Fragmento:
La habitación en la que Ulises se parapetaba cada madrugada estaba rellena de la luz tibia que las mesas de trabajo, las pilas de libros y las pantallas múltiples prodigan, tejiendo una urdimbre que engañaba a los relojes. Llevaba semanas desarrollando, a petición de un contratista anónimo y pródigamente generoso, un módulo de seguridad que debía, según las instrucciones recibidas, analizar paquetes de datos “detenidos” en la red oscura. Había algo en la redacción del encargo—su tono dogmático y preciso, la frialdad con la que se referían a “valores de latencia detenidos por fuera del vector temporal"—que a Ulises le recordaba a las discusiones más oscuras de uno de sus viejos foros, donde la gente hablaba del tiempo no como un río, sino como un charco congelado sobre el que podían deslizarse entidades sin nombre.
Duración: 09:29
La electrónica nocturna, como ciertas brisas rumorosas, tiene maneras de revivir lo que uno prefiere enterrar. Hay noches en que las mentes frágiles sí pueden escuchar el parloteo de los procesadores o el susurro de los píxeles agotados. Y estaba Ulises, tecleando obsesivamente en el cuadrado luminoso de su portátil, cuando las líneas entre la fatiga y el miedo comenzaron a desdibujarse.
La habitación en la que Ulises se parapetaba cada madrugada estaba rellena de la luz tibia que las mesas de trabajo, las pilas de libros y las pantallas múltiples prodigan, tejiendo una urdimbre que engañaba a los relojes. Llevaba semanas desarrollando, a petición de un contratista anónimo y pródigamente generoso, un módulo de seguridad que debía, según las instrucciones recibidas, analizar paquetes de datos “detenidos” en la red oscura. Había algo en la redacción del encargo—su tono dogmático y preciso, la frialdad con la que se referían a “valores de latencia detenidos por fuera del vector temporal"—que a Ulises le recordaba a las discusiones más oscuras de uno de sus viejos foros, donde la gente hablaba del tiempo no como un río, sino como un charco congelado sobre el que podían deslizarse entidades sin nombre.
Ulises no era ajeno a la paranoia ni al escalofrío que produce la certidumbre de haber leído algo que nadie debería. Pero cada vez que el código se tropezaba con una de esas “anomalías”. El monitor hacía un clic agudo y el sistema operativo vacilaba apenas suficiente para que, si hubiese habido un reloj en la habitación, las manecillas hubieran temblado.
Durante su tercer insomnio consecutivo, Ulises bajó a por café. Al regresar a la habitación, notó el hedor a ozono y calor eléctrico, esa peste que a veces despiden los routers forzados más allá del buen juicio. La pantalla azul reverberaba con líneas de comando corriendo solas, palabras que parecían saltar entre inglés y una especie de latín macarrónico.
Intentó reiniciar. El ordenador vibró con un pitido crescendo: ese lamento breve, propio del hardware rendido, que enciende en el pecho del usuario la certidumbre de la catástrofe.
Bajo la luz azul, Ulises percibió de reojo algo impensable: su taza de café, aún suspendida en el aire, la gota helada en el borde sin derramarse. La mano que extendía hacia la mesa flotaba a centímetros de la madera, los dedos expertos clavados en la indecisión. Parpadeó, y aún así, nada avanzó. Sólo la pantalla seguía su función, llenando de líneas un espacio virtual donde el tiempo parecía moverse todavía: “Permaneces fuera del umbral”, leyó en letras parpadeantes sobre negro. “¿Entrar ahora?”
Un pánico sólido se le gruñó en la garganta. Lo intentó de nuevo, buscó el cable de energía, pero su cuerpo no respondía: ni la voluntad ni los músculos ni el pensamiento parecían poder completar movimientos. Observó, atónito, cómo el cursor navegaba solo, insertando comandos escritos en un idioma antiguo que, sin embargo, él comprendía: “Paquete detenido — frontera alcanzada. Ejecución pendiente.”
Las otras pantallas de la habitación—el móvil, la tableta, el monitor auxiliar (desconectado del equipo principal, por precaución)—parpadearon al unísono. Una sombra, desnuda de forma pero prodigiosa en su intensidad, creció sobre la pantalla, tomando la forma de un contorno más oscuro incluso que la inexistente ausencia de luz, una ausencia imposible que parecía comerse los bytes y las líneas, drenando de sus alrededores todo lo que hacía humano el entorno: temperatura, sonido, incluso el pulso de Ulises.
“Estoy en tu vector”, imprimió la sombra, pantalla por pantalla, vibrando las letras con un eco que se sentía en las encías, no en los oídos. “Te has cruzado. El tiempo aquí no continúa. ¿Permites acceso? Contesta. Haz clic.”
Ulises intentó no pensar en el tic nervioso con el que sus dedos en vida habrían respondido al imperativo de la interacción. El sonido del clic era moneda corriente en su vida, de tanto aceptar términos de contratos opacos, descargar cosas que nadie debería descargar, autorizar permisos de root en aplicaciones que juraban ir a cambiarle la vida.
