Las farolas se habían fundido mucho antes de que las niñas frenaran en la esquina para armarse el último cigarro. El verano del dos mil tres fue una pesadilla de asfalto burbujeante y Madrid apestaba a cubo de basura y sudor agrio, con la basura sin recoger desde hacía una semana. Julia, enredando los paquetes vacíos en el fondo de la mochila, sacó unos rizos de liar. Marta, acodada en el murete, le tapaba el mechero con la mano negra por la mugre y le dijo:
—Maquíllate algo, tía, que no parezcas una yonqui cuando entremos, ¿vale?
Julia la miró de arriba abajo: pantalón Adidas con rayas negras pasadas de roña, camiseta de Bisbal, alpargatas rotas. Iban hechas un puto cristo, pero trece años no son para pensar en la pinta, sino en sobrevivir un día más comiéndose la calle, sin que un gilipollas te roce el culo ni un madero te esculque los bolsillos.
—¿Y cómo me voy a maquillar si lo dejaste en la taquilla del metro, lista?
Una moto petó el escape y pasó zumbando justo delante. Marta escupió al suelo. Julia tragó humo mirando la gasolinera Conoco, del otro lado de la avenida, a media manzana. Luces blancas y verdes, un par de coches tuning, viejos sentados en bancos a pillar fresco.
La noche era naranja, un caldo terroso de luz rebotada en smog y cristales.
—Saca el walkman—dijo Marta, y Julia le entregó los cascos. Marta rebuscó una cinta en la mochila y la metió. Arrancó la canción esa de The Distillers y Marta empezó a mover la cabeza, más para impresionar a su amiga que por el punk desganado. Lo que querían era algo que no le sonara a su vida.
La calle era apenas un alambre de sombra, todo tiendas cerradas, pintadas y basura rebalsada por las alcantarillas. Empezaron a caminar, pegadas a la pared. Cada portón crujía un poco cuando pasaban, como si respirase el bloque entero.
Se fue ese miedo pegadizo del principio y les entró otro más físico: vuelo de botellón, plástico roto, bolsas pinchadas de condones, manchas que nadie había limpiado. Un señor mayor, jersey en el cuello, las miró con asco desde su portal cuando cruzaron.
—Marta, ¿te acuerdas de lo que nos contó Alex?
—¿Lo del gitano que se metió una aguja en la vena?
—No, lo de la puta loca esa que raja chicas. Que va por la noche en bicicleta con una navaja de carnicero.
Marta rodó los ojos y le dio un codazo a Julia.
—Eso es mentira, boba. Si va rajando tías, ¿por qué solo las busca por aquí?
—Porque dijo que fue abajo, en las cocheras. Y una en el parking del Mercadona.
Julia casi no podía evitar mirar hacia los coches estacionados en la acera en sombra: retrovisores colgando, cristales tintados. Se le afiló el instinto de echar a correr. Pero respiró despacio, resistiendo el tirón del miedo.
Al doblar la esquina, el parque pequeño estaba en negro. Allí, una farola fundida tras otra. Un banco con grafitis que brillaban pálidos en la oscuridad. Marta se apartó y Julia apretó los pasos para alcanzarla.
A unos quince metros, apoyado en un árbol, había un tío con gorra negra y sudadera. No lo vieron hasta que hablaron. Los ojos, en el reflejo del móvil encendido. Dedos anchos, callosos; negro, amarillo, todos los colores de la carne vencida por el demasiado sol.
Las niñas apretaron la marcha, con la espalda tensa. Julia sintió la mirada sobre los omoplatos, la boca amarga. El tipo les silbó, una nota aguda. Bajaron la cabeza y corrieron otros cinco metros. La canción se paró en el walkman. Marta se giró y vio que ella las seguía, unos pasos suaves, como si flotara.
—No mires—susurró.
Pero Julia miró y se cruzó a correr de verdad, empujada por un terror sin nombre. En la huida se le cayó la cajetilla con los restos del tabaco, y no miró atrás. Marta tropezaba, con los cascos bailando en el cuello, y el tipo ni se molestó en correr. Solo avanzaba, acercándose en la penumbra.
Cruzaron el parque, saltando la barandilla. Al alcanzar la otra acera, se les aflojaron las piernas, menos a Marta, que seguía echando pestes.
—¿Lo viste? —preguntó Julia— ¿Llevaba la navaja?
—Era un puto colgao. Seguro había más. No hables, anda. Vamos al bar.
