Fragmento:
A los pocos minutos, escuchó un ruido en el piso de arriba. No fue grave, pero bastó para que los músculos de su espalda se tensaran en una línea vibrante, como si la estuvieran clavando por dentro. Una puerta se cerró con suavidad, seguida de un roce áspero de zapatillas. "Papá", pensó, y no porque le llamara así, sino porque tenía su modo de arrastrar los pies, ese martilleo arrítmico con el que el padre anunciaba que iba a ejercer su autoridad nocturna.
Duración: 11:30
Era imposible cruzar esa casa sin que los pasos retumbaran bajo los talones, como si los tablones ocultasen algo hambriento que necesitara sentir tu peso para saber dónde morder luego. En la calle hacía frío, uno de esos fríos compactos de abril que se atragantan con el aliento. Julia lo sintió en los nudillos mientras giraba la llave en la cerradura y corría el pestillo, el primer candado de su noche. No lo hacía por inseguridad, ni siquiera por costumbre. Lo hacía porque esa casa era un refugio o una celda, dependiendo de quién estuviera despierto en ella.
Adentro olía a humedad vieja, a ese perfume marchito de los tejidos tapizados y de los álbumes de fotos encarcelados en el mueble del salón. Julia dejó el bolso en el perchero. No encendió la luz. Había aprendido que las bombillas nuevas duraban menos en la oscuridad, como si las sombras chuparan corriente y dejaran el filamento hueco, frágil. Odio supersticioso, pensaría cualquiera, pero a veces la luz chisporroteaba y se apagaba en cuanto ponía un pie en el recibidor, y luego los padres le preguntaban, con esa falsa dulzura empapada de veneno, si no se habría dejado la lámpara del pasillo encendida por accidente.
Padres, sí, aunque en realidad eran sus padres solo de nombre. A Julia hacía tiempo que le temblaba el alma al llamarles papá o mamá, y aún así el haber salido de sus cuerpos no le daba derecho a la huida.
Entró en la cocina. Sobre la encimera, los platos del desayuno todavía tenían la baba pringosa de huevo revuelto y el filo de las tazas de café negro. La rutina de limpiar —muy tarde, pero antes de que la encontrarán de nuevo descuidada— le tranquilizaba. Mientras llenaba de agua caliente el lavabo y la esponja soltaba burbujas, Julia escuchó los ruidos de la casa. Lo normal: un crujido en la escalera, el lamento de una junta, el lomo de una tubería tosiendo. Y algo más. Siempre había algo más. Golpecitos, como de uñas o dientes sobre madera o cristal, que iban y venían, y nunca acertaba a decidir si sucedían fuera o dentro.
Se sobresaltó cuando el plato de postre se le resbaló y repicó, lanzando un clinc seco que rebotó en las paredes. Julia supo —de una forma instintiva— que le habían oído. Y cuando hablo de "ellos", no me refiero del todo al matrimonio que dormía, o fingía dormir, en el piso de arriba. Me refiero al alma podrida de la casa, a esa pulsación sucia que vibraba a veces en los pomos y en las barandas, justo antes de que la casa recordara lo que ocultaba en sus entrañas.
Apagó el grifo y secó las manos con un paño. Sus zapatos, empapados de lluvia desde la vuelta del trabajo, dejaron dos manchas oscuras sobre las baldosas de la cocina, como si alguien hubiera estado sangrando por los talones. No quería subir a su habitación aún. Se sentó junto a la mesa, abrazándose las piernas, y cerró los ojos. Durante un instante se convenció de que abajo, en la bodega cerrada con mil tesoros exiliados —trastos rotos, ropa de antiguos parientes, figuritas de cerámica descabezadas—, algo la esperaba despierto.
A los pocos minutos, escuchó un ruido en el piso de arriba. No fue grave, pero bastó para que los músculos de su espalda se tensaran en una línea vibrante, como si la estuvieran clavando por dentro. Una puerta se cerró con suavidad, seguida de un roce áspero de zapatillas. "Papá", pensó, y no porque le llamara así, sino porque tenía su modo de arrastrar los pies, ese martilleo arrítmico con el que el padre anunciaba que iba a ejercer su autoridad nocturna.
