Portada del relato Pasos en el subterráneo
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


La primera de las que hablaron fue una mujer llamada Akane, de veintinueve años, oficinista, el cabello recogido siempre en una coleta corta y, según sus compañeros, una costumbre de salir tarde y sola, confiando en que los semáforos y las rutinas la protegerían. Eso fue hasta que no regresó a casa. Dos días después, la encontraron en una caseta de vigilancia abandonada. El cadáver estaba sentado, con las piernas cruzadas y las manos en el regazo. El rostro tenía una expresión de perplejidad, aunque nunca llegaron a confirmar si esa fue su última emoción o un reflejo macabro del rigor mortis. Lo único que destacaba era una herida limpia y precisa en el cuello, abierta como una segunda boca que no supo gritar.

Duración: 10:31

Pasos en el subterráneo
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

Cuando la ciudad se duerme, la violencia no descansa. Yo lo he visto. No soy un espectador. Soy parte de esa oscuridad que sale con la última bocanada de alcohol, con el vapor de los drenajes y el reflejo de los neones que se apagan en los charcos de la avenida principal.

Todo empezó con las desapariciones en el distrito de Nitta. Nitta es el tipo de barrio que hace su dinero a base de oficinas de día y bares de mala muerte de noche, donde las historias se tejen en los murales descascarados y en las conversaciones ahogadas por humo de cigarrillo barato. Nadie quiere pasar por ahí después de medianoche, ni siquiera la policía, y las cámaras de videovigilancia hace años que dejaron de funcionar.

La primera de las que hablaron fue una mujer llamada Akane, de veintinueve años, oficinista, el cabello recogido siempre en una coleta corta y, según sus compañeros, una costumbre de salir tarde y sola, confiando en que los semáforos y las rutinas la protegerían. Eso fue hasta que no regresó a casa. Dos días después, la encontraron en una caseta de vigilancia abandonada. El cadáver estaba sentado, con las piernas cruzadas y las manos en el regazo. El rostro tenía una expresión de perplejidad, aunque nunca llegaron a confirmar si esa fue su última emoción o un reflejo macabro del rigor mortis. Lo único que destacaba era una herida limpia y precisa en el cuello, abierta como una segunda boca que no supo gritar.

No era la primera muerte, aunque así lo trató la prensa. Solo fue la primera en la que el asesino quiso ser visto.

Las semanas siguientes, el temor fue escurriéndose por los callejones y estacionamientos subterráneos como la humedad venenosa que gana viejas paredes. La desaparición de Satoshi, un repartidor de comida nocturno, pasó casi desapercibida. Incluso sus compañeros pensaron que había encontrado un trabajo mejor, algo menos agotador, menos insalubre. Su moto apareció muchos días después, tapada por una lona sucia que nadie se atrevía a tocar en un rincón de la estación de tren.

Yo supe que no fue un accidente. Y aquí empieza mi verdadera confesión. Soy periodista, o lo era, porque después de lo que vi, lo que hice, ya no puedo llamarme así. Se supone que relato los hechos, no los provoco. Pero la ciudad me había estado hablando hacía tiempo. Había encontrado en esos crímenes algo familiar, algo íntimo. Observando cada escena, podía notar la huella de alguien que no era indiferente al dolor, sino que buscaba una reacción específica, una música que solo los cuerpos mutilados podían componer en el silencio abrasador de la ciudad.

Así que empecé a seguir los rastros. Los lugares donde el asesino actuaba no eran azarosos. Había rutas: entre los pasos elevados y las calles cubiertas de neón y lluvia, entre las salidas de los karaokes y las bocas oscuras del metro. Era un predador de la noche urbana, y yo, un hámster detrás del cristal, apenas podía aferrarme a la ilusión de que lo seguía sin ser seguido.

Una noche, la neblina era tan densa que la luz tenue de los faros apenas cortaba más allá de cinco metros. Caminé a través de los pasos peatonales colgantes del distrito, siguiendo el rastro difuso de susurros y miradas evasivas, imaginándome que con la suficiente tenacidad podría anticipar el próximo movimiento del asesino. Fue entonces cuando oí los pasos, ese repiqueteo deliberado entre los charcos y los escombros de un callejón sin nombre. Me escondí, y una figura surgió: silueta cuadrada, movimientos lentos, casi ceremoniales. No era grande, pero sí extrañamente sólida. Llevaba guantes y algo a modo de máscara barata, como las de las fiestas de fin de año en los suburbios, esa grotesca parodia de un rostro sonriente.

Le seguí.

Quizás fue la peor decisión que he tomado en mi vida. Pensé que podía mantener la distancia, que podía ser testigo, conseguir la gran historia. Pero la ciudad y sus monstruos no toleran espectadores inocentes. Me escabullí silencioso, más animal que humano. La figura se adentró en un edificio abandonado, una vieja torre de oficinas marcada por grafitis y alambres de púas oxidados. El interior olía a humedad y a desuso, y mis pasos producían ecos que no me pertenecían.

Me detuve en la oscuridad de un pasillo largo e interminable, donde la única luz provenía de un letrero azul parpadeante que debía de haber pertenecido a una tienda de conveniencia. Frente a mí, escuché un gemido sutil. Me asomé, y en la penumbra vi a la figura de la máscara agachada sobre alguien, haciendo movimientos rítmicos y precisos con un cuchillo largo, de esos que usan los carniceros para filetear cortes de res. Sangre, oscura y espesa, manaba de la garganta de la víctima, como si la ciudad se bebiera a sí misma, trago a trago.

