Portada del relato Noche de escarcha y huellas
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Fragmento:


Siguió la senda de huellas hasta una hondonada. El bosque aquí era más antiguo, los árboles crecían retorcidos, y cada rama parecía una mano que imploraba o acusaba. Roy notó el olor antes de ver el origen: un hedor almizclado y acre, tan espeso que invadió la garganta y le arrancó una arcada. Bajo un viejo roble encontró la cabaña de cazadores abandonada, las paredes cubiertas de musgo y los ventanales rotos por ramas. Se acercó, y con la linterna enfocó el ventanuco: algo se movía dentro, apenas un susurro, pero definitivamente humano, y completamente ajeno a lo humano.

Duración: 09:16

Noche de escarcha y huellas
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Texto de ajuste de pausa.

El automóvil chirrió al detenerse en la pendiente. Roy Maxwell apagó el motor y cerró los ojos un instante, dejando que la respiración se acomodara en el silencio apenas perturbado por el tictac de la máquina que se enfriaba. El suelo blanco endurecido por la escarcha devolvía el brillo de la luna, y los árboles formaban una muralla silenciosa a ambos lados del camino forestal. Miró de reojo los asientos traseros: su escopeta, una linterna de mano, la mochila de suministros y el termo de café. Era la quinta noche consecutiva y no había terminado de acostumbrarse al frío cortante del norte ni a la inquietud cada vez más sólida que crecía en su pecho.

La desaparición de Holly y Tom fue el detonante. Nadie los vio marcharse esa noche, pero pesadas huellas —imprecisas, deformes— quedaron en la nieve que rodeaba su cabaña, como si unos cascos hendidos por zarpas hubieran bailado en círculos alrededor de la casa. Las autoridades locales, bajo la presión de la familia Maxwell, buscaron durante días; finalmente, se resignaron a dar el caso por cerrado a falta de cuerpos o pistas nuevas. Pero Roy, jamás. Él había sentido, no visto, algo en el bosque la noche anterior a la desaparición; una vigilia de jadeos oscuros entre los pinos y una sombra con ojos que reflejaron la linterna en un destello verde imposible.

Salió del coche y la escarcha crujió bajo sus botas. Se arropó la chaqueta hasta la barbilla, echó mano de la escopeta cargada y comenzó a andar. La linterna dibujaba una piscina de luz delante de él, pero los árboles susurraban a espaldas, y un viento dulce como el aliento de una boca podrida peinaba el sendero.

Recordó a su abuelo sentado junto al fuego, las historias contadas en voz baja, como si las palabras fueran capaces de invocar bestias durmientes. De hombre a hombre, había advertido siempre: “Respetad el bosque, y el bosque os dejará en paz. A veces, sin embargo, algo se despierta, y entonces debéis marcharos antes de que el aullido os reclame.”

Roy apretó el paso. Los límites de la zona de búsqueda estaban marcados con cintas plásticas y palos; los boy scouts del pueblo habían ayudado a trazar un perímetro, pero no se atrevían a adentrarse. Él sí. Cruzó bajo una de esas cintas, la linterna temblando en mano como si se anticipara a lo que iba a descubrir.

Un aullido, profundo y largo, quebró la quietud tras él. Roy se detuvo y su respiración suspendió el vaho helado en la luz de la linterna. Años antes habría reído: un coyote, tal vez un perro salvaje. Ahora, el sonido raspaba nervios sensibilizados por la ausencia, la pérdida, el hambre de respuestas. Siguió en silencio, solo el crujir de la nieve y la promesa de la escopeta como compañía.

Las huellas no tardaron en aparecer. Al principio solo notó la interrupción del manto blanco, una suerte de cicatrices profundas. Cuando se agachó para inspeccionarlas, vio claramente la forma: dedos y garras, como si una mano gigantesca y deformada hubiera repiqueteado en la nieve. Se incorporó y giró sobre sí mismo: el aullido volvió, más cercano. Cargó la escopeta y avanzó, porque el miedo nunca ha sido suficiente para hacer andar atrás a un Maxwell.

Siguió la senda de huellas hasta una hondonada. El bosque aquí era más antiguo, los árboles crecían retorcidos, y cada rama parecía una mano que imploraba o acusaba. Roy notó el olor antes de ver el origen: un hedor almizclado y acre, tan espeso que invadió la garganta y le arrancó una arcada. Bajo un viejo roble encontró la cabaña de cazadores abandonada, las paredes cubiertas de musgo y los ventanales rotos por ramas. Se acercó, y con la linterna enfocó el ventanuco: algo se movía dentro, apenas un susurro, pero definitivamente humano, y completamente ajeno a lo humano.

El primer impacto fue el miedo. Roy no pudo distinguir si era una figura o una acumulación de sombra, pero la forma se desplazaba demasiado rápido y demasiado cercana al suelo. El siguiente golpe fue el olor: hierro y putrefacción. Levantó la escopeta y la apuntó a la ventana.

