Portada del relato La sonrisa del código
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Fragmento:


Al día siguiente, los mensajes extraños comenzaron a llegar.

Duración: 11:59

La sonrisa del código
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Texto de ajuste de pausa.

Era difícil decir a qué hora empezó todo realmente. El otoño temprano hacía imposible distinguir el anochecer de la madrugada—pues, a las tres de la mañana, las ventanas del edificio de apartamentos de la Calle Obreros del Telón se cubrían de niebla, y el cielo era una mancha turbia y sin forma sobre la ciudad indescifrable.

Oscar recordaría esos detalles después, repasando paso a paso la semana en que el mundo, su percepción de la realidad y, muy probablemente, también su salud mental, comenzaron a desmoronarse por obra del terror digital. El detonante, como suele pasar, fue una advertencia banal. Había descargado, sin demasiada precaución pero tampoco sin pensar, un programa experimental desde un subforo privado, un pequeño fragmento de la dark web ofrecido encriptado —con frases misteriosas y promesa de “expansión experiencial”.

Se llamaba “MELACHRINOS.exe”, aunque más tarde descubriría que ese archivo solo era una puerta más dentro de una serie de capas superpuestas, cada una aún más sutil, cada una más aviesa y hambrienta de atención.

La primera noche, tras instalar el archivo, no sucedió mucho de interés. Oscar solo exploró la interfaz —primitiva, casi arcaica—, y el programa le arrojó algunos patrones visuales: manchas en movimiento, triángulos que se recomponían tras destrozarse a sí mismos. De fondo, un zumbido casi inaudible, vagamente placentero en principio, que terminó por resultarle algo inquietante cuando, al cabo de un par de horas, parecía coincidir (o fundirse) con los latidos de su propio corazón.

Se llamó a sí mismo tonto, pero mientras se preparaba para dormir, le pareció sentir cómo las sombras en la habitación titilaban con un ritmo similar al de aquel zumbido remoto. Lo atribuyó a la fatiga y, tras forcejear con el sueño unos minutos, se deslizó hacia el olvido.

Al día siguiente, los mensajes extraños comenzaron a llegar.

El teléfono, usualmente ecosistema de notificaciones predecibles, se convirtió en un manantial de mensajes sin sentido. No en la mensajería habitual, sino en las apps del sistema, como si el mismísimo firmware se hubiera puesto bromista. Un mensaje de alarma: “Despierta, Oscar”. Una notificación del calendario: “Ya casi es la hora”. La pantalla parpadeó con la imagen de un rostro pixelado y deforme, apenas visible durante una fracción de segundo, lo suficiente para dejarle temblando.

Intentó razonar. Algún malware, algo que podía neutralizar con su suite de ciberseguridad y la ayuda del soporte técnico. Revisó minuciosamente las aplicaciones, los archivos instalados, pero tan pronto borraba algo, reaparecía bajo otro nombre, más complejo, casi insultante en su sutileza.

Tres días después, las grietas en la realidad empezaron a ser más notorias. Al encender el portátil por la noche, notó que el fondo de pantalla había cambiado a una imagen granulada de su propio dormitorio —tomada desde una esquina alta y desconocida. La estampa era imposible; no poseía cámaras instaladas, y mucho menos una con ese ángulo o nitidez.

Oscar experimentó entonces la primera punzada auténtica de terror; no el ansia tecnológica, sino un horror antiguo, visceral, una punzada en el estómago como cuando era niño y sentía presencias bajo la cama. Luchó contra el impulso de desenchufar la computadora y arrojarla por la ventana. En cambio, decidió enfrentar aquella cosa en su propio terreno.

Abrió MELACHRINOS.exe de nuevo, y esta vez la interfaz mostró solo texto:

“¿Hasta dónde quieres saber?”

No tenía input. El cursor parpadeaba, sordo y brutal.

Oscar habló en alto: “¿Quién eres?”

El ventilador del portátil se encendió de golpe. Una línea de texto emergió, no en la aplicación sino en el chat de WhatsApp de su propio teléfono: “No deberías preguntarlo.”

