Ciertamente no soy ajeno a las exigencias académicas de la labor mortuoria, ni ignoro lo que las largas horas entre la penumbra y el frescor pétreo pueden imponer a la mente menos templada. Pero afirmo que la noche en la que me correspondió asistir al profesor Mellish en la inspección post mortem del señor Godley ha resultado, desde entonces, el eje sombrío de mi vida.
Permítame, paciente lector, retroceder unos días antes de la conocida escena de mi narración. La Universidad de Baxton, anclada en los húmedos campos de Suffolk, no suele verse sobresaltada por su propio departamento anatómico, habituado más bien a la serenidad metódica de la disección docente. No obstante, la muerte de Adolphus Godley, bibliotecario mayor, acaecida en condiciones calificadas por el forense distrital como “no-explícitamente naturales”, exigió la intervención de expertos. Si supiera yo entonces lo que ahora sé, habría declinado la invitación; mi sentido de compañerismo y respeto por Mellish me traicionó.
El cuerpo fue hallado en la madrugada del 18 de octubre, tendido de espaldas sobre el entarimado de su estancia particular, los brazos recogidos contra el torso como abrazando un frío invisible. No presentaba heridas, ni hematomas, y la expresión de su rostro, según refirió la señora Flitch—ama de llaves de antiguos días—era tal que helaba la sangre: una mueca que no era de terror, sino de reconocida sumisión. El doctor Williams, médico local, aventuró un cese cardíaco súbito; Mellish, fiel a su naturaleza inquisitiva, expuso su desacuerdo.
“Hay causas y hay causas”, dijo mientras sorbía su eterno café. “Sé cuándo la muerte toma, y sé cuándo la muerte se abalanza. El señor Godley parece haber sido convocado.”
Así fue como, a la noche siguiente, bajo una luz escasa y rodeado del silencio que sólo las instituciones académicas despiden pasada la medianoche, me hallé con Mellish en la pequeña sala auxiliar del sótano de Anatomía, lugar reservado para la preparación de ejemplares raros y, de tanto en tanto, para el dictamen sobre fallecimientos de origen equívoco.
Godley yacía cubierto con la gasa reglamentaria, flanqueado por instrumental brillante y los viejos armarios donde los auxiliares nunca toleran mirar demasiado tiempo. Había en el ambiente esa mezcla característica de antiséptico y cera de madera que, con el correr de los años, acaba por adherirse incluso a los papeles administrativos. Mellish empezó, como era habitual en él, con la revisión exterior meticulosa, deteniéndose en la detalladísima inspección de uñas, párpados y cavidades auditivas.
“Extraña lividez”, musitó. “Observe, Reginald: apenas livores, y mire esto—las venas subcutáneas parecen ajadas, como si hubieran intentado encogerse.”
Me incliné a su lado. Las venas del antebrazo de Godley sí daban la impresión de estar maltrechas, de haber soportado un flujo antinatural en dirección contraria, o algo peor. Mellish tomó un bisturí y, con gentileza casi reverente, comenzó la apertura del tórax. El crujido habitual de la escápula rindió sus protestas justo cuando caían al suelo las primeras ráfagas de la noche, y en ese instante sentí(nótese que no vi) una alteración en la atmósfera: un susurro antiguo, sin palabra, recorriendo los márgenes de la habitación, deteniéndose como en escrutinio.
La disección avanzó antes de que pudiera indagar más en esa sensación. Mellish narraba en voz baja, como para sí mismo; sus herramientas chasqueaban contra el esternón mientras precisaba, en ese latín que sólo los médicos y los sacerdotes parecen saber silbar:
“Cor sano in aspectu… pero las cavidades están colapsadas. El pericardio…”—tomó la membrana translúcida entre sus dedos pálidos—“drenado, aunque sin derrame visible. Esta consistencia, apunte, Reginald; apunte la textura gelatinosa.”
Anoté, aunque mi atención se dividía ahora en el extraño frío que, a pesar del brasero encendido, crecía alrededor del cuerpo. Mellish, sin embargo, parecía absorto en la mecánica labor de la escisión, hasta tal punto que no reparó en las primeras anomalías reales: al abrir la cavidad abdominal, observó (yo lo vi sin intermediarios) una suerte de marquilla rojiza en el interior izquierdo, similar a una escritura, pero ilegible, y sin la estética arbitraria de los caprichos cadavéricos.
“¿Qué hace aquí este signo?”, preguntó al aire, como si aguardara una réplica de la carne. “¿Vio algo semejante en los anales?”
“Jamás”, respondí. “No en personas.”
