Cuando Marta llegó a la antigua casa de sus padres, no lo hizo por nostalgia ni por deber. A decir verdad, no tenía claro por qué aceptó aquella petición. Su madre le había telefoneado semanas atrás, susurrando el pedido como si temiera que las paredes escucharan: “Ven. Solo unos días. La casa... me asusta”.
El ronquido monótono de la calefacción no la reconfortaba. El aire, denso, guardaba intacto el polvo de años y las huellas de muebles ausentes. Marta pasó la mano por la baranda de la escalera, notando cómo sus dedos recogían partículas grises como ceniza.
Su madre esperó en la cocina, junto a la ventana. El cabello gris recogido en moño, la piel demasiado tensa en los pómulos. No hubo abrazos. Solo el crujido de la silla al sentarse y el silencio latiendo entre ambas.
—¿Por qué me llamaste? —preguntó Marta, mirando a su madre, que volteó la cabeza hacia el ventanal. Sus dedos temblaban sobre la taza de café frío.
—La casa —musitó—, no quiero estar sola aquí.
—¿Has visto algo? ¿Oído algo?
La anciana negó con desesperación repentina.
—No quiero contarlo —su voz se hizo más débil—. Pensé que si venías… podría, no sé, dejar de tener miedo.
Marta suspiró. Recordaba vagamente su infancia aquí: la sombra de un padre ausente, una hermana menor que murió en cuna antes de cumplir los seis meses. Recuerdos que flotaban en la atmósfera, demasiado lejanos y, sin embargo, demasiado pesados.
Esa noche, mientras se duchaba, creyó oír la voz de un niño. Solo una sílaba, aguda, de ultratumba. Salió envuelta en vapor, el corazón repicando. La casa estaba en silencio. O eso creyó percibir hasta que, al pasar por el corredor, distinguió el rumor de una mecedora en movimiento, pese a la total ausencia de mecedoras desde hacía años.
Durmió poco, con el sueño roto como papel húmedo.
En la mañana, Marta bajó a la cocina. Su madre no estaba. En la encimera, un vaso de leche derramado, el líquido dibujando una orla fantasmal en el mármol. Marta limpió, frunciendo el gesto. ¿Su madre habría salido? No era probable. Revisó el primer piso: nada. Subió y la encontró en el cuarto de invitados, inmóvil frente al armario.
—¿Mamá?
La anciana giró. Su cara estaba desencajada, sus labios temblorosos.
—No entres en la habitación del fondo —dijo—. Ni de día, ni de noche.
Marta supo inmediatamente cuál: el antiguo cuarto de la bebé, abandonado desde la muerte de su hermana, tapiado durante años con cajas y muebles rotos. Sintió un escalofrío atravesarle el espinazo. Recordaba, vagamente, haber deseado asomarse tiempo atrás, pero su madre nunca lo permitió. ¿Por qué ese miedo aún hoy, décadas después?
Al caer la tarde, el clima dentro de la casa pareció espesarse. Los tablones del suelo crujieron como si alguien caminara en la planta de arriba. Marta preparaba té cuando sufrió un escalofrío; tras de sí, el rumor de pasos blandos recorriendo el pasillo.
No era solo sugestión. Lo sabía. La noche anunció su llegada en color plomo. Marta se sentó en el sofá a leer, intentando ignorar los ruidos. Sobre las diez, la lámpara de pie titiló y la luz se retrajo. Un perfume dulzón envolvió todo: el mismo olor a colonia infantil que recordaba de su infancia. Contuvo el aliento y, entonces, lo oyó de nuevo: un plañido ahogado, un llanto de bebé filtrándose desde la planta superior.
Dejó el libro, conteniendo el instinto de huir. Subió las escaleras. Los sollozos la guiaron hasta la puerta del fondo, semiabierta, la habitación condenada.
Al otro lado, la penumbra y un frío imposible. Penetró despacio. Algo crujió bajo su pie: un sonajero viejo, partido, la pintura descascarada. En el centro de la habitación, la cuna.
La cuna estaba vacía. Cubierta de polvo, pero reciente, como si alguien la hubiera girado hace poco. El aire olía a humedad y colonia. Un cuadro en la pared mostraba a su hermana, Laura, con la cara difusa, borrosa por el paso del tiempo. El llanto continuaba, aunque ya no distinguía si brotaba de sus oídos, de la pared, o de algún lugar mucho más hondo.
