El último tren a Gapsville pasaba cada noche a las once y diecisiete, aunque nadie en el pueblo recordaba haberlo visto. No era para menos: la vieja estación, una estructura que el moho confundía con la tierra misma y donde el tiempo parecía haberse detenido en la curva de una telaraña, había cerrado veintitrés años atrás, tras la extraña desaparición del jefe de estación, el señor Abernath y su esposa. Desde entonces el sitio yacía en una inercia de abandono que ni los perros errantes se atrevían a ensuciar. Pero, como todo pueblo olvidado, Gapsville padecía una memoria atávica, y aunque nadie podía admitirlo a la luz del día, las ventanas de las casas se cerraban con dos vueltas de llave mucho antes de que el reloj de la iglesia sonara siquiera las diez.
Recién llegado de New York y heredero de una mansión que olía a polillas y secretos, Thomas Ridgely era el tipo de hombre que encontraba poco más que encantador ese hálito de superchería pueblerina. Estaba seguro de que en algún lugar entre la decrepitud y el mutismo de Gapsville hallaría el argumento para su próxima novela de horror, si no algo más prosaico para distraer el tedio de una vida en descenso. Se instaló en la mansión Ridgely —anticuaria y devoradora de hombres con sus escaleras chirriantes, salones tapiados y fotografías de rostros desvanecidos— convencido de que nada sería más tremendo que sus propias pesadillas.
La segunda noche en la casa fue cuando escuchó el primer rumor: un silbido disonante, como un viento extraviado en pasillos sin ruta, apenas audible por encima del retumbar de la lluvia. Se levantó, indeciso entre investigar o encogerse bajo la colcha. La curiosidad, ese gusano voraz, lo obligó a husmear en el corredor y, después, a bajar los peldaños hasta la entrada principal. Afuera, el ventisquero arqueaba los álamos hacia el suelo, y en la bruma parecía suspenderse una silueta doble, algo que su razón desestimó de inmediato como fruto de la penumbra.
Al día siguiente, al preguntar en la taberna, una mujer cincuentona de nariz enrojecida por el clima o la botella, le espetó:
—Es el viento, nada más. Aquí chillan las casas igual que chillan los árboles, de tanto guardar.
Pero el tabernero —un hombre de voz grave que, al parecer, había nacido y envejecido tras la barra sin otro destino— agregó, tras limpiar un vaso con un trapo mugriento:
—Dicen los viejos que no debes asomarte si el viento te llama por tu nombre.
Thomas rió, ganándose una reprobación muda.
—¿El viento tiene lengua aquí? ¿O solo buena memoria?
El tabernero no respondió, y el resto de la noche lo notaron menos locuaz.
Siguieron días de sensación gris y aturdida. Thomas escribió poco o nada, como si la casa maniatara la voluntad con la misma eficacia con la que aposentaba el polvo en cada cornisa. Se acostumbró, sin embargo, a los rumores nocturnos. O eso creyó, hasta la cuarta noche, cuando al despertar de un sueño intranquilo —consistente en un murmullo de cientos de relojes sin agujas— descubríó la puerta principal entreabierta, batiéndose lánguidamente con cada corriente.
Un temor infantil se arrastró bajo su piel: recordaba haber pasado el pestillo antes de subir. Bajó, cerró con violencia, y maldijo a su mente por cebar sus impresiones con la maleza de la superstición.
A la semana, Thomas optó por explorar la estación abandonada. Esa tarde, con el pretexto de reunir impresiones para su libro, se adentró en la maleza, machete en mano, procurando seguir el antiguo sendero de tablas podridas. El crepúsculo inclinaba la luz como un viejo testimonio, y en el edificio encontró lo esperado: maderas carcomidas, olor a humedad y vacío. Vagó entre bancas desplomadas, husmeó en los antiguos despachos y jugó a asustarse con alguna rata tras los anaqueles.
Al fondo del andén, sin embargo, halló algo menos trivial: la estación poseía un sótano al que la escasez de luz volvía una sima impenetrable. Bajó los primeros escalones, tanteando con una linterna de bolsillo (comprada para la ocasión en el único almacén del pueblo). El aire era más frío ahí abajo, casi calcáreo; olía a tierra anciana, pero sobre ese olor flotaba la reminiscencia de otras esencias: cera derretida, incienso, óxido, todo mezclado en una atmósfera ominosa.
El sótano era más amplio de lo que podía adivinar desde la entrada. Las paredes estaban cubiertas por inscripciones toscas hechas con carbones y manos torpes, signos retorcidos, figuras falsas que semejaban rostros doblados en un sufrimiento silente. Un candelabro de hierro inseparable de telarañas pendía a un costado, y en uno de sus brazos aún había vestigios de una vela de sebo fósil.
En el centro, sobre el suelo, descubrió un círculo de piedra de apenas un metro de diámetro, correcto como el diagrama de un astrónomo y, sobre él, una palangana negra, donde una vez debió reposar agua u otra cosa menos inocua. Al acercar la linterna, vio que la palangana todavía tenía fondo líquido: pero no era agua. La superficie estaba tan quieta como la piel de un tambor olvidado, y reflejaba una sombra que Thomas no reconoció como suya.