La luz del pasillo titiló y Julia contuvo la respiración. Luego todo fue sombra absoluta, la negrura que se mete en los ángulos y sólo sale cuando ya no queda nada humano con lo que alimentarse.
La voz del padre cortó el silencio como la cuchilla de un abrelatas abriendo el círculo de la noche:
—¿Eres tú, Julita?
Ejecutó el saludo con la cabeza gacha y no contestó, porque responder era un riesgo, una espoleta. Algunas noches no decía nada y eso garantizaba unos minutos de tranquilidad, un intervalo en el que podía fingir que los ruidos carecían de importancia, que todo era nervios, cansancio acumulado, pánico de vivir sin afecto.
Los pasos bajaron la escalera. El silencio tenía un peso, como si calcularan la culpa por el sonido de su respiración. Su padre se materializó en la penumbra: un bloque viscoso de carne, bata de cuadros, barba de varios días. Ojos enrojecidos de whisky o de insomnio.
—¿Qué haces levantada? —la voz suave, untuosa, aceitada de condescendencia.
Julia soltó la tela de sus pantalones y respondió, sin saber por qué elegía la verdad:
—No podía dormir.
El padre hizo clic con la lengua.
—¿No será porque te asusta la oscuridad? —se inclinó, olfateando con esa risa ajena a los afectos.
Julia encogió los hombros y negó con la cabeza. El padre ladeó la cara. Un brillo pequeño y cruel bailó en sus pupilas.
—No tiene nada de malo. Hay cosas mucho peores que espiar en la oscuridad.
Una pausa.
—¿Por ejemplo?
Quiso preguntar qué cosas, pero no salió nada de su boca. El padre se acercó tanto que la sombra de su perfil pareció absorber la poca luz que quedaba; olía a sudor fuerte y a colonia caída en desgracia.
—Por ejemplo —vos bajo, susurrante—, lo que pasa si no duermes cuando deberías estar durmiendo. O si pones los platos donde no debes, y una taza se cae y se rompe. O si haces ruido suficiente.
Julia sintió el ardor escurrirsele por el estómago como un líquido espeso, porque reconoció el tono y porque la casa lo amplificó. Podían estar años yendo y viniendo sobre las mismas humillaciones: ruidos, platos, luces. Podía jurar que el propio suelo se hacía más blando bajo sus pies, como si la madera supiera que todo iba mal y deseara formar parte del complot.
El padre la dejó, retrocediendo despacio, mientras los ladridos tallados del reloj marcaban las dos de la mañana con una melodía ahogada. Julia sabía que él no se alejaba del todo: sólo se escondía en las venas más oscuras de la casa, listo para dejarse caer otra vez, a deshoras, con la palabra o el puño. Quizá no esa noche, pero sí pronto.
Volvió al fregadero. Terminó de aclarar los platos y los dejó boca abajo sobre el escurridor. Cada cucharilla, cada cuchillo sobre la tela mojada. Los cubiertos tenían un reflejo blanquecino en la noche: parecían dientes, puntiagudos, en hilera, prestos a devorar o morder cuando nadie miraba.
Julia se arriesgó a subir a su cuarto. Al inclinarse en la escalera, notó en la pierna el picor de una herida vieja, de esas que nunca cerraban del todo. El pasillo que conducía a su dormitorio parecía más largo de lo habitual. Las puertas a ambos lados estaban cerradas, pero bajo la de sus padres se colaba una fina línea de luz naranja. Nunca dormían con la luz apagada, quizá temiendo encontrarse el uno al otro tal cual, sin la anestesia del televisor o de las farolas en la ventana. O tal vez porque la verdadera oscuridad está siempre detrás de los párpados.
A punto de cerrar su puerta, Julia la apretó despacio, con sumo cuidado para no hacer chirriar la madera. Se metió en la cama con zapatillas y todo, envuelta en esa claustrofobia que late en las habitaciones de infancia cuando la infancia ya no existe. Bajo las sábanas, el aire olía a polvo húmedo. Cerró los ojos y por un instante intentó creer en un milagro, que mañana sería distinta, que nadie se levantaría pesando costumbres como ladrillos, ni midiendo el índice de ruido en el fregadero, ni el número de pelusas en la alfombra.
