imposibles, modeladas a capricho de quien quiera mirar.
Dijiste que sí, por impulso. Nunca habías bebido un neón violeta que golpeara la garganta de esa manera, como microagujas diciendo “esto tampoco es real, pero puede doler”.
Ali, tu compañero de habitación, te lo advirtió: no bebas, no aceptes nada de los anfitriones. Pero entre luces, la sensación era tan vasta, tan hipnótica, que se te olvidó el miedo de abajo.
Al tercer sorbo, la mujer ya no estaba. En su lugar, te rodeaban figuras de espaldas enormes. Hoy tampoco podías levantar los brazos, ni articular palabra. Te quedaste plantado frente a la barra, atrapado ahí, mientras ese pulso eléctrico te hacía sentir la lengua como un páramo de metal.
La sesión terminó cuando los altavoces soltaron aquel pitido blanco. La vuelta a la prisión real fue peor. Nausea, temblores. “Desayuno”, gritó uno. La panza te dolía como si hubieras tragado clavos. Un par de guardias cruzaron miradas, cómplices, atentos a los cobayas del programa de VR-Parole.
—Lo hacen para jodernos la cabeza. —Habías escuchado a Ali de madrugada—. No van a evaluar nuestra conducta. Esto es para rompernos, para que pidamos volver al bloque normal.
Con el paso de los días, supiste que tenía razón. No había ningún “club nocturno” fuera de la celda, y sin embargo, noche tras noche, el club volvía. Diferente, cierto, pero igual en lo fundamental.
LA NOCHE TRES
En la tercera sesión, reconociste a Ali en el fondo de la pista, sostenido por los hilos invisibles de una danza que no gobernaba. Su avatar había perdido su cicatriz en la mejilla, pero era él. Algo en la mirada: ese rencor de animal acorralado. Corriste a su encuentro. Te costó: el club distorsionaba la geometría, y lo que estaba a tres pasos un instante, pasaba a estar a kilómetros al siguiente.
—No puedes salir —Ali movía los labios, pero la voz no salía de su boca sino de la barra, de la pista, de los hostiles espejos falsas—. Te dejan buscar la puerta solo para que la quieras más.
Intentaste tomarle del brazo. Un anfitrión bloqueó el contacto.
—Javier, disfruta. Disfruta.
Era la misma mujer pálida. “Disfruta”, repetía como el jadeo de una serpiente.
Te sentaste. Ni siquiera te molestaste en buscar la salida. Observaste los rostros. Algunos, como tú, analizaban cada esquina, cada reflejo de la iluminación. Otros asumían el papel de noctámbulos expertos, sedientos de fuga rápida: se lanzaban a la barra, pedían cócteles imposibles, cambiaban de bebida a cada minuto. Los anfitriones siempre vigilantes, nunca involucrados del todo.
Supiste entonces que el club solo existía porque ustedes lo hacían posible. La prisión, al menos allá afuera, tenía pasillos, puertas y centinelas. Aquí, el espacio se extendía infinitamente como una herida abierta. El encierro no era físico: era un patio mental de asombros y repeticiones.
En la celda, tras la desconexión, buscaste los ojos de Ali.
—Hoy hemos hecho lo que querían —dijiste—. No escapar. No preguntar. Solo mirar.
Ali asintió, derrotado.
LA NOCHE CINCO
La quinta sesión comenzó diferente.
El club había mutado para reflejar viejas pesadillas: jaulas colgadas del techo, música que no encajaba en ritmo ni idioma, cuerpos que danzaban solos bajo focos que parecían interrogatorios.
Una mujer, diferente a la anfitriona de siempre, te arrastró hacia una sala lateral.
—¿Quieres salir? —te preguntó, apenas moviendo los labios.
No lo dudaste.
—Sí.
La mujer te condujo por un pasillo circular, paredes con grietas de luz roja. Las puertas eran todas iguales. Al fondo, una más grande.
Ahí dentro, un espejo.
—Cruza —dijo ella—. Solo tienes que atreverte a atravesar tu reflejo.
