Portada del relato Ventanas en la Medianoche
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Fragmento:


Sus ojos —oscuros, brillantes— cruzaron fugazmente los de Adriana. Sintió el miedo como una burbuja en el centro del pecho, inflándose hasta empujarle los latidos al límite del dolor, pero siguió andando, sin mirar atrás. A lo lejos, vio la silueta encorvada del hombre, seguido por un crujido violento y el estallido de más cristales.

Duración: 09:53

Ventanas en la Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que lo vieron fue en el reflejo deformado de los cristales rotos de la vieja tienda de licores. Nadie sabe a quién pertenecía esa figura entre charcos de sombra y el hilo de sangre que parecía brotar de la oscuridad, sólo que, para entonces, la Avenida R ya rezumaba una tensión densa, un rumor de algo equivocado.

Adriana tenía una extraña costumbre: al regresar de su turno nocturno en el hospital, siempre tomaba el camino largo por esa avenida, como si necesitase que la ciudad se le metiera en los zapatos y le enfriara la piel antes de enfrentarse al silencio humeante de su piso. Casi podía escuchar a su hermana Carla quejarse: “Eso no es de gente sensata, Adri”, pero la sensatez nunca fue algo que ella apreciara. Quizá no lo sabía, pero aquella noche —la de los cristales rotos y la figura acurrucada—, estaba a punto de conocer el miedo como una criatura con garras.

Por la avenida había tres faroles encendidos y siete fundidos. El aire era una mezcla agridulce de pollo frito del puesto de las Tres Palmas, orina de los perros callejeros y el tufo metálico que deja la brisa sucia de la madrugada. El rumor venía desde antes de la tienda: una voz baja, sibilante, como arrastrando algo pesado sobre el asfalto.

Solo eran las tres menos diez y no quería detenerse, pero esa voz la hizo aflojar el paso, volver la cabeza. Vio la silueta arrodillada entre los cristales. Bajo una farola medio muerta, la piel parecía pálida, húmeda, con jirones de algo rojo oscuro. La boca de la figura se abría y cerraba, murmurando un cántico sin letra.

Adriana sintió el impulso de sacar el teléfono y marcar el 112, pero el reflejo de su propia cara en la pantalla le devolvió una expresión de desconfianza, así que guardó el móvil y aceleró el paso.

—No mires, no mires, —se dijo—. Solo es otro de los locos de la noche.

Al día siguiente escuchó la noticia: una mujer herida apareció en esa misma intersección de la Avenida R. Los testigos dijeron que corría descalza, las manos sangrando y los ojos desorbitados, repitiendo una palabra que nadie entendía. “Cadenas”, quizás. El choque en su voz era el de alguien a punto de atravesar el límite del lenguaje y caer en la parte animal que queda cuando el terror nos traga.

Los antiguos vecinos de la zona —los aún capaces de permitirse el alquiler en un lugar donde la ruina compite con la violencia— ya habían aprendido a cerrar puertas y ojos después de medianoche. Era imposible ignorar el temblor de ventanas, como si toda la avenida vibrara bajo el mismo pulso. “No te pares, no preguntes, no mires atrás”, repetía el manual no escrito de sobrevivencia urbana.

Adriana trató de convencerse de que aquello no tenía relación con ella, que seguía siendo una espectadora accidental. Pero por las noches, la secuela de miedo le destilaba en los huesos y las calles parecían observarla, no al revés.

***

La tercera noche, regresando del hospital, escuchó el arrastre otra vez, casi como si la avenida en sí misma arrastrara las tripas perdidas del atardecer. El zumbido de las farolas fue reemplazado por “clack-clack”, metal contra cemento. Forzó el paso, notando que al otro lado de la acera un hombre intentaba forzar la entrada a una ferretería. Llevaba una chaqueta demasiado grande, y los brazos colgando como ramas rotas.

Sus ojos —oscuros, brillantes— cruzaron fugazmente los de Adriana. Sintió el miedo como una burbuja en el centro del pecho, inflándose hasta empujarle los latidos al límite del dolor, pero siguió andando, sin mirar atrás. A lo lejos, vio la silueta encorvada del hombre, seguido por un crujido violento y el estallido de más cristales.

Por la mañana, la ferretería tenía la puerta abierta y las bisagras partidas. Nadie denunció nada robado. En el suelo, alguien dejó dibujado un círculo con sal y lo cruzó con líneas sangrantes, como si un niño hubiera intentado sellar una herida gigante con juguetes rotos.

La policía, harta, despachó a dos agentes. No consiguieron nada aparte de miradas huidizas y el tartamudeo de gente que solo habló para negar. La propietaria de la tienda, una mujer robusta llamada Rocío, juró que no pasaría otra noche en la avenida. “Algo la ha invadido”, dijo mientras empaquetaba tornillos y linternas, “no es gente de aquí”.

***

Adriana intentó atrincherar su realidad tras rutinas. Lavarse el cabello hasta que los dedos se le quedasen blancos. Hacer la lista de compras para el sábado. Probar recetas nuevas. Pero por la ventana todos los sonidos parecían cuchillos: cada coche, cada golpe de puerta, cada grito lejano.

