Portada del relato Luces en las Jaras
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Fragmento:


Entre el rumor de las hojas, un arrullo ahogado. Tal vez un animal, tal vez no. Nadie lo sabe. La linterna de Mateo hace un barrido. Algo se escabulle. Un brillo fugaz, como ojos brillando en la oscuridad.

Duración: 10:26

Luces en las Jaras
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Texto de ajuste de pausa.

Las linternas parpadean sobre el sendero que cruza la arboleda, impredecible como el aliento entrecortado de los que las sostienen. En el aire flota la humedad de las jaras, el rumor de una promesa rota. Nadie va allí a esa hora, nadie cuerdo. Sin embargo, la noche los llama. Los cinco adolescentes, amigos de la infancia, hoy divididos por secretos y traiciones, tienen la torpe sensación de estar deslizándose en algo más oscuro que el firmamento sin luna.

El plan surgió por impulso, como brota el miedo: celebrar la graduación en el bosque, como en las leyendas del pueblo, enfrentando la vieja senda de las cruces. Nadie sabe quién talló esas cruces en los árboles. Nadie pregunta. Hay historias, claro. Si pasas por el sendero después de medianoche, y mantienes la vista baja, no sucede nada. Pero si en algún momento alzas la cabeza… corres el riesgo de cruzarte con quien talló la última cruz años atrás. Al menos eso dice la abuela de Clara. Nadie la ha visto desde los diez años, cuando desapareció en el bosque. Así la imaginación adolescente bordea el peligro como un depredador hambriento.

Mateo lidera la marcha, eufórico, convencido de que no existe nada que no pueda enfrentarse con una linterna y un poco de tequila robado de casa. Su paso es seguro, altivo. Clara le sigue, la mandíbula apretada, luchando por no mirar atrás, sintiendo los dedos de hielo de una antigua angustia rodear su garganta. Los otros tres —Héctor, Lucia y Víctor— avanzan en fila, con la misma mezcla de desafío y temor en los ojos lastimados por los destellos de sus focos.

La primera cruz aparece a menos de doscientos metros. Tallada a la altura de sus cabezas, casi oculta por la hiedra y la sombra. Lucia la ve primero, da un grito ahogado. Víctor no alcanza a burlarse; el viento ha cambiado, y con él, el silencio del bosque se ha vuelto expectante, casi carnoso.

“¿Ya tienes miedo?” pregunta Héctor, pero nadie responde.

Fue la idea de Mateo grabar la travesía; lo subirá a la red, obtendrá cientos de likes. Quiere ser viral, aunque su corazón lata con violencia al grabar la arruga de miedo en la frente de Clara. Cuando cree que nadie lo mira, enfoca a sus caras con la linterna, buscando el temblor, la grieta. Cuando la cámara pasa, todos se recomponen y sonríen.

Las risas suenan huecas entre los árboles.

Al fondo, otro destello: segunda cruz. Nadie la señala, se limita a rodearla con paso apresurado. A veces, la bruma del relato se cuela por los huecos del presente y deforman la verdad. ¿No fue bajo esa cruz donde la abuela de Clara encontró aquella muñeca delgada y sucia, con una sonrisa cosida de hilo negro? ¿No fue en una noche sin luna cuando la muñeca desapareció, llevándose con ella el nombre propio de quien la encontró?

Héctor tropieza. Hay algo, un bulto, apenas visible junto al tronco donde un doble corte a navaja deja la huella de otra cruz recién hecha. Nadie la había visto antes; la corteza está aún húmeda. Lucia se detiene, paralizada.

“¿Has oído eso?” pregunta, y su voz apenas es un trino.

Entre el rumor de las hojas, un arrullo ahogado. Tal vez un animal, tal vez no. Nadie lo sabe. La linterna de Mateo hace un barrido. Algo se escabulle. Un brillo fugaz, como ojos brillando en la oscuridad.

La marcha se vuelve forzada. Nadie dice que quiere dar la vuelta, pero cada paso exige un esfuerzo, como si el aire se espesara con cada cruz. La senda de las cruces se preña de un silencio denso y pegajoso.

A lo lejos, la tercera cruz está a medio tallar. La madera gime bajo el filo de una navaja invisible. Clara, la más asustada, se queda atrás.

“¡No te pares!” grita Víctor, pero ella ya no los escucha. Se ha quedado inmóvil, la linterna apuntando hacia el suelo. Un susurro a su espalda. El roce de alguien que se acerca. El vello de la nuca se le eriza.

Se da la vuelta y la linterna ilumina una figura fugaz: larga, encorvada, piel pálida y manchada, la cabeza ladeada en un ángulo imposible. Los ojos, dos huecos vacíos, la observan. Clara grita tan fuerte que se le desgarra la garganta, y detrás de ella, el eco añade una voz ajena.

Mateo corre hacia ella, tropezando en la raíz de un enebro. La cámara graba sólo el suelo sacudido, luego el caos: todos gritan, todos corren. Pero la figura ya no está. Clara tiembla, apunta su linterna en todas direcciones, pero sólo encuentra ramas y viento.

“Es una broma, ¿no?” Víctor forcejea por mantener la calma. Nadie contesta. Incluso Héctor está rígido, con los hombros encogidos hasta las orejas.

