Portada del relato Pasos de Medianoche
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Fragmento:


—¿Lo has leído? —preguntó Ana, para llenar el silencio. Nada. Apenas un ligero parpadeo, un "no" apenas pronunciado, como si el aire a su alrededor pesara más.

Duración: 11:34

Pasos de Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

La llovizna, caída puntual como el cansancio, se adhería al asfalto y empañaba bajo un velo frágil los faroles del barrio, un rincón cualquiera en la ciudad que presume de anonimato. Ana sostenía su libro favorito mientras caminaba, con la mochila cruzada apretada contra su pecho, esquivando charcos y la rotunda sombra de la antigua biblioteca pública. Era viernes. La joven dejaba atrás la universidad para una noche de babysitting: el trabajo que había conseguido la semana anterior gracias a un anuncio doblado entre las páginas de "Special Topics in Calamity Physics", que alguien había dejado, con extraña intención, justo en su rincón habitual de lectura en la biblioteca.

La familia Grimaldi: raramente vista y, cuando lo eran, susurrantes. Su piso era uno de esos áticos de techos bajos tapiados de libros hasta el techo y con muebles rococó, algunos con polvo de más de una generación. Ana se preguntó, mientras marcaba el código de acceso en el portero automático, por qué alguien acumularía tomos y tomos sin leerlos nunca. El zumbido eléctrico le franqueó el paso y subió, la humedad pegando su cabello largo a la frente.

La madre, una mujer de mirada ansiosa y rostro endurecido por el insomnio, la recibió con premura.

—Gracias por venir. Será solo esta noche —dijo, sin mirarla en los ojos, mientras una sombra más pequeña, la de Lía, la niña de nueve años, se asomaba por detrás de la escalera. No le dio tiempo a preguntar por qué nadie más podía cuidar de Lía. No le dijeron a qué hora regresarían. Salieron rápido. Ana, niña aún ella misma en muchos aspectos, sintió una inquietud que no supo identificar.

La niña no habló, porque nunca hablaba con extraños. Derramó apenas una mirada por encima de sus gafas gruesas y buscó refugio en un rincón selvático de butacas y enciclopedias descosidas. Ana, tras pedirle con amabilidad que le mostrara su lugar favorito, fue dirigida con un solo dedo —índice nervioso— hacia el salón de la casa, donde sobresalía una puerta con una manija extrañamente gastada.

—¿Ahí? —susurró. La niña asintió y hundió el rostro en la bufanda, observando de reojo.

La biblioteca privada de los Grimaldi tenía su propio olor: papel viejo, cuero, algo a humedades y naftalina. Las estanterías ocupaban toda pared y en el centro, como realeza desplazada, una lámpara de araña pendía precaria, derramando su luz no sobre grandes obras o volúmenes dorados, sino sobre una mesa alargada, con una sola silla vacía y un tapete de ajedrez cuya pieza alfil negra parecía a punto de iniciar un movimiento.

La niña se sentó a leer, absorta, entre los tomos. Ana repasó títulos veloces con la yema de los dedos. Obras en latín, nombres de heráldica, novelas rusas ilocalizables. Un libro, encuadernado en cuero rojizo, destacaba en el estante superior: sin título en el lomo, solo el dibujo de una llave grabada en oro. Ana, atrapada por la curiosidad tan humana, intentó alcanzarlo; la escalera rodante crujió bajo sus pies. No pudo llegar. La niña, sin embargo, la observaba.

—¿Lo has leído? —preguntó Ana, para llenar el silencio. Nada. Apenas un ligero parpadeo, un "no" apenas pronunciado, como si el aire a su alrededor pesara más.

Cuando Ana se sentó junto a ella y encendió la pequeña radio para alejar la inquietud, se encendió también otro sonido: un estruendo sordo, como de un libro que caía más allá de la última estantería, del otro lado de la pared. Ana se detuvo y miró a Lía, que se había envarado de golpe, músculos tensos, los ojos muy abiertos.

