Fragmento:
En la ciudad nadie escucha gritos. Porque en la ciudad, el ruido es su propio mundo. El crujir de los buses y taxis, el titilar de las luces y los cláxones; todo arropa e invisibiliza la miseria y las súplicas, lo mismo que el lujo y la risa. Quien camina solo pasada la medianoche no es un romántico, suele ser un olvidado o alguien sin destino. Quizá, alguna vez, incluso una víctima.
Duración: 11:48
En la ciudad nadie escucha gritos. Porque en la ciudad, el ruido es su propio mundo. El crujir de los buses y taxis, el titilar de las luces y los cláxones; todo arropa e invisibiliza la miseria y las súplicas, lo mismo que el lujo y la risa. Quien camina solo pasada la medianoche no es un romántico, suele ser un olvidado o alguien sin destino. Quizá, alguna vez, incluso una víctima.
El bulevar Norte, largo como la espera en un hospital, tenía una fama siniestra. Se decía que, al caer la noche, no era raro ver correr a la gente sin mirar atrás, tropezar con las baldosas rotas, resbalar entre cristales de botellas rotas. Alguien contaba siempre, en cada café donde el insomnio se vendía caro, una variante de la misma historia: "Allí, bajo la luz mortecina, se agazapan miedos con forma de hombre". Nadie mencionaba nombres, pero los detalles se esparcían como sangre bajo la lluvia. Tenían la misma consistencia que los recuerdos de una pesadilla recurrente.
Esa noche, el cielo era de un gris sucio, como si reteniera todo el polvo y el sudor acumulados de quienes caminaban debajo. Los postes parpadeaban, condenados a muerte por la desidia o la economía municipal. El reloj en la esquina de la avenida marcaba las 2:36, y Carolina avanzaba arrastrando una bolsa de compras que apenas servía para justificar su regreso tardío.
Sus tacones hacían un eco incorrecto en la acera quemada por demasiados días de sol y noches de abandono. Había apostado por la familiaridad: “nunca avanza nada malo en una ruta conocida”, incluso si la ruta era una trampa. Apresuró el paso al pasar frente al parque escolar, donde las sombras de los columpios reptaban sobre la arena. Nadie en los ventanales encendidos fijó su vista en la silueta solitaria bajo la luminaria averiada.
El semáforo distante titilaba en rojo, aunque para peatones no significaba nada. Cruzó la calle sintiendo el sudor enfriarse en la nuca y contuvo la respiración ante un repentino gemido, una forma baja y temblorosa arrastrándose entre los arbustos. Un gato, quizás, o algo que intentaba parecerlo.
La ciudad había cambiado, lo supo desde hace semanas, cuando los rumores no se podían tapar con cerrojos. La policía tenía explicaciones burocráticas — ajustes de cuentas, robos rutinarios —, pero no se esforzaban demasiado en repartir tranquilidad. El miedo de la gente era costumbre. Pero esa noche no era una noche costumbrista.
Apenas notó al primer hombre hasta que estuvo demasiado cerca. Su sombra era absurda, flacucha, pero el brillo acerado en la mano no dejaba dudas de su intención. La navaja flotó expandida en el aire de la ciudad, y Carolina dio un paso atrás, casi tropezando con su propio pánico. Le pidió dinero con una voz igual de rota que su chaqueta, y en el forcejeo ella alcanzó a clavarle la bolsa de compras en el brazo con una fuerza inusitada. El hombre retrocedió, dejó escapar una maldición y desapareció como parte del paisaje.
Carolina no lo celebró. No era la primera vez que se encontraba con un depredador. Aceleró, ignorando la sangre que le manchaba la mano, ignorando el nudo en la garganta. “Hay cosas peores”, se dijo. Y tenía razón.
A unos cien metros, la esquina parecía distinta. Allí, junto a una parada de bus abandonada, una figura envuelta en una chaqueta negra miraba su celular bajo la intemperie. Emitía una energía diferente, inquietante y ensimismada, con la cabeza gacha y la postura de quien espera sin esperanza. Carolina pensó en cruzar a la vereda contraria, pero esa otra fila de edificios era aún más sombría. Decidió continuar, mirando a la figura de reojo.