Entraron en el garito de la esquina, todo olía a amoníaco y cerveza vieja. El camarero guiñó un ojo cuando las vio, porque eran siempre las más pequeñas y descaradas del barrio. Jocosas, invisibles y roñosas, pero niñas todavía.
Afuera, la noche siguió rodando. El aire se volvió más espeso, más denso. No querían mirar el reloj, porque minutos después tendrían que volver a casa.
A medianoche, el bar ya era una pecera vacía. Marta y Julia se apoyaban en una mesa, riéndose bajito. El camarero, medio dormido sobre la caja, soñaba con el cierre y fumar un porro. Cuando salieron de nuevo, buscaron la gasolinera. La luz fluorescente les dolió en los ojos. En la esquina, dos chicos menudos se pasaban botellas de Coca-Cola rellenas de calimocho.
Julia se atrevió a mirarlos, pero los chicos ni caso, a lo suyo. Siguió la mirada de su amiga: una bici tirada en el suelo junto al contenedor. La rueda trasera girando sola.
Marta la agarró de la muñeca.
—Ahora no hagas el parguela.
Las dos cruzaron la calle despacio, conteniendo el pulso. En una papelera de hierro brillaban gotas oscuras, manchando el cemento. Julia, más lenta, perdió el paso y Marta la arrastró.
—Mira eso, joder… —le siseó, rascando el borde del contenedor con las uñas.
Las luces de la gasolinera parpadearon. Se escuchó un bufido, un coche acelerando a dos manzanas. Marta arrastró a Julia hasta la esquina del supermercado. Allí, en la hendidura entre la verja y el muro, alguien se movía. Un sonido húmedo, como de carne magullada y el eco de vidrio arrastrándose por el suelo.
La sombra era humana. Una mujer —o algo similar— de pelo negro lacio, calada de sudor y mugre. Ropa deportiva, chándal salpicado de sangre, zapatillas desgastadas y, en la mano, una navaja industrial de corte recto.
Julia tragó saliva. Le volvieron las historias: “la flaca”, “la ciclista de las rajas”, todas las leyendas cutres de barrio. Estaba allí, realísima bajo el sodio pegado a la piel.
La mujer cuchicheó en silencio. Sus labios iban de un lado a otro, los ojos fijos, entornados. Se agachó, recogió algo del suelo. Un paquete de Durex, la caja rota y las gomas desparramadas.
Marta retrocedió pisando latas, Julia sentía que le estallaba el pecho.
Entonces la mujer se levantó, despacio, y las miró como si fuesen parte del mobiliario. Alzó la navaja ligeramente.
—¿Tenéis fuego, guapas?
La voz era de trapos húmedos, ronca y quebrada. Julia se revolvió, buscó el mechero en el pantalón y lo sacó sin pensar. Estuvo a punto de encenderlo y lanzarlo, pero Marta se lo quitó de un tirón y lo tiró hacia ella; la mujer lo atrapó, se lo metió en el bolsillo y lanzó una sonrisa torcida y podrida.
—Menudas sois. Anda, marchaos a casa, que la noche es de los perros.
Julia no podía moverse. Las piernas ancladas, heladas. Marta sí, la empujó de nuevo, juntas se alejaron hasta doblar la esquina del Chino. Detrás de ellas, la mujer se esfumó igual que había salido de las sombras.
No pudieron quitarse el sabor a miedo durante la vuelta por las calles oscuras. Julia temblaba, sabiendo que la ciudad escupía de noche a su colección de bestias y que una, por lo menos, les había tocado de cerca.
Al día siguiente, el barrio se levantó con sirenas de policía y coches patrulla abarrotando la avenida. En la puerta del supermercado, una ambulancia. Voces en la radio: un muerto. No era uno de ellos. Era el personaje nuevo, el marroquí ferretero, que acababa de poner la tienda donde la antigua perfumería. Le habían rajado la yugular con algo afilado, muy recto. Un corte limpio, casi quirúrgico.
La noticia pasó de boca en boca: “Es la loca de la navaja.” “Sale por las noches.” “No te metas con ella.” “No la mires.” Julia y Marta se miraban, calladas. Sabían que podía haber sido cualquiera. La ciudad era una selva, los depredadores caminaban cerca.
Volvieron a salir por la noche, porque esa era su droga. Atentas, agazapadas, con la sombra bajo la piel. Ya no reían igual ni volvían a casa igual de enteras. La música era más baja, el cigarro, menos dulce. Sabían que las cicatrices no siempre se llevan donde se ven.
Y la luz naranja seguía rebotando en el asfalto, y las farolas muriendo una a una, como si la urbe las apagara para dejar a sus espectros en paz.
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