El sueño no vino. Cuando al fin se rindió a la lucidez —media hora después, o quizá una noche entera, porque el tiempo allí parecía hincharse y desangrarse al ritmo de un reloj oculto—, Julia oyó de nuevo el golpecito. Era distinto: más nítido que antes, más rítmico, como si un animal diminuto arañara el interior de los armarios.
Se levantó despacio, pisando una alfombra que, juraría, crujía de un modo peculiar, como si el suelo debajo escondiera algo que quería salir. Abrió el armario. La ropa colgaba muerta, inerte, pero en el fondo, apenas visible bajo una manta raída, distinguió una mancha húmeda: una mancha que parecía crecer y palpitaba, redonda como el ojo de alguna criatura oculta.
Retrocedió, convencida de que la mancha respiraba. Pero entonces el silencio volvió a la casa con una fuerza nueva, como si el crujido de la madera, las tuberías y las voces sólo hubieran sido un ensayo para algo peor. Julia sintió cómo el aire se volvía espeso y la empujaba al rincón opuesto del cuarto. Desde ahí podía ver su cama, la puerta entornada y, más allá, en lo oscuro del pasillo, la silueta de algo absolutamente inmóvil.
Intentó gritar y la garganta se hizo más estrecha que un hilo.
La figura del padre se recortaba apenas, pero supo en sus entrañas que no era del todo su padre: era demasiado grande, demasiado denso, como si hubiese absorbido algo indebido de la casa o de su odio. Había un resplandor rojo, mazacote, en los ojos que la miraban desde lejos. Julia recordó las noches en las que, siendo niña, inventaba monstruos para distraerse de los verdaderos. Pero ese monstruo tenía la cara de su padre y la andadura de la casa, como si ambos se hubieran fundido.
—Julita —dijo la cosa, pero la voz era mil voces cosidas por dentro, todas las amenazas, los susurros, los reproches y algún olor ácido de infancia podrida.
Julia buscó la ventana. Cerrada, como siempre. El pestillo se resistía. La cosa avanzó un paso. La madera del suelo pareció hincharse y romperse bajo su peso, desgarrando el barniz, como si la casa le diera paso.
Desesperada, Julia hizo acopio de toda su rabia y todo el miedo: y gritó con tal fuerza, que la garganta se le hirió. El chillido reventó los cristales de la ventana, la luz del pasillo estalló en chispazos amarillos. Todo fue un estallido sin forma.
Al abrir los ojos de nuevo, la casa estaba desierta. Julia no recordaba cómo había salido. Deambuló por el pasillo, vio los reflejos partidos de los espejos, los relojes frenados a las dos y veinticinco. Bajó las escaleras, notando que en cada peldaño un peso enorme tiraba de ella hacia abajo, como si no quisiera soltarla nunca.
Llegó al salón. El microondas marcaba 00:00, pero la televisión crepitaba con un estática blanca donde a ratos asomaba una sombra. Los platos de la cena seguían limpios, pero sobre la mesa una hoja, como una postal sin remitente, recogía una sola palabra, garabateada con fuerza: LIBRE.
Julia supo de pronto que podía irse. Que el horror era, sobre todo, el tiempo malgastado creyendo que debía quedarse. Que los horrores domésticos devoran hasta el alma, pero sólo si uno consiente en dar cada noche una parte. Caminó hacia la puerta, sin maleta ni llanto, con el cuerpo templado de miedo y la garganta rota de gritar lo que otros callan. Y cuando giró la llave por vez final, supo que lo peor no era lo que vivía adentro, sino la facilidad con que uno aprende a vivir con ello.
La casa quedó en silencio, el crujido de la madera tan tenue como un gemido en mitad de la selva. Y el monstruo, privado de su alimento, volvió a disolverse bajo los baldosines, esperando la siguiente Julia que eligiera quedarse.
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