Portada del relato La presencia de Beltham Wood
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Fragmento:


—¿Con qué? —pregunté, con la voz controlada, como si temiera que mi tono pudiera hacer añicos la frágil calma.

Duración: 10:09

La presencia de Beltham Wood
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Texto de ajuste de pausa.

No era habitual que aceptara invitaciones a casas de campo después de mi experiencia en la primavera con los DeRoth, pero la carta de Evans era urgente y familiar, cargada de una nostalgia áspera, casi desesperada. “Ven en cuanto puedas”, decía. “No se trata de caza; necesito tu mente, tu ánimo y tu voluntad.” La urgencia era tal que, antes de que pudiera elaborar excusas o titubeos, me descubrí subiendo al tren rumbo al condado de Shropshire, donde Beltham Wood, la propiedad de Evans, aguardaba como un animal viejo y acechante bajo la lluvia temprana de octubre.

No recordaba Beltham más allá de vagas reuniones de verano, ni su mansión gótica entre los abedules y hayas deformes, ni el silencioso lago turbio junto al que se había construido el invernadero. Una bruma azul descendía sobre el campo cuando arribé, y la mansión surgió ante mí, grotesca y pesada en el crepúsculo, como el escenario de una pesadilla olvidada.

Evans me recibió en la puerta. Estaba más envejecido, más encorvado de lo que su correspondencia sugería; en su mirada centelleaba una fatiga inquietante, la de un hombre que se ha expuesto demasiado tiempo a una visión alarmante y no ha hallado aún con quién compartirla.

—Ahora es cuando los huesos se hunden en el barro, —susurró mientras subíamos la escalera—. Y cuando el viento recuerda cosas que los hombres tratan de olvidar.

El vestíbulo era grande, forrado de retratos que no miraban a nadie en particular y mostraban, pese a su polvo, una extrañeza casi animal. Evans me condujo al estudio, un lugar de paredes forradas con libros, desorden de plumas y mapas, y una gran ventana de guillotina ante la que la bruma se arremolinaba y pulsaba como un animal.

No nos sentamos de inmediato. Evans seguía caminando, pasándose una mano por la frente.

—Has venido, gracias a Dios. He estado solo demasiado tiempo con esto.

—¿Con qué? —pregunté, con la voz controlada, como si temiera que mi tono pudiera hacer añicos la frágil calma.

Con el gesto de un hombre que arranca una venda, Evans me lo contó.

—Hay algo en Beltham Wood, algo que he sentido desde el principio. Pero recientemente, desde la muerte del viejo guardabosques, ha ido cobrando fuerza. Y no soy solo yo. El personal murmura; los perros no quieren acercarse a los límites del bosque. Y tras la puesta del sol, a veces escucho... cosas.

No me reí de él. La sinceridad absoluta en sus palabras, la urgencia trémula en su rostro, la atmósfera densa del lugar, todo ello me hizo recordar que, aunque yo me consideraba un racionalista, el campo por el que viajaba estaba repleto de crónicas donde lo inexplicable y lo humano se fundían de manera alarmante.

—¿Cosas? —insistí.

—Respiraciones. Ruidos de pasos. E incluso, una vez, el gemido de algo grande y hambriento. Pero anoche... —Su voz descendió hasta apenas ser un murmullo—. Anoche, lo vi, junto al lago. O al menos, vi suficiente para desear no volver a salir tras el crepúsculo.

No se movió durante un minuto. O tal vez fue mi propia inquietud creciendo con la nuestra.

—No puedo precisar su forma —añadió finalmente—. Era algo demasiado antiguo, demasiado... incompleto. Se arrastraba por la corteza de los árboles, pasaba bajo los arbustos. Tenía el tamaño de un venado, pero andaba demasiado bajo, y su piel parecía, a ratos, de corteza y a ratos, de bruma.

La descripción era absurda, pero la narraba no como un niño narra un sueño, sino como un médico informa de una herida.

Le pedí que me llevara a aquel lugar por la mañana, pero él se negó: “Debemos ir al atardecer. Solo en la frontera entre la luz y la oscuridad, en el lugar donde los sentidos no pueden decidir a quién pertenecen, podrás comprenderlo. Y, por favor, no digas que solo fue un animal, ni te rías ante lo que los hombres han temido en estos bosques durante generaciones.”

Esa noche cenamos en un silencio quebrado solo por los repiqueteos del reloj de pie y el golpeteo ocasional de la lluvia contra los cristales. No vi a los criados, salvo de refilón, ni escuché sus pasos por los pasillos, como si todos, hasta los vivos, se hubiesen desvanecido en la honda melancolía de la casa.

Dormí mal. Una presión informe cargaba mi sueño de imágenes vagamente animales, resonancias de una respiración húmeda y profunda que se arrastraba en el confín de mi almohada.

Desperté, al alba, con un sobresalto, bañado en sudor frío. Evans me esperaba en la puerta, los ojos enrojecidos, como si tampoco hubiera dormido. No habló, y desayunamos con la urgencia de dos hombres que sienten que, por cada minuto lúcido bajo el sol, se aproxima una amenaza opaca y sedienta.

Fue a media tarde cuando decidió que debíamos ir al bosque, antes de que el sol se extinguiera por completo pero después de que el aire comenzara a pesar entre las ramas, allí donde el día y la noche tiemblan y se mezclan como tintas incompatibles.