Terminado el examen visceral, Mellish descubrió un carné de biblioteca, atado a la pierna derecha del difunto mediante un filamento viscoso y blanquecino. Lo extrajo con pinzas, levantó la tapa de cartón y, por un santiamén, leí: Depositorio, Sección I, compartimiento 11.
Sin entender la conexión, dejé constancia en el cuaderno y procedimos al análisis craneal: una incisión neta en la región parietal exponía una calota extraordinariamente fina. Mellish murmuró entonces:
“Casi traslúcida… como si la mismísima muerte hubiera aprendido a ser sigilosa.”
Cuando la sierra penetró el hueso, un chasquido agudo reverberó en la penumbra; no era extraordinario, pero aún así nos turbó. Al levantar la sección ósea, ninguna sustancia fenoménica o cerebral asomó; estaba limpia, como si la mente hubiese desertado de su fortaleza horas atrás.
Hubo un silencio denso. Mellish recogió el recipiente destinado a los fragmentos y respiró hondo. De improviso, ambas lámparas titilaron y el aire se volvió espeso, repleto de un hedor mineral. Por primera vez desde mi juventud, sentí la convicción de no estar solo en la habitación con Mellish y el cadáver.
Lo que ocurrió después les parecerá, quizás, pura invención, pero la memoria es terquísima y repite, una y otra vez, esa misma escena.
La carne de Godley, brusca y silenciosamente, comenzó a perlustrarse, a exudar un sudor traslúcido. Bajo la superficie de su piel, una sutil vibración, semejante al avance de una lombriz, deformaba la calma post mortem. Mellish, horrorizado, se hizo para atrás.
“¡Retroceda, Reginald! ¿Está grabando esto? ¡Esto no es fisiología!”
La incisión craneal que había dejado el hueso al descubierto ascendió, lenta y terriblemente, como si la carne estuviese siendo arrastrada desde dentro por una mano incapaz de morir. Algunos de los órganos, primero la tráquea y el esófago, luego los músculos del cuello, se tensaban hacia el vacío, sin dirección precisa. Cada fibra parecía estar ejecutando una coreografía oscura, diseñada para una audiencia que no éramos nosotros.
Hubo un crujido final y algo salió de la boca abierta de Godley: una masa delicada, segmentada, rosada y absolutamente irreal, apenas visible más allá de las sombras. No era una entidad de los reinos animales o vegetales, sino un simulacro, una sombra material de todo el sufrimiento de este mundo, tan necesario como la humedad bajo el mármol.
La cosa bajó al suelo, y con movimiento convulso, se arrastró hacia el rincón donde la losa de piedra mostraba una grieta, invisible salvo a la pálida luz oblicua. Desapareció por el resquicio, dejando tras de sí un rumor de estática y la pátina negra que ahora marcaba el suelo a nuestros pies.
Durante largos segundos, Mellish y yo no pudimos hablar. La racionalidad, esforzada en sus límites, regañaba internamente contra cualquier tentativa de explicación. Cuando al fin el profesor logró pronunciar palabra, susurró:
“Reginald, tenemos aquí la frontera; lo que la sangre calla, el mármol lo canta.”
Cogió el carné de biblioteca que habíamos recogido. La tinta, antes negra, ahora era roja como la herida fresca. Anotamos cuanto pudimos, pero supimos sin duda que ya nada sería igual.
A la mañana siguiente, bajo la vigilancia de la policía universitaria y la curiosidad insaciable de los estudiantes, propusimos cerrar la sala por “causas técnicas.” El acta de defunción de Godley recogió la fórmula eufemística: “colapso orgánico de etiología indeterminada.” Nadie preguntó por la vigilancia añadida a la sección I en el Depositorio, ni por la ordenanza insólita que proscribía el acceso al compartimiento 11.
Durante semanas, Mellish y yo evitamos mirarnos demasiado cuando el tema de la autopsia de Godley se terciaba. El tiempo, suelen decir los labios ansiosos de consuelo, todo lo borra. Pero el tiempo, sospecho yo ahora, tan sólo hace crecer la raíz bajo el mármol, enredándola con nuestras propias venas.
Han pasado años y, a veces, el frío que sentí aquella noche retorna sin aviso, componiendo una suerte de preludio a sueños donde la losa palpita, donde la grieta nunca se cierra, y donde resuena, incesante, la melodía opaca de la sustancia innombrable.
Le suplico, lector, si alguna institución le ofrece turno nocturno entre los archivos o una extraña invitación a sala de autopsias, declíne. Sepa que no siempre somos nosotros quienes observamos desde este lado de la losa; a veces, inexorablemente, algo observa desde abajo, y sólo espera que la carne, por un instante, le ceda paso.
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