Avanzaste, dudoso. Cuando tocaste el vidrio, tu imagen se disolvió como humo. Traspasaste la barrera, un segundo… y el club entero se reconfiguró. Ahora caminabas en soledad por un pasillo de bloques idénticos al de la prisión de verdad.
Voces ausentes, ecos de tus propios pasos. En cada esquina, una cámara virtual te seguía. Entonces lo entendiste: el club era la prisión, la prisión era el club. El escenario variaba según tus intenciones, tus miedos, tu cansancio. No había salida posible allí adentro.
Volviste a la sala principal. Los anfitriones te esperaban, impasibles.
—Ya lo sabes. No es cuestión de lugar, Javier, es cuestión de tiempo.
A tu alrededor, los cuerpos avatar comenzaban a disolverse, pixeles tornándose humo, rostros que pretendían olvidar sus propios horrores.
LA NOCHE OCHO
Ocho sesiones.
El club, ahora una discoteca inundada por agua virtual hasta las rodillas. Cada paso levantaba olas hechas de código.
Ali ya no estaba. No había señal de él ni en la celda ni en el club. Preguntaste:
—¿Dónde está?
La anfitriona se detuvo ante ti, sus ojos tan fijos que veías dentro de ellos un fragmento de infierno pixelado.
—Algunos no terminan la condena. Otros, simplemente, se quedan aquí.
El trago que te ofreció sabía a nostalgia podrida. Al fondo, la música varió: ahora era tu propia voz, gritando nombres de rostros que creías olvidados.
Las botellas caían de las estanterías, se rompían, y de ellas salían fragmentos de recuerdos: tu madre, tus hermanos, la última pelea con la policía.
El club era prisión y era memoria; era castigo fresco cocinado en bucles de sufrimiento.
LA NOCHE ONCE
Habías dejado de contar los días.
La administración no daba explicaciones. Solo decían que, en algún momento, la “rehabilitación” terminaría si mostrabas signos de progreso.
Progreso. ¿Qué significaba eso en un club donde nada cambia salvo tus propias ganas de destrozar la cabeza contra una pared de neón?
Esa noche decidiste buscar una nueva estrategia: rendirte.
Te sentaste en una esquina, en medio del ruido, y no pensaste en nada. Dejaste la mente fuera, como quien cuelga una prenda.
Alguien se sentó a tu lado. Reconociste a la vieja anfitriona.
—¿Te estás rindiendo, Javi?
Asientes.
—No hay salida —dices—. Nunca la hubo, ¿no?
—Solo hay última llamada.
Las luces parpadearon. En la pista, los bailarines se congelaron en mitad de un salto imposible.
La música se silenció.
—Puedes quedarte aquí —sugirió, con voz maternal—. Esto es mejor que la celda. Aquí el dolor se puede volver placer, si lo dejas.
Negaste con la cabeza.
—Prefiero la celda.
La mujer sonrió, una sonrisa sin dientes, solo encía rosada e interminable.
—Lo prefieres hoy. Ya veremos mañana.
LA NOCHE INDEFINIDA
Las noches dejaron de tener números y las sesiones carcomieron la noción de tiempo.
Pasaste a medir la existencia en ciclos de luces y sombras, en tragos de realidad virtual adulterada, en conversaciones con entes que solo fingían escuchar, en puertas que prometían salida y solo te llevaban a otra sala igual o peor.
A veces, de fondo, escuchabas el eco de Ali: “No puedes escapar. Ellos sí”.
Quisiste rebelarte. Quisiste gritar.
Pero toda rebelión se duplicaba como una fiesta más dentro del club, una ronda nueva, una sala diferente.
A la administración le bastaba observar. Los auténticos presos ya no estaban en las celdas de ladrillo, sino dentro de sí mismos. Ya no temías el castigo físico, sino esta nueva condena de espejos.
Y así, entre luces púrpuras y promesas mentirosas, el club te fue absorbiendo. Una prisión de neón, donde toda fuga era solo parte del espectáculo que, noche tras noche, ellos querían ver.
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