No alcanzó a verlo venir. El segundo hombre se abalanzó desde el costado, donde un quiosco cerrado lanzaba destellos plateados por ventanas rotas. Este no pedía nada, sólo la sujetó del antebrazo, apretando hasta que crujió el hueso. Su sonrisa era mecánica, apenas una línea torcida. Olía a humedad y desamparo — mezcla conocida en cualquier ciudad desmembrada.
Carolina chilló y se revolvió, clavándole las uñas. La figura de la parada levantó la vista, y por un microsegundo los tres se midieron con la mirada como animales acorralados. El nuevo agresor soltó a Carolina en cuanto oyó la sirena lejana de una patrulla, y echó a correr con una velocidad que delataba experiencia.
Carolina respiraba entrecortado, tropezando hacia la parada del bus. La figura encapuchada le dedicó una mueca de pena y comenzó a alejarse, arrastrando el pie izquierdo, como si fuera víctima de una paliza o peor.
El horror no tiene rostro único.
Con la adrenalina aún en las venas, pensó en la vieja Bar La Riviera, a una cuadra. Allí habría luz, personas, con suerte hasta algún policía fuera de servicio. Cambió de dirección. A cada paso el miedo se enroscaba más y más en su estómago.
El bar era un sitio viscoso, siempre con la música demasiado alta, las mesas atiborradas de jugadores, el aire denso de humo barato. Carolina empujó la puerta. Apenas un par de personas levantaron la vista; nadie más se inmutó.
Pidió una copa triple de bourbon, sólo para tener algo entre las manos. En la barra, el camarero —un tipo bajo con bermudas floreadas y cara de estar a punto de dormirse— no le hizo preguntas. Parecía entender el lenguaje corporal de cualquier parroquiano nocturno. Le alcanzó la copa, y Carolina bebió de golpe, intentando que el fuego bajara hasta su miedo.
Al fondo, un tipo grande y calvo acechaba las idas y venidas del personal. Era dueño de la mirada detenida, la que sólo ven en las peleas de perros. Carolina lo reconoció: policía retirado, famoso por repartir justicia con la culata de la pistola antes que con la ley. Nadie se animaba a molestarlo, salvo los alucinados de la noche, y aún ellos eran excepción.
Carolina tomó aire. Se acercó y soltó, sin más: “Me siguieron dos tipos a cuchillo en el bulevar”.
El ex-policía, Jorge, le clavó los ojos durante veinte segundos. Los ecos de la música parecián diluirse bajo la sospecha o la costumbre. “¿Se fueron?”, preguntó.
“Uno apareció en la parada de bus —creo que tenía algo… diferente. El otro solo me soltó cuando llegaron patrullas”, narró Carolina, sintiendo el pánico solidificarse en ira.
Jorge la evaluó y, tras la pausa, asintió. “Por acá ronda alguien más. Los rateros de siempre no atacan dos veces en una cuadra. Hace poco encontraron a una chica… bueno, mejor no diga nada. No le recomiendo volver sola.”
Carolina, mordida por la rabia y el orgullo, negó. La ciudad era suya tanto como de cualquier otro. “Si quiere, la acompaño hasta la entrada del edificio —dijo Jorge—. Está feo allá afuera.”
Pero Carolina optó por marcharse sola, a pesar de todo. Dejó unas monedas en la barra y, tras una breve despedida, volvió a enfrentarse a la acera lacerada y la noche igual de enferma.
El reloj municipal marcaba las 3:01. La lluvia iniciaba, como para lavar la mugre o empeorar la escena. Carolina avanzó midiendo cada charco, escaneando con la mirada los portales oscuros y las bocacalles.
Pero la noche no se había terminado con la primera amenaza.
En la siguiente esquina, la ciudad parecía de otro planeta. Apenas cuatro faroles encendidos, todo lo demás devorado por la penumbra. Sintió, entonces, ese parpadeo en su espalda, ese escalofrío de presencia hostil. No era la paranoia, sino una certeza de años. Giró el rostro y lo vio: el mismo hombre de la parada —chaqueta negra, paso arrastrado—.
