Portada del relato Hombres huecos en el pantano
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Mara sacó un móvil y proyectó la luz en torno:

Duración: 11:52

Hombres huecos en el pantano
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Las diez de la noche y la tormenta había tumbado tres postes en la carretera del canal. Darío apagaba el cigarrillo contra el guardabarros de su coche cuando vio a través de los pinos la silueta de la fábrica abandonada, la misma que, desde que era crío, le hacía querer cruzar el pantano sin mirar atrás. Vio que Martina esperaba junto a la verja oxidada, arropada en una sudadera floja de su hermano muerto; el borde de la prenda rozaba el lodo, pero a ella parecía no importarle.

—Llegas tarde —le reprochó, bajando la voz al sentir el viento.

—Tampoco vas a querer que entre yo primero, ¿verdad? —bromeó Darío, y la linterna titiló al encenderse.

El eco del trueno fue una amenaza sorda detrás de los árboles, más lejos, imposible de precisar. Los demás ya estaban dentro: Luis y Mara (cuya risa podía escucharse, algo lastimada por lo que pasó el año anterior), Paula (cargada de cervezas) y Nico, el payaso del grupo. Diecisiete años de miedos y chistes negros, de historias a media voz sobre lo que pasó en la fábrica, acerca del “Viejo Hilandero”, esa figura de la que se decía que cazaba en noches de tormenta. Un juego adolescente como los que se inventan en pueblos muertos, donde los secretos ruedan como latas vacías por el asfalto.

No había luz eléctrica. Martina sacó una pitillera. Sus manos temblaban, ligeras, mientras buscaba el mechero.

—¿Por qué has venido, de verdad? —le preguntó Darío.

El capó empezó a enfriarse bajo la lluvia fina. Era solo junio, pero el aire era frío, un frío que olía a cobre y aceite.

—Dijeron que hoy se cumplen trece años del incendio —respiró hondo Martina—. Pero nadie ha encontrado los cuerpos de los obreros.

La verja se abría fácil si sabías empujar por la bisagra suelta. Ya adentro, el techo de uralita apenas frenaba la tormenta que martilleaba el metal y llenaba el ambiente de ecos rotos. Luis estaba junto a la cinta transportadora. Cuando los vio, alzó la botella.

—Aquí está el miedo, campeones.

En la penumbra, las sombras se retorcían, largas y quietas, marcando trampas invisibles. El suelo aún estaba cubierto de escombros: parches de hollín, cristales rotos y extinguidos resplandores de cosas sin dueño.

Mara sacó un móvil y proyectó la luz en torno:

—Dicen que cuando todo ardió, el capataz recorrió la fábrica con una sierra para que nadie saliera.

—Eso es mentira —intervino Nico—. El capataz era solo un borracho. Se quemó junto a todos.

Pero nadie discutió. En las paredes, alguien había garabateado “YO VEO”. Era pintura roja seca. O quizá óxido. Nadie preguntó.

Las horas encaradas al miedo pasan lentas. Paula propuso jugar a “luces y gritos”: uno se escondía tras las máquinas, los otros debían encontrarlo. Era el tipo de idea que parecía buena cuando tienes alcohol y el pasado pesa menos que la humedad.

Primero se escondió Nico. Dejó un rastro cervecero que olía desde lejos, y Mara fue la que lo encontró tras la cadena rota de la prensa, apretando los dientes por no reírse. Luego fue Luis, que eligió el cuarto de calderas. Cuando Paula lo encontró, casi gritó, pero al final solo tronó la risa.

Afuera había dejado de llover. Martina insistió en que le tocaba a ella. Llevaba la capucha sobre el cabello negro, que caía en forma de telarañas raídas. Se escabulló hacia la zona de almacenes. En el vestuario asomaban los casilleros reventados que, decían, habían sido saqueados a los dos días del incendio.

Darío la siguió a distancia, linterna apagada. El juego era encontrarla, aunque en realidad solo buscaba vigilar que no se quedara sola. La amistad era esa clase de mentira que uno deja cuajar en noches así.

