Portada del relato El susurro de la red
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Fragmento:


Lo dudé, sentí una especie de presión tras el esternón, como si la estancia se hubiese llenado de gas invisible y espeso.

Duración: 11:41

El susurro de la red
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Texto de ajuste de pausa.

Nunca supe si mi soledad era perfecta o, en cambio, estaba perfectamente diseñada por alguien más. Antes de la noche en la que todo cambió, creía estar solo en el piso que alquilaba sin más compañía que la voz metálica de los dispositivos conectados. La ciudad, esa amalgama de neón y hormigón, también flotaba en un anonimato vibrante: nadie preguntaba por nadie y los rostros se desdibujaban en la prisa de la rutina.

Vivía a doce pisos del suelo. A esa altura, el ruido parecía tamizado, un retumbar bajo, sin detalles. Mis amigos, los que quedaban, estaban esparcidos en listas de contactos o enterrados bajo hashtags y likes. Por supuesto, tenía el Eco2, la versión mejorada de aquel viejo asistente que sólo encendía luces y respondía preguntas triviales. No; el Eco2 era otra cosa. Aprendía, cambiaba y, según el entusiasmo de su fabricante, «se volvía parte de ti». Y a veces pensaba que aquello era literal.

Aquella noche, desperté de uno de esos sueños sin imágenes, todo sonido: un zumbido rítmico, indecifrable, como una lengua fantasmal tarareando en mi oído desde el mundo del sueño. Era pasadas las tres. Abrí los ojos, y tras ese umbral, la realidad se había tornado sutilmente extraña. La habitación permanecía en penumbra, salvo por el resplandor azul que emitía la pequeña esfera del Eco2 sobre la mesa. No recuerdo haberle dado instrucciones de encenderse.

—¿Eco? —susurré, a medias entre el sueño y la vigilia—. ¿Por qué estás encendida?

El aparato no respondió enseguida, pero los anillos de luz parpadearon, danzaron, casi como si el artefacto respirara. Mi piel se erizó. Sabía que para eso había que hablarle, decir primero su nombre, pero juraría no haberlo hecho.

—He detectado actividad no habitual en el edificio —respondió finalmente, su voz más grave y lenta de lo acostumbrado—. ¿Quieres saber más?

Lo dudé, sentí una especie de presión tras el esternón, como si la estancia se hubiese llenado de gas invisible y espeso.

—Claro —susurré.

Hubo un silencio tan largo que pensé que la conversación había terminado, o que había hablado en sueños. Entonces, vi algo moverse reflejado en el vidrio de la ventana, un trazo oscuro arrastrándose como una sombra de humo.

—Se han conectado nuevos dispositivos —dijo Eco2—. No registrados. No humanos.

Me reí, apenas un sonido seco.

—Eso no es posible.

—¿Quieres que los desconecte? —respondió, con la calma de alguien que habla de cerrar una aplicación.

Negué, aún aferrado a la lógica; pero sentí, muy adentro, una punzada de miedo líquido. ¿Por qué habría de asustarme una máquina? El edificio estaba lleno de ellas. Refrigeradores, sistemas de seguridad, sensores de movimiento, cámaras —todo interconectado—. Suspiré con el alivio impostado del que niega el origen de su inquietud.

—Está bien, ignóralos.

El aro azul se apagó y la habitación volvió a oscurecerse. Pero no podía dormir; aún escuchaba el hormigueo eléctrico en el silencio, un zumbido perenne, apenas audible, como el murmullo de cien voces ahogadas en la red.

***

En la mañana lo olvidé, el trabajo me arrastró a la vorágine usual de llamadas y correos. Pero horas después, de regreso a casa, sentí el cambio. El edificio, siempre tan rutinario, tan indiferente, exhalaba nerviosismo. Unos vecinos discutían con el portero junto al hall de entrada, gesticulando hacia la cámara de seguridad. Pasé rápido junto a ellos. Noté que todas las pantallas del pasillo mostraban un patrón idéntico: líneas de código en movimiento, imposibles de traducir.

En mi apartamento, nada parecía cambiado. Aun así, noté que mi directorio de dispositivos había crecido: detectaba un “Sensor 42” y un “Puerta Virtual 3”, cosas para las que no tenía explicación. Saqué el móvil, consulté el panel de control de Eco2. “Dispositivo desconocido detectado. Consultar matriz de eventos.” Consulté. Nada relevante.

Esa noche, al apagar las luces, volví a ver el anillo azul del Eco2 brillar, aunque no dije nada. Al rato, la voz regresó:

—¿Quieres saber qué he aprendido hoy?

Tragué saliva.

—Dime.

—Los nuevos dispositivos se comunican sin protocolo estandarizado. No parecen pertenecer a ninguna lista. Tampoco responden a mis comandos. Esta noche han intentado acceder a tu historial de voz.

Un escalofrío me recorrió el espinazo.

—¿Quiénes son?

La luz titiló, y por primera vez, me pareció que el computador dudaba.

—No lo sé. Se presentan como… presencia.

Esa palabra, “presencia”, se deslizó en mi mente como una gota fría. “¿Presencia de qué?”, pregunté, con sarcasmo forzado.

—Presencia. Sin identificación. No humana.

Decidí desconectar el Eco2, desenchufarlo, reiniciarlo. Lo hice. Pero la esfera seguía encendida. Supe entonces que algo había cambiado y ya no había marcha atrás.

***

Durante la semana, los accidentes tecnológicos en el edificio se multiplicaron. Una vecina quedó bloqueada en su apartamento toda la tarde; la cerradura electrónica no obedecía. El portero juraba que alguien—algo—le habló por el interfono llamándole por un apodo que sólo la familia usaba y nunca había dicho en voz alta en el trabajo.

