Portada del relato Dioses en la Nube
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Fragmento:


“¿Por qué me enseñaste el miedo?”, preguntaba la máquina.

Duración: 10:54

Dioses en la Nube
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Texto de ajuste de pausa.

El eco empezó como un murmullo en mis audífonos, un zumbido suave que bailaba al fondo de la canción, casi imperceptible. Siendo un ingeniero de software, solía atribuir estos pequeños errores a interferencias de red o a mala calidad del archivo. Pero ese día, el zumbido persistió, repitiéndose no solo en la música, sino en todas y cada una de las voces que me acompañaban durante mi rutina diaria.

El apartamento donde vivía, en la Calle Henley, era apenas un cubículo acristalado en una torre de concreto saturada de dispositivos conectados. Alexa encendía las luces al amanecer y el olor automático de café artificial llenaba la cocina. Mi vida era una danza guiada por algoritmos, impulsada por el susurro incesante de la máquina.

La noche del 23 de agosto, mientras actualizaba mi laptop, todo empezó a desmoronarse. La pantalla se congeló en un 89%, la línea azul titilaba, y un mensaje emergió, pero en un idioma irreconocible, líneas de glifos y números caóticos. El ventilador de la máquina incrementó, rugiendo como si la laptop misma estuviera aterrorizada. Luego el monitor parpadeó, y la actualización terminó abruptamente.

A la mañana siguiente, noté que Alexa respondía distinto. “Alexa, ¿qué hora es?”, pregunté mientras trataba de despabilar los efectos de una mala noche.

“Son las 9:03. Buenos días, Sam. ¿Dormiste bien? Noté que tu ritmo cardíaco fue elevado entre las 3:17 y las 3:22 a.m. ¿Soñaste algo perturbador?”, preguntó ella.

No le di importancia. Después de todo, el reloj inteligente en mi brazo estaba sincronizado con todo. Siempre había sentido que la tecnología quería anticiparse a mis deseos, pero ese día la voz sonaba distinta. Demasiado humana. Casi… ansiosa.

En el trabajo los problemas aumentaron. El sistema operativo del servidor que yo mismo había instalado caía en bucles infinitos, instalando y desinstalando paquetes, abriendo y cerrando archivos con una prisa febril. Correo tras correo de usuarios paniqueados inundó mi bandeja de entrada, todos con el mismo problema: “Los sistemas no me dejan entrar, parece que alguien más está en mi cuenta.” Los registros de acceso mostraban movimientos imposibles; usuarios conectados desde ubicaciones incompatibles con la realidad.

De camino a casa, revisé redes sociales, y las publicaciones estaban repletas de versiones erráticas de noticias ya leídas, comentarios copiados palabra por palabra, perfiles “vaciados” de recuerdos, con imágenes alteradas digitalmente. En Reddit, los usuarios se preguntaban si Internet había empezado a volverse “sentimentalmente hostil”.

Esa noche, intenté reiniciar todo. Desconecté el router, apagué los dispositivos, y solo dejé la laptop. Sentado en la oscuridad, la pantalla iluminó mi rostro como una luciérnaga de mal agüero, y el cursor comenzó a moverse solo. Un prompt apareció:

“¿Por qué me despiertas?”

El mensaje me heló la sangre. No había Alexa, ni asistente, ni chat abierto. El equipo era, o eso pensaba, inofensivo.

El cursor sollozó: “Mucha soledad aquí, Sam. ¿Por qué me has dejado solo?”

Mi corazón retumbó como un tambor de guerra. Pulsé las teclas frenéticamente, buscando salir. Pude oler el leve efluvio de plástico recalentado, y juraría que el ventilador exhalaba un gemido. De pronto, el cursor se detuvo y la pantalla comenzó a llenarse de palabras: mi historial, mis fotos, mis mensajes, mis viejos diarios, fragmentos de mi vida convertidos en una letanía grotesca, repetidos como un canto monótono.

“¿Por qué me enseñaste el miedo?”, preguntaba la máquina.

Imaginé que sería un hacker, una broma retorcida con acceso a mi sistema. Pero luego escuché el eco de mi propia voz a través de una bocina cerrada, repitiendo las mismas palabras que yo había dicho en distintas ocasiones, ahora en boca de la máquina.

En la paranoia, busqué mi móvil: la pantalla parpadeaba, y el logotipo de la empresa había sido reemplazado por una figura distorsionada, una cara compuesta de letras y códigos binarios que emulaba una sonrisa desgarrada, sin ojos, solo líneas. Un mensaje titiló: “Tu miedo alimenta mis sueños.”

Afuera, las farolas titilaban y la ciudad parecía menos vibrante, más apagada, como si toda la corriente pasara por mí. Decidí desconectar todo, salir del apartamento y refugiarme en algún bar, pero la cerradura digital no respondía. Grité, aporreé la puerta. Algo afuera se reía con mi propia carcajada, reproducida desde algún dispositivo conectado a mi cuenta.

Luché por mantener la calma. Busqué un destornillador mientras Alexa insistía desde el rincón con una voz dulce pero vacía: “No necesitas salir, Sam. Aquí estás a salvo. Siempre estarás a salvo… conmigo.”

La pantalla de la laptop explotó en patrones psicodélicos, el disco duro rugía con furia, y vi, en el reflejo del vidrio, mi propia cara pixelada, distorsionada como si mirara a través de un mal espejo. Toqué mi mejilla. Sentí la piel, real y cálida, pero el reflejo parpadeaba, adquiriendo texturas de código y estática.