—¿Quién coño anda ahí? —escupió, sin esperar respuesta.

Entonces escuchó lo que solo puede describirse como la voz de un hombre atrapado entre dos dolores.

—Vete. Por favor… Antes de que termine.

La linterna captó un rostro deformado, solo por instantes: pelo negro empapado, ojos inyectados en sangre, una boca partida en retazos de colmillos humanos y bestiales. Roy no disparó. El rostro era familiar, esculpido en la memoria: Tom.

Un trueno de fuerza azotó la puerta. Antes de que Roy pudiera reaccionar, la estructura estalló hacia afuera y un brazo cubierto de pelaje y garras lo arrojó contra la nieve. Rodó sobre su costado, el sabor de la sangre resecándole la lengua, y disparó instintivamente hacia la cabaña. Un chillido animal llegó desde dentro, y por un momento, cuajado entre la luz de la linterna y la penumbra de la noche, vio la silueta de su cuñada Holly: más hueso que carne, los ojos rojos como brasas hundidas, aullando un lamento partido entre lo que fueron y lo que son.

Roy corrió. No había valentía que bastara ante el aullido. Atravesó la arboleda entre jadeos, las piernas ateridas, las ramas azotándole la cara congelada. El rugido se precipitaba tras él, acompañado por un segundo aullido, y supo que ambos seguían la caza mientras él desgarraba la noche con su huida.

Se detuvo junto a una zanja para recargar la escopeta. Los aullidos cesaron. Solo el viento, la nieve y el propulsor de la linterna. Pero sintió el acecho: el instinto de cazar, afilado y paciente, que érase suyo por sangre y herencia.

Pensó en su abuelo: “No corras. No les des la espalda a los monstruos.” Cargando el arma, avanzó despacio, corazón golpeando sordamente contra el pecho.

Entonces una sombra saltó desde la espesura. Roy apenas pudo esquivarla; sintió las uñas desgarrando la manga de la chaqueta y rodó entre la escarcha, helado hasta los huesos por el contacto con la bestia. Disparó a quemarropa. Un chillido. Salpicaduras de sangre negra y densa mancharon la nieve. El ser (¿Holly?) se tambaleó, y por un momento pareció recobrar un atisbo de humanidad, mirándolo sin ira, con una súplica muda en el rostro deformado.

—No… podemos… volver…

Eran palabras humanas, pero la voz, hienda por el rugido y la saliva, pertenecía a otra cosa. Un movimiento fugaz a su derecha lo obligó a girar: Tom se abalanzaba, a cuatro patas, cuerpo cubierto de pelo, mandíbula desmesurada abierta para arrancar.

Roy disparó. El retroceso, el eco. El monstruo derrapó en la nieve, un estertor gorgoteante en la garganta. Se erguía aún, oscilando entre lo animal y lo humano, ojos enloquecidos por el hambre, dedos a medio transformar.

—Perdón —murmuró Roy, sin saber a quién dirigió esa palabra rota.

Gritaron ambos seres, animales y humanos en su desgracia. Holly huyó bamboleándose, la sangre marcando el camino. Tom, más bestia que hombre ya, se arrastró hacia Roy, los ojos oscurecidos, la boca soltando palabras mudas entre dientes afilados.

Una ráfaga helada, y todo terminó en silencio. Roy se acercó tembloroso, el arma por delante. Tom yacía sobre la nieve, la transformación retrocediendo poco a poco, cada fibra de músculo deshaciéndose en carne brumosa, los párpados bajando en un suspiro de alivio o resignación.

—Nunca… debimos… —susurró.

Roy cayó de rodillas junto al cuerpo, incapaz de pronunciar palabras. La linterna parpadeó. Los bosques se entregaban otra vez al silencio, roto solo por los jadeos de un hombre vencido y el crepitar distante de ramas antiguas.

Amanecía cuando Roy consiguió regresar al automóvil. La escarcha lo cubría todo y la linterna había muerto. Miró atrás una sola vez: el bosque lo contemplaba, inviolable y paciente, ocultando lo que no le correspondía a ningún humano comprender ni redimir.

El pueblo pronto descubriría los cuerpos o, tal vez, nada quedaría en la hondonada cuando intentaran llegar. Los abuelos contaban historias porque sabían que algunos secretos crecen bajo la escarcha, alimentados por la culpa y la sangre, esperando la próxima generación de curiosos.

Roy subió al coche y encendió el motor. El vaho de su aliento se mezclaba con el humo del pasado. Miró al retrovisor, buscando tal vez un destello verde entre la escarcha del alba, pero solo encontró de regreso su propio rostro: envejecido, exhausto, y ya, sin el consuelo de las antiguas promesas.

No volvió a hablar del bosque, ni de la última vez que oyó a su familia en la penumbra. Pero a veces, ya entrada la noche, el rugido del motor se confundía con un aullido lejano, y Roy Maxwell comprendía que hay cosas que sobreviven al amanecer y al recuerdo, y que no toda la escarcha ampara el olvido.

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