La sala era más pequeña de lo que parecía en las fotos de la página de la agencia, pero eso era lo de menos. A Beatriz le temblaban los dedos al sacar la llave de la cartera, oyendo a su madre hablarle como un eco, “nunca dejes que vean que tienes miedo”, cuando ella mostraba los dientes para la foto del perfil de la empresa. Era su primer empleo después de graduarse, uno de los muchos call centers de la ciudad, pero este tenía la promesa de algo más: influencers, famosos de verdad, directos y virales, todos clientes exclusivos de la nueva app de monitoreo de tendencias.
El edificio tenía historia, le dijeron durante la entrevista. Había sido un orfanato, una residencia artística, y un banco, según la edad del interlocutor. No le gustó la humedad en el aire, ni el ascensor siempre tembloroso, pero tenía veintidós años, el saldo de la cuenta agotado y una competencia de miles por cada puesto. Eran las ocho y cincuenta de la noche, su primer turno nocturno: la gente famosa era más activa después del cierre de oficinas.
Julián, el supervisor, le sonrió con labios apretados una vez más mientras le enseñaba la plataforma. “Solo tienes que ver los alertas, contestar los mensajes y, si surge un reporte de anomalía, actúas con protocolo. Todo está aquí, en la wiki interna. Recuerda: si ves el banner rojo, cierras sesión y me avisas. ¿Sí?”
Ella asintió y él se alejó, tragándose una risa seca, como si guardara un chiste interno. Compartía la sala con otros tres chicos y, al fondo, con Selena, la estrella del otro turno. La conocía de Instagram, todo el mundo la conocía, había hecho una historia viral en la pandemia simulando estar poseída por un demonio. Rihanna la había repostead. Ahora Selena solo miraba su pantalla, el rostro ausente, mientras pulsaba teclas que no hacían ruido.
Beatriz se puso los auriculares. Las pantallas parpadeaban con dashboards de seguidores, estadísticas en verde y amarillo. Eso era: vigilar tendencias, llamadas de miedo, amenazas falsas, fans obsesivos. Nada que no se pudiera manejar. El sueldo era bueno; el cansancio, tolerable.
A las nueve treinta comenzó la lluvia. El agua repiqueteaba contra la única ventana que daba al patio interior, creando un eco amplificador. Beatriz contestó su primer mensaje directo: una influencer de veintiún años, LauraM, preguntando si podía filtrar su ubicación al público para una campaña espontánea. Beatriz tecleó la respuesta protocolaria: no, por seguridad, la exposición solo podía hacerse bajo la aprobación del manager. LauraM contestó con tres emojis de calaveras y un “tks”, luego desapareció de la bandeja de entrada. Todo normal.
Pero en la pantalla secundaria, una notificación vibró. “Anomalía en la cuenta: @SebasSinFiltro”. No sabía quién era, pero un vistazo rápido mostró un streamer de juegos de terror, dos millones de seguidores, video en directo cada madrugada desde su dormitorio azul. Abrió la ficha: última transmisión, veintitrés minutos. Actualizado hace once.
El programa mostraba un video de baja resolución en el que Sebas, apenas iluminado por la luz roja de un strip led, se tapaba la cara de repente. Algo había entrado por el rabillo de la cámara. Ella pausó el video, aumentó el brillo. En el reflejo de la puerta, detrás del streamer, había una silueta torcido, como si alguien se hubiera caído del techo y, en el instante previo a estrellarse, hubiera sonreído.
Beatriz tragó saliva. Buscó la bandeja de entrada de Sebas: última consulta marcada como resuelta hacía días. Revisó de nuevo el video y, cuando volvió a pulsar play, encontró el streaming cortado a la mitad, tres mil personas preguntando en el chat si era un truco o real. Los comentarios seguían apareciendo, uno tras otro: “Se trabó, jajajaj”, “miedo”, “es parte del show seguro”, “no era makeup”, “Sebas”.
Miró la cámara de seguridad del archivo: las oficinas sumergidas en la penumbra, nadie más allí salvo ella y los otros del turno. La alerta seguía roja. Cuando intentó marcar el número de emergencia, la llamada solo devolvía un pitido apagado.
Buscó la wiki. “Banner rojo: señal de amenaza emergente directa al influencer. Protocolo: verificar último contacto, notificar a supervisor y cerrar sesión.”
Alzó la mano. Julián no estaba. Nadie en la sala parecía haber notado nada: las otras pantallas brillaban igual, y Selena seguía escribiendo frases sin mirar el teclado.
Mandó un mensaje al canal grupal. “¿Alguien más ve la alerta roja en SebasSinFiltro?”
Un solo visto. Luego, una respuesta de Selena: “No abras la segunda pestaña”.
