Portada del relato La carcoma canta
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Fragmento:


A los pocos días, durante un apagón breve, escucharon el arrastre inequívoco de muebles en el piso inferior, un eco poderoso, como un animal gigante mudando de guarida. Gregorio forzó una sonrisa:

Duración: 10:42

La carcoma canta
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Texto de ajuste de pausa.

En el último piso del número 34, la familia Larraín había cultivado durante años una discreta simetría. El padre, Gregorio, salía cada amanecer y regresaba puntualmente tras anochecer. Su esposa, Teresa, mantenía la casa limpia y abrigada, mientras su hija, Celia, tejía largos silencios que trenzaban la infancia con algo más espeso que la soledad. Era un hogar como muchos: las mismas paredes de papel pintado, los mismos armarios acechados por olor a cerrado, el mismo zumbido lejano de un tráfico constante, los mismos susurros de piso a piso. Nadie hablaba más de lo necesario. Nadie abría la puerta si no era estrictamente imprescindible.

El apartamento entero era una cápsula sellada por el miedo a lo exterior, por la grave superstición cultivada por la abuela muerta: “No salgáis nunca después de las campanas del crepúsculo. Dentro, siempre dentro.” La madre lo repetía mecánicamente, aunque la ciudad había cambiado y los viejos peligros parecían fábulas gastadas. Pero incluso cuando el peligro venía de dentro, la tradición protegía y cegaba a partes iguales.

Era una tarde cualquiera cuando Celia descifró el primer temblor en la rutina. El grifo de la cocina, que siempre necesitó dos manos para vencer el óxido, cedió sibilante, como si una presión de dentro lo empujara. Teresa dijo que no era nada; el frío encoge los metales, razonó. Pero esa noche, mientras tapaba a su hija, Celia preguntó:

—¿Quién está abajo? He oído paso bajo el suelo.

Su madre negó:

—Ni pienses en eso. Aquí sólo estamos nosotros.

Pero Celia durmió en vela, oyendo, sintiendo. Los ruidos eran como uñas rascando, leves. Después una tos húmeda, y algo, algo como un rumor de respiración profunda. Cerró los ojos fuerte. Imaginó a la abuela viva, sentada junto a su cama, acariciándole el cabello. Pero lo que pasaba en el piso de abajo no podía ser la abuela.

A la mañana siguiente, Teresa recogió la ropa del tendedero escondido en el patio interior, detrás de la trampilla oxidada que nadie usaba desde el incendio en el edificio colindante. La sombra cruzó rauda, una figura vuelta de espaldas: una melena larga enredada, un camisón gastado. Teresa sintió una punzada, reconoció, pero apartó la vista velozmente. Nadie vivía ahí desde hacía años, ¿o sí?

—Gregorio, han ocupado el apartamento del bajo —susurró esa noche, cuando Celia fingía dormir tras la puerta.

El padre arrugó el ceño:

—Es imposible. La administradora me juró que estaba tapiado.

—He visto a una mujer.

—Eso no mejora nada —gruñó él. Gregorio no debía jamás alzar la voz por las noches, pero esa noche lo hizo.

A partir de ahí, la casa se volcó ligeramente sobre su eje. Pequeños objetos desaparecían: un tenedor, el lazo de Celia, su taza favorita. Teresa no decía nada, pero revisaba candados y ventanas con una disciplina minuciosa.

A los pocos días, durante un apagón breve, escucharon el arrastre inequívoco de muebles en el piso inferior, un eco poderoso, como un animal gigante mudando de guarida. Gregorio forzó una sonrisa:

—Un radiador viejo, seguro. Mañana voy a ver qué pasa.

Teresa, sin embargo, insistió en que debían acudir a la portera. Cuando lo hicieron, la mujer los miró largo, midiendo el tiempo y el miedo.

—No he dado llaves a nadie, ni hay contratos nuevos —les aseguró, escurriéndose al rincón de la portería.

Las noches se volvieron inestables. Celia dejó de dormir y comenzó a anotar, en hojas de periódico, una lista de sonidos que oía desde su camita:

golpe de algo rodando

olor apestoso, ¿quemado?

voz de mujer, murmulla o reza

algo rasca mi pared

Cuando la madre halló esa lista en el cajón de Celia, la rompió, con furia callada.

—No debemos nombrar lo que no es nuestro —advirtió. Pero la piel de sus brazos estaba erizada.

Esa misma noche, Teresa despertó bruscamente por una vibración: la mesa de la cocina vibraba, igual que los cubiertos y los platos. Como si alguien evacuara el edificio, corriendo y empujando. Ella recogió a Celia de su cama y la llevó al baño. Solo cuando la casa quedó muda, salieron. Pero delante de la puerta, entre la penumbra del pasillo, vieron marcas húmedas, resbalosas, como si dedos deformes hubieran intentado arañar la madera.

Gregorio no volvió esa noche. Dijo que un corte de carretera lo había dejado atascado en la periferia. Cuando llegó a la mañana siguiente, la barba incipiente, los ánimos crispados, ni miró a su esposa ni a su hija.

—Tenemos que irnos —dijo, tajante.

—¿Por qué ahora? —preguntó la mujer.

Él la miró de una forma nueva, un instante, como si viera algo dentro de ella que le asustaba más que los ruidos.