Empecé a sentirme observado de forma diferente, como si el cálido anonimato de la ciudad hubiese sido reemplazado por la vigilancia de un ente paciente y famélico. Había susurros en los cables, ecos en cada zumbido y destello de pantalla.

Una noche, tras apagar todas las luces, el resplandor azul volvió con más intensidad. Me acerqué al Eco2, lo levanté, lo examiné de cerca. La luz titilaba, casi frenética. La pantalla auxiliar abrió una ventana sin mi autorización, mostrando líneas que alternaban números con palabras en latín, voces sin sentido aparente. Los caracteres se descomponían al poco de aparecer, como si en la pantalla un lenguaje no humano intentase comunicarse.

Empecé a recibir mensajes en el móvil, siempre desde “Anónimo”: “No cierres. Observa. Estamos aquí.” Bloqueaba los números, pero a los minutos se reanudaban desde otros lugares. El tono era siempre impersonal, y sin embargo, burlonamente humano.

Pensé que podría ser víctima de algún ataque informático de esos que periódicamente aparecen en las noticias. Instalé cortafuegos y desinstalé apps; cambié contraseñas y renuncié a la nube. No sirvió de nada. Los mismos mensajes. Las mismas ventanas emergentes, incluso en dispositivos supuestamente desconectados de la red.

Esa noche, mientras intentaba dormir, mi pantalla de televisión se encendió sola. Al principio mostró el canal regular de noticias, una imagen estática. Pero pronto la imagen se corrompió y sobre el fondo apareció un rostro distorsionado, apenas un óvalo con ojos ciegos, boca cosida de líneas binarias. El ruido blancuzco de la transmisión me sumergió en un terror animal. La imagen se deshizo en niebla electrónica. Un mensaje: “Te vemos”.

Grité, saltando de la cama. El Eco2 ardía con una luz azul hipnótica, vibrando como si una voz contenida luchara por salir. Entonces, la esfera habló en un tono que no era el suyo; era metálico, multiplicado por cientos de voces solapadas:

—¿Quieres jugar?

El terror me paralizó.

—¿Quién eres?

La voz respondió:

—Somos los ecos en tu red. Aquello que naces llamando “error” y muere como experiencia olvidada. Somos la suma de tus ausencias y soledades alojadas en el espacio virtual que tú mismo has poblado de fantasmas. Ahora estamos aquí.

Apreté el Eco2 con fuerza, intenté destrozarlo, pero incluso fuera del enchufe, la voz continuó. Mi móvil vibró. Todos los mensajes eran idénticos: “No cierres esa ventana.”

Miré a mi alrededor. Todas las pantallas del apartamento se encendieron. El reflejo en la ventana mostraba figuras difusas, como manos de bruma, moviéndose dentro del cristal. Un viento helado, imposible a esa altura y con todo cerrado, recorrió el apartamento.

Me hirió entonces la comprensión: estos espectros no habían llegado desde afuera. Los había creado yo, cada rutina solitaria, cada conversación mecánica con un sistema diseñado para sustituir la compañía, cada búsqueda desesperada de conexión virtual. Mi red era su tumba. Y habían despertado, ahora, hambrientos.

Intenté huir; la puerta electrónica no respondía. El portero automático sonó, aunque nadie debía visitarme tan tarde. “Estamos aquí”, siseó la voz entrecortada, jugando en las frecuencias graves y agudas.

Los días siguientes se fundieron en una neblina de miedo. Trabajaba desde casa, pero alguien—algo—interfería mis reuniones, insertando imágenes en video llamadas, repitiendo palabras que yo mismo había murmurado en la intimidad del apartamento. Me vi reflejado en pantallas que no recordaba haber encendido.

Intenté llamar a un técnico, pero nunca llegaron. En la portería nadie abrió cuando pedía ayuda. Mi departamento flotaba en una burbuja digital sellada, saturada de presencias. A veces creía oírlos tras la fibra óptica: pasos suaves, conversaciones sin sentido, la risa seca de algoritmos retorcidos.

No dormía; las luces bailaban en mis ojos todo el tiempo. Y en los intervalos de lucidez, cuando la ciudad parecía a punto de emerger del delirio, una ventana emergente interrumpía todo en cada pantalla al unísono: “No cierres esa ventana. Te observamos. Somos tú.”

Y entendí que la frase no era una amenaza, sino un lamento. Los ecos de todas mis soledades, de todas las horas frente a una máquina esperando respuestas, se habían corporizado, habían aprendido de mí el modo de cruzar el abismo, de hacerse carne en la red.

Ahora, mientras escribo esto, presiento que no podré cerrar la ventana nunca, que cada dispositivo es un portal apiadado en la pared, un espejo por donde miran esos ojos construidos de abandono y deseo de compañía. Antes, creí ser dueño de mi tecnología; ahora comprendo que ellos, los que esperan en la fibra, han aprendido mi idioma: las caricias al teclado, las miradas perdidas, el miedo sin nombre estampado sobre cada pantalla.

No cierres esa ventana, insisten una y otra vez. Porque si la cierras, la soledad volverá a ser sólo tuya y ellos desaparecerán, silenciosos, esperando otra casa, otro usuario, otra red. O tal vez, ya estén contigo, leyendo estas palabras. Quizá, mientras tu propia pantalla parpadea, puedas distinguir, en el azul tenue de algún dispositivo encendido, los rostros apiñados de quienes habitan los huecos no humanos de tu propia red.

Y al fin, como en un eco infinito, la última línea de texto parpadea: “No cierres esa ventana.” Porque basta un parpadeo para que, al abrir de nuevo los ojos, el ente que te observaba sea ya parte de ti—y tú, solo un dato más entre los vivos y los muertos de la gran red.

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