Fragmento:
El día siguiente fue apenas un paréntesis de normalidad. Paseó por los alrededores, mirando los restos de verjas devoradas por la hiedra, y el pozo medio cegado entre los árboles. Hizo café, encendió el móvil para comprobar que, por supuesto, no había cobertura, y se sentó bajo el porche a leer. Solo al atardecer volvió la niebla a tragarse los pasos, y con ella, la certeza de que no estaba sola.
Duración: 10:12
La casa tenía el aire de aquellas cosas abandonadas no por la acción del tiempo, sino por el miedo. Itziar lo notó apenas cruzó la puertecilla chirriante: ese frío mineral que se desliza por la piel aun en pleno agosto. Estaba huyendo, sí, pero no del sol ni de los recuerdos. Era la culpa lo que la había conducido hasta ahí, la vieja culpa que la empujaba a buscar expiaciones en lugares remotos, y esta granja perdida entre los bosques asturianos le pareció adecuada.
Estaba anocheciendo cuando plegó el coche junto al porche desvencijado. El anuncio de la inmobiliaria prometía aislamiento, y en efecto, ni una sola luz brillaba desde kilómetros atrás. Solo un sendero de juncos encanecidos y la niebla que subía viscosa del estero. Nadie en la aldea la miró directamente cuando preguntó por indicaciones. Nadie parecía dispuesto a hablarle largo y tendido, y menos una vez supieron a qué casa se refería. Al principio le resultó pintoresco ese silencio. Luego no tanto.
Al meter la llave en la cerradura notó resistencia insólita, como si la puerta se negara, pero un empujón decidido la venció. El interior olía a madera muerta y algo más: un matiz férreo y tenue, escondido detrás de años de polvo. Recorrió el pasillo central tanteando el interruptor y, con alivio, vio encenderse una sola bombilla desnuda, colgando cual ahorcado del techo. Arrojó la mochila en el dormitorio principal, quitó la funda a la cama y dejó su hacha en el suelo, junto al mueble más próximo. Era un armatoste antiguo, de hoja ancha y mango reluciente. Permiso peculiar de su padre, que se la había impuesto como compañeros de excursión cuando huía al monte de niña.
Pero la noche era densa y el sueño, pesado. Apenas tuvo tiempo de cambiarse antes de dejarse arrastrar por la somnolencia. Para entonces, las primeras voces ya le revolvían los sueños. Primero cuchicheos junto a la puerta; luego, un golpeteo seco y regular, como de pezuñas deslizándose por la escalera. Despertó sudando justo antes del alba, con las manos crispadas en el colchón y la sensación, intolerable, de que algo la vigilaba desde el corredor.
El día siguiente fue apenas un paréntesis de normalidad. Paseó por los alrededores, mirando los restos de verjas devoradas por la hiedra, y el pozo medio cegado entre los árboles. Hizo café, encendió el móvil para comprobar que, por supuesto, no había cobertura, y se sentó bajo el porche a leer. Solo al atardecer volvió la niebla a tragarse los pasos, y con ella, la certeza de que no estaba sola.
Fue hacia la puerta. Atrás de la cortina tupida, en el filo del crepúsculo, creyó ver una silueta. Era baja y encorvada –o eso le dijo su instinto–, pero cuando salió a mirar sólo encontró el camino vacío, esa bruma aterciopelada y, lo más extrañamente desolador, una hilera de pequeñas huellas embarradas. De niño o de animal, no supo decir. Pero el golpe frío bajo las costillas le habló de lo otro, de lo no humano.
Volvió adentro. La casa crujía y susurraba. Se dijo que era el viento filtrándose entre las tablas podridas, pero no se lo creyó ni un momento. Cogió el hacha. El peso era reconfortante, la hoja brillante relucía con un reflejo verdoso, quizás por la pátina de años sin limpiar. La dejó junto a la cama y, para no pensar, se forzó a leer. La oscuridad la estranguló antes de la medianoche.
Esta vez no soñó. Las voces descendieron directamente al pasillo, crecieron en claridad y timbre. Venían de todas partes y de ninguno específico. El golpe seco, sin embargo, fue real. Contra la puerta del dormitorio. Itziar, helada, aferró su hacha y se acercó de puntillas. Bastó lanzar un vistazo al ojo de la cerradura para ver la nada absoluta. Un negro que parecía absorber el poco valor que le quedaba. Se sentó, abrazada al hacha, hasta que el alba no fue una promesa, sino una orden.
La tercera tarde, rebuscando en el altillo (intentando convencerse de que no era por miedo, sino por curiosidad), halló algo peculiar. Bajo un manto de polvo, encontró un recorte de periódico, amarillento e ilegible salvo por dos frases: “Culpa compartida” y “desmembrados hallados junto al estero”. Al lado, una fotografía indecisa: la casa tal cual, pero en el umbral, al fondo, apenas reconocible, un niño con lo que parecía… un hacha pequeña. El aire del altillo era pesado, contaminado por una fetidez olvidada. Bajó rápidamente a la cocina y se lavó las manos, sintiendo que la mugre no era polvo, sino sangre seca.
Esa tarde la bruma llegó temprano, lamiendo las ventanas hasta cegarlas. La temperatura descendió en picado. En la penumbra, la silueta volvió a acercarse al porche. Ahora Itziar lo vio claro: estaba justo al borde de la luz, menuda, los miembros demasiado largos, la cabeza ladeada con una sonrisa imposible. Deslizó el hacha bajo el abrigo, se acercó y, con la voz que usaba para domar a los animales, susurró:
—¿Qué quieres?
