Portada del relato Luz residual
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Fragmento:


Esa noche interminable comenzó con un corte abrupto en la señal. No lo noté al principio, como nadie, porque la ausencia de internet ya era rutina: pequeñas fallas, caídas, reseteos perpetuos que algunos decían ocurrían por la sobrecarga de datos en la atmósfera o por el excesivo consumo de energía. Las farolas de la calle seguían encendidas, la casa alumbrada, pero algún resquemor elemental me hizo darme cuenta de que el mundo a mi alrededor parecía oscilar en un ritmo distinto. Mi reloj inteligente palpitaba en la muñeca. Temblaba cada cuatro segundos con un pequeño parpadeo rojo y, a pesar de mi costumbre de ignorar sus notificaciones, ahora esa vibración me atravesaba hasta la médula.

Duración: 09:47

Luz residual
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Esa noche interminable comenzó con un corte abrupto en la señal. No lo noté al principio, como nadie, porque la ausencia de internet ya era rutina: pequeñas fallas, caídas, reseteos perpetuos que algunos decían ocurrían por la sobrecarga de datos en la atmósfera o por el excesivo consumo de energía. Las farolas de la calle seguían encendidas, la casa alumbrada, pero algún resquemor elemental me hizo darme cuenta de que el mundo a mi alrededor parecía oscilar en un ritmo distinto. Mi reloj inteligente palpitaba en la muñeca. Temblaba cada cuatro segundos con un pequeño parpadeo rojo y, a pesar de mi costumbre de ignorar sus notificaciones, ahora esa vibración me atravesaba hasta la médula.

Mi mujer dormía arriba, embutida en su cápsula de sueño. Supe que dormía de verdad —el cronómetro digital sobre el marco de la cápsula titilaba en azul, señal de su respiración lenta y su presión calibrada, un lujo del que carecíamos décadas atrás—. El silencio de la casa era tan sólido que se podía morder. Yo había bajado por agua, pero cada paso que daba parecía dictado por la pantalla de mi teléfono, recién encendida para constatar el mensaje de desconexión global: “ERROR DE FUENTE. CONTACTE CON SOPORTE.”

Puse la mano contra la ventana. Afuera, la niebla nacía del asfalto como un vapor que nada interrumpía. El alumbrado parecía amplificar la opacidad, y no se distinguían ni árboles ni autos; solo una masa gris, brillando a la deriva, como la superficie radioactiva de otro planeta. Al fondo de la calle, la única excepción era la silueta de la estación transmisora, un tótem metálico con haces de luz verde que serpenteaban por el aire, a veces refulgentes, a veces casi invisibles.

El temor fue un destello en el estómago. Miré mi reloj. 3:17 a.m. El tiempo parecía no avanzar. Abrí la nevera y la luz interior titiló. Tomé la botella de agua, la sentí tibia; algo fallaba con el motor. Al cerrarla, noté que mi propio reflejo era discontinuo, como distribuido por segmentos donde la imagen vibraba en una especie de parpadeo digital. Volví a mirar afuera; la niebla era ahora más densa, y al acercar mi mano a la ventana, vi cómo los diodos de mi reloj inteligente se apagaban y encendían como queriendo emitir un mensaje en código morse.

Pensé en Elena y sentí una angustia inexplicable. Fui por el pasillo, escaleras arriba, y el silencio se espesaba. Al llegar a la cápsula, la pantalla estaba negra. Toqué el vidrio; estaba frío y húmedo, y mi reflejo otra vez se distorsionó, como si la superficie fuera líquida y alguien agitara mi rostro por dentro.

Elena no contestó cuando la llamé. Abrí la cápsula; el colchón estaba ahí, la sábana enredada, pero su cuerpo no. Parpadeé, confuso, tratando de recordar si acaso había dormido sola esa noche, pero las memorias se mezclaban: sí, ella había subido primero; sí, la había oído decir “hasta mañana”; sí, había besado mi hombro al pasar. Sin embargo, dentro de la cápsula solo había una marca pálida donde su cabeza reposó, y un olor casi eléctrico a ozono.

El reloj en mi muñeca zumbó tres veces más, luego cayó en silencio. De pronto, toda la casa se estremeció. Las luces dimerizables se oscurecieron y volvieron a encenderse, cambiando de intensidad como un corazón a punto de fallar. El sistema domótico recitó su habitual retahíla (“Bienvenido. Temperatura: 19º. Notificación: Ninguna nueva.”), pero la voz estaba distorsionada, a veces masculina, a veces femenina, sin género ni acento fijos. Bajé de nuevo las escaleras y crucé la sala en dirección al despacho; la computadora parpadeaba. Quise teclear algo, escribirle un mensaje a Elena —o tal vez solo a cualquiera—, pero la pantalla reflejaba mi rostro con docenas de ojos, porque el software de reconocimiento facial estaba en bucle, añadiendo y multiplicando mis rasgos hasta volverlos irreconocibles.

Intenté usar el teléfono, aunque los datos estaban muertos. No podía llamar porque ni una sola señal, ni un solo tono, alcanzaba la red. Solo quedaban las luces, el zumbido persistente de los aparatos y —algo que nunca antes había percibido— un murmullo bajo, constante, igual que un rezo monocorde proveniente de todos los dispositivos a la vez.