Beatriz vaciló. No recordaba haber abierto ninguna segunda pestaña. Giró en la silla, buscando a Selena, pero la joven seguía con la mirada pegada al monitor, como si nunca hubiera escrito nada.
Miró de nuevo la pantalla. La pestaña con el streaming parpadeaba, pidiéndole ser restaurada. Pronto, una notificación de chat del sistema saltó a la vista.
“¿Quieres que te cuente qué vi al otro lado?” decía. El remitente era su propio usuario.
Sintió el corazón retumbar contra las costillas. Intentó cerrar sesión, pero la pantalla del sistema se congeló. El banner rojo no desaparecía. Ahora era como una marea, expandiéndose hacia todas las cuentas en su dashboard. LauraM, Selena, otros nombres menos conocidos. Personas famosas, gente real.
El chat seguía tic-tic-tic: “¿Sabes por qué hay un banner rojo, Beatriz?”
Ahora era “Bea”, como la llamaba su madre. Pero ella juró no haber introducido su apodo en el sistema.
Miró al resto. Todos tecleaban a la velocidad de un vídeo acelerado, moviendo apenas los labios, contestando mensajes que no aparecían en la base de datos compartida. Había algo inquietamente idéntico en sus movimientos, como si estuvieran tocando una pieza de piano para un receptor invisible.
La única salida era la puerta trasera, cerrada con un picaporte electrónico. De repente, la luz se fue, y por una fracción de segundo la pantalla se apagó. Cuando volvió la luz de emergencia, respetando sólo el aura azul del monitor, Beatriz se dio cuenta de que el reflejo de la sala había cambiado. No sólo en la pantalla: en el vidrio de la ventana, había una figura de pie detrás de su silla.
No podía girarse. El chat volvió a parpadear.
“Te estoy enseñando cómo se hace viral, Bea.”
El reflejo se movió, pero todo era difuso excepto los dientes: horadados, brillantes como cables pelados. Lo que sea que estaba allí tenía la forma incierta de un algoritmo torcido, un hueco de carne y píxeles superpuestos.
Se escuchó un zumbido bajo, como si cientos de notificaciones vibraran al mismo tiempo. El sistema cayó en negro. Un segundo después, la pantalla volvió, mostrando su propia cámara web. Estaba sola, pero en la imagen —sólo por un instante, apenas un cuadro—, su cara no era la que conocía. Era borrosa y, tras sus hombros, la silueta sonreía.
El chat, una última vez: “Transmitiendo a todos tus seguidores.”
Intentó apagar la computadora manualmente. No se movía. Por la pantalla cada ventana se abría sola: directo tras directo tras directo. Cientos de usuarios conectados, todos viendo lo que pasaba en la sala. De fondo, podía ver los dashboards de los otros empleados, congelados en poses muertas, la boca de Selena abierta en una mueca de dolor, los ojos negros de Julián tras el reflejo de las gafas.
De algún modo, ya no era la sala de siempre: el aire olía a madera podrida y a polvo de cables quemados. La alfombra, bajo sus pies, se sentía blanda. Miró la salida: la puerta estaba abierta ahora, de par en par, pero un muro rojo líquido bloqueaba el umbral, como una membrana biológica.
El chat: “¿Tienes miedo de perder seguidores?”
“Déjame salir”, tecleó, aunque la voz ya no le respondía.
La melodía monocorde de los mensajes y las alertas la rodeó. Notó que alguien —algo— le respiraba en la nuca.
“Para salir”, respondió el chat, “debes hacer viral la sala roja”.
En la pantalla principal, una nueva ventana emergente se abrió: “Live ahora: El primer trabajo de Bea. #TendenciaDeTerror #Influencer”. Aparecía su imagen, llorando, con las manos en la boca mientras la sombra detrás se hacía cada vez más nítida. Millones de visualizaciones, cientos de comentarios, los emoticonos subiendo y bajando como burbujas atrapadas en sangre.
La cámara parpadeó una última vez: por un segundo, el rostro de su madre apareció en el feed, diciendo “nunca dejes que vean que tienes miedo”.
La figura detrás de Beatriz salió del reflejo y, en la última milésima antes de apagarse la luz, se fundió con ella, como una app insaciable devorando cada última señal. El chat explotó en carcajadas automatizadas.
Nadie más habló de la alerta roja. Pero durante meses después, todos los influencers de la agencia comenzaron a recibir, a las tres de la mañana, un link privado al video titulado "Mi primer día en la sala roja". Quienes lo abrían decían que, con el reflejo justo, podían verse a sí mismos en la silla de Beatriz, con la sombra detrás, siempre sonriendo.
Nadie, ni los managers ni los programadores ni las marcas, pudo jamás borrar ese registro. Era tendencia, al fin y al cabo. Y el algoritmo seguía hambriento, cada noche, buscando a quien responder el próximo banner rojo.
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