Portada del relato La voz del pozo
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Fragmento:


El viernes, la humedad volvió en oleadas como vaho tras una respiración. Las cosas ya no importaban. No podía seguir ignorando el pozo.

Duración: 08:13

La voz del pozo
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Texto de ajuste de pausa.

Durante más de dos siglos, una vieja mansión se alzaba en la colina de Hinoedera, tan cerca de la ciudad que, desde la distancia, parecía inclinarse justo fuera del alcance de la civilización. La llamaban la Casa Ochiai, aunque nadie recordaba exactamente por qué. Bastaba verla para comprender que había cosas ocultas, empapadas en su estructura, como el moho de las esquinas: historias empapadas en los cimientos, odio impregnado entre las paredes.

Akemi sólo alquiló la casa porque no tenía otra opción. Después del divorcio y el desgraciado incendio de su anterior apartamento, se encontró con su cuenta bancaria diezmada y una vida partida en pedazos fríos e indiferentes. La agente inmobiliaria, una mujer delgada de ojos cansados, le advirtió: “No puedo responder por los vecinos, sanidad o la tranquilidad, pero está lista para habitarse. Y el precio es… llamativamente bajo.” Akemi calló el presentimiento de que era demasiado bajo.

No tardó en advertir que la mansión tenía reglas de succión; aire que parecía entrar y no volver a salir, luces que chisporroteaban saludos sin previo aviso, y un calor atrapado como si la casa respirara desde bajo tierra.

El primer día fue sólo desconcertante. El segundo, inquietante. Ya por la tercera noche, Akemi despertó a las tres y catorce en punto. Había un sonido en el piso de abajo. No, más abajo todavía. Un gorgoteo, un murmullo húmedo, como si una boca bebiera del subsuelo.

Con una linterna y envolviéndose en la bata, tuvo el impulso irracional de comprobar el sótano. Bajó los viejos escalones, que crujían no sólo bajo su peso sino, parecía, bajo todo el peso de los años de la casa. Un hedor sulfuroso pegó en su garganta: húmedo, denso. Iba a abandonar la exploración cuando distinguió, en la esquina más alejada y oscura, una losa desportillada. De los bordes de la losa, sobresalía un salitre rosado y reseco, casi como si la piedra transpirara.

Aun en la penumbra, algo le decía que aquella losa tapaba un pozo.

No durmió bien después. Por las noches, los susurros escurrían por los huecos entre la madera podrida, palabras resecas, ininteligibles. Imágenes imprecisas se repetían en sus sueños: una mujer con ropas antiguas arrodillada sobre la losa, manchándose las manos; niños cubiertos de tierra hasta el cuello, mirándola fijamente desde el interior de paredes opacas.

A la semana, admitió estar asustada. Decidió hablar al casero, pero su número estaba desconectado. Nadie respondía sus correos. En el pueblo, evitaban cruzarse con ella y no le devolvían los saludos.

El viernes, la humedad volvió en oleadas como vaho tras una respiración. Las cosas ya no importaban. No podía seguir ignorando el pozo.

Armada de una palanca, Akemi fue al sótano bajo la linterna en una mezcla de rabia y desesperación. Por un instante, la losa cedió y quedó entreabierta. De pronto, el aire se torció, y emergió la voz: un murmullo que no venía de abajo, sino justo al lado de su oído, como si le suspiraran desde el costado del cráneo.

“No abras la boca. No seas como yo.” Dijo la voz, húmeda, macilenta.

Se apartó instintivamente, pero lo siguiente que supo fue que estaba tirada en el suelo helado, la linterna muy lejos, su bata mojada por algo que se deslizaba desde la grieta en la piedra.

Era sólo el principio. Aquella noche, cada vez que parpadeaba, sentía que la casa la miraba con ojos de agua y lengua de piedra.

Desde entonces, algo cambió en sus rutinas. Ya no podía mantenerse despierta mucho tiempo. Dejaba de sentir su cuerpo por largo rato, sólo para regresar a sí misma con un temblor: en la mesa, frente a comida rancia que no recordaba haber preparado; o en el baño, con las uñas sucias de tierra y los labios partidos, como si hubiera intentado gritar.

Cada noche, los susurros bajo la losa se hacían más nítidos. Había palabras aisladas: “Despierta”, “Permítenos pasar”, “Arrástranos”, “Sustituye”. Un zumbido en la sien. Pensó en irse, pero era tarde.