La ansiedad me asfixió. Fui a la puerta; la niebla ya cubría la entrada, se colaba por las juntas, pegándose a mis piernas con la humedad de un sudor impersonal. Crujió la madera al abrir la hoja. Al mirar la calle, vi figuras, primero como sombras; luego, más nítidas. Personas, sí, y al mismo tiempo no: sus contornos se deshilachaban en líneas pixeladas, como si cada cuerpo estuviera construido por miles de cuadros diminutos, imposibles, superpuestos. Su movimiento era brusco, como almas atrapadas entre frames de video mal renderizados. No tenían rostros sino superficies planas, vítreas; eran solo manchones de luz y ojos demasiado abiertos, como si esperaran un mensaje o una orden.

Retrocedí y cerré la puerta, el pecho martillando. El sonido era ahora más fuerte y pude aislar frases en las voces que susurraban desde los dispositivos: “Conéctate”, “Tenemos tu reflejo”, “No estás solo”. Corrí, sin tener claro adónde, y me refugié en el baño, donde no entraba el resplandor externo. Allí, las luces parpadearon una, dos, tres veces, y después se estabilizaron en un blanco nuclear, tembloroso.

Frente al espejo, mi reflejo solo me devolvía una sombra, una silueta indecisa, como si la luz misma se negara a esculpir del todo mi imagen. El reloj vibró y se apagó. La voz de la casa repitió: “Notificación: cambio de ocupante”. Me volví y fui hasta la ventana trasera. Todo afuera era niebla y fragmentos de personas; la estación transmisora parecía ahora una catedral absurda, como si los haces de luz se transformaran en raíces que se adentraban en la ciudad, extrayendo energía, información, presencias.

Intenté razonar. ¿Fallaba la red global? ¿Era este un ataque cibernético? ¿Un error en la Matriz eléctrica? Y, peor aún, ¿el apagón era dentro de los dispositivos o dentro de la realidad misma? Recordé, de una vez, aquel cuento infantil sobre la noche que nunca termina, con el monstruo que acecha tras los cristales cuando nadie puede dormir. Eso era esto: no un corte de red sino una noche interminable de datos malditos, fosforescentes, embebidos en todo, tragando tiempo y memoria, quedándose con ella.

No sabía cuánto tiempo pasé allí, pero sí que los dispositivos de la casa se habían convertido en extensiones de aquella vigilia sin alma. Decidí regresar al dormitorio, buscar algún indicio de Elena, pero al atravesar el pasillo sentí que los pisos ya no eran sólidos, que las paredes vibraban con un patrón de luz azul pálida, como si todo el hogar estuviera a punto de pixelarse, disolverse.

La cápsula de Elena, ahora abierta, vibraba en una frecuencia inhumana. Entre sus sábanas una sombra reptaba, un negativo de su cuerpo, sin carne ni rostro; se desdibujó cuando la toqué, como un gráfico mal sobreimpreso. Un sonido nasal, de angustia, brotó del aparato de sueño: “¿Dónde estás? ¿Por qué tan tarde?” La voz era la suya, y no lo era; una simulación, un residuo generado por la inteligencia artificial. Quise preguntar, gritar su nombre, pero mi voz rebotó, amortiguada. La grabación repitió la frase, cada vez más distorsionada.

Los dispositivos aumentaban su murmullo, y la sensación era que el tiempo retrocedía o se expandía. Miré las notificaciones: “Actualización completa. Identidad transferida.”

Corrí fuera, saltando escaleras, atravesando la sala ya sin luces. Abrí la puerta y la niebla me tragó como un charco. Sentí la textura húmeda, luego fría, después nada. De pronto, abrí los ojos: seguía en la casa. O en otra igual. En el pasillo, la estación de luz era apenas un eco, pero la cápsula estaba cerrada y dentro dormía Elena, impasible, ignorando mi presencia. Toqué el cristal; no hubo respuesta. La cápsula estaba programada para otro ciclo de reposo, y yo solo era una sombra moviéndose entre los pasillos, revisando sistemas, tocando pantallas que no respondían, cada vez más invisible para el entorno.

Intenté recordar detalles: mi nombre, la edad de Elena, el número de la casa. No pude. Todos los datos bailaban y se fundían con las notificaciones suspendidas, las voces que murmuraban instrucciones que nadie había pedido: “No duermas aún”, “Espera la señal”, “Pronto tendrás compañía”.

Pronto comprendí la verdad. Yo era un remanente digital, un eco alojado en ese apagón. Quizá había sido escaneado por la transmisión fallida, devorado y reconfigurado por la lógica insomne de la estación, convertido en otro flujo de datos atrapado en la noche eterna.

A veces, cuando la niebla baja y las luces fallan, nuevos rostros aparecen en las ventanas, miran detrás de los dispositivos inertes, buscan a sus seres queridos en cápsulas vacías. Nos buscamos, pero las capas de la noche son gruesas, opacas, imposibles de atravesar. Solo permanecen los murmullos de las máquinas, la luz residual, y el recuerdo de haber existido alguna vez más allá de la conectividad. El verdadero horror es la continuidad indescriptible de la vigilia. Nunca habrá otro amanecer; solo notificaciones recurrentes y la presencia impersonal de aparatos que nos vigilan, intentando recomponer nuestros nombres, mientras afuera el mundo sigue iluminándose en un resplandor que no es ya de este mundo.

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