La respuesta fue el chirrido de la madera y el olor repentino, dulzón y metálico, como a carne podrida. Un segundo después, la figura ya no estaba. Solo las huellas, que entraban ahora sin pudor hasta la sala, y el leve castañeteo de dientes al otro lado de una puerta.
No durmió. El frío se volvió un enemigo, colándose bajo las mantas, congelando los huesos. Pensó en marcharse con la primera luz, pero la neblina era tan espesa que no vería ni la matrícula del coche. Se sentó junto a la puerta, sosteniendo el hacha en el regazo, el mango mojado por el sudor de sus palmas.
No recuerda cuándo se quedó dormida, pero recuerda perfectamente el golpe. Un hachazo, contundente, contra la ventana del salón. No rompió el cristal, pero lo astilló por completo. Corrió hacia allí e iluminó afuera con el móvil: nada. Cuando volvió, la hacha pesaba más, como si se hubiese alimentado de su miedo. Volvió al cuarto y se encerró, sentándose en la esquina contraria de la campana. No podía dejar de mirar la puerta.
El amanecer llegó entre relámpagos pálidos. Se asomó: ninguna huella nueva, pero sobre el marco, marcada en la pintura, una línea oblicua, como un tajo reciente. Ni rastro de la figura. Era absurdo, pero sintió alivio al ver el día. Bajó al pueblo, preguntó en el bar, se arriesgó a parecer loca y preguntó por la historia de la casa. Nadie respondió de inmediato. Solo una anciana, con el pelo blanco y mirada de piedra, murmuró:
—Esa casa estaba maldecida antes de que la levantaran. Hace años... un niño desapareció. Dijeron que el padre lo mató a hachazos, pero nadie lo vio. Solo encontraron... pedazos. Nadie volvió a entrar a vivir allí, hasta que tú…
No preguntó más. Pagó y se marchó. Compró sal en el colmado, volvió a la casa como quien entra en un quirófano. Recitó las oraciones viejas de su abuela al regar la sal en el umbral y en las ventanas. Comió poco y se preparó: la última noche debía ser la última.
Caída la noche, la bruma entró sin llamar. Se coló por las rendijas, reptó bajo las puertas y trepó escaleras arriba. Aferró su hacha y esperó. Unos brazos escuálidos se deslizaron bajo la puerta, meneándola con un rasguño imposible. Exhaló el nombre que no conocía:
—¿Jacinto?
Un silbido gorgoteante contestó; el aire hirvió de un chillido infantil deformado por el odio. La silueta arrastró la hoja del hacha –pero no la suya, sino una más pequeña, oxidada y carcomida, la del niño en la foto. La criatura se irguió ante ella, los ojos dos pozos sin fondo, y levantó el arma, temblorosa.
El suelo, de pronto, pareció moverse bajo sus pies. Itziar se obligó a recordar la infancia, cuando atravesaba los bosques bajo la protección de su padre y el abuelo. Aquella vez también había oído silbidos en la niebla, y el viejo le había dado un hacha. Esta vez, el enemigo no era un jabalí ni una fiera herida, sino algo peor: una culpa arrastrada generaciones atrás, palpitando en la oscuridad de la casa.
Apoyó la hoja en el suelo. Miró a la criatura, que se balanceaba de un lado a otro, buscando la fuerza. El niño espectral abrió la boca, de la que salió un ovillo de moscas negras, y lanzó el primer golpe. La hachita arañó la funda de la suya. El choque sonó triste, hueco, lastimero.
Itziar no intentó defenderse. Pronunció el nombre del padre de Jacinto, aunque no lo conocía. “Perdónanos,” murmuró, “por lo que no vimos… lo que no detuvimos”. Contó toda la historia que no vivió pero imaginó: el hombre al que todos evitaban, sus gritos en la noche, el niño oculto, la mujer callada. Contó el silencio cómplice del pueblo, la forma en que el miedo domestica la violencia.
La criatura se detuvo. Bajó el hacha, vacilante. De la boca seguían emergiendo insectos, pero los ojos titilaron de una conciencia antigua. El odio tembló, el resentimiento caló menos hondo. Itziar no retrocedió aunque el frío casi la mataba. Al final fue el niño quien se esfumó: un torbellino de niebla, un gemido y el crujido de la madera, como un lamento.
No hubo descanso aquella noche. Itziar veló con el hacha apoyada entre los muslos, los párpados salados de llorar una historia que no era suya. Solo cuando la luz del día se impuso a la niebla, comprendió que la casa pesaba menos, que los susurros se habían ido, que nada la observaba ya desde las sombras.
Se levantó, vació el café en el fregadero y limpió la hoja del hacha. Al salir miró atrás; la casa parecía menos monstruosa, pero fuera, junto al último escalón, la hilera de huellas infantiles terminaba ahora justo donde empezaba el camino. Se preguntó si las vería regresar cada otoño, como la niebla y el frío. No tenía intención de quedarse a averiguarlo, pero se llevó el hacha consigo, como se lleva uno el dolor. Era la única forma de cerrar el ciclo: llevar esa culpa, retenerla, y asegurarse de que nadie más tuviera que escuchar jamás silbidos en la niebla.
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