Un chirrido. Sombra de pasos. Quien fuera que se movía no era Martina.

La linterna tembló en sus manos. En la esquina, entre dos máquinas, lo vio: algo alto, al fondo del pasillo, con una máscara de tela manchada y jirones colgando, la respiración gutural, pesada, como una corriente de aire que sale de una boca tapada.

No podía ser uno de los chicos. Era demasiado grande.

Corre, moverse, volver, pero la linterna cayó, la luz rodó y Darío se quedó en la sombra, entre la silueta y la salida.

Oyó un aullido: destemplado y grave. Más allá, Martina gritó.

Estaba detrás de los armarios, pegada a la pared oxidada. Darío intentó gritarle, pero otro ruido, seco y brutal, cortó su voz.

El miedo, en serio, tiene sabor a hierro. El miedo, verdadero, no te da margen.

La figura avanzaba, arrastrando una herramienta: una especie de machete largo de acero industrial, el filo mellado, como parte del decorado del lugar, brillando como piel mojada. Avanzaba con el paso irregular de alguien cojo, pero no desaceleraba. Del otro extremo del pasillo venía Mara, borracha, sin entender.

—¿Nico? ¿Luis? ¡Dejad de hacer el imbécil...!

El machete bajó. Un golpe sordo, carne, hueso, gritos. Mara nunca llegó a ver el rostro tras la máscara.

Darío estaba a un metro, petrificado. Martina huyó hacia el exterior. Paula y Luis gritaban desde el extremo opuesto.

La fábrica se llenó de voces rotas, de carreras desesperadas por los pasillos donde cicatrices del incendio seguían ahí: pizarras quemadas, explotadas, sogas colgando.

El asesino —no había otro nombre posible— bloqueó la salida. Lo vieron alzarse, erguido en el umbral. Paula tropezó con un cajón y se desmayó ahí mismo, entre herramientas mojadas.

Luis saltó una mesa, tratando de arrastrar a Darío. Pero la hoja de metal bajó, cercenó aire. Darío corrió, se resbaló, la sangre de Mara le manchó la suela.

Martina, mientras tanto, reptaba hacia la sala de cuadros eléctricos, donde años atrás su hermano había gravado su nombre sobre el yeso. Ahora solo quedaba polvo y marcas. Se encerró; oyó raspar la hoja de metal en la puerta.

Mordió el silencio. Contuvo el aliento. Cada golpe en la puerta se llevó la esperanza un poco más lejos.

—¡Luis! —llamó Darío, que forcejeaba con la hoja por otro pasillo— ¡Nico! ¿Dónde estáis? ¡Paula!

Mueren todos los planes cuando descubres que quien te asesina no es una leyenda, sino alguien de carne y hueso. Nadie sabe qué decir. Nadie recuerda cómo se reza.

Luis lo escuchó y se arrastró por debajo de la mesa, persiguiendo a gatas una posibilidad de huida que nunca fue puerta: la pared tapiada por los saqueadores años antes; los barrotes soldados sobre lo que había sido un ventanuco. Encerrados.

Paula se despertó de golpe y lo primero que vio fue el machete, a dos metros. Gritó, y el asesino se giró rápido, demasiado rápido para alguien supuestamente tullido.

Se rompió la carrera en mil trozos. Nadie puede mantener el control cuando toda la fábrica se convierte en un laberinto sin salida.

Martina se atrevió a abrir una rendija en la puerta. Sueña con un teléfono, recuerda que ha dejado el suyo en el coche, maldice entre sollozos. Oye caer algo grande: Luis, quizá, porque su alarido es desesperado y breve.

Darío encuentra a Nico en mitad del comedor, hecho un ovillo, tapándose la cabeza con el anorak. No han visto a Paula ni a Mara. La sangre mancha ahora su camiseta, aunque no sabe de dónde viene.

—No le mires —dice Nico, entre dientes, con esa sabiduría atávica del miedo animal.

—¿Qué dices?