El trayecto fue corto, pero yo ya sentía, antes de abandonar el jardín, que algo nos observaba. No solo Evans mostraba signos de tensión: los árboles mismos parecían escuchar, sus hojas vibrando en una inquietud oscura y premonitoria.

Entramos en el bosque. La temperatura descendió bruscamente y el olor, a tierra húmeda y putrefacción, era tan intenso que se pegaba a la garganta. Evans caminaba despacio, señalando trozos de corteza arrancados, raíces desnudas y, en un claro, la huella anómala de una gran pezuña, aunque su forma era incompleta e inquietante, como si la criatura hubiera tenido dudas al materializarse del todo.

Llegamos por fin al lago. El agua, completamente quieta, reflejaba no el cielo sino la masa apretada de los árboles, proyectando dobles sombras que vibraban ante el menor soplo de viento. Cerca de la orilla, bajo una encina, había un trozo del musgo violentamente arrancado.

Esperamos, y la noche fue llegando con su propio ritmo, un descender de penumbra que apretaba los sentidos y empujaba pensamientos lúgubres y supersticiones recién nacidas a la superficie.

Entonces lo oímos: primero, un jadeo seco, como el resoplar trabajoso de un gran animal, luego el quejido sutil de algo pesado arrastrándose sobre la hojarasca. Evans me cogió el brazo con fuerza y, juntos, nos agazapamos detrás de un matorral, apenas atreviéndonos a respirar.

Lo que emergió de entre los árboles, desplazándose hacia el lago, no era ni completamente sólido ni volátil. Su cuerpo, de un gris pálido, parecía estar hecho de musgo, raíces y corteza, pero allí donde la luz del crepúsculo lo tocaba, asomaban formas casi humanas, miembros que se retorcían en direcciones imposibles, y un rostro, si acaso lo tenía, pálido y ciego, carente de boca, salvo por una hendidura negra que se abría y cerraba con un ritmo hambriento y paciente.

No puedo describir su tamaño: era a la vez pequeño y enorme, como si lo que veíamos fuera solo un fragmento de algo mucho más vasto e inabarcable, cuyo verdadero cuerpo se hallaba hundido bajo las raíces del bosque.

El horror de su proximidad, no obstante, no era físico sino mental. La sensación de ser observado no por un animal, sino por algo que conocía la debilidad de la memoria, el vértigo del olvido, que se alimentaba de esa vulnerabilidad ingobernable que acecha en el fondo de cada ser humano.

Evans apenas respiraba. “No lo mires directamente”, me advirtió, y yo, como un niño obediente al borde del abismo, aparté la vista, pero sentí, sobre mi piel, el peso de su presencia, como la amenaza de un exilio eterno.

La criatura se sumergió, avanzando sobre el lago, y allí donde tocó el agua, la superficie se agitó, alejando los reflejos y dejando detrás no solo oscuridad sino una ausencia de realidad, el hueco gélido que suele acompañar a la muerte y la locura.

El viento se levantó y, con él, la figura de la criatura pareció disiparse. Sólo cuando el bosque recuperó su ritmo y la noche se instaló por completo, pudimos movernos. Evans estaba pálido, aferrándose a mí.

—Debemos irnos —dijo, con la voz de quien ha mirado más allá del velo—. El guardabosques la veía. Decía que la “Vieja Madre” nunca permitía que la olvidaran completamente en su bosque. Morir fue su liberación.

No recuerdo con claridad cómo regresamos a la casa. Las horas siguientes son un vagar confuso de pasillos, crujidos, voces que no decían palabras y una creciente certeza de que la criatura, aunque ligada a los abismos de Beltham Wood, podía infiltrarse a través de la memoria y los sueños a quienes la habían contemplado.

Pasaron los días y al final, cuando las obligaciones de Londres me llamaron de vuelta, prometí a Evans mantener el secreto. Pero la promesa era hueca, porque la verdadera cárcel no era el bosque, ni la casa, ni la tierra húmeda: era la imagen, inacabada y mutable, de aquello que habíamos visto, la Vieja Madre, acechando no en el confín del campo, sino en el borde vulnerable de la conciencia.

Han pasado años, y aún en noches de viento húmedo y neblina, cuando la respiración del bosque parece filtrarse por los resquicios de mi ventana, sé que hay cosas que saben esperar. Y que, en algún rincón del mundo, la frontera entre lo conocido y lo innombrable es tan delgada como una corteza de abedul. Sé que la noche puede recordar, y que Beltham Wood, bajo la bruma, aún guarda el eco del hambre de su habitante.

A veces, cuando cierro los ojos, aún siento el jadeo antiguo, el roce de raíces sobre mi piel adormecida, y entiendo, con la certeza desesperanzada de quien mira al abismo desde el último escalón, que ese bosque no es el único. Que, alimentándose de nuestra vulnerabilidad, la criatura espera pacientemente el olvido, sabiendo que ningún hombre consigue dejar atrás del todo aquello que ha visto en la frontera imposible entre el sueño y la vigilia.

Y entonces, aunque me encuentre lejos, grito en silencio la promesa inquebrantable de jamás regresar. Pero Beltham Wood se ha mudado conmigo, desde entonces, a todos los lugares donde el miedo antiguo acecha.

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