Portada del relato Noche de Navajas
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Fragmento:


El silencio era tan denso que cada tacón sobre el asfalto sonaba como un trueno apagado. No tenía sentido, pero juraría haber visto una figura en el reflejo de la vitrina del local de zapatos. Giró para mirar; nadie. No tenía sentido, repitió para sí misma, pero la piel en la nuca se le erizó como si alguien le hubiera soplado muy suavemente. Apuró el paso.

Duración: 10:03

Noche de Navajas
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Texto de ajuste de pausa.

La noche estaba teñida de un gris indeciso, esa suerte de tiniebla semiluminada que la ciudad es capaz de fabricar con el neón y los faroles mortecinos. No era lluvia, pero el aire era tan húmedo que el rocío se pegaba a la ropa y las ventanas parecían sudar. Había algo hinchado y acechante en la atmósfera, como si la oscuridad esperara un descuido para tragarse el mundo entero.

Bajo la débil luz de un café que seguía abierto más por terquedad que por clientes, Miriam recorpaba su bolso, el mechero y una última colilla. El reloj —desteñido, adormecido— marcaba las dos y veintinueve. Afuera, la avenida era una herida sin curar. El último cliente, un hombre de gorra y barba, se despedía con un gesto sucio, como frotándose las ganas de lanzarle una frase obscena. Ella le ignoró; estaba harta, cansada y secretamente asustada.

A esas horas, solo los que no tienen otro sitio al que ir pululan por las calles. Pero esta noche —lo notó cuando asomó al umbral— no sentía la rutina. Había una torsión distinta bajo la piel del barrio: ambulancias mal estacionadas, persianas cerradas y, sobre todo, esa absurda sensación de estar observada.

Empujó la puerta, tirando de su abrigo azul. Empezó a caminar deprisa hacia la parada de autobús. Se consolaba sabiendo que el conductor era un viejo amigo de su padre; si llegaba a tiempo, sería solo un paseo corto hasta casa. Miró en su bolso buscando las llaves y, por inercia, la navaja que su hermano le insistía siempre en que llevase.

El silencio era tan denso que cada tacón sobre el asfalto sonaba como un trueno apagado. No tenía sentido, pero juraría haber visto una figura en el reflejo de la vitrina del local de zapatos. Giró para mirar; nadie. No tenía sentido, repitió para sí misma, pero la piel en la nuca se le erizó como si alguien le hubiera soplado muy suavemente. Apuró el paso.

A la distancia distinguió la marquesina del autobús, brillo amarillo sólido en medio del desierto urbano. Había alguien sentado allí, o al menos la sombra grande y doblada por la luz prometía compañía. Miriam contuvo la respiración: siempre mejor esperar el colectivo acompañada, incluso si era un borracho dormido o un insomne decente.

Pero cuando llegó, la figura que había visto desde lejos no era ni una cosa ni la otra.

Era una mujer, rígida, de rostro completamente inexpresivo, con una bolsa de plástico ritualmente apretada en la falda. No tenía edad: ni vieja ni joven, solo una máscara pálida. Miriam farfulló un saludo tímido. Ninguna respuesta. Solo el desfile de autos fantasmas a lo lejos.

Se sentó al extremo, lo más lejos posible. Por qué era tan difícil respirar allí, por qué ese olor ferroso…

La mujer giró la cabeza de golpe. Su voz era apenas un susurro: “¿No tienes frío?”

Un escalofrío real, físico, subió por la columna de Miriam. “Un poco, sí. Es tarde”, logró encoger.

La respuesta fue esa carcajada minúscula y crocante que da alguien que no ha reído en años.

Justo en ese momento, ambos vieron las luces del bus doblar la esquina. Miriam se levantó de un salto, casi agradecida. La mujer no se movió. Cuando el bus llegó, soltó apenas: “Cuida de quién se sienta a tu lado esta noche.”

En el interior, el vehículo estaba casi vacío. Dos adolescentes mudos jugaban con sus teléfonos en el fondo. El chofer la saludó con un gesto y Miriam se sentó justo detrás de él. Cada parada parecía durar una eternidad, las luces calcando forasteros en cada marquesina sin que nadie subiera.

En la tercera parada, sin embargo, la puerta trasera se abrió y alguien abordó el bus. Era alto, de movimientos pausados y exagerada normalidad. Gabardina oscura, botas brillantes como obsidianas. Miriam acompañó el camino del extraño con la mirada y se volvió hacia la ventana, tratando de recordar fragmentos de conversaciones seguras: el nombre de su madre, la dirección de la casa, el gusto de una sopa caliente.

El recién llegado avanzó por el pasillo de puntillas, casi como un actor inspirado. Se sentó detrás de los adolescentes del fondo. Miriam sólo pudo ver la silueta oscura rebotando cada vez que el bus pasaba por un bache. Cada tanto, la luz de la calle iluminaba el borde agudo de una sonrisa o el brillo fugaz de unos ojos demasiado abiertos.

Un minuto después, el bus volvió a sumergirse en penumbra. Fue entonces cuando se oyó la música: una letanía monótona, como si alguien tarareara una canción sin melodía, algo infantil pero retorcido. Era, claramente, el hombre del fondo.