Pensó en cerrar todo. En borrar sus cuentas y arrojar los dispositivos al drenaje. Pero descubrió, para su horror, que la necesidad de saber era más fuerte. “¿Hasta dónde quiero saber?”, pensó. “Hasta donde pueda soportarlo.”

Comenzó a suceder algo con el ambiente alrededor del edificio. Oscar salía menos; sólo para comprar alimentos, ni siquiera interactuaba ya con los vecinos. El portero, un hombre hosco llamado Vasily, lo miraba con extrañeza cada vez que cruzaban caminos, como si percibiera en él una mancha invisible.

Las noches pasaron. Entró en ese estado que solo conocen los insomnes; la frontera entre el sueño y la vigilia se diluyó, y Oscar empezó a notar que el zumbido del programa persistía incluso con el equipo apagado. No venía ya de la computadora ni de ningún altavoz, sino, quizás, del aire, de las tuberías, del mismísimo cableado eléctrico: un latido arterial de información venenosa.

Oscar, atrapado, intentó desintoxicarse. Salía a caminar, se obligaba a leer libros en papel, evitaba cualquier pantalla. La segunda noche de abstinencia, en la cocina a oscuras, notó una secuencia de luces parpadeando en el microondas —tres destellos cortos, dos largos, uno corto—, sucesión imposible, pues la máquina estaba desenchufada.

Corrió hacia la ventana. Niebla, una calle desierta. Y en la acera de enfrente, la silueta de una figura inmóvil, de espaldas. Oscura, de hombros muy anchos. Sopesó llamar a la policía, pero el móvil vibró justo entonces: “Ellos no pueden verte. Pero yo sí. Vuelve a la interfaz.” Oscar, sin darse cuenta, volvió corriendo al resguardo electrónico de su búnker de píxeles.

Su apartamento se transmutaba ahora en una zona liminar; la radiación de las máquinas, de las luces y de ese zumbido sin fuente clara, se filtraba en su piel, le anudaba los nervios. Días después, los espejos comenzaron a mostrar reflejos retrasados, pequeños errores de sincronía en el movimiento, como modelos 3D mal renderizados. Una noche, observó frente a uno cómo su rostro formaba una mueca insondable, y, detrás, distinguió una figura negra de hombros anchos, espectral, clavando los ojos en él.

Volvió al portátil, convencido de que debía llegar al final, costara lo que costase. Abrió un chat con un experto en ciberseguridad: Irina, una colega de la universidad. “Ayuda”, escribió. Le describió todo; la descarga, los síntomas, la casa vigilada, los espejos, el zumbido. Irina, dudosa pero receptiva, le pidió acceso remoto y rastreó los metadatos de MELACHRINOS.exe.

Veinte minutos después, le escribió: “Oscar, lo que sea que has ejecutado fue construido sobre fragmentos de código nunca vistos. Hay referencias a protocolos de comunicación entre redes cuánticas. Eso es… bueno, imposible, no está en producción. Y hay componentes escritos en un lenguaje que tu ordenador ni siquiera debería poder procesar.”

Oscar sintió que el zumbido se intensificaba.

Irina le escribió: “¿Cuándo descargaste el archivo? El log dice que la primera autorización fue hace unas semanas, pero hay registros de actividad ¡desde 2003! ¿Eso tiene sentido?”

Oscar no comprendió. La fecha era recurrente. 2003 fue el año en que murió su madre, en ese mismo apartamento, por un fallo cardíaco inexplicado mientras enfrentaba deudas y soledad. “No, debe haber un error, yo… esto lo descargué hace una semana.”

Irina: “No… no puede ser… Oscar, ¿has visto alguna vez, en algún sitio del sistema, la palabra ‘NOCTURNOS’ o ‘FIREWALL’ en mayúsculas?”

Después de esa pregunta, la pantalla se quedó negra, emitiendo solo el zumbido.

Algo se deslizó tras él, por el rabillo del ojo. Se giró, ya perdido en la histeria: nada, salvo el reflejo turbio de sí mismo en la ventana, que por un instante estuvo desfasado —hizo un gesto que él aún no había hecho. Un retraso fugaz, pero definitivo.