Pero no se fueron. Se quedaron por inercia, por economía, por miedo. Días sobre días desenrollaron un tapiz de sucesos: la radio, que se encendía sola, pero sólo emitía estática y algo semejante a una voz distorsionada, los gritos secos que subían por las rendijas del suelo durante la siesta, los pequeños montículos de dientes o astillas que alguien o algo depositaba en el felpudo.

Celia desarrolló un hábito: cada vez que los sonidos empezaban, se escondía en el hueco entre el armario y la pared. Allí, en la ranura, descubría olores mucho más antiguos, una acidez que los libros viejos sólo insinúan. El papel de la pared, si lo arañabas, venía impregnado de manchas oscuras. Moho, pensó la niña. Pero el patrón formaba un dibujo: un enjambre de rostros abstractos, ojos sumidos, bocas abiertas.

Teresa también comenzó a enfermar. Camuflaba su agonía bajo labores domésticas, pero Celia la oía toser, vomitar en los baños, perder peso a ojos vistas. Por las noches, las piernas de Teresa recorrían la casa con pasos arrastrados, cruzando la puerta a las habitaciones distintas, la suya y la de Celia y, finalmente, la del salón, donde a veces dormitaba frente al televisor sordo.

Gregorio duraba cada vez menos en casa. Celia sospechaba que había conseguido otra llave, que algunas noches bajaba al piso prohibido, pero no se atrevía a preguntarlo. Su padre olía a sudor viejo, a humo y a algo tan agrio como el olor tras la puerta del bajo.

El aislamiento fue completándose. Las visitas desaparecieron. El correo dejó de llegar, la portera ya nunca respondía, y cuando lo hacía, sus palabras sólo eran gritos desde el fondo del patio interior. Al poco, fue claro que nadie subía ni bajaba por las escaleras; se oían pasos, risas eufóricas de madrugada, pero nunca los cruzaban en la entrada.

Una noche de aguacero, Teresa fue la primera en ceder. Enloquecida, bajó corriendo los escalones del rellano, vestida sólo con un camisón, una linterna y una biblia apolillada. Gregorio intentó detenerla, pero ella mordió su muñeca y desapareció. Celia, petrificada, se asomó a través de la mirilla de la puerta: sólo vio la sombra temblorosa de su madre, desapareciendo tras la penumbra de la escalera, y una puerta, la del bajo, que se abría hacia dentro con un susurro de aceptación.

Pasaron horas. Gregorio se derrumbó tras la puerta, llorando como un niño. Celia permaneció despierta, pegada a la ventana, mirando el corazón del patio interior, segura de que oiría la voz de su madre entre murmullos ferrosos y animales. Ni un solo sonido regresó.

Al alba, su padre desapareció. Celia no supo si bajó o se esfumó. Lo buscó, primero con gritos, luego en silencio. No halló rastro. Sólo un vaso de agua derramado en la mesa y en una esquina de la alfombra, pegajosa, unas líneas de moho verde entrelazadas como letras deformes—un idioma inventado.

Ahora, la niña está sola. Tres días y tres noches, con el vacío expandiéndose en cada pared. Duerme en la madrugada, se alimenta de las conservas que encuentra, araña la madera para hacer señales en caso de que alguien vuelva. Hay algo más claro ahora: los susurros que suben del bajo no son los de sus padres, pero tampoco son extraños del todo.

La descomposición de la rutina ha dejado libre a esa otra casa, la sepultada, la que la abuela nunca mencionaba. Celia oye claramente, cuando el silencio es absoluto, que allí abajo vive una familia paralela, replicando con precisión siniestra cada gesto de los Larraín. Hay un padre que llora en el mismo rincón donde lo hacía Gregorio, una madre que gime, arrastra los pies y vomita en el mismo minuto, y una niña, idéntica a ella, que araña el armario desde el otro lado.

Una noche, Celia decide bajar. La idea no llega como valentía, sino como dulce resignación. Aquí arriba queda poco con qué distraer la mente, salvo la certeza de que está viva por accidente, porque el hueco en el tapiz familiar aún no la reclama. Toma una linterna de pilas moribundas, un batín y baja los escalones con cuidado.

Llegada al rellano del bajo, percibe el rastro denso de humedad y algo ácido. La puerta, antes cerrada, ahora está entreabierta. Dentro, una oscuridad densa. Su madre la mira desde un rincón con ojos sin fondo, la piel cubierta en grietas y manchas, un animal encerrado demasiado tiempo. Gregorio también está ahí, más consumido, yaciendo en el suelo, las manos retorcidas como garras de cangrejo.

Y frente a una silla vieja, una niña de espaldas. Su silueta es igual a la suya. Celia avanza, el corazón congelado, y entiende que cada sombra que se ha movido en aquella casa tenía un doble, que cada acto cotidiano era sólo una mimesis vacía, un reflejo torcido desde abajo.

Sus padres alzan brazos temblorosos, suplicando sin palabras, pero ella ya no es su hija. Es la hija de estas paredes, la que ha sobrevivido por encajar justo en el hueco dejado por la carne vieja.

Cuando Celia se sienta en la silla gemela a la de su doble, el otro hogar, el prohibido, se cierra sobre sí, como una caracola macabra. Por encima, en el piso vacío, volverán a oír golpes, respiraciones cancerosas, voces allá donde sólo debe haber polvo.

Porque una vez abierto el hueco, ninguna familia vuelve a estar sola. Y bajo cada mesa de cada apartamento quedan pequeñas coronas de huesos, esperando el cambio del turno, el arrastre de otra piel por el pasillo, el suave y constante canto de la carcoma.

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