El sábado, cuando la neblina se multiplicó por el pueblo y la lluvia se convirtió en un torrente sucio, Akemi escuchó un golpe sordo desde el sótano, como si alguien sacudiera la piedra desde dentro. Decidió huir entonces, empacó lo esencial con manos que temblaban como insectos asustados.

Pero la puerta principal se negaba a abrirse.

La llave se partió en la cerradura. Los ventanales estaban sellados, como si el agua de la tormenta los hubiera soldado a los marcos. Corrió arriba, abajo, y todas las puertas llevaban de nuevo al corredor o a la escalera. A cada vuelta, algo en la geometría cambiaba, haciéndose imposible confiar en la distribución de la casa. Era como si el lugar la estuviera tragando, muy despacio, sin prisas.

La voz volvió esa noche. Irrumpía en su cabeza aunque apretara las manos contra las orejas. “No abras la boca… o aparecerán en tu lengua, en tu vientre, en tus ojos. Guarda silencio, que duermen bajo la piedra.” Esa noche, encontró marcas en la losa, como arañazos. Podían haber sido recientes, pero alguien o algo había tratado de salir.

El teléfono estaba muerto. Ni siquiera tenía tono.

La mente de Akemi se fue disolviendo de a poco. No recordaba pasajes enteros del día. Sus recuerdos empezaron a quedarse enganchados en imágenes sueltas: unos cabellos oscuros flotando en una bañera, un charco de algo mucoso cerca de la cama, el reflejo de una mujer distinta en el espejo, con la boca oscura y la mirada hueca, que le murmuraba algo inaudible.

A la noche siguiente, Akemi no bajó al sótano, pero el hedor subió a buscarla. Y con él, la humedad, una marea ascendente y lenta, como si la casa sangrara. Los pasillos se empaparon, la ropa se le pegó al cuerpo, y cada vez que parpadeaba sentía que su piel estaba llena de una sustancia diferente, pegajosa y fría.

No sabía cuánto tiempo llevaba en la casa. Un ciclo extraño se apoderaba de ella: todos los días eran iguales, pervertidos por la oscuridad que no se disipaba nunca. Pensó en abrir la ventana y arrojarse, pero los vidrios no cedían ni siquiera bajo el impacto repetido de un martillo.

En su delirio, escuchó risas. Primero infantiles, luego imitando la voz de la agente inmobiliaria, luego, finalmente, su propia voz distorsionada: “No abras la boca…”

Al borde de la locura, Akemi se arrastró una última vez hasta el sótano, decidida a enfrentar lo que fuera que la reclamaba. Se sentó sobre la losa y apoyó la palma de la mano. Sintió algo moverse debajo: una vibración cálida, orgánica, casi maternal. Se resistió, pero algo en la piedra —o en ella misma— presionó su mano hasta que la piel se rajó y la sangre resbaló entre las grietas.

Una costra líquida rezumó desde los bordes del pozo. Un olor a carne putrefacta llenó el aire. Akemi, en trance, retiró la losa. Bajo la piedra, la negrura era absoluta, pero de esa negrura emergieron dedos delgados, largos, que se enredaron con los suyos y la arrastraron, suavemente, hacia abajo.

“Ya no abras la boca, ahora que formas parte,” susurró una multitud de voces, mezclando placer y terror. Vio —o creyó ver— docenas de rostros flotando en el fondo del pozo, todos ellos con expresiones idénticas de resignación y horror, todos con la boca cerrada por hilos de tierra húmeda.

La casa quedó en silencio. No hubo gritos, ni llantos, ni rastro alguno de que Akemi hubiera estado allí.

A la semana, la agente inmobiliaria recibió una nueva llamada interesada por la mansión Ochiai. El precio seguía siendo llamativamente bajo. Nadie, ni siquiera ella misma, sabía (o recordaba querer saber) qué había pasado con la última inquilina. Sabía, en todo caso, que la casa necesitaba alimentarse, y la humedad era cada vez más densa en Hinoedera.

Y si uno escucha detenidamente, durante las noches de lluvia fuerte, puede oír voces desde los cimientos de la casa, apenas susurrando: “No abras la boca…”

Pero para entonces, ya es demasiado tarde.

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