Me detuve, paralizado, hasta que la figura se irguió y giró hacia donde me encontraba oculto. No sé si fue un sonido que hice, o simplemente un sentido animal, pero su cabeza se ladeó lentamente, y entendí que me había visto o, peor aún, que ya esperaba que yo estuviera allí.

Corrí. El miedo es una fuerza grotesca, primitiva. Recorrí los pasillos y las escaleras, notando cómo cada respingo y chirrido parecía señalar mi ubicación como un faro en la oscuridad. Oí detrás un paso firme, sin prisa, como si quien lo diera supiera que tarde o temprano alcanzaría a su presa.

Salí al exterior, donde la neblina y la lluvia seguían abrazando los edificios como mortajas. No me importaba mojarme ni caer; mi única urgencia era desaparecer. Pero ya no era invisible. La ciudad me pertenecía tanto como yo a ella, y ahora era yo el perseguido.

Pasaron días en los que no dormí. Me convertí en un fantasma diurno, sobreviviendo a base de café recalentado y ocasionales tabletas de antiácidos. Las noticias seguían llegando: otro cuerpo aquí, otro allá. Los detalles de la policía eran siempre los mismos: heridas precisas, ausencia de lucha, una muerte rápida y metódica. El asesino no era un improvisado. No era un monstruo salido de una pesadilla, sino un ser metódico, alguien quizá habituado a pasar desapercibido entre la multitud – el vecino, el portero, el oficinista de mirada tímida.

Decidí que debía confrontarlo, de una vez por todas. No porque creyera que podía detenerlo; nadie puede detener a la ciudad masticando su propia carne. Sino porque, en el fondo, quería comprenderlo, conocer ese abismo desde el que alguien podía contemplar la vida y encontrar en ella un mero trámite para llegar a la muerte.

Lo busqué en los lugares más improbables: los túneles del metro desactivados, las plazas desiertas al amanecer, los techos donde duermen los que no tienen otro refugio. Nada. Sentía que cada vez que creía estar cerca de una pista, el asesino se desvanecía como humo entre los dedos. Hasta que descubrí un patrón: los asesinatos seguían la línea imaginaria de antiguos templos destruidos treinta años antes, reemplazados por bancos y tiendas de conveniencia. Nada en la ciudad era tan aleatorio como parecía.

El siguiente asesinato ocurrió en el baño público de un parque cuya entrada estaba decorada con una puerta torii desportillada. Entré antes de la llegada de la policía, con el corazón golpeando en mis costillas. El cuerpo era el de un hombre mayor, tal vez un indigente, sentado sobre una piedra, con la herida reluciendo húmeda y roja en la garganta. Pero lo que más me perturbaría sería un papel arrugado que alguien colocó cuidadosamente en su mano. En él, una frase torpemente escrita: “Te busco en los bordes, donde la ciudad termina”.

Esa noche entendí que el asesino no mataba personas al azar, sino que su elección era una danza ritual. Elegía aquellos que, como yo, habitaban los márgenes, los que no encajaban del todo, los que eran invisibles a la ley y la rutina.

Me rendí a la paranoia. Dejé de ir a casa, de contestar llamadas. Me convertí en una sombra más, pasando noches en las estaciones de tren, en las salas de espera vacías y las azoteas donde la lluvia era la única constante. Pasaron días, semanas. Sentí su presencia persiguiéndome, como si cada nueva víctima fuera un mensaje dirigido solo a mí.

Una madrugada, en uno de esos inviernos sin sol, recibí un mensaje en mi bandeja de entrada, sin remitente, solo una línea de texto y un vínculo a una transmisión de cámaras. “Mírame”, ordenaba.

La dirección IP era de la biblioteca central, un edificio abandonado que apenas resistía la demolición. Fui. Supe que debía ir; ninguna diferencia había ya entre lo que buscaba y lo que me buscaba a mí. Llegué antes de que amaneciera, y el frío era una daga bajo la piel. Dentro, los anaqueles vacíos y las ventanas rotas pintaban sombras dantescas en el suelo.

En el centro del vestíbulo, la figura de la máscara aguardaba. Tenía un cuchillo largo y en la otra mano sostenía un rollo de cinta de vídeo o, más bien, una promesa de memoria. Alrededor, colgando de ganchos improvisados y gruesos plásticos, había retratos polaroid de las víctimas, todas captadas un segundo antes o después de ser asesinadas. Sus ojos, abiertos y expectantes, parecían preguntar al vacío.

Él habló, usando una voz apagada tras la máscara.

—¿Viniste solo para mirar o para entender?

No contesté.

—La ciudad pide —añadió—. Siempre pide. Un tributo, una historia, un culpable. Nos borra poco a poco, entonces, ¿por qué no ayudarle?

Di un paso atrás. Quien quiera que fuese, sus movimientos eran calculados, su respiración acompasada. No era demencia lo que veía en sus gestos, sino el tedio frío que solo el vacío absoluto puede instilar.

—Alguien —me dijo— debe mirar para que la historia exista.

Sentí, en el instante antes de correr, que no era la primera vez que ocurría esa conversación, tal vez ni siquiera conmigo. Salí huyendo, dejando tras de mí los retratos y los gemidos del viento colándose por las ventanas rotas.

Ahora, escribo esto desde el rincón más olvidado de la ciudad. Ya no persigo al asesino porque me doy cuenta de que él fue una manifestación más de algo que nos habita a todos: el hambre incesante de la ciudad. Me sigue vigilando; a veces, en los reflejos de los escaparates apagados, veo la máscara tras de mí. O quizá estoy viéndome a mí mismo, transformado. No importa. Sé que, cuando los callejones se vacían y la bruma tapa la luna, la ciudad me nombrará su próximo tributo.

Y alguien, en algún lugar, decidirá mirar.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.