—No pasa nada. Viejas casas, viejos ruidos —intentó bromear Ana.

Pero no era vieja aquella casa. Era el silbido del miedo disfrazado de recuerdo.

La lluvia comenzó a resonar también contra los cristales. La noche, siempre hambrienta, se acentuaba tras la luna ausente. Ana propuso una película, pero la niña negó con fuerza. Solo quería quedarse ahí; la biblioteca, su refugio o su jaula, tampoco Ana pudo saberlo. Volvieron a sumergirse en la lectura, el resplandor cálido de la lámpara temblando con cada ráfaga de viento, los truenos pulsando en la distancia.

Fue casi una hora después, cuando Ana dejó caer la cabeza entre las manos, que el edificio tembló bajo un estruendo más sonoro, una vibración que recorrió la estructura entera como un latigazo. El sonido provenía del sótano. Era, ahora sí, punzante y real.

—¿Escuchaste eso? —preguntó con voz baja, buscando la complicidad de Lía.

El rostro de la niña era una máscara de terror muy real.

Ana pensó en llamar a los padres, pero no había número de contacto. Sacó su propio teléfono, que gritó "sin señal" como un mal presagio.

El estruendo volvió, rítmico, como si alguien —o algo— golpeara desde algún lugar oculto. Fue entonces cuando la niña arrastró a Ana, temblando, hasta la esquina más alejada de la biblioteca.

—¿Hay alguien abajo? —preguntó Ana, apenas un hilo de voz.

La niña tragó saliva y señaló, con ese mismo dedo nervioso, la puerta de madera al final del salón, de donde exhalaba una brisa gélida, imposible en un piso entre los tejados.

Ana no era valiente, ni tenía motivos para jugar a “la niñera heroica”. Sin embargo, la sangre joven nunca reconoce amenaza plena hasta el grito último. Se acercó a la puerta, pegó la oreja. Un nuevo golpe, un susurro casi humano: como alguien arrastrando el aire por la garganta, palabras apenas formadas, idioma de pesadilla.

"Ven..."

Retropiensa: ¿es el eco, una tubería? Saluda, cordial, sin abrir la puerta:

—¿Hola? ¿Se encuentra bien? ¿Necesita ayuda?

En ese momento, la luz parpadeó, un relámpago atravesó la ventana y, por menos de medio segundo, la figura de alguien, o algo, se dibujó tras el cristal opaco, una silueta agazapada y voraz, encorvada como los monstruos de los cuentos antiguos. Ana se apartó, corazón saltando.

Lía se abrazó las rodillas, murmurando algo que Ana no logró entender.

Los golpes, más próximos. Desesperados. Ana decidió que, real o ficticio, no podía quedarse allí esperando. Se obligó a sí misma a pensar: hay una niña aterrorizada, y lo que sea que ocurra es responsabilidad de los padres, no suya. Lía le tiró de la manga. “No abras. Es el Otro.”

—¿El otro qué? —Ana susurró, el estómago encogido.

—Él... viene cuando alguien lee el libro rojo —la voz de la niña apenas era un aliento.

Ana se congeló. La llave en relieve dorado, el tomo inalcanzable. Buscó a su alrededor cualquier cosa útil, algo pesado. Dio un paso hacia la puerta, tomó el pomo, que se mantenía helado pese al calor del cuarto. Por detrás, oyó la voz de Lía:

—No lo dejes entrar. Si lo dejas entrar, se queda contigo.

Ana no pudo retroceder; la decisión estaba hecha. Abrió apenas lo suficiente para ver. Y, en ese instante, la pesadilla floreció.

No vio un monstruo, ni un ladrón, sino a un hombre joven, casi un muchacho, vestido con una gabardina empapada, el rostro extrañamente neutro salvo los ojos: muy abiertos, inyectados en ira y locura. Sus manos, crispadas, dejaron marcas rojas en la puerta. Ana retrocedió; el chico —porque era un chico, ¿o no?— intentó meterse, pero Ana usó su peso y la cerró de un portazo.