Su apartamento era solo un punto de luz rectangular flotando entre la nada de la fachada. Dormía poco. Soñaba más. En los sueños la avenida se curvaba sobre sí misma y un enjambre de voces la perseguía, ofreciendo ultimatums, mordidas, cercos.

Al cuarto día, la vecina del tercer piso, una anciana de pelo eléctrico y muñecas hinchadas, no contestó a la puerta ni al teléfono. Un olor amargo llenó la escalera. Cuando la policía finalmente forzó la cerradura, encontraron la televisión encendida, la tetera aún humeante y sobre la cama una serie de cadenas anudadas en forma de jaula, como si aquello fuera un mensaje para los vivos.

El detective Gregori Müller, un hombre de barriga opaca y cara manchada de noche, estaba convencido de que aquel episodio era una variante de las obsesiones urbanas: paranoia, demencia, la peste moderna de la soledad. Pero en su libreta garabateaba un nombre —Lázaro Ricci—, exconvicto, sombra recurrente de la noche mil veces reseñada, cuya biografía era una suma de detalles siniestros: arrebatador ocasional, camello menor, y, según rumores, aficionado a los ritos marginales. Solo unas semanas antes había sido liberado tras cumplir condena por agredir a un indigente con una barra de hierro.

Buscaron a Ricci por los callejones. Nadie lo había visto. Nadie quería tener respuestas. Solo restos de cosas: un zapato, un bolso vacío, la esquina donde el círculo de sal a veces brillaba bajo la farola como una herida indeleble.

***

Adriana empezó a recibir mensajes extraños. Al teléfono, al correo, incluso bajo la puerta: retazos de frases, citas poéticas, amenazas veladas. “La jaula eres tú. Nadie sale.”; “Recuerda tu reflejo”. El miedo comenzó a colarse en los intersticios cotidianos. Cerró ventanas, clavó un mueble tras la puerta, cargó el teléfono cada dos horas.

El miedo envejece, oxida el mundo, pero no lo preserva. Un sábado, dos semanas después de la aparición del primer herido, la Avenida R empezó a vaciarse antes del anochecer. Nadie salía. Los chavales que corrían frente al mural amarillo de la panadería cruzaban la calle rápido, con auriculares a todo volumen. El silencio caía, opaco, espeso, como una sábana de cemento húmedo.

Sólo una noche más, pensó Adriana, apenas disimulando el temblor en las manos. Caminó la avenida casi como quien atraviesa el cuello de un animal famélico. Todo era una jaula: las verjas de los comercios, los coches aparcados en batería, las puertas blindadas donde hasta las mirillas parecían ojos cerrados. Era difícil no fijarse en las señales: la figura hundida en su abrigo, el golpeteo de cadenas desde una esquina, la silueta que acecha tras la persiana de una tienda de fotocopias cerrada desde antes de la pandemia.

Un olor rancio, líquido, llegó del callejón tras la pizzería. Alguien jadeaba allí, un sonido seco, nervioso, como un perro acorralado. Adriana destapó el móvil. Si llamaba a la policía, tardarían media hora. Si cruzaba el callejón, podía pasar que…

Un puño la sujetó por la muñeca y la arrastró contra la pared. Era el hombre de la chaqueta, ahora reconvertido en una masa de carne mugrienta y ojos vidriosos. Entre el forcejeo, una cadena le azotó el brazo con la fuerza de un alud. Adriana gritó, le mordió la mano, y entonces, en ese segundo de dolor, el hombre resbaló. La cadena se soltó.

Corrió. Saltó sobre un cubo de basura, dobló por el bar de la esquina. Sabía que si caía, no la encontrarían hasta mucho después; sería otra historia anónima, otro misterio engullido por la Avenida R.

En el reflejo del escaparate vacío, no vio su rostro, sino la cara demacrada y descompuesta de la vecina del tercero. Detrás, el hombre había caído también, pero ya no era solo uno. Había más figuras: hombres, mujeres, todos unidos por un mismo grito, un mismo aroma de hierro y miedo.

Atravesó la avenida, llegó jadeante al portal, tocó desesperadamente el telefonillo. Nadie respondió. El barullo de cadenas la seguía entre las sombras, chocando contra el cemento, cuerda de una jaula que se cierra, sin cerrarse nunca.

Al llegar al cuarto piso, el teléfono vibró en su mano. Un mensaje: “Ya eres parte.”, acompañado de una foto tomada desde el callejón: ella aferrada a la pared, la mirada encendida en pánico.

Se atrincheró tras la puerta. Fuera, la calle era un cuadro de carne y óxido: las figuras arrastraban cadenas, su sombra bloqueando cada farola.

—No mires. No mires...

Pero la ventana era un ojo ciego sin párpados y en el cristal, un segundo rostro observaba. El suyo. El de la jaula.

Por la mañana, la Avenida R estaba limpia. No quedaba rastro de sangre, ni de gritos, ni de sombras. Solo el murmullo de un barrio vencido. La policía encontraría su piso vacío. La tetera todavía caliente, la televisión encendida. Y en la cama, un círculo de cadenas anudadas en forma de jaula.

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