Portada del relato El eco del pozo seco
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Se sentaron cerca, los vasos aún tibios en los dedos. Al principio, solo el silencio pesado, una asfixia de polvo. Pero pronto, un sonido viscoso ascendió: como un corazón empapado, palpitando muy debajo, tras capas y capas de lodo y años enterrados. Un sonido imposible y demencial, familiar y al mismo tiempo ajeno; como si todos los peces de la tierra se retorcieran, enloquecidos, entre tus vértebras.

Duración: 10:49

El eco del pozo seco
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

El carril serpenteaba entre los castaños y zarzas como una lengua mojada que, a cada paso, tragaba recuerdos del día, cebándose en las rendijas del crepúsculo. Cuando el sol sangra al oeste, el bosque parece afilado, cargado de uñas negras y hogueras extintas donde el viento murmura nombres que no quieres recordar. Clara sentía la humedad en la garganta, esa sensación de haber caminado demasiado deprisa hacia algo que no se debía buscar.

Llevaba una linterna mediocres, apenas un cono lechoso en la niebla del atardecer. La batería agotada chisporroteaba cada vez que la agitación nerviosa de sus dedos hacía crujir el plástico. Recordaba la llamada apresurada de su tía Leónor, dos días antes: “Ven, por Dios, está pasando de nuevo. Debemos vernos antes de que la noche caiga, porque si no, será igual que la última vez.”

Clara había tragado saliva y aceptado. No podía olvidar la última vez. Ni los susurros en la casa de su abuela, ni los aullidos que rasgaban los maderos del pajar cuando todo lo demás estaba quieto y dormido, ni tampoco el eco sordo del pozo que nunca había visto el fondo.

Habían sellado el pozo con losas y arena hacía veinte años, tras la primera desgracia, pero los rumores seguían húmedos y calientes, arrastrándose como arañas por las casas de la aldea. “Es la carne”, decían los viejos, “se pega a las piedras, la carne nos reclama.” Pocos quedaban ya en aquel rincón olvidado de la sierra, justo lo que a la madre de Clara le había convencido de huir, cuando aún era posible. Pero ahí estaba, de regreso, justo al borde de lo que no quería admitir.

El caserón se erguía entre sombras, hinchado y agrietado, como si intentara esconder entre los muros el secreto mismo de su derrumbe. Leónor esperaba, vestida con lana y envejecida de fiebre, temblando bajo la luz débil del zaguán.

No hablaron mucho. El aire era un muro. Leónor tenía ojos hinchados, piel como papel de fumar. Sacó dos vasos y una petaquita de aguardiente fuerte, que arañó la garganta de Clara. Cuando la copa vibró en la mesa —ese temblor sutil, como el aleteo de un insecto atrapado— Clara supo que esa noche sería un regreso y una confesión.

—Han vuelto —dijo Leónor, voz escasa—. Otra vez, por allí… al fondo. He oído... cosas. Una voz. Como si alguien se hubiese quedado atrapado ahí debajo.

Clara apretó la linterna.

—No puede ser. Cementé aquello contigo, Leónor. Nadie ha bajado en dos décadas.

—Lo sé. Pero no es abajo, Clara. Es aquí, arriba —y un dedo largo señaló la sien—. Por la noche lo escucho. Mientras más lo ignoro, más cerca está. Anoche, algo raspó la losa. El yeso se cayó de la pared del sótano. No sigue tranquilo, Clara. Nunca lo estuvo.

El silencio las apisonó; la noche rellenaba las grietas del caserón. Algo afuera cazaba ratones entre las ortigas. Dentro, solo resonaban los relojes rotos y el resuello de su miedo.

—¿Sabes qué hacemos si vuelve, verdad? —musitó Leónor, y a Clara se le heló la memoria—. No basta con sellarlo. Hay que oírlo, y negarlo. Hay que mirar, y no bajar. Prométeme.

La promesa resbaló agria. Recordó los huesos de gallina volcados sobre la piedra aquella última noche de infancia. Las plegarias improvisadas, el sudor salado de su madre murmurando oraciones en un idioma que nunca volvió a usar.

Una hora después, la linterna y una vela moribunda las guiaron hasta la trampilla que daba al sótano. El pozo estaba allí, quieto, empotrado en la sombra, como una boca sellada con palabras que nunca cicatrizan. El yeso en la pared se desmoronaba, y la losa de la boca del pozo se veía desplazada, menos de dos centímetros. El hierro oxidado crujía incluso con el ronco aliento del invierno que se colaba bajo la puerta.

Leónor temblaba, y Clara apretó su brazo.

—No está abierto del todo. Quizás… algún animal…

—No… —susurró Leónor, y se agachó con soltura febril—. Escucha.

Se sentaron cerca, los vasos aún tibios en los dedos. Al principio, solo el silencio pesado, una asfixia de polvo. Pero pronto, un sonido viscoso ascendió: como un corazón empapado, palpitando muy debajo, tras capas y capas de lodo y años enterrados. Un sonido imposible y demencial, familiar y al mismo tiempo ajeno; como si todos los peces de la tierra se retorcieran, enloquecidos, entre tus vértebras.

Luego, la voz.

No era un grito. No era ni siquiera humana, pero se colaba disfrazada de humana, amasando sílabas torpes, amorfas, retorcidas en la geometría de quien ha intentado imitar lo que nunca será.

—Clar… Clar-raaa… veniid…

El aire se hizo caldo espeso, como si las palabras le pegaran a la garganta un trozo de carne blanda y fría.

Clara se alzó de golpe.

—¡No sigas! —insistió a su tía—. ¡No contestes!