—No le mires los ojos. No… no ve bien. Solo si te quedas quieto.

Pero la figura los encontró igual. No necesitaba ver. Oía, olía, cazaba.

La carrera los lleva al sótano, donde el agua rezuma por los sumideros. El asesino avanza despacio, pero siempre aparece al segundo siguiente, doblando la esquina. Han dejado de ser personas para él; ahora son animales acorralados.

En el cuarto de cuadros eléctricos, Martina cierra los puños. Recuerda el cuchillo que su hermano llevó a la fábrica el último día antes del incendio. Lo busca, revolviendo entre el polvo y los cascotes. Lo encuentra: oxidado pero intacto.

Martina empuña el cuchillo. Sale. No piensa, solo corre, rastreando el eco de los gritos.

Arriba, Paula ha trepado por la cinta transportadora buscando la claraboya. Los cristales cortan, pero da igual. Cuando la figura la encuentra, ella le arroja un gancho de acero. El machete hiende el aire y la carne; Paula se desboca en chillidos, cae. El asesino la remata.

Bernardo, el capataz, rugen los rumores en la mente de Darío. ¿Puede ser él? El fuego lo quemó, pero dicen que nadie halló su cadáver. Trece años es una eternidad, pero la locura no tiene calendario.

Luis es el siguiente. Lo encuentran abierto en canal, en la sala de calderas, donde el calor repta aún en el suelo, entre cenizas frías.

La máscara del asesino es una gasa quemada. Lo adivinan cuando, entre carreras, tropiezan con él en uno de los despachos. Ve, pero no como un humano. La tela es un velo de otro mundo.

Nico muerde el miedo y ataca con una barra de hierro. El asesino lo esquiva, lo golpea contra la pared. Espanto y crujir de huesos. Darío trata de distraerlo gritando, pero ya está hecho.

Por un instante, solo queda Darío. Y entonces, Martina surge de la sombra y le asesta el cuchillo a la altura de la espalda. Pero el tipo se gira, no nota el primer golpe. Atrapa a Martina por el cabello, la arrastra. El machete brilla bajo la linterna caída.

Darío lo embiste, ambos ruedan por el suelo, entre sangre, barro y vísceras. El asesino suelta a Martina. En su forcejeo, Darío logra arrancarle la máscara. Lo que ve lo deja helado: el rostro mutilado de un hombre entre los cuarenta y los sesenta. La mitad calcinada, la otra reducida a cicatrices. Ojos inyectados y locura.

No hay palabras. Solo el jadeo, el dolor, el tintineo del filo contra el hormigón. Martina aprovecha. Clava el cuchillo en el cuello del asesino. Un borbotón de sangre negra. El hombre cae de rodillas; su mano busca el machete, pero ya no puede.

Salen, más muertos que vivos, tropezando entre cuerpos rotos y sangre caliente. Las sirenas lejanas anuncian que alguien ha llamado, quizá un vecino del canal, alertado por los gritos.

Afuera, Martina y Darío se detienen. Martina mira el pantano. Los cuerpos se entierran, lo sabe. Pero las historias no. La noche se pega como una costra; ahora son ellos el esqueleto de otra leyenda, el rumor con el que se asustan los niños en el futuro.

Llueve otra vez. Sangre y agua se funden sobre el asfalto. Darío no encuentra consuelo. Martina fuma en silencio, el cigarro tiembla entre sus dedos.

En la fábrica, la linterna sigue encendida. Su luz baila sobre las paredes, revelando la última inscripción escrita en óxido:

“YO VEO”.

Quizá el Viejo Hilandero nunca se fue. Quizá ahora habita en el terror de los que logran sobrevivir.

Y en los años venideros, cuando alguien proponga meterse en la fábrica, habrá quien de golpe, se acuerde de los cuerpos nunca encontrados, de las sombras perdidas y del sabor espeso del miedo oxidado.

Pero nadie dejará de entrar. No en el canal, no en noches de tormenta. Porque el horror siempre busca su próxima historia.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.