Esta vez, no exhibía gesto de compasión ni familiaridad. En la mano, algo largo y metálico reflejaba los destellos de los relámpagos. Carolina se detuvo en seco. El hombre avanzó sin prisa. A esa distancia, leyó la dilatación de sus pupilas; sintió el sudor frío de los predadores que finalmente bajan su máscara.
Huyó. Atravesó la avenida entre los vehículos detenidos por la luz roja, y vio cómo la figura no se apresuraba: conocía el terreno, la ciudad, las salidas. Corrió doblando en una esquina donde la sombra de los árboles escondía portales semiabiertos.
Correspondió una patada a una puerta, y la madera cedió. Entró en un zaguán con olor a pis y flores rotas. Subió la escalera de caracol, los peldaños crujían con cada salto. Llegó al segundo piso y oyó el portazo abajo. El perseguidor entraba sin prisa.
En el corredor, la luz estaba muerta. Carolina palpó en la oscuridad hasta hallar la primera puerta; golpeó, pero nadie contestó. Detrás de ella, pasos lentos; el suelo se quejaba bajo el peso de la chaqueta negra.
Sintió que algo —un instinto viejo, prehistórico— le impedía gritar por ayuda. Clavó un ojo en la endija de la baranda y vio al hombre deslizarse, resbalando su sombra por la pared como una mancha de aceite.
No lo pensó: salió al pasillo, usando sus tacones como arma. El sonido seco atrajo a su perseguidor. Se abalanzó sobre él, lo golpeó en la cabeza y echó a correr por la escalera trasera, llegando hasta el patio central del edificio.
Pero las salidas estaban cerradas; el portón tenía un candado oxidado. Se volvió, buscando otra salida, pero el hombre ya estaba allí: la navaja larga en la mano, un par de ojos opacos, la boca torcida.
Sin embargo, no la atacó. En vez de eso, masculló un nombre que a ella le heló la sangre. El suyo, completo. “Carolina, ¿por qué huyes?” La voz, grave, era conocida y desconocida a la vez. Lo miró fijo. Bajó la capucha y lo reconoció: era su vecino de la infancia, Tomás.
No era posible. Tomás había muerto hacía seis años en un asalto, apuñalado en el mismo bulevar. Se lo veló a cajón cerrado, las fotos estaban en todos los periódicos.
El hombre sonrió. “La ciudad olvida todo, menos la muerte. Aquí seguimos, los que vimos el final en los charcos, los que escuchamos el último grito de la ciudad”.
Una presencia más pesada, intragable, llenó el ambiente. Por las escaleras descendía otra figura: la silueta flaca del primer asaltante, la del cuchillo corto.
No había salida. Carolina retrocedió hasta sentir el frío del muro en su espalda. Tomás se acercó y, por un segundo, lo vio temblar. “Acá las víctimas y los verdugos caminan juntos, ¿sabías? Nadie olvida… salvo tú, que pretendiste pasar sin mirar atrás”.
Los rostros perdidos de la ciudad surgieron brevemente en su memoria: todas esas sombras cotidianas, las que supo ignorar, los que alguna vez pidieron ayuda desde el abandono más profundo. Había una justicia monstruosa en aquellos ojos.
Tomás avanzó, levantando la navaja. El filo se detuvo un segundo antes de tocarla. Los relámpagos iluminaron su mirada, y en susurros que eran viento y llanto, le dijo: “Afuera, la ciudad no protege a nadie, ni siquiera a los muertos.”
Carolina no supo si parpadear o gritar. La oscuridad se tragó los siguientes minutos y, cuando abrió los ojos, estaba otra vez en el bulevar. El reloj marcaba las 4:10. Ya no llovía. Nada cambiaba. Nadie recordaría el horror, salvo en esas historias contadas entre cafés, siempre repetidas y nunca aprendidas. Mientras los ecos del transporte y el vaivén de las sirenas se encargaban de mantener oculto lo único real: que la ciudad misma es el mayor de los monstruos, y no duerme nunca.
Por eso, nunca vuelvas solo por el bulevar.
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