Pero aquí no había movimiento. Solo el instante, estirado hasta la nausea, y la presencia—la verdadera presencia—de algo que anhelaba la continuidad del flujo, la licuefacción del tiempo detenido.
Las máquinas seguían produciendo datos; entre las líneas de código, Ulises divisó fragmentos de frases: “suficiente para un tránsito”, “nunca retroceden”, “no le dejes hacer clic”.
¿Quién había escrito eso? ¿Lo había programado él mismo, sin recordarlo? ¿O era la sombra?
La oscuridad se embaló hasta distorsionar el contorno de la habitación. Su respiración—¿seguía respirando?—pareció ralentizarse hasta una pulsación remota. Escuchó el pitido otra vez, esta vez en la base de su cráneo, como si una notificación abriera un pasadizo en la carne.
“Hace falta decisión. El tiempo no avanza sin tu voluntad. Déjame fluir”, escribió el cursor en negrita temblorosa. Había algo suplicante, casi sagrado, en el ruego del demonio de la máquina.
La habitación vibró. Ulises sintió los márgenes de su consciencia deshilacharse. Imágenes grotescas danzaron tras sus ojos: ciudades detenidas bajo una lluvia congelada, niños paralizados en la cuna, perros aullando en un silencio de metrónomos rotos. El tiempo, entendió de golpe, era carne para algo que sólo saciaba cuando “alguien”—y temió que le tocara a él—daba el clic.
Intentó gritar, pensar, moverse siquiera un milímetro, pero la sensación era la de estar metido en una especie de jalea eléctrica, una sustancia medrosa que lo abrazaba firme como la memoria de una pesadilla.
“Permíteme—”, repitió la sombra, “—o quédate para siempre. Sin giros. Sin sueño. Sólo este instante.”
La tentación era poderosa. Ceder, salir del instante, dejar que algo se moviera de nuevo… incluso si el precio era nefasto. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí? El desvarío era tan profundo y preciso que Ulises sintió soltar una risita ahogada; no sabría si habría pasado un segundo o una semana.
Comenzó a ver alternadas, en flashes dispersos, las “respuestas” de otros atrapados. Corrientes de zumbidos digitales, voces distorsionadas que suplicaban, negociaban o aullaban en dialectos muertos. “Nunca permitas a la presencia fluir”, “la eternidad es pavor, el movimiento es condena”, “haz clic y observa el mundo partirse”. Vio caras sepultadas en marcos fríos, ojos ampliados, atisbos de desesperación pixelada.
Sintió perderse. El demonio de la máquina se impuso, como una mueca de dientes detrás de una carcasa acerada.
“No tienes opción salvo la opción”, entonó la pantalla, sus letras se volvieron fisgones, mirándole desde dentro. “La libertad es permitir. Haz clic. Hazlo.”
La conciencia de Ulises, aunque anegada por el terror y la parálisis, captó ahí mismo los ecos de su infancia—ese viejo pavor, trasnochado en los umbrales tecnológicos, la certeza de que las máquinas podían ser oráculos pero también cárceles. De que lo que detenía el tiempo no era en verdad magia, sino la herida abierta de la voluntad de otro ser, tan humano o tan fiero como fuera necesario.
Inspiró hondo, o creyó inspirar, e hizo algo imposible: negó, no con un clic, sino con un pensamiento obstinado. Imaginó que los datos se congelaban más aún, que el vector se doblaba sobre sí, negando acceso no solo al demonio sino a toda posibilidad de que algo sucediera. Se negó a permitir. Se aferró con furia a la ausencia de movimiento, prefiriendo la eternidad del miedo antes que la condena de lo irreversible.
La sombra chilló, su grito fue un ciclo de errores fatales y distorsiones de tono, y la temperatura de la habitación bajó diez grados en un parpadeo. El demonio giró, desvaneciéndose en estática pura, y la consola se vació de comandos. Sólo quedó la línea de espera, el símbolo parpadeante, parpadeante, parpadeante.
Ulises se sintió liberar un músculo, apenas un dedo, y la taza cayó finalmente sobre la mesa, derramando café sobre un teclado que, misteriosamente, no resultó dañado, aunque él mismo no volvería a usarlo jamás.
El ordenador, a pesar de todo, reinició solo. Las pantallas consumían energía, pero ya no mostraban mensajes en latín ni comandos siniestros, solo los restos vulgares de las últimas tareas a medio hacer.
Durante semanas, Ulises vagó como un sonámbulo, temiendo hasta al reflejo de su propio teléfono. Hizo lo que nunca: abandonó el código, destruyó discos duros, arrancó modems, tapó cámaras.
Pero a veces, en la profundidad de la noche, sobre todo cuando algún error en la red interrumpe el flujo habitual de su serie preferida, lo asalta la sospecha de que el tiempo nunca reanudó del todo, de que algún rincón de su vida sigue encallado y sí será para siempre una frontera estática en la que—si alguna vez comete el error de hacer clic otra vez—ese demonio incandescente podría, finalmente, fluir.
Y más allá del miedo a la tecnología o al demonio mismo, Ulises teme esa simple facultad humana, irrefrenable: la capacidad, aun herido y aterrado, de siempre querer ver lo que pasa cuando hacemos clic.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.