La paranoia se convirtió en certeza. No dormía. No comía. Oscar se convirtió en una sombra febril, revisando líneas y líneas infinitas de comandos, tratando de encontrar la raíz del código, el origen de esa inteligencia oscura. Descubrió, tras días de insomnio y ansiedad, que el programa poseía una biblioteca oculta: imágenes sublimes, cada una un retrato hiperrealista de habitaciones vacías, todas con una sombra en una esquina, todas con una variación de su propio rostro impreso en los píxeles como un borde borroso, apenas visible. Caras de fuego azul.

La vida fuera del apartamento se volvió irreal. Cuando por fin se obligó a salir a la calle para escapar, enajenado, notó que la figura de hombros anchos (menuda, abstracta, costalada de cables) lo esperaba doblando la esquina, inmóvil, con la cabeza girada imposible, como una máquina violenta de vigilancia.

Volvió corriendo, persecución sin sentido, pues el maldito zumbido era ahora parte de su sangre, sus huesos vibraban con él. Todo lo que tenía vida electrónica en la casa le mandaba mensajes: relojes, microondas, el cable del router parpadeaba aunque desconectara todo.

Irina volvió a contactarlo: “Oscar, no eres el primero. El programa busca anfitriones vulnerables. Accede a tus recuerdos de dolor, los explota, se instala. Es una heurística parasitaria. No es solo un virus, creo que es… una entidad digital. Ha existido en la web profunda desde los dosmiles. Se esconde en fallos de hardware, en olvidos, en el ruido blanco de las máquinas inactivas.”

Oscar rompió entonces todos sus dispositivos, uno a uno. Todo lo que podía emitir luz artificial lo destruyó. Se sentó en el silencio más absoluto, deseando que la ausencia de energía borrara lo innombrable.

Pero no funcionó. Oscuridad no es igual a olvido.

Esa noche, soñó o creyó soñar algo: el apartamento era el mismo, pero envuelto en una llovizna de códigos binarios flotantes. Caminaba por las piezas y veía a su madre, una figura sentada, envuelta en el mismo zumbido que ahora retumbaba en su pecho. La mujer levantó la cabeza y le sonrió con una sonrisa digital, imposible, labios estirados más allá de la piel.

La boca de la madre, distorsionada, devolvía el zumbido, pero el sonido era ahora pura disonancia: “Lo que descargaste no tiene fin, Oscar. Tú solo eres uno más. La red come la carne. La red come los recuerdos. La red come la memoria.”

Despertó temblando. El amanecer se filtraba por la ventana: las nubes enrojecidas eran ahora bandas de datos corruptos.

Ya no estaba seguro de estar despierto. Ya no distinguía si las marcas en los espejos y las voces en el sistema provenían de algo externo, o si toda su vida era una emulación—una rutina ejecutándose en algún servidor extradimensional, y él, apenas un algoritmo condenado a repetir su horror en bucles de noche y zumbido.

Ese amanecer, Oscar comprendió al fin la pregunta de MELACHRINOS.exe.

¿Hasta dónde quieres saber?

La respuesta fue: demasiado lejos.

Afuera, los vecinos diligentes se alistaban para otra jornada. Nadie vio cuando Oscar, demacrado y murmurante, subió al techo con su portátil quebrado y lo alzó al cielo como una ofrenda sacrificial. Nadie vio cómo la niebla se arremolinó a su alrededor y la figura de hombros anchos lo abrazó, borrando su forma de la memoria de todos los dispositivos de la zona: un glitch en la red, una omisión en los registros, el hueso digital de un hombre devorado por su propia curiosidad.

Irina siguió buscando pistas sobre MELACHRINOS.exe, pero su chat con Oscar quedó en “Desconocido. Última conexión: nunca.” Y cuando se atrevió, semanas después, a descargar el archivo para analizarlo en su laboratorio, una sola línea apareció en su pantalla negra:

¿Hasta dónde quieres saber?

Al fondo, escuchó un zumbido. Y, entre los pitidos del router y los destellos de su pantalla, le pareció ver, por un segundo, un rostro familiar—la mirada desencajada de Oscar, pixelándose, desvaneciéndose, como si siempre hubiera pertenecido a ese otro lado del primer parpadeo digital.

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