—No deberías estar aquí —susurró una voz a su espalda.
Era su madre, temblando, con las manos en los bolsillos de la bata.
—¿Qué ocurre en esta casa? —preguntó Marta.
La anciana negó, temiendo responder.
—Nunca me atreví a contarlo. Después de que Laura murió, sigo oyéndola. Al principio, era solo llanto, luego, cosas... arrastrándose. Una sensación espantosa, como si ella nunca se hubiese marchado.
Marta miró a la cuna. Algunos mechones de cabello pálido se enredaban en una de las esquinas. Cerró los ojos, intentando no temblar. La lógica, siempre un pilar seguro, ya no funcionaba allí dentro.
Las noches siguientes, el acoso fue aumentando. Rumores de conversaciones en mitad de la noche, juguetes que reaparecían en lugares imposibles, telarañas tejiéndose y destejiéndose en cuestión de minutos. La propia madre de Marta comenzó a desvariar: una mañana, la encontró murmurando canciones de cuna de espaldas a la ventana, balanceándose como si ella misma fuera una niña.
La frase se repetía, una letanía que acabaría por enloquecerlas:
"Está fría la cuna, está frío el colchón..."
Marta empezó a comprender el mensaje al recordar los episodios oscuros de su niñez. Esas veces que juró sentir a alguien junto a su cama, el roce de una mano infantil demasiado suave para pertenecer a un adulto. Su madre lo había sufrido más intensamente: esa presencia quedó arraigada tras la muerte de la hermana menor, imprimiendo una grieta en la estructura misma de la casa.
Si algo habitaba allí, era rencor, tristeza convertida en barniz sobre las paredes. Tal vez, pensó Marta con horror, la pequeña Laura jamás se resignó al olvido.
Una noche, la pesadilla alcanzó su cenit.
Despertó con el corazón brincando en el pecho. No era una pesadilla; alguien la tomó de la mano, unos dedos menudos y helados obligándola a sentarse en la cama. La habitación estaba helada. Frente a Martha, una silueta infantil, apenas un contorno más oscuro que la penumbra, le musitó en un idioma que no entendía. Observó los ojos, dos cárcavas vacías, y el llanto se amplificó desde todas las paredes.
Intentó gritar, pero la voz se le rompió en la garganta. La figura se agazapó a su lado, presionando el colchón. Una fuerza suave pero tenaz, como de una niña pequeña hambrienta de afecto y compañía.
Cuando recobró el sentido, la mañana resquebrajaba la oscuridad. Marta estaba acurrucada en la esquina de la cama, las uñas arañando la madera. Su madre apareció junto a la puerta, angustiada, con las piernas temblorosas.
—Ya vino a buscarte, ¿verdad?
Ambas lo sabían. Aquella casa no conocía el olvido. Ningún ritual sensato podría exorcizar la soledad de aquella presencia. La memoria, pensó Marta, es la peor de las jaulas: era la penumbra lo que mantenía viva esa sombra, lo no dicho, las culpas no confesadas, las canciones de cuna no terminadas.
Esa noche, Marta tomó una decisión. Regresó a la habitación de la niña.
Encendió la luz. Colocó en la cuna un muñeco amarillo, uno que encontró arrumbado en el fondo de un armario, junto con una manta tejida por su madre hace décadas.
—Laura —dijo en voz apenas audible—, si estás aquí, quiero recordarte, no temerte.
Esperó. El silencio era la respuesta.
Pero, al irse, sintió la mano —pequeña, cálida— apretando la suya en señal de despedida, o de agradecimiento, o tal vez de algo que jamás comprendería.
En la mañana, el aire era más liviano. Su madre dormía tranquila por primera vez en semanas. Pero la cuna, en la penumbra, mostraba la forma leve de un niño acurrucado bajo la manta, el muñeco apretado contra el pecho invisible.
Marta sintió el pulso de la casa latir más despacio, como si aceptara, al fin, la memoria de su pérdida, el eco de lo que fue y de lo que nunca pudo ser.
Sin embargo, antes de marcharse, juraría haber oído, entre las tablas viejas, la voz de su hermana pequeña entonando, muy lejos, una canción de cuna para las mujeres de la familia. Una que jamás conoció, pero que ahora le pertenecía para siempre.
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