Pero Leónor ya parecía caerse hacia adelante, como si una cuerda invisible la reclamara desde la losa desplazada.

—Hay que responder… o sube. Si responde, baja —musitó, como recitando fórmulas viejas y trenzadas en los pliegues del terror.

La voz, de nuevo. Más insistente. Más directa. Como astillas metidas bajo las uñas.

—Clar-raaa… he guardado… hueeesssos… para las dos.

Se agitaron las sombras sobre las losas. Clara apretó los párpados y se juró no mirar la fisura negra ni una sola vez, porque sabía que allí abajo, al fondo, ondeaban brazos con dedos de más.

Tuvo una visión, terrible y nítida, como un cuchillo frío en el vientre: la imagen de su madre, muchos años antes, de rodillas sobre esas mismas piedras, lanzando dentro del pozo un fardo hecho jirones —no carne, no carne humana, no carne de la familia— y entonando luego una letanía que sonaba a trueno y a fracaso.

Aquel día algo se agitó y la voz de la madre tembló.

“Que nunca se abra.”

“Que nunca responda.”

Pero ahora, abriéndose paso, aquel sonido y aquel hedor. El aire llegó saturado a sus fosas: el olor a tejido muerto y agua podrida, a hierro, a tormenta enclaustrada. Atisbó el filo negro de la losa: sólo suficiente para que un brazo fino de sombra pudiera, si quisiera, intentar salir.

De pronto, Leónor ya no era Leónor. Algo en su cara crujió, un tic, un temblor.

—Debí… debimos decir la verdad. Siempre estuvimos esperando que volviera a pedir.

Susurró algo en un idioma imposible.

Clasps de huesos, graznidos suaves, trenzados como risas de niños rotos.

Así estaban, paralizadas, cuando la casa empezó a sentir también el peso de la presencia. Las vigas del salón se hincharon de humedad, el zócalo crujió, la ventana del corredor estalló en una voluta de polvo y ceniza. Afuera, la tormenta cubría cada bocanada con estrépito sordo de truenos en la barriga de la sierra, pero dentro solo importaba el soplo caliente que ascendía por el hueco del pozo.

—Leónor, —Clara apenas respiraba— hay que sellarlo otra vez. Ahora. Antes de que…

Pero su tía reía, una risa helada, disonante, más joven y más vieja de lo que recordaba.

—Ya no podemos. —Un hilo de baba caía del labio de Leónor—. Quiso ser de carne. Lo enterramos con promesas, y el hambre nunca descansa. Es la carne, Clara. Nunca debimos volvernos humanas dejando a lo Otro ahí abajo. Nunca debimos sellarlo queriendo olvidar cómo se olvida.

La losa tembló. Algo, justo en el borde, podía intuirse: una uña, degradada y negra; una línea de carne pálida acuchillando de sombra el filo de la piedra.

Clara retrocedió, consciente de que, si ahora huía, si ahora miraba por encima del hombro y corría, la voz la buscaría por cada recodo del pueblo, por cada pesadilla adulta.

Otra vez la voz, envuelta en un borboteo de saliva, huesos y miedos viejos:

—No salgáis, no salgáis, somos raíces, somos fango, somos la sangre del inicio, de vuestras madres y de la madre de vuestras madres—

—¡Basta! —Clara aulló, y sintió en la garganta un eco distinto, como si hablara con dos lenguas y solo una le perteneciera—. ¡Aquí nadie baja, aquí nadie sube!

Leónor se desplomó al suelo, escupiendo vómito negro.

Las puertas del caserón temblaron. Las paredes sangraban humedad. El eco del pozo llenaba la casa entera, como el rumor marino del miedo que no quiere apagarse.

Clara entonces recordó, como un latigazo, lo que la madre había susurrado antes de irse para siempre:

“Hay años en que el hambre llega hasta la puerta. Si te nombra, nunca respondas. Si la carne te llama, no respondas. Ni con miedo, ni con fe, ni con duda. Solo gira y sal. Si responde, baja. Si contestas, sube.”

Pero era demasiado tarde. Las palabras habían sido arrojadas, como los huesos rotos de la promesa, a la sombra encallecida del pozo.

Con un estrépito crujiente, la losa giró.

No fue el brazo que salió primero, sino un torrente de raíces rotas, dientes de lana oscura, fragmentos de algo —animal y no animal— arrastrándose, estrangulando la poca luz del sótano.

Clara sintió la garra hundiéndose bajo su piel, no física sino idéntica a los remordimientos más hondos: una zarpa invisible reptando por sus recuerdos, remolcando escenas de otras noches, otras veces, otros intentos de olvido.

Las paredes temblaron. Leónor chilló, pero ya no sonaba a humana—

Clara se encogió en un rincón, apretando los ojos, mascullando ruegos sordos, jurando a nadie que sobreviviría, que nunca sería ella quien trajera de vuelta la carne de la casa.

La voz le susurró una última promesa, justo antes de que la noche lo cubriera todo:

—De aquí no sale quien baja. De aquí no escapa la carne que la madre guarda. Solo sube lo que nadie ama.

Y así Clara, arrinconada entre la humedad y la sangre de raíces viejas, entendió finalmente la naturaleza del miedo, la herencia de su linaje: que la memoria es un pozo seco y que hay palabras que nunca deben pronunciarse, pues una vez respondidas, arrastran contigo no solo a tus muertos, sino a todo lo que no debería haber nacido bajo tus propios huesos.

La tempestà seguía rugiendo fuera. Y, entre penumbras, en lo más hondo de la casa vieja, donde ni la luz ni el olvido encuentran refugio, el eco de la carne seguía pidiendo nombre, y la noche no tenía fondo.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.