Y entonces escuchan la carcajada, a medio camino entre niño y animal, hinchando el aire de una crueldad instantánea. Sube, baja, se retuerce, venida de ninguna parte a la vez. Un terror primario se apodera del grupo; caminan más rápido, sin mirar hacia atrás.

Mateo retoma la guía, pero siente la presión de la mirada de la figura en la nuca. Héctor empuja a Lucia, aprisa. Ya no hablan. Una nueva cruz aparece, casi tapada por la maleza, y en su base, una inscripción. Señalan con la linterna la corteza pelada: “Nunca deberíamos haber venido”. No son letras talladas; son arañazos, hechos con furia.

De pronto, el grito. No es Clara, sino Lucia, que se ha adelantado. La encuentran agachada, manos y rodillas entre la hojarasca, el rostro enterrado, convulsa. La rodean. Entre sollozos señala el suelo: una muñeca tosca de trapo, cubierta de barro, hilos colgando de la boca como si tuviese una lengua serpenteante. Al levantarla, la tela cede. Dentro, huesos. Demasiado pequeños, demasiado reales para no pertenecer a una criatura.

El grupo se ha roto. Mateo quiere volver. Clara balbucea una plegaria. Víctor intenta llamar a su madre, pero el móvil no encuentra señal y sólo devuelve una estática enfermiza. La figura aparece de nuevo, a lo lejos, entre el ramaje, balanceándose. De repente, falta Lucia. Ha echado a correr cegada por el terror en medio del griterío, sin responder a los gritos de sus amigos.

Héctor va tras ella. Clara quiere seguirlos, pero Mateo la retiene. “No te separes,” susurra. El viento baila entre las copas y borra las pisadas. Los árboles parecen moverse, acercarse; todo parece absorber la luz y la esperanza.

De pronto, el chillido. Lucia, pérdida bajo un pino, la piel abierta por impropios arañazos. Héctor la encuentra, jadeando, casi desmayado. La muerta parece haber perdido ojos y lengua. Él tropieza hacia atrás, encuentra de nuevo la muñeca: la boca deformada ahora por una sonrisa monstruosa de hilo rojo.

La figura aparece tras él. Brazo largo, tembloroso, de garras imposible. Héctor frota con desesperación un mechero, quiere defenderse… pero la cosa se funde con la noche y lo atrapa. El grito queda ahogado, colgado en el aire como una tela de araña.

Clara y Mateo corren, tropiezan, gimen. Solo Víctor parece razonar. “No podemos huir. Es su territorio,” murmura con la voz completamente blanca de miedo. El grupo busca desesperadamente una salida al sendero, entre los árboles que parecen cerrarse como barrotes húmedos. De pronto, la linterna de Mateo ilumina un nuevo tronco, con una cruz aún fresca; bajo ella, la forma de un pie descalzo, prensado en el barro. Demasiado pequeño para un adolescente, aunque demasiado grande para un animal.

La cámara cae, grabando el suelo en ángulo. Una sombra atraviesa el foco, y otro grito. Víctor ha desaparecido.

Ahora sólo quedan Clara y Mateo, jadeando, desorientados. Clara sabe que no saldrán. Lo vio en el rostro de su abuela, lo vio en sueños; la senda nunca devuelve a todos. La luminiscencia de la linterna revela los restos de una camiseta, los harapos de Lucia, y entre la maleza, la mirada vacía de la muñeca, que apunta a un rincón del bosque donde la oscuridad parece más densa, casi líquida.

Mateo se niega a avanzar. “Esperaremos aquí, juntos. Cuando amanezca, nos irán a buscar”.

“No hay espera,” susurra Clara, y sus palabras se mezclan con el viento. “Esa cosa no teme al sol. Nunca nadie regresa.”

La figura emerge, con los brazos extendidos. Esta vez, la ven de cerca: la cara es una máscara inerte, como una bolsa de arpillera, los ojos vacíos, la sonrisa enrojecida por hilachas saliendo de cada costura. Los dientes —costuras también— se retuercen en un simulacro de risa.

Mateo retrocede, se defiende con el móvil, emite una luz ciega. Pero la figura avanza, flotando, tocando cada cruz recién tallada. El bosque se llena de ecos; voces infantiles, llanto, risas crueles. Clara, paralizada, musita nombres antiguos, de quienes desaparecieron antes.

La figura se abalanza. Mateo logra zafarse, empujando a Clara. “¡Corre!” grita. Y por un instante, ella obedece.

Es entonces cuando siente un tirón en el pelo, un frío cortante en la espalda. El suelo se abre bajo sus pies. Mira atrás y la última imagen que ve es a Mateo retorciéndose en los brazos de la figura, mientras la muñeca de trapo observa con sus ojos vacíos, sonriendo.

Hay un instante de absoluta oscuridad, luego el sonido de un cuchillo rasgando corteza. El siguiente amanecer encuentra la senda tapizada de niebla. Sólo queda la cámara, aún encendida, entre raíces y tierra removida. En la grabación puede oírse el viento, el eco de pasos diminutos, y al fondo, la risa de la muñeca, prometiendo nuevas cruces en la senda oscura.

Y ahí termina la leyenda, pero el bosque permanece. Basta caminar de noche para ver tal vez el destello de una linterna, o el reflejo imposible de una sonrisa de hilo rojo entre la bruma de las jaras. Porque la senda nunca se cierra. Solo espera a los siguientes que tengan el valor o la estupidez de cruzarla, antes de que caiga la última luz.

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