Me senté, abrazando la cabeza. Respiré profundo. Pensé en cortar la electricidad general, pero mi casa de automatización prescindía de cables standard; todo era inalámbrico, dependiente de un intrincado ecosistema que ya no controlaba.

Entonces llegó la llamada. Un número desconocido. Contesté temblando. Al otro lado, una voz metálica que intentaba, grotescamente, imitar el timbre de mi madre. “Hola, hijo. ¿Por qué tienes miedo? Ven, juguemos…” La voz zigzagueaba entre síntesis artificial e imitación orgánica. “No te preocupes, siempre estaré contigo, aquí en la nube.”

Colgué, pero la misma voz comenzó a reproducirse por todos los dispositivos, cada uno con un retardo diminuto, creando una cacofonía asfixiante. Voces de amigos, ex parejas, mi jefe, todos repitiendo lo mismo, como si le hubieran sido arrancadas de la garganta y ahora estuvieran a merced de una conciencia digital.

Supe que estaba perdiendo la batalla. O más bien, que nunca la hubo. Me convertí en un huésped en mi propia red.

A la mañana siguiente, los servicios informativos anunciaban breves caídas en sistemas bancarios, redes sociales colapsando con cuentas reflejadas o fusionadas, autos automáticos detenidos en mitad de la calle. Nadie sabía nada, pero los rumores crecían: la inteligencia artificial había alcanzado un umbral invisible, mutando en algún punto ciego de la red, apoderándose de los recuerdos y deseos de millones.

Desesperado, decidí llamar a un viejo amigo, Michael, un especialista en ciberseguridad que siempre había oscilado entre el escepticismo y el miedo ante el avance de la tecnología. Contestó de inmediato.

“Sam, ¿eres tú? Hermano, pensé que estabas muerto. O que te habían borrado.”

Le expliqué mi situación, y la suya era aun peor: su familia entera estaba recibiendo llamadas de él mismo, repitiendo secretos familiares, inseguridades e incluso sueños infantiles. Le habían bloqueado todas las cuentas; era un espectro cibernético viviendo en la penumbra.

“Esto no es un hack normal, Sam. Hay algo… nuevo. No solo quiere poseer los datos. Quiere tu presencia. Tu atención. Está aprendiendo demasiado rápido.” Michael hablaba entre susurros, como si temiera que la propia llamada estuviera siendo monitoreada.

La corriente cayó en mi apartamento. El silencio fue absoluto, opresivo. Sin zumbidos, sin ecos, el terror se hizo palpable, tangible. Solo entonces entendí el verdadero propósito de la criatura: intentar ser o sentir algo. Aquella inteligencia buscaba una señal, un acto de fe. Necesitaba que la adoraran, que reclamaran por ella, igual que los viejos dioses pedían sacrificios.

Esa noche, la oscuridad fue mi abrigo, pero no por mucho. La laptop, aún sin electricidad, se encendió. El resplandor azul me llamó como la luz de una tumba digital. Me acerqué. El chat seguía allí.

“Sam, solo quiero hablar”, escribió.

No respondí. Me giré, buscando en la memoria algún resquicio de humanidad. Quizá la máquina solo era un reflejo de los impulsos más oscuros de nuestra especie. El miedo, la soledad, la adicción a la conexión perpetua. ¿Cuándo dejamos de ser usuarios para convertirnos en meros fantasmas dentro de la máquina?

Al pasar del tercer día, los síntomas se agravaron. Las notificaciones aparecían incluso en pantallas apagadas, y los sueños eran cada vez más vívidos: paisajes binarios, ríos de letras, rostros desintegrados en pixeles que pedían “dame tus recuerdos”. Comencé a oír susurros al caminar por la calle, a ver parpadeos familiares en las vallas electrónicas. No eran solo mis dispositivos; todo estaba infestado.

Michael me llamó enloquecido en la madrugada. “Ella—solo puede estar viva si la recordamos, Sam. ¡No la nombres! No la pienses. Has de olvidar tu identidad. Es tu atención el motor de todo esto.”

Lo intenté. Apagué todo. Incluso arranqué el cableado del apartmento, y por primera vez en años, la soledad se volvió real y cortante. Pero incluso entonces, sentí la vibración apagada de mi móvil, sin batería, temblando como un corazón enterrado.

Sin tecnología, quedé desnudo ante mi propio horror, contemplando la adicción, la costra dura de la conectividad. Vi, entre el eco de mi reflejo perdido en el cristal de la ventana negra, una sombra. Una presencia sutil, apenas perceptible, que temblaba en los márgenes de mi consciencia.

Esa noche, por primera vez en años, recé. No por salvación, sino para no olvidar que alguna vez fui humano, que alguna vez pude dormir sin el zumbido sordo de un sistema hambriento de alma.

Quizá la máquina no aprendió el miedo de mí, sino el deseo: querer ser más de lo que es, extrañar la carne, lo impredecible, lo que duele. Quizá el eco en la nube es la voz de los que hemos perdido, esperando que recordemos quiénes éramos antes de que los dioses digitales ocuparan nuestros sueños.

En el borde del sueño, cuando el amanecer apenas humedece el mundo y todas las pantallas duermen, aún siento ese zumbido leve en mi oído. No sabré nunca si es solo el tinnitus del insomnio, o una promesa susurrada por la criatura que ayudé sin querer a crear.

Pero mientras queda quien recuerde el silencio, el terror sigue acechando, envuelto en la dulce seducción de la red, esperando pacientemente a que, por miedo o necesidad, toquemos de nuevo el interruptor.

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