El sonido sordo de la madera deteniendo carne y hueso invitó a la siguiente pregunta: ¿cómo había llegado allí? Estaban en el último piso. ¿Desde cuándo los Grimaldi guardaban alguien en el sótano, si es que la casa siquiera tenía uno?

Ana buscó la cerradura y la bloqueó. Lía lloró sin emitir sonido. El golpe, cada vez más intenso, arrancaba astillas de la madera. Ana arrastró una silla contra la puerta, apoyando el cuerpo.

El chico volvió a susurrar, una melodía arrastrada, rota. Ana distinguió fragmentos: “Entra, entra…". No cantaba para sí. Cantaba para el libro rojo.

La niña, levantando los ojos de par en par, musitó: “El libro no debe ser abierto. Lo escribió un monstruo.”

Ana sintió que el frío se colaba por la piel. Preguntó:

—¿Quién era el monstruo?

Lía la miró, voz tan afónica que se confundía con el chasquido de la ventana: “Una vez fue un niño también. Como yo. Como tú.”

Al instante, el cristal tras ellas estalló y una mano, dura, arañó el aire. El chico, que ya era Más que chico y menos que humano, trepaba por fuera, uñas sanguinolentas arrancando la masilla. Por un segundo, Ana vio su rostro, deformado por una sonrisa imposible, los dientes desgastados a la raíz, la túnica empapada luciendo manchas oscuras… sangre, tierra o algo peor.

Ana recordó entonces el viejo cuchillo de cocina que vio en la barra al llegar, cuando la madre salió corriendo. Sin saber cómo, lo tomó, se lo dio a Lía.

—Si entra, corre y grita lo más fuerte que puedas.

Ana tomó a la niña de la mano, ambas temblorosas, y corrieron hacia el pasillo. El ser, ajeno a leyes físicas, cayó tras ellas en la estancia, arrastrando consigo una estela de agua sucia y hojas marchitas, un olor a tumba inundando el aire. Ana gritó, arrojando una lámpara en su camino, golpeando sin mirar atrás, solo el chillido de Lía la mantenía atada a la realidad.

Bajaron corriendo por la escalera, la madre nunca dejó especificada la salida de emergencia, ni si la puerta abajo quedaba abierta. Ana luchó por respirar, abrió la puerta hacia el hueco siguiente —el ascensor muerto, las luces oscilando—, y cerró tras ella. El chico, ya bestial, embistió la madera. Unos segundos. Nada.

Ana y la niña se refugiaron entre polvorientas bicicletas, cajas olvidadas. Afuera, la noche era ahora un escenario incierto.

No sabían cuánto tiempo pasó; solo el sonido de pasos arriba y el chillido sordo contra las paredes. Ana temía respirar. La niña, entre sollozos, se repitió a sí misma que todo era culpa del libro. No abierta la puerta, no abierto el libro. Dijo algo más, incomprensible, entre hipos.

Finalmente, oyeron el ruido de una llave en la cerradura superior. Alguien —la madre, el padre, o esa quimera disfrazada de padre— entraba. Ana pensó, en un destello urdido por el pánico: ¿y si el monstruo tenía rostro familiar? Lía no se movió a recibirlos. Ana tampoco.

La puerta crujió. Voz de mujer, ronca y cansada:

—¿Ana? ¿Lía? ¿Están ahí...?

Nada respondió. Solo el libro rojo, olvidado en la balda más alta, temblaba levemente en la corriente de aire, como si esperara paciente otra mano, curiosa, otra noche, otra Ana, otra niñera. La lluvia siguió cayendo tras la cristalera. Los relatos de miedo, al final, no necesitan monstruos imposibles. A veces, basta una llave, una puerta, o el eco del propio miedo en los pasillos de una biblioteca.

Y no siempre hay forma de volver a casa.

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