Pensó en tomar una foto, pero el impulso se le enfrió en la mano. Retrocedió unos pasos, sin dejar de mirar el cuenco. La linterna, en un espasmo de traición, parpadeó justo cuando una vibración minúscula agitó el líquido. No hubo sonido, solo un temblor casi imperceptible, y por un momento creyó distinguir, bajo la piel oscura, una figura que giraba sin ruido, como las manecillas enloquecidas de un reloj.
Un frío inexplicable le subió desde la garganta a la frente; escapó del sótano y no se detuvo sino hasta llegar, jadeante, al umbral de la estación. El sol ya se derrumbaba hacia el bosque de álamos, y Thomas no se atrevió a volver la vista atrás hasta estar a mitad de camino, sin poder disipar la sensación de que alguien —o algo— le seguía.
Esa noche, el silbido volvió a la casa. Pero esta vez lo acompañó un murmullo, apenas un encaje de sílabas, que Thomas percibió flotando como vapor junto a su cama.
—Thomas—, susurraba, salvo que era su propia voz repitiéndose, reverberando desde algún rincón donde jamás había estado.
Pasó el resto de la noche sin dormir, las sábanas pegoteadas de sudor y la cabeza acosada por imágenes del cuenco negro. Al amanecer, sobre la puerta principal—que recordaba haber cerrado con ferocidad—descubrió grabado en la madera uno de los mismos símbolos que decoraban las paredes del sótano de la estación.
Si hasta ese momento su temor era vago, una bruma leve, la aparición del símbolo lo transfiguró en algo tangible: la certeza de los peores terrores de la infancia.
Durante los días siguientes, un oscurecimiento gradual se instaló sobre Gapsville. Las noches parecían decantarse antes, las sombras arrastrándose más anchas y el viento, ya no un susurro sino un aullido de palabras entrecortadas, doblando incluso las viejas lápidas del cementerio. Thomas evitó dormir, atenazado por el sonido distante de un tren que nunca llegaba. Soñó, en vigilia, con el círculo de piedra, con la palangana rebosante de una presencia líquida, ora negra, ora translucida como los ojos ciegos de un pez profundo.
Bajo el agobio de tales visiones y sin hallar salida, Thomas volvió a la estación con la esperanza de encontrar en la realidad una explicación a los horrores imaginados. Bajó nuevamente al sótano, linterna y corazón en mano. El círculo estaba intacto, pero la palangana se encontraba vacía. Del fondo asomaba ahora una losa con otro de los jeroglíficos, y el aire era más denso, saturado de una vibración que no tenía sonido ni eco.
Roseando el círculo, Thomas sintió cómo su sombra adquiría vida propia, despegándose tras su espalda. Podía verla, en lapsos, danzando con movimientos erráticos que no eran los suyos. Un estremecimiento lo invadió cuando distinguió, entre el vaivén de oscuridad, un rostro sin boca, apenas dos ojos huecos donde la neblina parecía concentrarse en remolinos.
No vaciló: huyó una vez más, y el regreso a la mansión fue una fuga desesperada, jalonada de caídas y tropiezos, mientras el sonido del tren invisible retumbaba cada vez más cerca, invisible y promisorio.
El pueblo notó el cambio en Thomas: distraído, esquivo, incapaz de soportar más de unos minutos afuera. Hablaba de voces al filo del sueño, de símbolos grabados en puertas y espejos, de sombras que rehusaban su obediencia. Buscó, con desespero, asesoría en los libros viejos del despacho Ridgely, donde halló, tras jornadas sin dormir, el diario del abuelo:
“…no debemos usar la palangana. El círculo no es para los vivos, ni para los muertos que recuerdan. Solo aquellos que olvidan pueden cruzar al otro lado.”
La noche del veintitantos de octubre, cuando la lluvia caía en láminas y los rayos hendían el cielo con gritos litúrgicos, el tren finalmente se dejó oír. No un eco, sino un retumbar tangible que hizo temblar las ventanas y arrancó a los vecinos de su letargo, a la vez deseosos y temerosos de mirar. Nadie salió, sin embargo; sólo Thomas, arrastrado por una fuerza mayor a su voluntad, marchó hacia la estación, su figura desdibujada por la lluvia y la niebla.
Dicen que esa noche el andén, ruinoso y repleto de maleza, se iluminó con un fulgor antinatural, como el estallido detenido de un relámpago. Quienes se atrevieron a mirar desde lejos juraron ver, entre la bruma, un tren de ventanas opacas y faroles mortecinos detenido donde jamás hubo vía alguna. La puerta de un vagón se abrió con un crujido miserable, y Thomas, sin mirar atrás, ascendió los escalones.
El tren partió sin ruido, hundiéndose en la niebla con la certeza de los antiguos castigos. Al día siguiente, la mansión Ridgely estaba cerrada, pero en la puerta quedó impreso el mismo símbolo. Nadie tuvo el coraje de borrar la marca; las noches dejaron de ser tan ruidosas, pero cuando el viento llama, aún se baja la voz, y los más viejos aseguran que, de cuando en cuando, se oye pasar un tren a las once y diecisiete.
Y nadie, desde entonces, osa responder si lo llaman por su nombre.
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