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El viento soplaba con violencia aquella tarde en Nueva Inglaterra, golpeando las vidrieras de la parroquia de San Mateo; un edificio gótico que, a pesar del paso de los siglos, había resistido el vaivén de las modas y el deterioro propio de la fe. Nadie acudía ya a misa los domingos. El padre Samuel era de los pocos que cruzaban el umbral cada día, desatendiendo los rezos programados porque sólo ofrecía la comunión a quienes se atrevían a buscarla. Pero esa noche, una presencia distinta lo esperaba.
Samuel nunca hablaba de su pasado, ni del motivo de sus rezos cada vez más prolongados. Las luces, temblorosas y rojas por los vitrales, dotaban a la sacristía de una atmósfera onírica, casi hostil. Nadie podría afirmar que allí reinaba el Espíritu Santo. No desde aquel invierno, quince años atrás, cuando el humo de los cirios había sido incapaz de disipar el hedor de azufre tras la última confesión.
Esa noche, Samuel repasaba distraidamente el misal cuando sintió la puerta del confesionario chirriar. El sonido lo devolvió súbitamente a la vigilia. Unos pasos inciertos se arrastraron hasta colocarse tras el enrejado. El aire se volvió denso, casi irrespirable. Samuel se persignó y aguardó el inicio de la confesión. El silencio se prolongó hasta volverse incómodo.
—Padre —dijo una voz ferozmente susurrante, un idioma entrelazado de odio y súplica—. He pecado.
Samuel, sin apartar la vista del rosario entre sus dedos, preguntó:
—¿Qué te aflige, hijo?
La risa que siguió lo ensordeció; una risa húmeda, nacida no de unos labios humanos, sino de la descomposición de cientos de gargantas ahogadas. El padre tembló, sintiendo en la nuca el aliento de un pasado que había jurado enterrar.
—He mentido ante Dios —prosiguió la voz—. He negado mi verdadero nombre. Pero tú me reconoces, Samuel. Has venido a traerme luz, y yo te traigo oscuridad.
La linterna del predicador parpadeó, desvelando la silueta del improvisado confidente. A través de la rejilla, dos puntos ardían en la negrura, observándolo con un hambre indecible.
Samuel se incorporó. El frío le mordió la columna vertebral. Sintió que las tinieblas de la víctima de su primer exorcismo, tantos años atrás, se filtraban en el presente como un reflujo inevitable.
Recordó entonces el nombre: Moloch. Fue su primer exorcismo, una adolescente de rostro lacerado, de uñas comidas hasta el hueso, que reptaba por el suelo de la sacristía suspendida de hilos de blasfemias. De su garganta no salía voz humana. Aquel día Samuel fracasó. Aquel día decidió que sólo el silencio purgaría las heridas, y nunca más volvió a pronunciar las palabras rituales.
Ahora, en el confesionario, la voz continuó:
—Samuel, quiero confesar algo que nunca le he dicho a ningún mortal. ¿Tienes el valor de escucharme hasta el final? La penitencia no será tuya, sino mía. —El aire crepitó, y el sacerdote sintió cómo las paredes vibraban con furia telúrica.
Samuel asintió, débilmente. Por un momento, dudó incluso de su fe.
—Habla.
—Dios no me creó —dijo Moloch—. Me dejó nacer del dolor de los hombres, de sus oraciones exangües, de ese espacio en blanco que dejan las súplicas no respondidas. Yo existo donde Él calla. Y en este pueblo, Samuel, Él ha callado demasiado tiempo.
Fuera, la tormenta rugió, como si la parroquia estuviera envuelta en un torbellino sellado del mundo.
—¿Por qué has venido? —musitó Samuel—. ¿Por qué ahora?
—Porque ninguno de tus feligreses vuelve a rezar. No hay más alimento para mí que el tuyo, Samuel. Has dejado de temerme, y sólo los que temen pueden resistirme. He venido a llevarte.
Una mano espectral emergió de la penumbra de la cabina. Samuel retrocedió, pero el espacio era estrecho. Notó la presión contra el muro de madera. En un acto reflejo, sacó el crucifijo de su pecho y lo alzó.
La criatura, sin embargo, extendió la otra mano, y una presión caliente, líquida, comenzó a recorrer el brazo de Samuel como si una serpiente lo ascendiera. El metal ardió, fundiendo la piel bajo sus dedos.
—¿Crees que tu dios vendrá esta vez, Samuel? —preguntó la voz, y el encierro de la cabina se volvió insostenible.
Justo entonces, Samuel gritó las palabras que juró no volver a pronunciar:
—In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti... Exorcizo te, immundissime spiritus, omnis incursio adversarii, omnis legio, omnis congregatio et secta diabolica.
La luz vibró, el espacio hendió un surco incandescente entre ambos, y Moloch rugió, la estructura tembló, las maderas crujieron. El demonio reía y vomitaba sangre negra, como si el propio infierno se abriera por debajo de la iglesia.
—Tarde, Samuel —dijo—. Tarde.
El sacerdote, presintiendo lo inevitable, recitó el Padrenuestro. Cada palabra era recibida con un bofetón de viento y dolor. Las paredes rezumaban humedad carmesí y las imágenes sagradas se desencajaban de los muros.
Moloch avanzó a través de la rejilla, rompiendo el enrejado, haciéndose carne y sombra al mismo tiempo, y musitó en el oído del sacerdote:
—No hay redención aquí. Solo vacío.
El tiempo se distorsionó. Samuel acudió mentalmente a los días anteriores, buscando redención en el recuerdo. Había alimentado a indigentes, había cuidado enfermos, había consolado viudas. Pero en la penumbra de la confesión, ninguna de esas bondades importaba ya.
El demonio lo abrazó como una segunda piel, apretando su cráneo entre garras invisibles, susurrando secretos de la creación rota. Samuel vio el reverso de la oración, vio plegarias al revés y ángeles degollados bailando en una caverna sin salida.
El reloj de la iglesia dio las doce campanadas. Afuera, todo era silencio. Ni la lluvia ni el viento sonaban ya. La naturaleza contenía la respiración mientras el sacerdote se debatía entre la combustión de su alma y la última chispa de fe.
Samuel, exhausto, lloró la oración final:
—Señor, si no puedes salvarme, llévame lejos de este sitio.
Moloch se deslizó impulsado por ese ruego, alimentándose de la desesperanza, y luego, cuando la mirada de Samuel comenzó a nublarse, habló en voz baja:
—Los hombres creéis que sois el rebaño de Dios, pero sólo sois sombras que proyectáis cuando digo vuestro nombre. Nadie vendrá a salvarte. Y nadie notará tu ausencia.
El sacerdote sintió cómo su corazón latía más despacio; cada pulsación, una campana sorda retumbando en la nada. Para Samuel, la última imagen fue la de la cruz volteada, proyectada sobre el suelo de la sacristía, mientras la voz de Moloch serpenteaba por las paredes, invocando himnos invertidos.
Y así, con un último jadeo, la fe de Samuel se extinguió, y la parroquia de San Mateo, durante mucho tiempo después, quedó sumida en una quietud antinatural. El confesionario permaneció cerrado, la manija cubierta de una oscura costra como un óbolo de ultratumba.
Algunas noches, mucho después, los habitantes jurarían escuchar rezos de ultratumba surgidos de la nave vacía, y el viento, al traspasar los vitrales, parecería murmullo de un diablo satisfecho. No habría nuevo sacerdote para San Mateo. El legado de Samuel se desangraría en soledad, como su última oración, anegada en silencio y sombra. Solo el demonio se quedó para custodiar la iglesia, rezando incansable al vacío.
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