El conductor, ajeno o indiferente, aumentó la velocidad al doblar hacia las arterias más peligrosas del distrito. Miriam notó el temblor en su propio pecho, el pulso de quien sabe que algo horrible está por suceder y aún no puede nombrarlo.

De repente, la música paró.

Y a continuación, ese sonido. Chasquido metálico. Rozar de filo contra la funda. Luego, un grito ahogado.

Todo sucedió en menos de un suspiro. Un destello de plata. Gotas cálidas salpicando el pasillo. Los adolescentes, dos bultos inertes con la sorpresa aún en los ojos. El asesino —pues ya nadie podía llamarlo de otra forma— levantó la cabeza, los labios manchados de dientes y rabia, y vio a Miriam.

Ella se congeló. El conductor frenó de golpe, pero la inercia no sirvió de nada: la distancia entre ese hombre y la puerta era todo lo que él necesitaba.

“No corras”, ordenó el extraño, avanzando por el pasillo. “Si corres, será peor.”

Por un instante, el tiempo se hizo goma. Miriam recordó historias de asesinatos y huidas, las mil arengas de su hermano sobre cómo usar una navaja, la voz de la mujer en la parada, como un presagio.

El asesino levantó la navaja: enorme, inoxidable, maravillosa en su simpleza sangrienta. Detrás, el conductor intentó llamar a la policía, pero los gritos cubrían cualquier intento racional de comunicación.

Ahora Míriam lo tenía delante. El olor a sangre era ácido, denso, casi dulce. Sacó la pequeña hoja que llevaba en el bolso. Más bien juguete que arma. Se juró que aún viva podía hacerle daño. Que el miedo no podía más que las ganas de ver una mañana más.

“¿Crees que eso te ayudará?”, rió el hombre, mostrando los dientes, la hoja, la mancha en la pechera.

“No pienso morir sentada”, fue lo único que pudo articular Miriam.

Sin aviso previo, el bus se deslizó de costado y chocó contra un poste. El estruendo fue bestial. Sillas reventaron, cristales mugieron, la oscuridad bailó. El asesino perdió el equilibrio y se estrelló contra una ventana. El conductor cayó. Miriam rodó por el pasillo, la navaja apretada en la mano.

Un zumbido, una explosión de luces rojas y sirenas a lo lejos. El asesino, tambaleándose, trataba de incorporarse, buscando con la mirada y el cuchillo. Había algo en su mirada: no miedo, sí inteligencia, como si estuviera evaluando su siguiente movimiento, como si para él cada muerte fuera solo un ensayo.

Miriam se arrojó sobre él, guiada por el vértigo y la locura. Le clavó la navaja en la muñeca. Apenas si penetró la piel; pero fue suficiente para soltar la hoja grande. El hombre, furioso, la empujó contra la puerta y estrelló su cabeza en el suelo. Ahora, cualquier otro insulto o amenaza carecía de sentido. Era la pura lucha animal, cuerpo contra cuerpo, dientes y huesos y hambre de vivir.

Muy lejos, las luces de la policía bailaban, fragmentando la noche en promesas de rescate.

El asesino se le abalanzó, gruñendo, pero Miriam no cedió ni el más pequeño espacio. Le arañó la cara, le mordió la oreja, le golpeó con el tacón. Al final, él logró sujetarla por el cuello, levantándola unos centímetros, apretando. El aire se convirtió en una moneda fría y esquiva.

“Así mejor, ¿no? Así nadie sufre más”, murmuró él.

En ese punto, Miriam apenas era una sombra. Pero aún tenía fuerza suficiente para —en la negrura de la visión— buscar la navaja grande que rodaba entre los asientos. Sus dedos rozaron el mango justo cuando las sirenas aullaron más fuerte.

En un acto desesperado, le asestó un tajo a la altura del muslo. El hombre gritó; sorprendió más el sonido que el dolor. Retrocedió, tambaleante, sangrando serio ahora. Al ver las linternas inundar el interior del bus destrozado, intentó huir por la ventana rota.

Pero Miriam no dejó de luchar. Golpeó y rasguñó —a ciegas, como un animal— hasta que la luz la cegó y todo fue manos extrañas rodeándola, voces distantes preguntando si estaba bien, si podía oír, si era capaz de responder.

Se desmayó.

***

La despertaron horas después, en el hospital. La policía contaba y recontaba los muertos y heridos del autobús. El asesino, un conocido de la zona, fugado de una institución, autor de dos asesinatos anteriores —incluyendo el de la mujer sentada en la parada momentos antes— se desangró y murió en un callejón cercano. Al parecer, nunca había dejado testigos. Miriam era la excepción.

“Dijo que no corriese”, balbuceó. El oficial la miró, paciente, con la resignación de quien ha visto demasiadas cicatrices.

“Fue su error”, respondió él.

Pero Miriam sabía que la noche seguiría allí fuera, esperando a su próximo mensajero, su próximo reflejo en una vitrina.

La cicatriz que dejó el filo en su mano le recordaría para siempre que nadie está nunca realmente a salvo en la ciudad, ni siquiera entre las luces de un autobús. Ni siquiera con una navaja propia en el bolsillo. Porque hay ecos —ecos con filo— que vuelven una y otra vez, buscando su historia de sangre bajo la lluvia.

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